III Carta de Santa Teresa de Ávila

 


Al mismo ilustrísimo prelado Don Teutonio de Braganza, Arzobispo de Évora.

Jesús
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Ilustrísima Señoría. Amén.

Recibí una carta de Vuestra Señoría Ilustrísima hace ya más de dos meses, y bien hubiera querido responder de inmediato. Sin embargo, esperando alguna mejoría de los grandes trabajos que hemos pasado los Descalzos y las Descalzas desde agosto —para poder darle noticia como me pide— me he demorado. Pero hasta ahora, todo va cada día peor, como le contaré más adelante.

Ahora desearía más que nada poder hablar con Vuestra Señoría en persona, porque por carta no puedo expresar lo mucho que me ha alegrado recibir esta semana otra carta suya, llegada por medio del Padre Rector. Aunque ya había tenido noticias suyas hace más de tres semanas, y después por otras vías también me informaron. No sé cómo piensa Vuestra Señoría que algo así pueda mantenerse en secreto. Quiera la divina Majestad que todo sea para mayor gloria y honra suya, y que sirva para que Vuestra Señoría crezca en santidad, como pienso que así será.

Créame, Señoría, que una causa tan encomendada a Dios y por almas que solo buscan servirle en lo que piden, no dejará de ser oída. Aunque indigna, le suplico al Señor con constancia, y en todos estos monasterios de sus siervas, donde cada día encuentro almas que me dejan con gran confusión por su virtud.

Parece que el Señor las escoge y las trae a estas casas desde lugares donde no sé quién puede haberles dado noticia de nosotras.

Así que, Señoría, anímese mucho y no permita siquiera pensar que esto no ha sido ordenado por Dios. Estoy segura de que es su voluntad que ahora ponga por obra ese deseo que siempre ha tenido de servirle, pues ha estado mucho tiempo ocioso, y el Señor necesita de quien le favorezca en la virtud. Poco podemos los pobres y humildes, si Dios no despierta a alguien que nos ampare, por más que queramos no desear otra cosa que su servicio. La malicia se ha elevado tanto, y la ambición y el deseo de honores, que quienes deberían tenerlos bajo los pies, los tienen tan canonizados, que parece que hasta el mismo Señor busca ayuda entre sus criaturas, a pesar de ser todopoderoso, para que la virtud no se pierda por falta de quienes la defiendan. Por eso escoge a quienes entiende que pueden ayudarle.

Procure Vuestra Señoría emplearse en esta causa, que sé que lo hará, y Dios le dará fuerzas, salud y gracia para acertar en todo. Por aquí le serviremos pidiéndoselo al Señor con mucha constancia. Quiera Dios darle personas inclinadas al bien de las almas, para que pueda Vuestra Señoría descansar.

Me consuela mucho saber que considera tan suya a la Compañía, que es un grandísimo bien para todo.

Me he alegrado mucho del buen resultado del asunto de mi Señora la Marquesa de Elche, que me tuvo con mucha pena y cuidado, hasta que supe que se resolvió bien. Sea Dios alabado. Siempre que el Señor permite tantos trabajos juntos, suele dar buenos resultados, porque nos conoce frágiles y, haciéndolo todo por nuestro bien, mide el sufrimiento según nuestras fuerzas. Así espero que ocurra con estas tempestades de tantos días.

Si no estuviera segura de que estos Descalzos y Descalzas viven procurando guardar su regla con rectitud y verdad, habría temido en muchas ocasiones que nuestros enemigos lograran lo que pretenden: acabar con este principio que la Virgen Santísima ha querido que se inicie. El demonio, al parecer con licencia de Dios, ha desplegado grandes astucias en esto.

Han sido tantos los ataques, y tan diligentes, para desacreditarnos, en especial al Padre Gracián y a mí (donde apuntan los golpes), que no creerá Vuestra Señoría los testimonios falsos que se han presentado sobre él, y los memoriales que se han entregado al Rey, con tanto peso y malicia, que espantarían si los conociera. Entiendo que se ha ganado mucho en todo esto: estas monjas lo han llevado con tanto gozo como si se tratara de un beneficio; y el Padre Gracián, con tal perfección, que me tiene admirada. Dios guarda un gran tesoro en esa alma, y creo que su oración especial está sosteniendo esta lucha, pues ha soportado todo con alegría, como si fuera un San Jerónimo. Como ha visitado estas casas durante dos años y las conoce, no lo puede tolerar, porque las considera como ángeles, y así las llama.

Dios fue servido de que se retractaran quienes hablaron mal de nosotros. Sobre otras acusaciones al Padre Gracián, el Consejo mandó investigar, y se vio la verdad. También en otras cosas se descubrió la pasión que movía a la Corte. Y crea Vuestra Señoría que el demonio quería eliminar el bien que hacen estas casas.

Dejando ahora lo que ha sucedido con las pobres monjas de la Encarnación, que por sus pecados me eligieron como priora —lo cual ha sido un verdadero juicio—, todo el lugar está espantado de lo que han padecido y padecen, y no sé cuándo terminará, pues ha sido muy duro el trato del Padre Tostado con ellas. Estuvieron más de cincuenta días sin poder oír misa, ni ver a nadie —y aún ahora no pueden. Decían que estaban excomulgadas, pero todos los teólogos de Ávila afirman que no, pues la excomunión se impuso por elegir priora de fuera de la casa (aunque entonces no dijeron que era por mí). Les pareció que, siendo yo profesa de esa casa y habiendo vivido allí tantos años, no era de fuera. Podría volver incluso ahora, pues mi dote sigue allí y no es una provincia aparte.

Nombraron otra priora con la minoría de votos. El asunto está en el Consejo, y no sé en qué parará.

Me ha dolido mucho todo el desasosiego y escándalo que ha provocado mi elección, y las muchas almas turbadas, pues eran más de cincuenta y cuatro las que consideraban excomulgadas. Mi único consuelo es que hice todo lo posible para no ser elegida. Y le aseguro, Señoría, que es uno de los mayores trabajos que he pasado en la tierra, verme en esa casa. No tuve salud en el tiempo que estuve allí.

Y aunque me duelen mucho esas almas, que hay algunas de gran perfección y lo han demostrado en cómo han llevado sus sufrimientos, lo que más me ha herido es que, por orden del Padre Tostado, hace más de un mes que apresaron a los dos Descalzos que las confesaban, siendo grandes religiosos, edificantes durante los cinco años que llevan allí, y sosteniendo la casa desde que yo la dejé. Al menos uno de ellos, el Padre Juan de la Cruz, todos lo tienen por santo, y con razón. En mi opinión es una joya.

Estaban allí por mandato del Visitador Apostólico Dominico y del anterior Nuncio, y bajo la obediencia del Visitador Gracián. No sé en qué acabará todo esto. Me preocupa mucho que los llevaron y no sabemos a dónde, y temo que estén siendo maltratados. Dios lo remedie.

Vuestra Señoría me perdone por alargarme tanto, pero quiero que sepa la verdad de lo que está ocurriendo, por si llega por allí el Padre Tostado. El Nuncio lo favoreció mucho desde su llegada, y dijo al Padre Gracián que no hiciera visita. Y aunque eso no le quitó su calidad de Comisario Apostólico —pues el Nuncio no mostró sus poderes ni se los retiró—, Gracián se fue a Alcalá y se ha estado en una cueva en Pastrana, padeciendo, como ya dije, y no ha usado más de su comisión. Todo está en suspenso.

Él desea mucho no volver a la Visita, y todos deseamos lo mismo, porque nos va muy mal, si no es que Dios nos haga la merced de constituirnos en Provincia. Si no, no sé en qué acabaremos. Y al ir allá me escribió que, si el Padre Tostado hacía la visita, obedeciéramos todos. Pero él ni fue allí ni vino acá. Creo que el Señor lo detuvo.

Aun así, los Padres dicen que él lo hace todo y que él promueve la visita, y eso nos mata. Y verdaderamente, no hay otra causa para lo que he contado.

Descanso un poco diciéndole a Vuestra Señoría toda esta historia, aunque le canse leerla, pues está tan obligado a favorecer esta Orden. Y también para que vea los inconvenientes que hay en desear que vayamos allá, además de los que ahora le contaré, que son otra carga más.

Como no puedo dejar de procurar por todos los medios que este buen principio no se deshaga —y ningún letrado que me confiesa me aconseja otra cosa—, están los Padres muy disgustados conmigo, y han informado a nuestro Padre General de tal manera que, en un Capítulo General que se celebró, se ordenó y mandó que ninguna Descalza pudiera salir de su casa, y especialmente yo, bajo pena de excomunión.

Está claro que es para que no se hagan más fundaciones de monjas, y es una lástima la multitud que clama por estos monasterios; pero como somos pocas y no se hacen más casas, no pueden ser admitidas. Aunque el anterior Nuncio mandó que siguiera fundando, y tengo grandes patentes del Visitador Apostólico para hacerlo, estoy determinada a no continuar si no lo ordena nuestro Padre General o el Papa.

Y como no es culpa mía, Dios me hace la merced de darme paz, pues ya estaba cansada.

Aunque para servir a Vuestra Señoría no me sería trabajo, sino descanso. Me entristece pensar que no pueda verlo más. Si me lo mandara, me sería un gran consuelo.

Y aunque no hubiera esa prohibición del Capítulo General, las patentes que tenía del Padre General solo eran para los reinos de Castilla, y para ir fuera se necesitaría un nuevo mandato, que por ahora estoy segura de que no dará.

Del Papa sería fácil obtenerlo, especialmente si se le presenta una prueba que el Padre Gracián mandó hacer, sobre la vida y fruto de estas casas, y cómo viven las monjas. Dicen que podrían ser canonizadas.

Yo no la he leído, porque temo que se excedan en decir bien de mí. Pero quisiera mucho que se resolviera con nuestro Padre General, si ha de ser, y que permitiera fundar en España, enviando monjas desde casas ya hechas. Así se evitaría la pérdida de tantas almas.

Si Vuestra Señoría conociera al Protector de nuestra Orden —dicen que es sobrino del Papa—, él podría resolverlo con el Padre General.

Entiendo que sería un gran servicio a nuestro Señor que Vuestra Señoría lo procurara, y haría una gran merced a esta Orden.

Otro inconveniente hay (que quiero que Vuestra Señoría esté advertido de todo): el Padre Tostado está ya admitido como Vicario General en ese Reino, y sería cosa grave caer en sus manos, especialmente yo; y creo que lo impediría con todas sus fuerzas. Porque en Castilla, según parece ahora, no lo será. Pues como ha ejercido su cargo sin mostrar sus poderes —en especial en el asunto de la Encarnación—, y esto ha causado muy mala impresión, le han hecho presentar dichos poderes ante el Consejo mediante una Provisión Real (y ya otra se le había notificado el verano pasado), y no se los han devuelto, ni creo que se los devolverán.

También tenemos para estos monasterios cartas de los Visitadores Apostólicos para que no seamos visitadas sino por quien nuestro Padre General designe, con tal que sea descalzo. Allá, no habiendo nada de esto, pronto se perderá la perfección.

Vuestra Señoría verá cómo pueden remediarse todos estos inconvenientes, pues buenas monjas no faltarán para servirle. El Padre Julián de Ávila (que parece estar ya en camino) besa las manos de Vuestra Señoría. Está muy alegre con las noticias (que él sabía antes de que yo se las dijera) y muy confiado en que Vuestra Señoría ganará mucho con este cuidado delante de nuestro Señor. María de San Jerónimo, que era la Supriora de esta Casa, también besa las manos de Vuestra Señoría. Dice que irá muy gustosa a servirle, si nuestro Señor así lo dispone. Su Majestad guíe todo como sea para mayor gloria suya, y a Vuestra Señoría guarde con mucho aumento de su amor.

No es de extrañar que ahora Vuestra Señoría no pueda tener el recogimiento que desea, con novedades semejantes. Nuestro Señor le dará el doble, como suele hacerlo, cuando se ha dejado todo por su servicio; aunque siempre deseo que procure Vuestra Señoría tiempo para sí, porque en eso está todo nuestro bien.

De esta Casa de San José de Ávila, a 16 de enero de 1578 años.

Suplico a Vuestra Señoría no me atormente con estos sobrescritos, por amor de nuestro Señor.

Indigna sierva y súbdita de Vuestra Señoría,
Teresa de Jesús


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