Al prudentísimo señor, el rey Felipe II.
La gracia del Espíritu Santo esté siempre con Vuestra
Majestad. Amén.
Ha llegado a mi conocimiento un memorial que han presentado a Vuestra Majestad contra el Padre Maestro Gracián, y me asombra la astucia del demonio y de sus ministros. No les basta con calumniar a este siervo de Dios —que verdaderamente lo es y cuya presencia nos edifica tanto a todas—, sino que ahora intentan desprestigiar también estos monasterios donde tanto se sirve a nuestro Señor.
Para ello, se han valido de dos frailes descalzos. Uno de
ellos, antes de profesar, sirvió en estos monasterios y ha hecho cosas que, si
se entienden bien, demuestran que muchas veces carece de juicio. A partir de
este fraile, y de otros que están en contra del Padre Maestro Gracián —porque
él es quien ha de corregirlos—, sus enemigos han intentado valerse haciéndoles
firmar disparates. Si no temiera el daño que puede causar el demonio, me
causaría hasta gracia lo que dicen que hacen las descalzas, porque sería algo
monstruoso en relación a nuestro hábito.
Por amor de Dios, suplico a Vuestra Majestad que no permita
que testimonios tan infames circulen por los tribunales. El mundo está de tal
manera, que puede quedar alguna sospecha en alguien —aunque se pruebe lo
contrario— de que dimos alguna ocasión a estos ataques. Y no ayuda a la Reforma
manchar lo que, por la bondad de Dios, está tan reformado, como Vuestra
Majestad podrá ver si lo desea, mediante una prueba que mandó hacer el Padre
Gracián de estos monasterios por motivos justificados, con personas serias y
santas que tratan con estas monjas.
Y siendo posible averiguar las motivaciones de quienes han
redactado esos memoriales, ruego a Vuestra Majestad que lo considere como algo
que atañe a la gloria y honra de Dios nuestro Señor. Porque si los contrarios
ven que se da crédito a sus testimonios para suspender la visita, levantarán
falsas acusaciones contra quien la hace, diciendo que es hereje; y donde no hay
mucho temor de Dios, será fácil que lo crean.
Siento compasión por lo que este siervo de Dios padece, y
por la rectitud y perfección con que actúa en todo. Esto me obliga a suplicar a
Vuestra Majestad que lo proteja, o que le quite la ocasión de estos peligros,
ya que es hijo de criados de Vuestra Majestad, y él, por sí solo, no pierde
nada. Verdaderamente me ha parecido un hombre enviado por Dios y por su bendita
Madre —a la que tiene gran devoción—, lo que le trajo a la Orden para ayudarme.
Porque hacía ya más de diecisiete años que yo padecía sola, sin saber cómo
soportarlo, y mis fuerzas eran muy débiles.
Suplico a Vuestra Majestad que me perdone lo extenso de esta
carta, pues el gran amor que le tengo me ha hecho atreverme, considerando que,
así como el Señor soporta mis indiscretas quejas, también las sufrirá Vuestra
Majestad.
Plazca a Él oír todas las oraciones de descalzos y descalzas
que se hacen por Vuestra Majestad, para que le guarde muchos años, pues no
tenemos otro amparo en la tierra.
Escrito en Ávila, a trece de septiembre de mil quinientos
setenta y siete.
Indigna sierva y súbdita de Vuestra Majestad,
Teresa de Jesús.
