Juicio de Rehabilitación - Capítulo V

 


Capitulo V – Informaciones e investigaciones

V-1 – Información previa hecha en Rouen en 1452.

Sigue el contenido de las informaciones, investigación y deposiciones hechas y recibidas, tanto de oficio solamente, como por pedido del promotor y de las partes, como se dijo más arriba.

De esas informaciones, unas fueron hechas en el lugar de nacimiento de Juana, frecuentemente llamada la Doncella, sobre su origen y su conducta; otras fueron hechas en la ciudad de Orléans y los lugares vecinos, sobre sus hechos y gestos; otras fueron hechas en la ciudad de Rouen sobre el valor del juicio anteriormente llevado a cabo contra la dicha Juana y sobre los otros puntos correspondientes a las personas y el susodicho juicio. Algunas de esas informaciones e investigaciones fueron hechas por los señores delegados, otras por sus comisarios, en lugares y tiempos variados, como está indicado más abajo para cada investigación e información.

Pero para comenzar, dado que el reverendísimo padre en Cristo y señor, monseñor Guillaume, sacerdote de la santa Iglesia romana, cardenal del título de Saint-Martin-des-Monts, comúnmente llamado el cardenal d’Estouteville, hizo y ordenó hacer, con la asistencia del venerable padre y maestro Jean Bréhal, inquisidor, en la ciudad de Rouen y otros lugares ciertas informaciones previas y preparatorias, a causa de rumores corrientes y de todo lo que le fue reportado cotidianamente durante su legación en relación con el juicio llevado a cabo contra la dicha Juana; en virtud de que no pudo, a causa de su partida, emitir un decreto de citación, como él esperaba, y proceder al examen del juicio, decidió enviar las piezas a este inquisidor y los notarios; por estas razones, los dichos señores delegados recibieron en nuestra presencia, de manos del dicho inquisidor y de los notarios que las escribieron, las mencionadas informaciones, al inicio del juicio, y ordenaron que fuesen puestas aquí, en primer lugar, con las otras informaciones e investigaciones, como preparatorias y preliminares.

V – 1 Contenido de los artículos sobre los cuales fueron interrogados los testigos comprendidos en esta información

Siguen, entonces, los artículos sobre los cuales fueron examinados los testigos anteriormente mencionados por el dicho reverendísimo padre en Cristo, el señor cardenal d’Estouteville, sacerdote cardenal del título de Saint-Martin-des-Monts, legado enviado por la santa Sede Apostólica en el reino de Francia, y por el venerable hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, en el asunto de Juana, apodada la Doncella.

1.      Para empezar, el difunto monseñor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais, estaba poseído por una pasión desordenada para hacer el juicio contra la difunta Juana, comúnmente llamada la Doncella, y porque ella había hecho la guerra contra los ingleses, él la persiguió y la odiaba, buscando su muerte por todos los medios posibles.

2.      Del mismo modo aún, el dicho obispo solicitó al señor duque de Bourgogne y al señor conde de Ligny, a través de cartas conminatorias, que la dicha Juana fuese librada al rey de Inglaterra, dejando en esto a la Iglesia en segundo plano. Y solicitó una vez más que ella le fuese dada y enviada, prometiendo pagar seis mil francos, luego diez mil, a quienes la detuvieran o la habían capturado, y sin importarle lo que diera, con tal de que la tuviera.

3.      Del mismo modo, los mencionados ingleses le temían enormemente y, por ello, buscaban darle muerte de cualquier manera para que, dejando de vivir, ella no los aterrorizara más.

4.      Asimismo, el dicho obispo estaba de parte de los ingles y, antes de conocer la causa, otorgó que la dicha Juana fuese puesta desde el inicio del proceso en el castillo de Rouen, en una prisión laica y en manos de sus enemigos, a pesar de la existencia de prisiones eclesiásticas buenas y convenientes, en las cuales podían ser legítimamente vigilados y encerrados, tan criminales como sean, los culpables en materia de fe.

5.      Del mismo modo, el dicho obispo no era el juez competente, como frecuentemente lo declaró Juana denunciándolo públicamente.

6.      Asimismo, la dicha Juana era una joven simple, buena y católica, deseando frecuentemente confesar sus pecados y escuchar la Misa, de tal suerte que ella pudo mostrar a los asistentes por su final que ella era una fiel cristiana.

7.      Del mismo modo, Juana declaró muchas veces en justicia que ella sometía todas sus acciones y palabras al juicio de la Iglesia de nuestro señor el Papa; y lo que ella decía parecía proceder de un espíritu bueno más que de uno malo.

8.      De la misma manera, Juana comprendió muy mal lo que era la Iglesia cuando se la interrogó sobre su sumisión a la Iglesia, y ella no entendía esa palabra como la reunión de los fieles; sino que creía y entendía que esta Iglesia, sobre la cual se la interrogaba, era compuesta de eclesiásticos entonces presentes favorables al partido de los ingleses.

9.      De la misma manera, ella fue condenada como relapsa, a pesar de que ella quería someterse a la Iglesia.

10.  Asimismo, una vez condenada a retomar y guardar las vestimentas femeninas, ella fue forzada a ponerse un hábito de hombre. Por ese motivo, los pretendidos jueces la juzgaron como relapsa, buscando no su arrepentimiento, sino su muerte.

11.  Asimismo, a pesar de que era evidente para los jueces que esta Juana se sometería al juicio y a la decisión de nuestra santa madre la Iglesia, y que ella había vivido como una fiel católica, no obstante, estos jueces, favorables a los ingleses o incapaces de resistir a sus amenazas y presiones, la condenaron muy injustamente como herética a la pena del fuego.

12.  Asimismo, todos y cada uno de los puntos citados, a saber, la condenación de Juana, el odio y la pasión desordenada de los jueces, fueron y son de reputación pública y de opinión corriente, temas de conversación diaria y notoria en la ciudad y la diócesis de Rouen y en todo el reino de Francia.

V-1 – Acta de citación de los testigos – 1452

Sigue la citación en virtud de la cual los testigos fueron convocados.

Guillaume, por la misericordia divina sacerdote de la santa Iglesia Romana, cardenal del título de Saint-Martin-des-Monts, comúnmente llamado cardenal d’Estouteville, legado de la Sede Apostólica en el reino de Francia, el Delfinado, el ducado de Savoie y todas las provincias de las Galias, y el hermano Jean Bréhal, de la Orden de los hermanos Predicadores, profesor de teología sagrada, por la autoridad apostólica inquisidor designado de la perversidad herética en el reino de Francia, ambos cojueces en este asunto, a todos y cada uno de los sacerdote, párrocos y no párrocos, y otras personas eclesiásticas, a los notarios y escribanos públicos, donde sea que estén establecidos, a los cuales nuestras presentes cartas les llegarán para ejecución, salud en el Señor. Les mandamos a ustedes y cada uno de ustedes, citar perentoriamente ante nosotros, en el palacio arzobispal de Rouen, en cierto día conveniente, no festivo, como se les requiere por las presentes, al reverendo padre en Cristo y señor, monseñor el obispo de Démétriade, Jean Autin, don Thomas Marie, prior de Saint-Michel cerca de Rouen, don Pierre Miget, prior de Longueville-Giffard, el maestro André Marguerie, canónigo de Rouen, Guillaume de Bigars, caballero, el maestro Guillaume Fortin, el maestro Nicolas de Houppeville, el señor Jean Massieu, el señor Guillaume Manchon, el hermano Bardin de La Pierre, el hermano Martin Ladvenu, el señor Nicolas Taquel, Pierre Cusquel, el hermano Jean Pasquerel, Richard de Grouchet y Jean Favé, para traer un testimonio de la verdad en un asunto de inquisición concerniente a un juicio en materia de fe hace un tiempo convocado contra una Juana, comúnmente llamada la Doncella, por un obispo de Beauvais y un supuesto subinquisidor de la fe, y respecto a artículos enviados en este asunto de parte del promotor; declarando, además, que suspenderemos al obispo de toda entrada en una iglesia y que excomulgaremos los otros nombrados si no comparecen ante nosotros. Relátenos fielmente lo que habrán hecho, ustedes quienes deben ejecutar las presentes.

Dado el año del Señor 1452, el jueves tras Jubilate.

Así firmado: COMPAING.

V–1 – Deposición de testigos – 1452

Sigue la información preliminar, es decir, preparatoria hecha por el reverendo padre en Cristo y señor, monseñor Guillaume, por la misericordia divina sacerdote de la santa Iglesia Romana, del título de Saint-Martin-des-Monts, comúnmente llamado cardenal d’Estouteville, legado de la Sede Apostólica en el reino de Francia y en las provincias de las Galias, y por el hermano Jean Bréhal, de la Orden de los hermanos Predicadores, profesor de teología sagrada, inquisidor de la perversidad herética en el reino de Francia, designado por la autoridad apostólica, ambos cojueces en este asunto, en el cual, siguiendo la opinión común, se había actuado anteriormente mal e injustamente contra Juana, llamada comúnmente la Doncella, en un juicio intentado contra ella por el obispo de Beauvais de aquel tiempo y el subinquisidor de la fe, bajo la dominación del rey de Inglaterra.

Primera deposición de Guillaume Manchon en 1452

En primer lugar, el señor Guillaume Manchon, sacerdote, notario de la corte arzobispal de Rouen, de cincuenta y ocho años o aproximado, testigo jurado y escuchado en el año del Señor 1452, el martes, segundo día del mes de mayo.

1.      Sobre el primer artículo, afirmó por juramento que el artículo es verídico, por lo que ha escuchado y comprendido en los escritos; y esto es notorio.

2.      Sobre el segundo artículo, que comienza por “del mismo modo aún”, afirmó por juramento que es verídico, según lo que escuchó, a saber, que Juana, tomada por un hombre del entorno del conde de Ligny, fue conducida al castillo de Beaurevoir y detenida allí durante tres meses; y entonces, en virtud de las cartas del rey de Inglaterra y de monseñor de Beauvais, fue conducida a Rouen y puesta en un calabozo.

3.      Sobre el tercer artículo que comienza por “del mismo modo, los mencionados ingleses”, afirmó creer que si la dicha Juana hubiera estado de parte de los ingleses, ellos no habrían procedido contra ella tan rigurosamente como lo hicieron. Y no sabe nada más.

4.      Sobre el cuarto artículo, dijo que el obispo de Beauvais estaba de parte de los ingleses y, antes que el dicho obispo hubiese comenzado a conocer la causa, vio que Juana estuviese ya encadenada; y entonces, después de que comenzara a conocer la causa, Juana, así encadenada, fue puesta bajo la guardia de cuatro ingleses, designados por este obispo y el inquisidor de la fe, y advirtió solemnemente que debían vigilarla con cuidado. Ella fue tratada cruelmente e instrumentos de tortura le fueron mostrados en el final del juicio. Ella estaba entonces vestida con ropas de hombres y se quejaba diciendo que no osasen quitárselos, temiendo que en la noche sus guardias le hicieren sufrir alguna violencia; y una vez o dos, ella se quejó al dicho obispo de Beauvais, al subinquisidor y al maestro Nicolas Loiselleur que uno de los dichos guardias había querido violarla; por esta razón, el señor de Warwick, por el reporte hecho por los dichos obispos, inquisidor y Loiselleur, hizo enormes amenazas a los guardias si estos intentaban ulteriormente hacer otra tentativa; y dos guardias nuevos fueron designados.

5.      Sobre el quinto artículo, a saber, si este obispo era o no el juez competente de Juana, dijo que se remite al derecho; pero que se dice que ella había sido hecha prisionera fuera de su territorio y de su jurisdicción y que ella no era de su diócesis. Y sabe que el obispo procedió contra ella hasta la sentencia definitiva, como está contenido en el juicio, al cual se refiere.

6.      Sobre el sexto artículo, declaró no haber visto jamás a Juana hacer algo que sea herético o contrario a la fe católica; al contrario, vio que ella solicitaba recibir el sacramento de la confesión y escuchar la misa; en cuanto a lo que fue avanzado contra ella, en materia de vestimentas de hombre, de visión de ángeles y de santos, etc., y otros puntos enumerados en el juicio, él se remite a los hombres sabios. Dijo, sin embargo, que según el rumor público, ella había sido juzgada con odio y hostilidad, y no conforme a la verdad; es por esto por lo que el testigo vio llorar a muchas personas tras su condenación; y, al final de su vida, ella se abandonó con gran devoción a Dios, a la bienaventurada Virgen María y a los santos.

7.      Sobre el séptimo artículo, se remite al juicio.

8.      Sobre el octavo artículo, declaró que las respuestas de Juana son suficientemente conocidas por el juicio. Él sabe, sin embargo, que el maestro Jean de La Fontaine y dos hermanos de la Orden de los Predicadores fueron enviados a Juana seis semanas antes de la pronunciación de la sentencia, para advertirle que se sometiera a la Iglesia, porque, según el juicio de todos, ella no parecía comprender la naturaleza de la Iglesia. Este La Fontaine, es verdad, por miedo de los ingleses y a causa de sus amenazas, fue obligado a huir; en cuanto a los otros maestros, lograron con gran dificultad obtener la paz. Agregó que el maestro Jean Lohier, se encontraba entonces en la ciudad de Rouen y llamado a dar su opinión sobre el juicio, viendo por los demás que no se podía juzgar con seguridad, dijo que opinaba que no se procedía bien; y se fue, rehusándose a participar más tiempo.

9.      Sobre el noveno artículo, declaró que se remite al juicio.

10.  Sobre el décimo artículo, él se remite al derecho. Declaró, no obstante, que tras su condena a arrepentimiento, ella retomó la vestimenta femenina y quedó satisfecha; pero, solicitó que se la colocara con mujeres en una prisión de la Iglesia, para estar custodiada por eclesiásticos. Luego retomó vestimentas de hombre, diciendo para excusarse que si ella hubiera sido puesta en una prisión de la Iglesia, ella no lo habría hecho, pero que ella no osaba permanecer con vestimentas femeninas junto a los guardias ingleses.

11.  Sobre el undécimo artículo, se remite al derecho.

12.  Sobre el duodécimo artículo, declaró que sobre los hechos de la captura, del juicio, de la encarcelación, de la condenación y de la ejecución, está la voz pública y la reputación. Dijo, además, el que habla, que como notario escribió las respuestas y las justificaciones de la dicha Juana; y sucedió que otros dos escribanos, escondidos secretamente cerca, omitieron en sus informes todas las justificaciones; y los jueces quisieron que él, testigo, redactara a su voluntad, cosa que no hizo.

Primera deposición de Pierre Miget en 1452

El venerable y religioso hermano Pierre Miget, profesor de teología sagrada, prior de Longueville-Giffard, de setenta años o aproximadamente, jurado y escuchado el dicho martes, segundo día del mes de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declaró que es verdadero y notorio.

2.      Sobre el segundo artículo dijo que Juana estaba detenida en el castillo de Rouen. Interrogado sobre la fuente de este conocimiento, dijo que la vio sacar de allí.

3.      Sobre el tercer artículo declaró ser bastante evidente, por la conducción del juicio, que los ingleses procedieron más por un estimulo de odio que por el celo de la justicia; buscaron probar que ella era herética, para así deshonrar al rey de Francia; y, según él cree, esa era su intención esencial.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que el obispo de Beauvais apoyaba el partido de los ingleses. Y escuchó decir que la dicha Juana era tratada cruelmente en la prisión, que ella tenía grilletes tanto en los pies como en las manos; esto, no obstante, él no lo vio, aunque había observado a Juana durante un interrogatorio. Dijo, además, que si ella no hubiera sido peligrosa para los ingleses, ella no habría sido jamás tratada así y condenada; pero que aquellos la temían más que a un gran ejército.

5.       Sobre el quinto artículo declaró que para la competencia del juez, él se remite al derecho; dijo, no obstante, que ella no era originaria de la diócesis de Beauvais.

6.      Sobre el sexto artículo declaró que de Juana no vio ni percibió nada contrario a la fe; y la mayor parte de aquellos que vieron su ejecución la compadecieron, diciendo que se había procedido contra ella a través del odio e injustamente.

7.      Sobre el séptimo artículo él se remite al juicio.

8.      Sobre el octavo artículo él declaró que en las respuesta de Juana no vio nada que no fuese católico, si se exceptúa las revelaciones que ella decía haber tenido de santos y tener que decir; pero escuchó que su corazón estaba hacia Dios y que ella quería obedecer a Dios y a la Iglesia.

9.      Sobre el noveno artículo declaró que los jueces se aprovecharon de la ocasión para condenarla como relapsa ya que ella había retomado las vestimentas de hombre que ella había dejado de lado.

10.  Sobre el décimo artículo declaró que no designa como herético el hecho, para una mujer, de llevar una vestimenta de hombre; al contrario, le parece que aquel que por esta sola razón la declara herética debería ser castigado con la pena del talión.

11.  Sobre el undécimo artículo él cree que el artículo es verídico.

12.  Sobre el duodécimo artículo dijo que en favor de sus deposiciones está la voz pública y la reputación.

Primera deposición de Ysambard de La Pierre en 1452

1.      Sobre el primer artículo dijo que es verídico porque la vio captiva en las manos de los ingleses.

2.      Sobre el segundo artículo declaró que es verídico porque la vio en la prisión del castillo de Rouen, en una habitación bastante oscura, a veces encadenada y atada.

3.      Sobre el tercer artículo declaró, visto el juicio y todo lo demás hecho durante este, creer y juzgar que los ingleses actuaron por odio y resentimiento contra ella y no buscaron nada que no sea su muerte. Dijo, asimismo, que asistió a la primera predicación hecha por el maestro Guillaume Erard; aquel tomó como tema: “el sarmiento no puede dar fruto si no se mantiene en la vid” y predicó que en Francia jamás hubo un monstruo como esta Juana, que ella estaba entregada a los sortilegios, era herética, cismática, que el rey, al apoyarla, era similar y quería visiblemente recuperar su reino gracias a una mujer herética como ella. Además, cree que sus adversarios estaban poseídos, entre otras cosas, por el deseo de deshonrar la majestad real.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que el obispo de Beauvais apoyaba el partido de los ingleses; cree que este obispo, al inicio del juicio, ordenó tenerla encadenada y designó él mismo a los ingleses para vigilarla, prohibiendo que nadie pudiera hablarle sin su autorización, o la del promotor llamado Benedicite.

5.      Sobre el quinto artículo declaró haber escuchado que el dicho obispo estableció aquí su jurisdicción; pero ella fue capturada en la jurisdicción de este obispo. Para el resto, se remite al derecho.

6.      Sobre el sexto artículo y para su primer parte, declaró creer que Juana era una buena y verdadera católica porque él que habla estuvo con ella en su última hora: en las llamas, ella tenía siempre en sus labios el nombre de Jesús, decía que ella no era ni hereje ni cismática, como se le reprochaba en un libelo que le habían enviado; y ella suplicó al testigo que, en el momento en que el fuego fuera encendido, viniera con la Cruz y se la presentase; lo que él hizo. Y entonces ella gritó “Jesús”; gracias a eso los asistentes fueron llevados a las lágrimas.

7.      Sobre el séptimo artículo declaró que en el curso del juicio, ella dijo muchas cosas; cuando ella hablaba del reino y de la guerra, ella parecía inspirada por el Espíritu Santo; pero, cuando ella hablaba de su persona, ella imaginaba a veces; en todo caso, él no creía que por sus dichos ella debía ser condenada como herética. Sobre el resto, se remite al juicio.

8.      Sobre el octavo artículo declaró que el obispo le preguntó una vez si ella quería someterse a la Iglesia; ella respondió: “¿Qué es la Iglesia? En cuanto a usted, no me quiero someter a vuestro juicio porque eres mi enemigo mortal”. Entonces, el testigo habiéndole dicho que se sostenía un concilio general en el cual asistían numerosos prelados, incluso de su partido, ella respondió que se sometía a ese concilio. El obispo, al escuchar estas palabras, dijo al testigo que se callara, en el nombre del diablo. Además, el testigo se quejó de que el obispo rechazara inscribir lo que ella decía para su defensa; pero lo que se hacía contra ella, él quería que se inscribiera. Se le preguntó si ella quería someterse al juicio del papa; ella respondió que se la conduzca al papa y que ella estaría contenta.

9.      Sobre el noveno declaró que fue juzgada relapsa porque había retomado la vestimenta de hombre.

10.  Sobre el décimo declaró que él no habría juzgado como hereje a una mujer por haberse vestido con hábito de hombre. Además, dijo que tras su abjuración, ella volvió a vestir con hábito de mujer y solicitó ser conducida a una prisión de la Iglesia; eso no le fue otorgado. Más aún, como aprendió de Juana mismo, un personaje que tenía gran autoridad intentó violarla; por ello, para ser más capaz de resistir, ella retomó la vestimenta de hombre puesta con premeditación cerca de ella. Asimismo, tras haber retomado esta vestimenta, vio y escuchó al obispo, llevado por la felicidad junto con otros ingleses, decir delante de todos, delante del señor de Warwick y los otros: “Ella está capturada”.

11.  Sobre el undécimo artículo declaró creer lo que contiene el artículo.

12.  Sobre el duodécimo artículo declaró que para la captura, predicación, condenación, ejecución, la invocación del nombre de Jesús, estuvo y está la reputación pública.

Primera deposición de Pierre Cusquel en 1452

Pierre Cusquel, ciudadano de Rouen, de cincuenta y cinco años o aproximado, jurado y escuchado el dicho día.

1.      Sobre el primer artículo declaró que vio a esta Juana en cuestión ser amenazada por los ingleses.

2.      Sobre el segundo artículo declaró que no la vio ser conducida a la prisión; pero la vio, dos o tres veces, en una habitación del castillo de Rouen en el costado de la puerta posterior.

3.      Sobre el tercer artículo declaró creer que los ingleses buscaban matar a esta Juana por maldad y disgusto del bien que ella hacía. Además, cree que los ingleses estaban poseídos, entre otras cosas, por el deseo de deshonrar al señor rey de Francia, por haber utilizado una mujer herética y hábil en sortilegios. Y él supone que, si ella no hubiese estado contra los ingleses y en el ejército, un tal juicio no habría sido hecho contra ella.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que quien habla, en la época del juicio, tenía un gran hábito de entrar en el castillo gracias a su patrón, el maestro Jean Son, maestro de obra en albañilería; con el permiso de los guardias, entró dos veces en la prisión de Juana y la vio con grilletes de hierro y atada por una larga cadena fijada a una viga; y en la propia casa del testigo fue pesada una jaula de hierro, en la cual se decía que ella sería encerrada; sin embargo, no la vio en esta jaula.

5.      Sobre el quinto artículo declaró haber escuchado que Juana había sido hecha prisionera en la diócesis de Beauvais y que por esta razón el obispo convocó el juicio contra ella. Sobre el resto, se remite al derecho.

6.      Sobre el sexto declaró, él como testigo, en su conciencia, que Juana era buena católica, de buena y honesta vida; la reputación la juzga así y todos la compadecían.

7.      Sobre el séptimo se remite al juicio y al derecho.

8.      Sobre el octavo se remite al juicio.

9.      Sobre el noveno declaró que el pueblo decía no haber ninguna razón para condenarla, si no es porque retomó las vestimentas de hombre; pero ella no había vestido ni vestía esa vestimenta para nada más que para no complacer a los soldados con los cuales ella vivía; y una vez, en la prisión, él le preguntó por qué ella llevaba esa vestimenta de hombre y ella respondió lo anterior. Asimismo, declaró haber escuchado, el día de la muerte de Juana, de la boca del maestro Jean Tressart, secretario del rey de Inglaterra, que ella había muerto como fiel cristiana y que él creía que su alma estaba en las manos de Dios y todos los culpables de la condenación estaban condenados.

10.  Sobre el décimo se remite al derecho.

11.  Sobre el undécimo se remite al derecho.

12.  Sobre el duodécimo declaró que para la captura, encarcelación, condenación y ejecución, estaba y está la reputación pública.

Primer deposición de Martin Ladvenu en 1452

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que contiene la verdad.

2.      Sobre el segundo artículo declaró que contiene la verdad porque la vio muchas veces en el castillo de Rouen, bajo la guardia de los ingleses, encadenada en la prisión.

3.      Sobre el tercer artículo cree que este artículo contiene la verdad en esta forma, y cree que los ingleses buscaron a través del juicio deshonrar al rey de Francia porque tenía al lado una hechicera. Y esto lo cree verdaderamente por el fin que siguió.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que el obispo de Beauvais apoyaba el partido de los ingleses, que era uno de los consejeros de ese rey y que Juana estaba detenida, de la manera indicada, pero que ignora si era por orden del obispo. Cree, no obstante, que durante el juicio el dicho obispo había enviado a los guardias a Juana.

5.      Sobre el quinto artículo y sobre la primer parte del artículo, él se remite al derecho para saber si el obispo era el juez competente o no; pero cree que todos actuaron contra ella con odio más que con caridad; y no cree que ella hubiera sido juzgada así si ella hubiera apoyado el partido de los ingleses, o no hubiera estado contra ellos.

6.      Sobre el sexto artículo declaró haber escuchado en confesión a Juana, por pedido de ella y solicitud, y la encontró en sus últimos días fiel y piadosa. Asimismo, la fama pública la tenía por buena católica.

7.      Sobre el séptimo declaró remitirse al juicio.

8.      Sobre el octavo artículo declaró que se preguntó muchas veces a Juana si ella se sometía al juicio de la Iglesia; y ella preguntó a aquellos que la interrogaban lo que era la Iglesia; y cuando se le respondió que era el papa y los prelados que representan a la Iglesia, ella respondió que se sometía al juicio del soberano pontífice solicitando ser conducida a él. El testigo agregó que había escuchado a Juana en confesión, con la autorización de los jueces, antes del pronunciamiento de la sentencia, y le había administrado el cuerpo de Cristo; ella lo recibió con tanta devoción y con lágrimas tan abundantes, que él no sabría contarlo.

9.      Sobre el noveno artículo declaró que retomar las dichas vestimentas de hombre fue una de las causas de la condenación. Para el resto, se remite al juicio.

10.  Sobre el décimo artículo cree que contiene la verdad.

11.  Sobre el undécimo artículo cree que contiene la verdad.

12.  Sobre el duodécimo artículo declaró que para sus deposiciones anteriormente mencionadas, está la voz pública y la reputación.

Así firmado: COMPAING.

V-1 Delegación de Philippe de La Rose en lugar del señor Cardenal, quien partió a otro lugar

Guillaume, por la misericordia divina sacerdote de la santa Iglesia Romana, cardenal del título de Saint-Martin-des-Monts, comúnmente llamado cardenal d’Estouteville, legado de la Sede Apostólica en el reino de Francia y todas las provincias de las Galias, a nuestro querido maestro Philippe de La Rose, tesorero de la iglesia de Rouen, salud en el Señor.

No podemos, a causa de nuestra partida de esta ciudad de Rouen, ocuparnos en persona de la recepción y audición de testigos a presentar de parte del promotor designado para el asunto de inquisición comenzado por nosotros en esta ciudad y relacionado al juicio en materia de fe, mal y falsamente convocado contra una cierta Juana, llamada comúnmente la Doncella, por cierto obispo de Beauvais o subinquisidor de la fe; por lo tanto nosotros, suficientemente informados de vuestra ciencia, habilidad, probidad y diligencia, por estas presentes os comisionamos y diputamos en nuestro lugar para recibir, hacer jurar y escuchar todos y cada uno de los testigos que el dicho promotor querrá presentar en este asunto de inquisición ante vosotros y el inquisidor de la fe, nuestro cojuez; con el poder de citar, forzar y constreñir a estos testigos por censura eclesiástica, si es necesario.

Dado bajo nuestro sello, el año del Señor 1452, el dieciséis de mayo.

Así firmado: COMPAING.

V – 1 Renovación de la información tras la partida del señor Cardenal.

Siguiendo los nombres, apellidos y deposiciones de todos y cada uno de los testigos producidos de la parte del venerable y discreto maestro Guillaume Prévosteau, licenciado en derecho, promotor en esta causa, diputado por los jueces anteriormente nombrados, ante nosotros Philippe de La Rose, tesorero de la iglesia de Rouen, comisionado para esto y diputado por el reverendísimo padre en Cristo y señor, monseñor Guillaume, por la misericordia divina sacerdote de la santa Iglesia Romana, cardenal del título de Saint-Martin-des-Monts, comúnmente llamado cardenal d’Estouteville, legado de la Sede Apostólica en el reino de Francia y en las provincias de las Galias, debido a su partida de la dicha ciudad de Rouen, y ante nosotros, el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, inquisidor de la perversidad herética en el reino de Francia, designado por la autoridad apostólica, ambos cojueces en este asunto, en el cual, siguiendo el rumor público, se había actuado anteriormente mal y de manera injusta contra Juana, llamada comúnmente la Doncella, en un juicio intentado contra ella por el obispo de aquel entonces de Beauvais y el subinquisidor de la fe, bajo la dominación del rey de Inglaterra. Estos testigos fueron recibidos diligentemente y uno a uno, jurados y escuchados sobre los artículos del dicho promotor por nosotros, tesorero e inquisidor, en presencia de los venerables maestros Jean de Gouis, doctor en derecho, canónigo de Rouen, del hermano Jacques Chaussetier, de la Orden de los Predicadores, y de Compaing Votes y Jean Dauvergne, sacerdotes, notarios públicos de la corte arzobispal de Rouen por la autoridad apostólica e imperial, ante los reverendísimo padre y subinquisidor, designados en esta causa de fe correspondiente al juicio en materia de fe hace un tiempo convocado en esta ciudad por el obispo de Beauvais y el subinquisidor contra una cierta Juana, comúnmente llamada la Doncella.

Sigue, para empezar, el contenido de los dichos artículos:

Suplementando a los artículos anteriormente producidos en esta causa de nulidad y de injusticia de un juicio y proceso contra una cierta Juana, comúnmente llamada la Doncella, el promotor designado a este efecto dio y envió los artículos inscritos aquí debajo, y solicitó que sobre ellos los testigos producidos por él sean escuchados por usted, reverendísimo padre en Cristo, señor legado y comisario, y por usted, venerable padre inquisidor de la herejía.

1.      Para comenzar, porque la dicha Juana había socorrido al rey muy cristiano de Francia y combatió en su ejército contra los ingleses, estos la persiguieron y la odiaban con un odio mortal y deseaban por todos los medios matarla; desapareciendo así, ella no podría hacerles ningún mal más. Y así fue y esto es verdad.

2.      Asimismo, porque la dicha Juana había causado grandes pérdidas a los ingleses en esta guerra, aquellos la temían mucho y buscaban por todas las vías posibles matarla; desapareciendo así, ella no podría hacerles ningún mal más. Y así fue y esto es verdad.

3.      Asimismo, para parecer actuar bajo el color o el manto de justicia, los ingleses la transfirieron a esta ciudad de Rouen, entonces bajo la dominación tiránica; y contra ella, detenida en las prisiones del castillo, emprendieron un supuesto juicio de materia de fe, gracias al temor y a las presiones. Y así fue y esto es verdad.

4.      Asimismo, los jueces, los asesores y los consejeros, al igual que el promotor y los otros interventores en ese juicio, expuestos a muy graves amenazas y al miedo proveniente de los ingleses, no osaron tener un juicio libre, sino que fueron forzados hacer todo por miedo y siguiendo las presiones de los ingleses, si ellos querían evitar grandes peligros e incluso la muerte. Y así fue y esto es verdad.

5.      Asimismo, los dichos notarios redactando en esta causa, debido a los mismos miedos y amenazas provenientes de los ingleses, no pudieron escribir y redactar las actas siguiendo la verdad de los hechos, y como la dicha Juana en verdad hablaba en sus respuestas. Y así fue y esto es verdad.

6.      Asimismo, a causa de este miedo, no estaba permitido a los notarios, e incluso les estaba expresamente prohibido, insertar en las actas las palabras que ella pronunciaba para su justificación; más aún, estaban forzados a omitirlas e insertar ciertas palabras en detrimento suyo, que ella no había pronunciado jamás. Y así fue y esto es verdad.

7.      Asimismo, a causa de los mismos miedos y terrores, no se encontraba persona que osara aconsejar a la dicha Juana o a sostener su causa por ella, o justificarla, o instruirla y dirigirla, o defenderla de alguna manera; algunos que dijeron palabras en su favor en alguna ocasión tuvieron que sufrir una gran amenaza contra sus vidas, ya que los mencionados ingleses querían tirarlos al río como rebeldes o librarlos a cualquier otra muerte. Y así fue y esto es verdad.

8.      Asimismo, detuvieron a Juana en una prisión privada o laica, junto con grilletes de hierro y cadenas; y prohibieron que alguien le hablara, para que ella no pudiera defenderse, colocando guardias ingleses. Y así fue y esto es verdad.

9.      Asimismo, la dicha Juana, joven de diecinueve años aproximadamente, ingenua, ignorante del derecho y del procedimiento, no estaba ni apta ni era hábil, sin director o consejero, para defenderse en una causa tan grave y difícil. Y así fue y esto es verdad.

10.  Asimismo, los dichos ingleses, deseando su muerte, fueron de noche cerca de su calabozo y, fingiendo hablar de revelaciones, la exhortaron, si ella quería escapar de la muerte, a no someterse en ninguna manera al juicio de la iglesia. Y así fue y esto es verdad.

11.  Asimismo, aquellos que la examinaron, para sorprenderla en sus palabras, la persiguieron con interrogatorios y preguntas difíciles y oscuras, y la mayor parte del tiempo la interrogaron sobre puntos cuyo significado ella ignoraba completamente. Y así fue y esto es verdad.

12.  Asimismo, la fatigaban durante mucho tiempo con interrogatorios y exámenes, para que, al menos afectada por el cansancio, en esa misma palabrería, pudieran arrancarle alguna palabra desfavorable. Y así fue y esto es verdad.

13.  Asimismo, muy seguido, en la justicia o fuera de ella, Juana en sus respuestas dijo, afirmó y proclamó que ella no quería sostener nada contrario a la fe católica; y si en sus palabras o en sus actos había alguna desviación de la fe, ella quería rechazarla y presentarse al juicio de los clérigos. Y así fue y esto es verdad.

14.  Asimismo, Juana, tanto en justicia como fuera de ella, declaró similarmente y en muchas ocasiones que ella se sometería, ella y todos sus hechos y gestos, al juicio de la Iglesia y de nuestro señor el papa; y así fue y esto es verdad; y que ella estaría triste si había en ella alguna cosa contraria a la fe católica.

15.  Asimismo, estas mencionadas palabras sobre la sumisión a la Iglesia, aunque ella las había pronunciado frecuentemente, tanto en justicia como fuera de ella, los ingleses y sus secuaces no permitieron, e incluso prohibieron, insertarlas o escribirlas en las actas del pretendido juicio; y tuvieron cuidado que se escriba de otra manera, mentirosamente. Y así fue y esto es verdad.

16.  Asimismo y realmente esto fue así, aunque nunca Juana declaró que ella se rehusaba a someterse al juicio de la santa madre Iglesia, incluso de la Iglesia militante. Y así fue y esto es verdad.

17.  Asimismo, en el caso y eventualidad en que se pudiera establecer que Juana hubiera pronunciado su rechazo a someterse a la Iglesia, el dicho promotor dijo que ella no comprendía absolutamente lo que era la Iglesia y que ella no tomaba esta palabra para designar la reunión de los fieles; sino que ella creía y comprendía esta iglesia, de la cual hablaban aquellos que la interrogaban, como siendo la reunión de los eclesiásticos presentes, partidarios de los ingleses.

18.  Asimismo, el mencionado pretendido juicio, para empezar, escrito al principio en francés, fue traducido con poca fidelidad al latín, eliminando muchas cosas respecto a la justificación de Juana y agregando contra la verdad un muy gran número para agravar su caso; así, se remarca que el dicho juicio difiere de su original en muchos puntos substanciales. Y así fue y esto es verdad.

19.  Asimismo, visto lo anterior, el dicho juicio pretendido y las sentencias no meritan el nombre de juicio y sentencia, porque no se puede hablar de juicio allí donde los jueces, los consejeros y los asesores no tuvieron la libre facultad de juzgar a causa del miedo. Y así fue y esto es verdad.

20.  Asimismo, según lo anterior, el dicho pretendido juicio está en muchas de sus partes falseado, viciado, corrompido, redactado de manera incompleta e infiel, y viciado al punto que ninguno debe tenerle la menor confianza. Y así fue y esto es verdad.

21.  Asimismo, en virtud de los anteriores puntos y de otros, el pretendido juicio y la sentencia son nulos y muy injustos, porque, no habiendo seguido las reglas del derecho, se los encuentra hechos y pronunciados por jueces no competentes que no tenían ninguna jurisdicción en la causa y sobre la persona. Y así fue y esto es verdad.

22.  Asimismo, y esto es otra razón manchando de nulidad y de injusticia manifiesta los dichos juicio y sentencias, no se dio ninguna posibilidad de defenderse a la dicha Juana en una causa tan grave; al contrario, la defensa, que existe en el derecho natural, le fue enteramente rechazada mediante numerosos y selectos procedimientos. Y así fue y esto es verdad.

23.  Asimismo, aunque fue evidente para los dichos pretendidos jueces que Juana se sometería al juicio y a la decisión de nuestra santa madre la Iglesia, que ella era fiel católica, y tal que decidieron administrarle la comunión del cuerpo de Cristo; sin embargo, por demasiado gran favor a los ingleses o por miedo de ser sometidos a sus amenazas y presiones, la condenaron injustamente como herética a la pena del fuego. Y así fue y esto es verdad.

24.  Asimismo, sin otra sentencia de un juez secular, sin derecho, los dichos ingleses, furiosos contra ella, la condujeron al suplicio con una muy grande tropa de soldados. Y así fue y esto es verdad.

25.  Asimismo, Juana se comportó continuamente, y especialmente en el momento de su muerte, de manera católica y santa, encomendando su alma a Dios e implorando a viva voz a Jesús hasta su último suspiro; a tal punto que ella hizo que todos los asistentes, incluidos los enemigos ingleses, derramaran lágrimas. Y así fue y esto es verdad.

26.  Asimismo, todas y cada una de las cosas anteriormente descritas, los ingleses las cometieron o las hicieron hacer porque temían enormemente a la dicha Juana, quien apoyaba el partido del rey de Francia, ya que la odiaban y la perseguían con odio mortal; y ellos quisieron deshonrar así al rey muy cristiano por haber utilizado el socorro de una mujer tan condenable. Y así fue y esto es verdad.

27.  Asimismo, para todas y cada una de las cosas, estaba y está la voz pública y la reputación, el reconocimiento general, los comentarios habituales y notorios en la ciudad y diócesis de Rouen y en todo el reino de Francia. Y así fue y esto es verdad.

El promotor dio, envió y produjo los dichos artículos con todos los mejores fines y efectos conocidos y debidos, salvo el derecho de agregar, corregir, etc. y de dar, en su lugar y tiempo, otros artículos más largos, como será conveniente para la causa. Y protesta, etc., como de costumbre.

Deposición de Nicolas Taquel en 1452

La discreta persona, señor Nicolas Taquel, sacerdote, rector, es decir, párroco de la iglesia parroquial de Basqueville en la diócesis de Rouen, de sesenta años o aproximado, jurado y escuchado el lunes ocho de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que el contenido del artículo corresponde no solamente a esta Juana, sino también a todos los partidarios del señor nuestro rey.

2.      Sobre el segundo declaró creer como anteriormente, y la reputación común en la ciudad estaba conforme.

3.      Sobre el tercer artículo declaró que, hacía la mitad del juicio, fue llamado por los dos notarios del juicio para estar presente con ellos, y vio a la dicha Juana en la prisión del castillo de Rouen, en una torre frente al campo. Y ese juicio estaba hecho a expensas del rey de Inglaterra, según se dice, pero sobre los miedos y las presiones mencionadas en el artículo no notó nada.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró no haber notado ningún miedo ni vio las defensas ni las coacciones que el artículo hace mención.

5.      Sobre el quinto artículo declaró no haber visto ni notado las presiones ni las amenazas o miedos que el artículo hace mención.

6.      Sobre el sexto declaró no haber notado nada, como anteriormente; al contrario, le parece que los notarios escribieron fielmente.

7.      Sobre el séptimo declaró no acordarse de que ella hubiera solicitado u obtenido un consejero ni que se le hubiese procurado uno, porque él no estaba presente desde el inicio del juicio. No sabe nada sobre el resto del artículo.

8.      Sobre el octavo declaró que sabe bien que Juana estaba en prisión como dice el artículo; y la vio algunas veces encadenada a pesar de su enfermedad; y había un ingles que custodiaba la entrada de la habitación o calabozo, sin la autorización de aquella persona nadie podía acercarse a ella, incluidos los jueces.

9.      Sobre el noveno declaró que le parece correcto que Juana tenía alrededor de diecinueve años, según su aspecto; ella era ingenua como una joven de esa edad, a veces hablando bien sobre el tema, y otras veces incierta y sin responder a las preguntas. No sabe nada más.

10.  Sobre el décimo declaró haber escuchado en la ciudad que los ingleses, de noche, en la ausencia de los jueces, la inquietaron, diciendo a veces que ella moriría, y otras veces que ella saldría de apuros; pero no sabe si esto es verdad.

11.  Sobre el undécimo declaró que estuvo presente cuando ciertos jueces le hicieron preguntas bien difíciles; ella les respondió que no le correspondía responder y que se remitía a ellos. Y algunos doctores que asistían le dijeron en ciertas ocasiones: “Has hablado bien, Juana”.

12.  Sobre el duodécimo declaró que Juana, algunas veces cansada por los numerosos interrogatorios, solicitaba un plazo hasta el día siguiente, y se le otorgaba. Sobre el resto no sabe nada.

13.  Sobre el decimotercer artículo declaró que haber escuchado muchas veces de Juana misma el contenido de este artículo, a saber, que no quería decir ni hacer nada contra la fe. Y él cree que esto fue escrito en el juicio.

14.  Sobre el decimocuarto artículo declaró haber, en efecto, escuchado de la dicha Juana las palabras contenidas en este artículo.

15.  Sobre el decimoquinto artículo declaró no recordar haber visto un ingles durante la audición de la dicha Juana, excepto el guardia; no recuerda ninguna prohibición pronunciada con respecto de lo que se hacía en el juicio, aunque se había prohibido insertar ciertas cosas que, según dice el testigo, no concernían a la causa.

16.  Sobre el decimosexto artículo declaró ignorar si esas palabras del decimosexto artículo fueron insertadas en el juicio; no recuerda que Juana en todo el juicio hubiese dicho que rechaza someterse al juicio de la Iglesia, aunque la vio algunas veces confundida; y entonces, según dice el testigo, los doctores que estaban presentes la dirigieron; y algunas veces se posponía hasta el día siguiente.

17.  Sobre el decimoséptimo artículo declaró que a veces fue expuesto por los doctores a Juana lo que era la Iglesia; y entonces ella decía lo que creía y se sometía al juicio de la Iglesia. No sabe nada más del contenido del artículo.

18.  Sobre el decimoctavo artículo declaró creer que los notarios escribieron fielmente, a veces en francés, a veces en latín, siguiendo lo que exigía el sujeto y las palabras pronunciadas. Para la traducción, él escuchó que el maestro Thomas de Courcelles estuvo a cargo de traducir el juicio del francés al latín; pero ignora si alguna cosa fue cambiada, agregada o eliminada.

19.  Sobre el decimonoveno artículo declaró haber expuesto anteriormente lo que sabe; para el resto se remite al derecho.

20.  Sobre el vigésimo declaró como antes.

21.  Sobre el vigesimoprimero declaró que el juicio menciona la captura de Juana en la diócesis y el territorio de Beauvais; para el resto se remite al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo respondió como anteriormente hizo en el séptimo artículo.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró que no estuvo presente durante la recepción del cuerpo de Cristo; pero fue notorio que Juana, antes de su muerte, el día mismo, recibió el cuerpo de Cristo; y es tras la recepción del cuerpo que el testigo vino a la habitación donde tuvo lugar el interrogatorio. Asimismo, declaró jamás haber notado en Juana nada que no fuese de una buena católica; y la autorización para recibir el cuerpo de Cristo fue dada a Juana en presencia del testigo, aunque no hubiese estado presente en la recepción. Y entonces, se le dijo que, poco antes de ir al lugar del suplicio, ella hiciera bellos y devotos ruegos a Dios, a la bienaventurada María y a los santos; también muchas personas presentes fueron llevadas a las lágrimas y, sobre todo, Nicolas Loiselleur, promotor de la causa*, que partió de la compañía de Juana llorando, y que, encontrándose con una tropa de ingleses en la corte del castillo, fue insultado por ellos, amenazado y llamado traídor; al escuchar esas palabras, tuvo un gran miedo, y, sin retornar a otras ocupaciones, fue a ver al señor conde de Warwick para ser protegido; y si él conde no hubiera estado allí, el testigo cree que el dicho Loiselleur habría sido asesinado.

*El testigo cometió un error al declarar que Nicolas Loiseleur era el promotor de la causa. El promotor era Jean d’Estivet. El autor de la traducción del latín al francés afirma que “ambos eran dos personajes lamentables”.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró que una vez la sentencia fue dada, los eclesiásticos se fueron del lugar donde fue pronunciada; y el testigo también se fue. Y no sabe nada más.

25.  Sobre el vigesimoquinto declaró que no estuvo presente cuando Juana subió al suplicio; pero escuchó que Juana murió piadosamente y como católica, invocando el nombre de Jesús y de la santa Virgen María.

26.  Sobre el vigesimosexto declaró creer que si la dicha Juana no hubiera hecho la guerra a los ingleses, ellos no habrían procedido contra ella tan diligentemente y de manera tan dura; y cree también que deseaban exaltar su partido y abajar al rey de Francia.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró que lo que se dijo es verdad, que está allí el rumor público y la fama en la ciudad de Rouen.

Deposición de Pierre Bouchier en 1452

El señor Pierre Bouchier, sacerdote, de cincuenta y cinco años aproximadamente, párroco de la iglesia parroquial de Bourgeauville, diócesis de Lisieux, testigo producido, recibido, jurado y escuchado el lunes susodicho.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que contiene la verdad, sobre todo porque Juana hizo levantar el sitio de Orléans.

2.      Sobre el segundo artículo declaró que los ingleses retenían a Juana y cree que querían matarla.

3.      Sobre el tercer artículo declaró que fue conducida y transportada como está indicado en el artículo. Sobre las presiones y otras cosas contenidas en el artículo no sabe nada.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que no sabe nada sobre todo este artículo, excepto que un clérigo inglés, bachiller en teología, guardia del sello privado del cardenal de Inglaterra, presente entonces en la primera predicación en el cementerio de Saint-Ouen de Rouen, se dirigió al señor obispo de Beauvais, juez de la dicha Juana, y le dijo: “¡Apresúrate! ¡Eres demasiado favorable!”. A lo que el obispo, enojado, tiró el juicio por tierra, diciendo que no haría nada diferente ese día allí y que actuaría siguiendo su conciencia.

5.      Sobre el quinto artículo no sabe nada porque no estaba presente durante la conducción del juicio.

6.      Sobre el sexto no sabe nada porque no estaba presente.

7.      Sobre el séptimo, igualmente no sabe nada, excepto que ella estaba sola, sentada en una silla, y escuchó que ella respondió sin consejero; ignora, no obstante, si ella solicitó uno o si le fue rechazado. No sabe nada más sobre este artículo.

8.      Sobre el octavo artículo declaró saber que ella estaba en la prisión dentro del castillo de Rouen; pero ignora si ella estaba encadenada; y nadie podía hablare sin la autorización de algunos ingleses que la vigilaban. No la vio salir de prisión excepto acompañada de ingleses; y cree que ellos estuvieron encerrados con ella en una habitación; las tres llaves de esta habitación estaban custodiadas, uno por el señor cardenal o el susodicho bachiller, el otro por el inquisidor, la última por el señor Jean Benedicite, el promotor; y los ingleses temían mucho que ella se escapara.

9.      Sobre el noveno declaró que a su juicio ella tenía alrededor de diecinueve años y se decía que ella era bastante sabía en sus respuestas. No sabe nada más.

10.  Sobre el décimo no sabe nada ni escuchó decir nada.

11.  Sobre el undécimo no sabe nada porque no estaba presente en su interrogatorio y durante sus respuestas.

12.  Sobre el duodécimo respondió igual que el anterior.

13.  Sobre el decimotercero declaró que estaba presente en el juicio; pero tras la predicación hecha en Saint-Ouen, Juana dijo a alta voz, con las manos juntas, que ella se sometería al juicio de la Iglesia, rogando a San Miguel que la dirija y aconseje.

14.  Sobre el decimocuarto declaró no haber visto lo que está en cuestión; pero escuchó de parte de muchos que Juana, durante su interrogatorio, había dicho que ella se sometería a nuestro señor el papa y que se la conduzca a él.

15.  Sobre el decimoquinto no sabe nada porque no estuvo en el juicio.

16.  Sobre el decimosexto artículo no sabe nada porque no estuvo en el juicio.

17.  Sobre el decimoséptimo declaró, al respecto de la explicación dada por el señor promotor, remitirse a la comprensión que tenía Juana.

18.  Sobre el decimoctavo declaró haber escuchado decir que el juicio fue redactado en latín.

19.  Sobre el decimonoveno se remite al derecho.

20.  Sobre el vigésimo se remite al derecho.

21.  Sobre el vigesimoprimero se remite al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo declaró no saber nada más, excepto que escuchó decir que Juana respondía sola y sin consejero.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró, por lo que vio de Juana, saber que ella era buena cristiana y bien devota. Sabe que se le administró el cuerpo de Cristo en el castillo en su calabozo, antes de conducirla al Vieux Marché, donde fue exhortada y quemada. Para el resto se remite al juicio.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró que tras la sentencia dada por el juez eclesiástico, fue conducida al cadalso del bailío por hombres de armas reales; sobre este cadalso estaba el bailío y otros oficiales laicos, y ella permaneció algún tiempo con ellos; pero lo que dijeron o hicieron, él lo ignora, excepto que tras la partida de ellos, ella fue llevada al fuego.

25.  Sobre el vigesimoquinto declaró que Juana, cuando se la ataba, imploraba e invocaba especialmente a San Miguel. Y la vio ser buena cristiana hasta el fin; vio también muchos asistentes, como diez mil, llorar y lamentarse, diciendo que era una gran pena.

26.  Sobre el vigesimosexto declaró creer que los ingleses temían a Juana más que al resto del ejército del rey de Francia y que, según su punto de vista, estaban poseídos por ese sentimiento para hacer ese juicio contra ella.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró que los puntos expuestos son verdaderos y notorios, sobre todo en la ciudad de Rouen.

Deposición de Nicolas de Houppeville en 1452

El venerable y discreto señor Nicolas de Houppeville, bachiller en teología, nacido en Rouen, de sesenta años o aproximadamente, jurado y escuchado el lunes, ocho de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declaró que lo cree verídico; y nunca estimó que los ingleses actuaran por celo de fe o para devolver a Juana a una buena línea de conducta.

2.      Sobre el segundo declaró que cree que es verídico, y la reputación pública era tal en toda la ciudad.

3.      Sobre el tercer artículo declaró saber que Juana fue traída a esta ciudad de Rouen por los ingleses y puesta en la prisión del castillo de Rouen; el juicio fue organizado por los dichos ingleses, según él cree; pero, en cuanto al temor y las presiones, no lo cree en cuanto a los jueces, sino que cree lo contrario: que ellos actuaron por voluntad propia, sobre todo el obispo de Beauvais. Lo vio volver, tras haber conducido a Juana, narrando su misión al rey y al señor de Warick, y decir, gozoso y exultante, ciertas palabras que no comprendió; luego el obispo habló en secreto con el conde de Warick, pero lo que dijo entonces el testigo lo ignora.

4.      Sobre el cuarto declaró que, según su opinión, los jueces y los asesores estaban en su mayor parte voluntariamente; para los otros, cree que muchos tenían miedo, sobre todo tras lo que escuchó en cuanto al maestro Pierre Minier, cuya opinión, dada por escrito, disgustó al dicho obispo de Beauvais; este último, al contrario, la rechazó, diciendo que opinaba que el maestro Pierre Minier no debería haber mezclado el derecho canónico y la teología y que debería haber dejado el derecho canónico a los juristas. Declaró, además, haber escuchado que fueron pronunciadas amenazas por el conde de Warwick contra el hermano Ysambard de La Pierre, de la Orden de los hermanos Predicadores, presente en el juicio: se lo habría amenazado con ahogarlo si no se callaba ya que dirigía las palabras de Juana para que ella las repitiera luego a los notarios; y cree haber escuchado esto de la boca del hermano Jean Le Maistre, de la dicha orden, entonces subinquisidor. Asimismo, declaró que él, testigo convocado un día al principio del juicio, no fue, retenido en otro lugar; al llegar el segundo día, no fue recibido, sino enviado de regreso por el obispo de Beauvais; y porque él había dicho anteriormente, hablando con el maestro Michel Colles, que era peligroso convocar dicho juicio por muchas razones, palabras que fueron repetidas al obispo, quien se esforzó en hacer meter al testigo en las prisiones reales de Rouen, del cual fue liberado a petición del señor abad de Fécamp de la época. Además, él que habla, escuchó que, según la opinión de algunas personas llamadas por el obispo para este fin, se habría decidido enviarlo en exilio a Inglaterra u otros lugares, lejos de esta ciudad de Rouen, sino hubiera sido por la intervención y la suplica del dicho abad y de algunos de sus amigos. Asimismo, sabe con certitud que el subinquisidor tenía mucho miedo y lo vio muy turbado durante el juicio.

5.      Sobre el quinto artículo declaró que estaba presente en el juicio; pero escuchó de la boca del dicho maestro Jean Le Maistre que Juana se quejó una vez de las preguntas difíciles hechas a ella, y de estar demasiado atormentada por preguntas no relacionadas al juicio.

6.      Sobre el sexto artículo declaró haber escuchado, por algún rumor público, que se prohibía a los notarios escribir algunas de sus palabras.

7.      Sobre el séptimo declaró creer que este artículo es verídico y la reputación era tal en la ciudad de Rouen.

8.      Sobre el octavo declaró saber que Juana estaba en la prisión del castillo y vigilada por ingleses solamente. Sobre el resto, está la reputación pública.

9.      Sobre el noveno declaró creer que Juana tenía la edad mencionada en el artículo y que todo el resto de este artículo es verdad, y que la constancia de Juana había convencido a muchos de los socorros espirituales recibidos por ella.

10.  Sobre el décimo artículo declaró que, según los rumores expandidos en la ciudad de Rouen, algunos individuos, fingiendo ser soldados del rey de Francia, fueron puestos con ella, secretamente, para persuadirla de no someterse al juicio de la Iglesia, sino su juicio sería hecho; y, según esos rumores, a causa de su persuasión, Juana varía entonces en su sumisión a la Iglesia.

11.  Sobre el undécimo artículo declara como antes; declara haber escuchado, de la boca del dicho hermano Jean Le Maistre, que ella se quejaba de las preguntas demasiado difíciles y fuera de tema.

12.  Sobre el duodécimo artículo cree que el artículo es verídico, porque la reputación era tal, y se asevera que los interrogatorios eran parciales y capciosos.

13.  Sobre el decimotercero declaró que tal era el rumor público en esta ciudad de Rouen con respecto al contenido del artículo, hasta la variación mencionada anteriormente en la declaración.

14.  Sobre el decimocuarto declaró creer que el artículo es verídico y está el rumor público.

15.  Sobre el decimoquinto declaró remitirse al juicio.

16.  Sobre el decimosexto declaró remitirse al juicio.

17.  Sobre el decimoséptimo dijo que lo respondió en el décimo artículo.

18.  Sobre el decimoctavo artículo declaró ignorar si el juicio fue escrito en francés o en latín; y no sabe nada más.

19.  Sobre el decimonoveno declaró que, en su opinión, como lo sintió y lo siente aún, se debe hablar de persecución querida y buscada, más que de juicio.

20.  Sobre el vigésimo declaró remitirse al juicio.

21.  Sobre el vigesimoprimero dijo haber declarado en el decimonoveno.

22.  Sobre el vigesimosegundo declaró creer que este artículo es verídico.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró creer que Juana fue una buena católica; ella recibió el cuerpo de Nuestro Señor en la mañana de la ejecución. Cree verdadero el resto del artículo.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró haber visto a Juana llorando mucho al salir del castillo y ser conducida al lugar del suplicio y de la última predicación por aproximadamente ciento veinte hombres, los cuales algunos llevaban garrotes y otros espadas; además, movido por la compasión, no quiso ir hasta el lugar del suplicio.

25.  Sobre el vigesimoquinto declaró que este artículo es verídico, siguiendo el rumor y la reputación pública en esta ciudad de Rouen; pero en cuanto a él, no escuchó nada de ella porque no asistió a la ejecución.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo declaró creer que este artículo contiene la verdad; y la reputación en esta ciudad de Rouen era que los ingleses procedieron por odio y miedo, y también para deshonrar al rey de Francia.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró que contiene la verdad, sin contradecir.

Deposición de Jean Massieu

El señor Jean Massieu, sacerdote, de cincuenta y cinco de años aproximadamente, párroco de la iglesia parroquial de Saint-Cande-le-Vieux de Rouen, jurado y escuchado el lunes susodicho.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que contiene la verdad.

2.      Sobre el segundo artículo declaró creer que este artículo es verídico; y esto era muy evidente porque para custodiarla había cinco ingleses de día y de noche, los cuales tres estaban de noche encerrados con ella y dos estaban fuera del calabozo.

3.      Sobre el tercer artículo declaró que Juana fue capturada en la diócesis de Beauvais, conducida a esta ciudad de Rouen y colocada en el castillo de Rouen en un calabozo. Pero, en cuanto al miedo y las presiones, declaró que el maestro Jean de Chatillon, entonces archidiácono de Évreux, doctor en teología, notando que en varias ocasiones le fueron hechas preguntas demasiado difíciles a Juana, combatió ese modo de proceder, diciendo que no se debía actuar así en esta causa. Entonces, los otros asistentes del juicio le dijeron que estaba siendo molesto; y él respondió: “es necesario que alivie mi conciencia”. Por esta razón, se le prohibió volver a menos que sea convocado, pero no sabe si a alguien más le ocurrió esto.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró que en la época del juicio de la dicha Juana, él era, él quien habla, el decano de la cristiandad de Rouen, y conducía a Juana de la prisión al interrogatorio y del interrogatorio a la prisión, y asistió siempre al interrogatorio; y no había ningún asistente en el juicio que no tuviera miedo. Sus razones para hablar así son las siguientes: Tras la primer predicación, el día de la Santa Trinidad, en la tarde, cuando Juana había retomado sus vestimentas de hombre y que se reportaba el hecho al maestro André Marguerie, llegando al castillo de Rouen este Marguerie respondió que era necesario saber los motivos del retorno a esas vestimentas y que no era suficiente verla así vestida; en ese instante, un inglés que tenía una mano en la lanza, llamó a Marguerie “traidor Armagnac”, levantando contra él la lanza que tenía; también el dicho Marguerie huyó, temiendo ser golpeado; se fue enfermo de este asunto o muy turbado. En cuanto al miedo que él tenía, él, el testigo que habla, declaró esto: al principio del juicio, le fue reportado a algunos del castillo de Rouen, de parte del maestro Eustache Turquetil, lo que este último había escuchado, a saber, que el propio Massieu, interrogado sobre ese punto, había respondido no haber visto jamás a Juana haciendo nada más que el bien, ni haber encontrado en ella nada de reprehensible; a causa de esto, fue citado por monseñor el obispo de Beauvais, quien le reprendió muy duramente por esas palabras, diciéndole que sin sus amigos él habría sido tirado al Sena. Declaró, además, que los dirigentes del juicio estaban inclinados a seguir la voluntad de los ingleses más que la justicia; y los doctores que siguieron el juicio eran favorables a los ingleses.

5.      Sobre el quinto artículo declaró que en el dicho juicio, el maestro Guillaume Manchon escribía; y recuerda que ese Manchon escribía, no a favor de la voluntad de algunos, sino por la verdad; y a veces, ocurría que Juana era interrogada nuevamente sobre una dificultad y se encontraba entonces que Manchon había comprendido y escrito bien.

6.      Sobre el sexto artículo declaró creer que el notario redactaba fielmente.

7.      Sobre el séptimo artículo declaró que él, quien habla, estaba sobre el estrado durante la primera predicación con la dicha Juana; y él le leyó la cédula de abjuración; y, por solicitud y pedido de Juana, él la instruyó, mostrándole el peligro que la amenaza con respecto a esta abjuración, a saber, si ella debía, antes del examen de los artículos por la Iglesia, abjurarlos o no. Viendo esto, el maestro Guillaume Erard, predicador, preguntó al testigo lo que le decía, y el testigo respondió: “Le leo esta cédula y le digo que la firme”. Pero ella dijo que no sabía firma; y declaró querer que los artículos fuesen vistos y examinados por la Iglesia, que ella no debía abjurar el contenido de esta cédula y solicitó ser puesta bajo la guardia de la Iglesia y no estar más en las manos de los ingleses. Entonces, el dicho Erard respondió inmediatamente que Juana no tendría más plazo y que, si ella no abjuraba el contenido de la cédula en ese mismo instante, sería quemada; el mismo Erard prohibió al testigo seguir hablando con Juana o darle consejero alguno.

8.      Sobre el octavo artículo expuso simplemente que el artículo era verídico. En cuanto a la guardia, ya ha expuesto anteriormente.

9.      Sobre el noveno artículo declaró que, según su juicio, Juana tenía alrededor de diecinueve o veinte años, muy simple en su comportamiento, pero humilde y prudente en sus respuestas.

10.  Sobre el décimo artículo declaró no poder testificar con pleno conocimiento sobre ese punto; pero escuchó que el maestro Nicolas Loiselleur, fingiendo ser un francés prisionero de los ingleses, entró alguna vez secretamente en la prisión de Juana para persuadirla de no someterse al juicio de la Iglesia, sino ella se encontraría engañada.

11.  Sobre el undécimo artículo declaró recordar mucho que frecuentemente se le hacía a Juana preguntas tramposas y también cuestiones difíciles eran lanzadas por muchos a la vez; antes que ella hubiese respondido a una, se pasaba a la otra; lo que la enojaba y decía: “Hacen uno atrás del otro”. El testigo admiraba como ella podía responder a las preguntas sutiles y capciosas que le eran hechas, las cuales un hombre culto difícilmente habría podido responder bien.

12.  Sobre el duodécimo artículo lo declaró verídico. Su interrogatorio duraba ordinariamente desde las ocho hasta las once de la mañana.

13.  Sobre el decimotercer artículo lo declaró verídico ya que escuchó muchas veces de la boca de Juana que jamás Dios habría permitido que ella dijese o hiciese algo contra la fe católica.

14.  Sobre el decimocuarto artículo declaró que es verídico en la forma; agrega en verdad haber escuchado a Juana decir a los jueces que si ella había dicho o hecho algo malo de alguna manera, ella quería corregir y emendar esto conforme a la decisión de los jueces.

15.  Sobre el decimoquinto artículo se remite al juicio.

16.  Sobre el decimosexto declaró no haber escuchado jamás lo que está contenido en el artículo de la boca de Juana, sino haber escuchado más bien lo contrario, como dijo más arriba.

17.  Sobre el decimoséptimo declaró haber escuchado a Juana decir a los doctores que la interrogaban: “Vosotros me interrogáis sobre la Iglesia Triunfante y Militante; no comprendo el sentido de esas expresiones; pero quiero someterme a la Iglesia, como conviene a una buena cristiana”.

18.  Sobre el decimoctavo declaró haber visto el juicio en francés y cree que luego todo el juicio fue redactado en latín. No sabe nada del resto del contenido del artículo.

19.  Sobre el decimonoveno declaró que, según lo que vio y supo de Juana, ella fue condenada injustamente; está movido a decir esto porque escuchó de Juana misma que el día de la Santa Trinidad, en la mañana, cuando ella estaba acostada en su cama, sus guardias quitaron las vestimentas femeninas y las reemplazaron por vestimentas de hombre; entonces, ella solicitó a los guardias de devolverle sus vestimentas de mujer, para poder levantarse y aliviar su vientre, pero se rehusaron, diciendo que ella no tendría nada más que esa vestimenta de hombre; ella les dijo que debían saber que retomar las vestimentas de hombre estaba prohibido por los jueces; sin embargo, rehusaron darle sus vestimentas femeninas; al final, presionada por la necesidad, se puso las vestimentas de hombre, y, tras haber sido vista vestida así durante todo el día, al día siguiente se le devolvió sus vestimentas de mujer. Y esta vuelta a la vestimenta de hombre fue la causa por la cual ella fue juzgada relapsa y condenada.

20.  Sobre el vigésimo artículo respondió igual que el anterior.

21.  Sobre el vigesimoprimer artículo respondió igual que el anterior.

22.  Sobre el vigesimosegundo artículo declaró que desde el inicio del juicio, Juana solicitó un consejero para sus respuestas, declarándose demasiado simple para ello; se le replicó que respondería ella misma, como ella quisiera, y que ella no tendría consejero.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo declaró saber que Juana recibió, tras haberlo solicitado, el cuerpo de Cristo en su prisión, antes que se le fuese predicado y abandonado, de manos del hermano Martin Ladvenu, con la autorización del obispo de Beauvais y del subinquisidor; y el cuerpo de Cristo le fue traído por un cierto señor Pierre, de una manera muy irreverente, sobre la patena de un cáliz, cubierto por el corporal de lino de dicho cáliz, sin luz y sin asistente, sin sobrepelliz ni estola. Declaró, además, que Juana, tras dos confesiones hechas al hermano Martin, recibió el santo cuerpo de Cristo en su presencia, de manera muy devota y derramando abundantes lágrimas.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo declaró que tras la predicación del maestro Nicolas Midi en el Vieux Marché, Juana fue abandonada por los eclesiásticos. Cuando ellos se fueron, ella fue conducida, sin ninguna sentencia de la justicia secular, al lugar del suplicio.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo declaró que contiene toda la verdad en su entereza; y no vio jamás a nadie terminar sus días de una manera tan católica.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo declaró creer que fue así procedido contra Juana por las causas contenidas en el artículo; y el predicador que hizo la primer predicación habló, en efecto, del reino de Francia en esos términos: “¡El reino de Francia! En algún momento fuiste reputado y llamado muy cristiano, tus reyes y tus príncipes fueron llamados muy cristianos; pero ahora, a causa de ti, ¡oh Juana! Tu rey que se dice rey de Francia, sosteniéndote y creyendo tus palabras, ¡se volvió hereje y cismático!”; y repitió esto tres veces. Juana, levantándose hacía él, le respondió diciendo: “Salve, vuestra reverencia. Lo que dice no es verdadero; porque quiero que sepa que no hay mejor católico entre los vivientes que él”.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró que lo que fue expuesto fue y permanece notorio en esta ciudad de Rouen.

Deposición de Nicolas Caval en 1452

El venerable y discreto maestro Nicolas Caval, sacerdote, licenciado en leyes, canónigo de Rouen, de sesenta años o aproximado, jurado y escuchado el dicho lunes.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que los ingleses no tenían un gran afecto por Juana.

2.      Sobre el segundo artículo declaró creer verdaderamente en el contenido del artículo.

3.      Sobre el tercero declaró, siguiendo la reputación pública, que Juana estaba en la prisión del castillo de Rouen y que un juicio fue convocado contra ella en materia de fe; sobre el resto del artículo no sabe que decir.

4.      Sobre el cuarto no sabe nada.

5.      Sobre el quinto declaró no saber que decir al respecto.

6.      Sobre el sexto declaró creer que los notarios escribieron con fidelidad y sin miedo.

7.      Sobre el séptimo no sabe nada.

8.      Sobre el octavo declaró que Juana estuvo en la prisión del castillo de Rouen. Sobre el resto no sabe nada.

9.      Sobre el noveno declaró que le parecía que era muy joven; al respecto de sus respuestas declaró que la escuchó una vez en plena audiencia y que ella hablaba con bastante sabiduría.

10.  Sobre el décimo artículo declaró no saber nada ni haber escuchado nada.

11.  Sobre el undécimo no sabe nada.

12.  Respondió igual que el anterior.

13.  Respondió igual que el anterior.

14.  Respondió igual que el anterior.

15.  Respondió igual que el anterior.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Respondió igual que el anterior.

18.  Respondió igual que el anterior.

19.  Sobre el decimonoveno declaró remitirse al derecho y al juicio.

20.  Respondió igual que el anterior.

21.  Respondió igual que el anterior.

22.  Sobre el vigesimosegundo no sabe nada.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró saber que ella había sido quemada; si esto fue justo o injusto, se remite al juicio.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró no saber nada.

25.  Sobre el vigesimoquinto declaró que no estuvo presente en la condenación ni en la ejecución y que no vio la multitud de ingleses; aprendió, no obstante, de algunos que ella gritaba e invocaba el nombre de Jesús en sus últimos momentos y que ella llevó a muchas personas a las lágrimas.

26.  Sobre el vigesimosexto declaró creer verdaderamente que los ingleses la temían antes de capturarla; pero ignora si procedieron contra ella por las causas contenidas en el artículo.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró haber expuesto anteriormente lo que sabe.

Deposición de Guillaume du Désert en 1452

El venerable y discreto señor Guillaume Du Désert, canónigo de Rouen, de cincuenta y dos años o aproximado, jurado y escuchado el ocho de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que es verídico, porque si ella hubiera apoyado a los ingleses como apoyó a los franceses, no habría sido tratada como lo fue.

2.      Sobre el segundo declaró que los ingleses le parecían haber estado de alguna manera asustados por sus hechos; pero ignora si quisieron hacerla morir por ello.

3.      Sobre el tercero declaró haberla visto una vez en el castillo de Rouen, donde iba solamente para verla; y la vio cuando se la conducía ante los jueces. Y se contaba que ella estaba detenida en la prisión de ese castillo. Sobre el miedo y las presiones no sabe nada.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró no saber nada porque no estaba presente.

5.      Respondió igual que el anterior.

6.      Respondió igual que el anterior.

7.      Sobre el séptimo no sabe nada ni la vio en su prisión; él escuchó, sin embargo, que ella estaba custodiada por los ingleses.

8.      Respondió igual que el anterior.

9.      Sobre el noveno declaró que Juana era joven, de dieciocho o diecinueve años, o aproximado; y se decía que ella respondía con sabiduría y habilidad.

10.  No hay respuesta sobre este artículo.

11.  Sobre el undécimo no sabe nada ni ha escuchado nada.

12.  Sobre el duodécimo no sabe nada porque no estaba presente.

13.  Sobre el decimotercero declaró que estuvo presente en la primera predicación hecha en Saint-Ouen de Rouen; allí vio y escuchó la abjuración hecha por Juana, quien se sometió a la decisión, al juicio y a las ordenes de la Iglesia. Declaró, además, que un cierto doctor inglés, presente en esta predicación, estuvo descontento de la recepción de la abjuración porque Juana pronunciaba algunas palabras riendo; y le dijo al obispo de Beauvais, entonces juez, que había hecho mal en admitir esa abjuración y que era una burla. Aquel obispo, irritado, le respondió que se equivocaba porque, dado que era juez en materia de fe, debía buscar la salvación de Juana más que su muerte.

14.  Sobre el decimocuarto respondió igual que el anterior.

15.  Sobre el decimoquinto declaró que en el curso de esta predicación, escuchó a Juana decir que ella se sometería al juicio de la Iglesia. Si se prohibió a los notarios relatar por escrito esta sumisión, el testigo lo ignora.

16.  Sobre el decimosexto respondió igual que el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo declaró remitirse a la intención de Juana.

18.  Sobre el decimoctavo declaró no saber nada del juicio porque no estaba presente.

19.  Respondió igual que el anterior.

20.  Respondió igual que el anterior.

21.  Respondió igual que el anterior.

22.  Sobre el vigesimosegundo declaró remitirse al juicio.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró que en las dos predicaciones donde él la vio, comprendió por su actitud y sus gestos que ella era católica, invocando a Dios y los santos. No sabe nada de su comunión con el cuerpo de Cristo.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró que el lugar del suplicio había sido preparado antes de la predicación; y tras ella, Juana fue abandonada por los jueces eclesiásticos e inmediatamente apresada; pero si ella fue inmediatamente conducida al suplicio o al bailío y hacia algunos oficiales reales presentes sobre un estrado, el testigo lo ignora.

25.  Sobre el vigesimoquinto declaró al artículo como verdadero en su forma.

26.  Sobre el vigesimosexto declaró creer bastante que los ingleses la odiaban y la temían; pero si por ello fueron poseídos a hacer ese juicio contra ella, él lo ignora; cree, sin embargo, que lo hicieron a causa de sus hazañas en la guerra.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo declaró que lo que ha expuesto es verdadero.

Segunda deposición de Guillaume Manchon en 1452

La discreta persona, el señor Guillaume Manchon, sacerdote, párroco de la iglesia parroquial de Saint-Nicolas le Painteur de Rouen, de cincuenta y siete años o aproximado, jurado y escuchado el dicho día ocho del mes de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declara creer que el artículo es verídico.

2.      Sobre el segundo artículo declara creer que este artículo es verídico también.

3.      Sobre el tercer artículo declara que Juana fue llevada a esta ciudad de Rouen, puesta en el castillo de Rouen en la prisión y un juicio fue convocado contra ella en materia de fe por el obispo de Beauvais y el subinquisidor. En ese juicio, él fue notario, él que habla, por orden del Gran Consejo del rey de Inglaterra, y no habría osado desobedecer una orden de los señores de ese consejo. Declaró del mismo modo que este obispo de Beauvais no fue obligado a convocar el juicio contra Juana, sino que lo hizo voluntariamente; y se convocó al inquisidor, quien no osó a oponerse. Y los ingleses impulsaban este juicio, que fue llevado a cabo a expensas de ellos.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró, con respecto al promotor, que este último no estuvo forzado, sino que actuó voluntariamente; en cuanto a los jueces ya testificó. En cuanto a los asesores y doctores declaró que fueron convocados y no habrían osado a oponerse. Para el resto se remite a su conciencia.

5.      Sobre el quinto artículo declaró que en el juicio, durante un gran espacio de tiempo, mientras que él escribía, había otros dos escribanos escondidos cerca de una ventana; y luego del almuerzo, tras haber leído y debatido en presencia de algunos doctores en la casa del obispo de Beauvais la redacción hecha en la mañana por el testigo, se le decía lo que había sido escrito de manera diferente por los otros escribanos y se le sugería redactar como ellos. El testigo respondía entonces que había escrito fielmente y no cambiaría nada; y él no cambió nada, sino que escribió fielmente. Recuerda también que para las palabras que estaban en discusión entre él y esos escribanos, hacía una marca y al día siguiente, Juana, interrogada de nuevo sobre los puntos dudosos, confirmaba el informe del testigo, como se puede ver por la inspección del juicio.

6.      Sobre el sexto artículo expuso inmediatamente como el anterior.

7.      Sobre el séptimo declaró que durante el juicio, en la semana santa o aproximado, el maestro Jean de La Fontaine, actuando para el obispo de Beauvais en esta causa de fe, y los hermanos Ysembart de La Pierre y Martin Ladvenu, de la Orden de los hermanos Predicadores, que cada día asistían al hermano Jean Le Maistre, subinquisidor del juicio, poseídos por la compasión, fueron a ver a Juana en su prisión; y la persuadieron de someterse a la Iglesia, sin lo cual ella estaría en peligro de muerte. Cuando esto llegó al conocimiento de los señores de Beauvais y de Warwick, los dichos obispo y conde entraron en una extrema colera contra ellos; por esta razón, el dicho La Fontaine partió sin despedirse, sino habría estado en peligro de muerte, si el dicho Le Maistre, quien llevaba el juicio, no los hubiera protegidos. Declaró, además, que el maestro Jean Lohier, encontrándose una vez en esta ciudad de Rouen en el tiempo del dicho juicio, fue solicitado dar su opinión sobre el dicho juicio; en presencia del obispo dijo que el juicio era nulo por muchas razones: para empezar, primero, porque no se desarrollaba en un lugar seguro ni en una corte eclesiástica y Juana no estaba encarcelada en una prisión de la Iglesia; además, porque se trataba allí de la causa de un rey ausente y no citado. Viendo entonces que sus palabras no agradaron al obispo de Beauvais y a los otros señores del partido ingleses, no quiso esperar más; se retiró el día siguiente y partió para la corte de Roma.

8.      Sobre el octavo, testificó con conocimiento absoluto que el artículo es verídico. Y había cuatro o cinco guardias, de los cuales uno era el jefe.

9.      Sobre el noveno, declaró creer que la edad de Juana era la indicada en el artículo; y agregó que esta Juana respondía [a veces] de manera bastante sabía, y otras veces respondía con bastante simplicidad, como se puede ver en el juicio; y cree que en una casa tan difícil, ella no habría sido capaz por de defenderse ella misma contra tantos doctores si no hubiera estado inspirada.

10.  Sobre el décimo declaró haber escuchado decir del maestro Nicolas Loiselleur que, fingiendo ser del partido de Juana, tenía acceso exclusivo a ella, se informaba de muchas cosas y luego las reportaba a los jueces y al consejo. Sobre el resto del artículo, no tiene nada que declarar.

11.  Sobre el undécimo, con respecto a las preguntas y las respuestas, se remite al juicio.

12.  Sobre el duodécimo artículo, declaró que Juana era interrogada durante dos o tres horas en la mañana y, a veces, el mismo día tras almorzar; ella estaba muy cansada por esos interrogatorios. Sobre la intención de los jueces, él se remite a su conciencia; pero le hicieron las preguntas más sutiles que pudieron encontrar durante los interrogatorios.

13.  Sobre el decimotercer artículo, declaró haber escuchado frecuentemente a Juana solicitando oír la misa, a saber, los domingos, el de Ramos y Pascua; ella solicitó el día de Pascua confesarse y recibir el cuerpo de Cristo; y se le permitió confesarse solamente al dicho Loiselleur, que en esto actuaba con falsedad; ella se quejó mucho de esos rechazos. El testigo que habla escucho seguido de la boca de Juana todo el resto del contenido del artículo y cree que una parte está contenida en el juicio.

14.  Sobre el decimocuarto artículo se remite al juicio; y escuchó en muchos lugares lo que está contenido en el artículo.

15.  Sobre el decimoquinto artículo declaró haber escrito lo que escuchó durante el curso del juicio. Declaró, además, que, cuando se presionaba a Juana para que se someta a la Iglesia y cuando el hermano Ysambart de La Pierre la persuadía de someterse al concilio general, escuchó al obispo de Beauvais decir al hermano Bardin: “¡Cállate, en el nombre del diablo!”. Y esto ocurrió en el tribunal, cuando Juana era interrogada.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo artículo declaró que era manifiesto que ella no comprendía la diferencia entre Iglesia Triunfante e Iglesia Militante. Sobre el resto, se remite al derecho.

18.  Sobre el decimoctavo artículo declaró que el primer documento original del juicio fue escrito fielmente por él, quien habla, en francés, salvo la primera sesión, y cree que fue traducido fielmente al latín.

19.  Sobre el decimonoveno, se remite al derecho.

20.  Sobre el vigésimo, declaró no creer el contenido del artículo, debido a lo que dijo anteriormente.

21.  Sobre el vigesimoprimero, se remite al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo declaró que, durante el juicio y hasta el final o cerca, Juana no tuvo consejero. Si ella lo solicitó, no lo recuerda; pero en el final o casi, ella tuvo al maestro Pierre Morisse y un carmelita para dirigirla e instruirla.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo declaró saber bien que la sentencia fue dada; pero sobre la justicia o injusticia se remite al derecho. Sabe, no obstante, que Juana, el día de su muerte, antes de la predicación y su salida del castillo, recibió el cuerpo de Cristo, administrado bajo la orden de los jueces, por demanda insistente de Juana.

24.  Sobre el vigesimocuarto declaró que ella fue llevada al lugar del suplicio con una gran tropa de personas, hasta el numero de 80 aproximadamente, armados de espadas o de lanzas; y escuchó que tras la proclamación de la sentencia del juez eclesiástico y el abandono de Juana, ella fue conducida al bailío, entonces presente; este, sin otra deliberación o sentencia, haciendo una seña con la mano, dijo: “Llevadla, llevadla”. Y así fue conducida al lugar del suplicio donde fue quemada.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo declaró que tan pronto fue dada la sentencia de la Iglesia y Juana supo que ella iba a morir, hizo muy bellas oraciones, encomendando su alma a Dios, a la bienaventurada María y a todos los santos, invocándolos y solicitando misericordia a los jueces y a los ingleses, al rey de Francia y a todos los príncipes del reino. Sobre el resto del artículo no vio nada, porque se fue de allí; pero ha escuchado mucho de aquellos que asistieron a la ejecución que ella había gritado el nombre de Jesús en el final de su vida.

26.  Sobre el vigesimosexto, sobre el odio y el temor, testificó como antes; agregando que, siguiendo el rumor público, jamás los ingleses habrían osado sitiar Louviers durante su vida. Sobre el final del artículo, declaró creer que los ingleses buscaban por este medio difamar al rey de Francia. Además, declaró que, en la predicación hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Erard, este exclamó: “¡Oh, noble casa de Francia! Has estado siempre sin mancha y sin reproche de error; ¡ahora sería una gran pena que pudieras caer en un tal error como confiar en esta mujer!”.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo declaró que para las deposiciones hechas ya por él, estaba y está la fama pública en esta ciudad de Rouen.

Segunda deposición de Pierre Cusquel.

Pierre Cusquel, laico, habitante de Rouen, de cincuenta años o aproximado, jurado y escuchado el martes nueve del mes de mayo.

1.      Sobre el primer artículo, lo declaró verídico, y tal era la reputación.

2.      Sobre el segundo artículo, declaró también creer que contiene la verdad.

3.      Sobre el tercero, declaró que la dicha Juana fue llevada por los ingleses a esta ciudad de Rouen, y colocada en la prisión del castillo, en una habitación situada bajo una escalera, frente a los campos, donde la vio detenida y encarcelada. Y cree que los jueces y los asistentes del juicio actuaron por favor hacía los ingleses y que no habrían osado contradecirles; pero no sabe nada sobre las presiones.

4.      Sobre el cuarto artículo declaró remitirse al juicio; escuchó, cuando el maestro André Marguerie u otro dijo buscar la verdad sobre la manera en que Juana había cambiado de vestimenta, a alguien responder, pero no sabe quién: “¡Cállate, en el nombre del diablo!”.

5.      Sobre el quinto artículo declaró no haber estado presente en el juicio; también no sabe nada de este artículo ni del siguiente.

6.      Remitirse al anterior.

7.      Sobre el séptimo declaró creer que nadie habría osado dar un consejo a Juana o defenderla o dirigirla.

8.      Sobre el octavo artículo, declaró que contiene la verdad, según lo que vio el testigo; porque él entró dos veces en la prisión de Juana gracias al maestro Jean Son, el entonces maestro de obra del dicho castillo; se entrevistó con ella y le advirtió de hablar con prudencia, ya que se trataba de su vida. Y agregó que una jaula de hierro fue construida para encerrarla de pie, y que la vio ser pesada en su casa; sin embargo, no vio a Juana en el interior.

9.      Sobre el noveno artículo, declaró que Juana era joven, de veinte años aproximadamente, y que ella hablaba con prudencia; pero cree que ella era ignorante del derecho y poco capaz de responder a tantos doctores.

10.  Sobre el décimo, declaró no saber nada.

11.  Sobre el undécimo declaró que no estuvo presente en el juicio, pero que el contenido del artículo era de reputación pública; y los ingleses trabajaron con todas sus fuerzas para sorprenderla en sus palabras, porque ella había hecho la guerra contra ellos.

12.  Sobre el duodécimo, declaró creer que el artículo era verídico.

13.  Sobre el decimotercero, declaró haber escuchado de la boca de Juana, en plena predicación en Saint-Ouen, las palabras contenidas en el artículo.

14.  Sobre el decimocuarto artículo, declaró haber escuchado decir que Juana había hablado como el artículo indica.

15.  Sobre el decimoquinto artículo, se remite al juicio.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo, se remite al derecho y a la intención de Juana.

18.  Sobre el decimoctavo, no sabe nada; pero se remite al juicio.

19.  Sobre el decimonoveno, declaró creer que se procedía para contentar a los ingleses, más que por preocupación por la lealtad y la justicia, y esto era de renombre público en la ciudad de Rouen.

20.  Sobre el vigésimo, se remite al juicio.

21.  Sobre el vigesimoprimero, se remite al derecho y al juicio.

22.  Respondió igual que el anterior.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declaró no haber estado presente en la ultima predicación, en la condenación y en la ejecución de Juana, porque su corazón no habría podido soportar o sufrir eso por compasión a Juana; pero escuchó que Juana había recibido el cuerpo del Señor antes de su condenación.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declaró haber escuchado decir que era verídico, porque ninguna sentencia fue pronunciada por un juez secular.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo, declaró haber escuchado decir que el artículo era verdad en la forma, y que el maestro Jean Tressart, secretario del rey de Inglaterra, volviendo al lugar del suplicio, triste y gimiendo, se lamentaba sobre lo que había visto allí en estos términos: “Estamos todos perdidos, una persona buena y santa fue quemada”; él creía, además, que su alma estaba entre las manos de Dios dado que, entre las llamas, ella imploró siempre el nombre del Señor Jesús.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, declaró creer que todo el artículo es verídico; y tal era la reputación pública en la ciudad de Rouen.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declaró que para sus deposiciones estaba y está la reputación y la voz pública.

Segunda deposición de Ysambard de La Pierre en 1452

El religioso y honesto hermano Ysambard de La Pierre, sacerdote, bachiller en teología, de sesenta años o aproximado, de la Orden de los hermanos Predicadores, jurado y escuchado el dicho martes.

1.      Sobre el primer artículo declaró que él, el testigo, estuvo presente durante todo el curso del interrogatorio y del juicio de la dicha Juana junto con el hermano Jean Le Maistre, subinquisidor, y que este artículo contiene la verdad.

2.      Sobre el segundo artículo declaró simplemente que contiene la verdad; y la reputación en la ciudad de Rouen era que los ingleses no habrían osado sitiar la ciudad de Louviers durante la vida de Juana y hasta su muerte.

3.      Sobre el tercer artículo declaró que algunos de los asesores procedían durante el juicio con parcialidad, como el obispo de Beauvais; pero otros, como por ejemplo muchos doctores ingleses, estaban movidos por la maldad y la venganza, y los otros doctores de Paris estaban movidos por la esperanza de una recompensa; muchos, en fin, estaban poseídos por el miedo, como el dicho subinquisidor y otros más que no los recuerda. Y todo fue hecho bajo la orden del rey de Inglaterra, del cardenal de Winchester, del conde de Warwick y de otros ingleses que pagaron los gastos hechos para ese juicio. El testigo declaró que el resto del contenido del artículo es verdadero.

4.      Sobre el cuarto artículo, declaró que monseñor Jean, de buena memoria, entonces obispo de Avranches, fue amenazado por el maestro Jean Benedicite, entonces promotor de la causa, porque se negaba a dar su opinión en la materia; y el maestro Nicolas de Houppeville estuvo en peligro de ser exiliado porque no quería ni asistir en el juicio ni dar su opinión. Declaró, además, que, tras la primera predicación en la cual Juana se había retractado, él, el testigo, y el maestro Jean de La Fontaine, el maestro Guillaume Vallée de la Orden de los hermanos Predicadores, y otros del rango de jueces, fueron al castillo para aconsejar a Juana de que perseverase siempre en su buen propósito. Los ingleses, al ver esto, llenos de colera y furia, los echaron del castillo con espadas y lanzas; en esta circunstancia, el maestro Jean de La Fontaine huyó, abandonando la ciudad y no volvió. Y él mismo, testigo, recibió muchas amenazas del conde de Warwick porque él le había dicho con anterioridad a Juana que se sometiera al concilio general.

5.      Sobre el quinto artículo, declaró que la dicha Juana, interrogada si ella quería someterse a nuestro señor el papa, respondió que sí, si solamente se la enviaba y conducía a él; pero ella rechazó someterse a los que estaban presentes, o al menos al obispo de Beauvis, porque eran sus enemigos mortales; y cuando el testigo le había persuadido de que ella se sometiera al concilio general entonces reunido y en el cual se encontraban muchos prelados y doctores del partido del rey de Francia, ante esta noticia, Juana dijo que se sometía al dicho concilio. Entonces, el obispo de Beauvais increpó violentamente al testigo diciéndole: “¡Cállate, en el nombre del diablo!”. Escuchando esto, el maestro Guillaume Manchon, notario de la causa, preguntó al obispo si debía escribir esta sumisión; el obispo respondió que no y que no era necesario; también Juana dijo al obispo: “¡Ja! Escribes todo lo que está en contra mía, y no quieres escribir lo que está a mi favor”. Y él cree que eso no fue escrito; de donde se siguió en la asamblea un gran murmullo.

6.      Sobre el sexto artículo, él testificó lo que sabe en el anterior.

7.      Respondió igual que el anterior.

8.      Sobre el octavo, él testificó, por ciencia cierta, como está indicado en este artículo.

9.      Sobre el noveno, declaró que Juana era joven, de diecinueve años aproximadamente, tenía una buena inteligencia, y ella respondía sabiamente, pero no era capaz de responder a las preguntas difíciles que se le hacía.

10.  Sobre el décimo, testificó, solamente siguiendo lo que algunos oyeron decir, que algunos individuos fueron en la noche, a escondidas, a la prisión de Juana para persuadirla de lo que se menciona en el artículo. Ignora si es verdad.

11.  Sobre el undécimo, declaró que el artículo contiene la verdad, aunque haya dado respuestas satisfactorias a algunas preguntas, como se puede constatarlo por el juicio.

12.  Sobre el duodécimo, declaró que el interrogatorio de Juana a veces duraba tres horas en la mañana; y a veces el interrogatorio tenía lugar tanto en la mañana como en la tarde. Él la escuchó muchas veces quejarse que se le hacían demasiadas preguntas.

13.  Sobre el decimotercer artículo, declaró que contienen la verdad, porque escuchó eso de la boca de Juana.

14.  Respondió igual que el anterior.

15.  Sobre el decimoquinto artículo, declaró no saber testificar nada sobre ello, y se remite al juicio.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo, declaró que en el juicio, durante mucho tiempo, cuando se interrogaba a Juana sobre su sumisión a la Iglesia, ella creía que se trataba de esta reunión de jueces y de asesores entonces presentes y asistiendo, hasta que ella fue instruida por el maestro Pierre Morisse del sentido de esa palabra; y cuando ella hubo comprendido, se sometió siempre al papa, provisto de que se la condujera a él. Y cree que su ignorancia de la Iglesia era la razón por la cual a veces no aceptaba someterse a la Iglesia.

18.  Sobre el decimoctavo, no dijo nada, excepto que a su juicio el dicho Manchon escribió y relató fielmente, y se remite al juicio.

19.  Sobre el decimonoveno, declaró creer, como ya lo dijo, que la sentencia fue dada contra ella por maldad y venganza, más que por amor a la justicia.

20.  Respondió igual que el decimoctavo.

21.  Sobre el vigesimoprimero, declaró que los jueces, en su opinión, observaban suficientemente las reglas del derecho; pero él ha testificado más arriba sobre sus disposiciones, a saber, que actuaron con maldad y por venganza.

22.  Sobre el vigesimosegundo, declaró que en ciertas partes del juicio, consejeros fueron dados a Juana. En lo que concierne a la nulidad de la sentencia, ha testificado más alto; el testigo agregó haber creído, en la primera predicación, y en virtud del modo de proceder, que ella sería quemada porque difería su retractación; y ella fue conducida en carro hasta el cementerio de Saint-Ouen de Rouen.

23.  Sobre el vigesimotercero, declaró que el contenido es verdadero.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declaró saber que ninguna sentencia fue pronunciada por un juez secular porque él estaba presente; pero, tras la predicación y una larga espera en el mismo lugar, fue conducida al suplicio por los clérigos del rey; el testigo y el hermano Martin Ladvenu la acompañaron hasta el fin.

25.  Sobre el vigesimoquinto, declaró saber que contiene la verdad en su entereza; agregando, incluso, que el obispo de Beauvais, uno de los jueces, lloró en esta ocasión. Además, un soldado inglés que la odiaba extremadamente y había jurado poner de su propia mano un haz de leña en su hoguera, tras haberlo hecho, escuchó a Juana invocar el nombre de Jesús en sus últimos momentos, y fue colmado de estupor y quedó como en éxtasis: se lo llevó a una taberna cerca del Vieux Marché, donde recuperó fuerzas bebiendo. Y tras haber almorzado con un hermano de la Orden de los Predicadores, el inglés confesó -el testigo lo escuchó por intermedio de ese hermano inglés- que él había pecado gravemente, que se arrepentía de todo lo que había hecho contra Juana, y que la juzgaba una buena mujer; porque parece que este inglés había visto en el último suspiro de Juana, una paloma saliendo de las llamas. Declaró también que el verdugo, la tarde de ese mismo día, fue al convento de los hermanos Predicadores y dijo al testigo y al hermano Martin Ladvenu, su gran temor de estar condenado porque había quemado a una santa.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, declaró que es verdadero su contenido. Además, declaró creer que la principal razón de hacer un juicio contra ella fue deshonrar el rey de Francia; y se tendía a este resultado al juzgarla; porque el maestro Guillaume Erard lo proclamó en un momento de la dicha causa cuando dijo: “Solo a Francia le faltaban habitualmente monstruos; pero ahora, hay aquí un monstruo horrible con esta mujer cismática, herética y hechicera, gracias a la cual el rey de Francia quiere recuperar su reino”. A este Erard, Juana respondió: “¡Oh, predicador! ¡Hablas mal! No hables de la persona del rey Carlos, nuestro señor, porque es un buen católico y no es a mí al que ha creído”.

27.  Sobre el vigesimoséptimo, declaró verdad lo que ha testificado.

Deposición de André Marguerie en 1452

El venerable y prudente maestro André Marguerie, archidiácono de Petit-Caux en la diócesis de Rouen, de sesenta años o aproximado, jurado y escuchado el dicho día nueve de mayo.

1.      Sobre el primer artículo declaró que los soldados ingleses odiaban a Juana y deseaban su muerte, según cree.

2.      Sobre el segundo declaró creer que había muchos buscando matarla con el fin de que ella no pudiera dañarlos.

3.      Sobre el tercer artículo declaró haber escuchado que Juana fue tomada cerca de Compiègne, en la diócesis de Beauvais; conducida entonces a esta ciudad de Rouen, fue detenida en el castillo de Rouen, donde un juicio en materia de fe fue convocado contra ella por el obispo de Beauvais y el subinquisidor, por orden de los ingleses; pero ignora si fue consecuencia de presiones.

4.      Sobre el cuarto artículo, delcaró haber escuchado decir que ciertas personas recibieron reprimendas por no haber hablado suficientemente bien en favor de los ingleses, como ellos lo deseaban; pero ignora si por esta razón alguno estuvo en peligro, aunque supo que el maestro Nicolas de Houppeville no había dado su opinión.

5.      Sobre el quinto artículo, declaró no saber que decir sobre él, porque él asistió poco a los interrogatorios.

6.      Respondió lo mismo que el anterior.

7.      Sobre el artículo séptimo dijo no saber nada.

8.      Sobre el octavo, declaró no haberla visto en prisión; pero cree que ella estaba custodiada por los ingleses porque ellos tenían la guardia del castillo donde fue aprisionada.

9.      Sobre el noveno artículo, declaró que, según su opinión, Juana era prudente en algunas de sus respuestas.

10.  Sobre el décimo no sabe nada.

11.  Sobre el undécimo declaró creer que el artículo contiene probablemente la verdad.

12.  Sobre el duodécimo no sabe nada.

13.  Sobre decimotercero no sabe nada.

14.  Sobre el decimocuarto declaró creer más bien lo contrario: en efecto, él escuchó a veces de Juana mismo que sus convicciones no venían de persona alguna, prelado, papa u otro, sino que venían de Dios. El testigo cree que esa fue una de las razones por las cuales se la persiguió en vista de una retractación.

15.  Sobre el decimoquinto se remite al juicio.

16.  Sobre el decimosexto se remite al juicio.

17.  Sobre el decimoséptimo no sabe nada.

18.  Sobre el decimoctavo no sabe nada.

19.  Sobre el decimonoveno declaró verdadera la primera parte del artículo; pero no sabe nada sobre el resto.

20.  Sobre el vigésimo declaró remitirse al derecho.

21.  Sobre el vigesimoprimero declaró no saber nada.

22.  Sobre el vigesimosegundo declaró no saber nada.

23.  Sobre el vigesimotercero declaró no saber nada de lo que fue hecho, ni si ella fue condenada injustamente, ni si alguna injustica fue cometida en el curso del juicio.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo declaró que, si bien asistió a la última predicación, no estuvo, sin embargo, presente durante la ejecución, ya que esto le daba pena; y no sabe nada del resto del artículo, excepto que muchos asistentes lloraron, incluido monseñor el cardenal de Luxemburgo, obispo de Thérouanne.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo declaró no saber nada de su devoción; pero ella parecía muy consternada porque decía: “¡Rouen, Rouen, moriré aquí!”

26.  Sobre el vigesimosexto declaró creer que algunos ingleses, personas de poca importancia, procedieron por odio y miedo; pero él no lo cree de los eclesiásticos notables. Declaró, además, que un cierto capellán del cardenal de Inglaterra, presente en la primera predicación, le dijo al obispo de Beauvais que él era demasiado favorable a Juana, a lo que este obispo le respondió: “Usted miente, porque yo no quisiera ser favorable a nadie en una casa como esta”. Y, entonces, ese capellán recibió una reprimenda del dicho cardenal de Inglaterra, quien le dijo que se callara.

27.  Sobre el vigesimoséptimo declaró que para lo que dijo, está la voz y la reputación pública.

Deposición de Richard de Grouchet en 1452

El venerable y discreto señor Richard de Grouchet, sacerdote, maestro de artes y bachiller en teología, canónigo de la iglesia colegial de Salcey en la diócesis de Évreux, de sesenta años o aproximado, testigo producido, escuchado y jurado el dicho día de martes.

1.      Sobre el primer artículo declaró creer que este artículo contiene la verdad sobre los hechos y los gestos de los ingleses.

2.      Sobre el segundo artículo declaró que contiene la verdad y que la reputación pública era que los ingleses temían a Juana.

3.      Sobre el tercer artículo, declaró que ella fue conducida a esta ciudad de Rouen; y la vio en el castillo de Rouen donde ella estaba encarcelada; pero no sabe testificar sobre el miedo y las aprensiones a los jueces, lo cual está en cuestión; la reputación pública, no obstante, en esta ciudad de Rouen, era que los ingleses hacían todo por odio y colera.

4.      Sobre el cuarto artículo, declaró que le parece que algunos asistentes del juicio estaban voluntariamente y eran parciales, mientras que otros estaban forzados y obligados, y muchos tenían miedo, siendo que algunos huyeron para no estar presentes en el juicio; entre aquellos, el señor Nicolas de Houppeville estuvo en gran peligro. Además, los maestros Jean Pigache y Pierre Minier, como él supo de ellos, y él mismo, quien habla, permaneciendo con ellos, dieron su opinión bajo el miedo, las amenazas y el terror, y durante el juicio planearon huir; y declaró haber escuchado muchas veces de la boca del maestro Pierre Morisse que él, tras la primera predicación, había exhortado a Juana a perseverar en su buen propósito, pero los ingleses se mostraron descontentos y él estuvo en un gran peligro de ser golpeado, según decía.

5.      Sobre el quinto artículo, declaró creer que los notarios escribían fielmente. Vio, no obstante, y escuchó al obispo de Beauvais injuriar violentamente a los notarios cuando ellos no hacían lo que él quería; y la escena era muy violenta, según asegura de acuerdo con lo que vio y escuchó.

6.      Respondió en el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declaró no haber visto ni oído que alguno se metiese a instruir o aconsejar a Juana, ni vio que ella pidiese o se le hubiese ofrecido un consejero; piensa, no obstante, que al principio del juicio, ella solicitó un consejero, pero no lo puede afirmar con certitud. Dijo, además, ignorar si alguien estuvo en peligro de muerte por haberla defendido; pero sabe bien que, en el curso de otros interrogatorios difíciles, algunos que querían dirigir a Juana recibieron reprimendas duras y severas, y estuvieron tachados de parcialidad, tanto por el dicho obispo de Beauvais como por el maestro Jean Beaupère; este último decía a aquellos que la dirigían que la dejaran hablar, y que él estaba designado para interrogarla.

8.      Sobre el octavo artículo, declaró saber bien que Juana estaba en prisión en el castillo de Rouen y que ella era custodiada, llevada y trasladada por los ingleses; pero no sabe nada de los grilletes y cadenas, aunque escuchó decir que ella estaba detenida de manera dura y estricta.

9.      Sobre el noveno, cree que ella tenía la edad indicada; ella respondía, no obstante, con sabiduría, con mucha precisión, y escuchó decir al señor abad de Fécamp de la época que un gran clérigo bien podría fallar en las respuestas a las preguntas difíciles que le eran hechas; sabe, sin embargo, que ella era ignorante del derecho y del procedimiento.

10.  Sobre el décimo, declara no saber nada.

11.  Sobre el undécimo, declaró haberla visto interrogada sobre preguntas difíciles, poco claras y capciosas, con la intención, le parece a él, de sorprenderla en sus palabras y de apartarla de su propósito; y, sin embargo, considerando su debilidad de mujer, respondía bien; y a veces, ella hacía remarcar que ya había respondido ciertas preguntas que le estaban siendo de nuevo preguntadas, indicando el día.

12.  Respondió en el anterior.

13.  Sobre el decimotercero, declaró haber escuchado muchas veces en el curso del juicio, de la boca de Juana, el contenido del artículo.

14.  Sobre el decimocuarto artículo, declaró haber visto y escuchado en el juicio a Juana siendo interrogada sobre si ella quería someterse al obispo de Beauvais y a alguno de los asistentes entonces designados; ella respondía que no, y que ella se sometía al papa y a la Iglesia Católica, solicitando ser conducida al papa. Y como se le decía que su juicio sería enviado al papa para que él fue juez de él, ella respondía no querer que se actúe así, porque ella no sabía lo que se metería en el juicio; pero ella quería ser conducida ante el papa y ser interrogada por él.

15.  Sobre el decimoquinto artículo, declaró no saber si fue insertado o inscrito en el juicio que ella no se sometía a la Iglesia, y no vio que eso fuese descartado; pero sabe que en presencia de él, quien habla, Juana se sometió siempre al juicio del papa y de la Iglesia.

16.  Respondió en el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo declaró no saber nada más que lo que testificó anteriormente.

18.  Sobre el decimoctavo artículo, declaró que el notario escribía el juicio en francés, y cuando había duda sobre el texto, él lo releía. Pero sobre la traducción no sabe nada.

19.  Sobre el decimonoveno artículo, declaró que el artículo es verdadero, en lo que respecta al derecho. Pero en cuanto al hecho, declaró que él y los denominados Pigache y Minier dieron sus opiniones por escrito, siguiendo sus conciencias, lo que no agradó al obispo ni a los asesores; y el obispo dijo: “¿Esto es lo que habéis hecho?”.

20.  Sobre el vigésimo, declaró creer que los notarios redactaron bien y fielmente.

21.  Sobre el vigesimoprimero, declaró que la sentencia le pareció siempre, a él que habla, injusta, y no sabe de dónde tomaron los motivos y razones para condenarla. Sobre los otros puntos contenidos en el artículo, se remite al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo, declaró que ella respondía siempre ella misma, y no vio que ella tuviese ningún defensor. Sobre el resto, él ha testificado antes.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declaró que el contenido del artículo era de reputación pública en esta ciudad de Rouen.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declaró que no tuvo conocimiento ni jamás escuchó decir, que hubiese una sentencia pronunciada por un juez secular contra Juana, porque él no estuvo presente entonces; pero la voz pública y el rumor eran que ella había sido conducida al suplicio por la fuerza e injustamente.

25.  Sobre el vigesimoquinto, declaró que él no estuvo presente; pero la reputación pública era conforme al contenido del artículo.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, declaró creer que Juana fue asesinada por las razones contenidas en el artículo; ignora, sin embargo, si se tenía la intención de deshonrar al rey nuestro señor; pero él cree que es por menosprecio al rey que ella fue llevada a la muerte, dado la manera de proceder y el género de juicio.

27.  Sobre el vigesimoséptimo, declaró verdadero lo que testificó antes.

Segunda deposición de Pierre Miget en 1452

El venerable y discreto hermano Pierre Miget, profesor de teología sagrada, prior del priorato de Longueville-Giffard en la diócesis de Rouen, de setenta años o aproximado, jurado y escuchado el dicho día de martes.

1.      Sobre el primer artículo, declaró creer que contiene la verdad, según las consecuencias que siguieron.

2.      Sobre el segundo artículo, declaró haber escuchado de un soldado inglés, ya difunto, que los ingleses temían más a Juana que a cien soldados.

3.      Sobre el tercer artículo, declaró haber escuchado que los hombres del señor de Luxemburgo capturaron a Juana cerca de Compiègne, en la diócesis de Beauvais, y que ella fue reclamada por los ingleses; y el obispo de Beauvais fue escogido para hacer un juicio contra ella porque ella había sido capturada en su diócesis. Sabe que ella fue conducida a esta ciudad de Rouen y detenida en la prisión del castillo; y cree que hubo presiones y miedos, lo cual hace mención el artículo, aunque no da nada por seguro.

4.      Sobre el cuarto artículo, declaró que se podía razonablemente estimar que el juicio había sido convocado contra Juana por consecuencia de las presiones y del terror infundido por los ingleses, porque ella fue siempre detenida bajo la autoridad y guardia de los ingleses, y ellos no permitieron que fuese detenida en una prisión eclesiástica. Según el testigo, al final de la primera predicación hecha en Saint-Ouen, como Juana era exhortada a retractarse y ella dudaba, un clérigo inglés dijo al obispo de Beauvais que él favorecía a Juana; el obispo le respondió: “Usted miente. Yo debo, por mi función, buscar la salvación del alma y del cuerpo de esta Juana”. Y quien habla fue remitido al señor cardenal de Inglaterra porque habría sido favorable a Juana; por lo cual se excusó ante el cardenal, temiendo por la seguridad de su cuerpo.

5.      Sobre el quinto artículo, declaró creer que los notarios eran fieles ala verdad y que redactaban fielmente.

6.      Respondió en el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declaró ignorar si Juana había solicitado un consejero, pero cree que nadie habría osado darle, sin ser autorizado, un consejo o medio de defensa.

8.      Sobre el octavo, cree que el artículo contiene la verdad, bajo la reserva de que él no vio a Juana con grilletes y cadenas.

9.      Sobre el noveno, declara creer que Juana tenía veinte años. Y cree que ella era ingenua hasta el punto de pensar que los ingleses no buscaban su muerte y esperar salir por medio de dinero. Y la vio, no obstante, responder de manera católica y sabía sobre los puntos relacionados a la fe, salvo sobre las visiones que ella decía tener y sobre los cuales, a juicio del testigo, ella insistía demasiado.

10.  Sobre el décimo artículo, declaró no saber nada del artículo. Interrogado si sabía que algunas otras personas habían sido enviadas a Juana en la noche, declaró haber escuchado que un hombre fue una vez en la noche, con vestimentas de prisionero, según se dice, y fingiendo ser un prisionero originario de las religiones obedientes al rey de Francia; este hombre la persuadía de persistir en sus declaraciones, diciendo que los ingleses no osarían hacerle algo malo.

11.  Sobre el undécimo, declaró no haber notado lo que está contenido en el artículo.

12.  Sobre el duodécimo, del mismo modo, declaró no creer en el contenido del artículo y no haber visto nada.

13.  Sobre el decimotercero, lo declaró verdadero, y escuchó el contenido de la boca de Juana.

14.  Respondió en el anterior.

15.  Sobre el decimoquinto, declaró remitirse a los notarios y al juicio.

16.  Respondió en el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo artículo, declaró creer que Juana no comprendía perfectamente lo que era la Iglesia y no recuerda que Juana haya rechazado someterse a la Iglesia.

18.  Sobre el decimoctavo artículo, se remite a los notarios.

19.  Sobre el decimonoveno artículo, declaró que es un artículo de derecho y se remite al derecho; pero, en cuanto a los hechos, cree que algunos no estaban totalmente libres y otros estaban voluntariamente.

20.  Sobre el vigésimo, cree que los notarios fueron fieles y redactaron fielmente. No sabe nada más.

21.  Sobre el vigesimoprimero, declaró que, debido al odio de los ingleses, el juicio puede ser correctamente llamado injusto y, por consecuencia, la sentencia injusta.

22.  Sobre el vigesimosegundo, declaró creer que el artículo es verdadero, excepto que ignora si un consejero le fue rechazado.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declaró que si ella hubiera estado en libertad, ella habría sido tan buena católica como los demás. Escuchó que ella había recibido el cuerpo de Cristo, por pedido suyo. Sobre el resto del artículo, no sabe testificar nada más, excepto que ella fue juzgada relapsa, abandonada a la justicia secular y, finalmente, quemada.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declaró ignorar si una sentencia de un juez secular fue dada; pero ella fue conducida al suplicio con gran prisa por soldados ingleses.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo, declaró que el artículo contiene la verdad, siguiendo lo que escuchó, una vez Juana fue abandonada por la Iglesia; entonces, ella comenzó a lamentarse y aclamar a Jesús; y también se fue el testigo, conmovido de tan grande piedad que no pudo ver la ejecución de Juana.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, declaró creer que el artículo contiene la verdad.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declaró que para toda su deposición estaba y está la voz y reputación pública en la ciudad de Rouen.

Segunda deposición de Martin Ladvenu en 1452

La religiosa y honesta persona del hermano Martin Ladvenu, sacerdote, de la Orden de los hermanos Predicadores, que fue profesor de teología en varios conventos, de cincuenta y dos años o aproximado, testigo producido, recibido, jurado y escuchado el dicho día de martes, nueve de mayo.

1.      Sobre el primer artículo, declaró haber estado presente en la mayor parte del juicio de Juana junto con el hermano Jean Le Maistre, entonces subinquisidor, y cree verídico ese primer artículo.

2.      Sobre el segundo artículo, cree que contiene la verdad.

3.      Sobre el tercer artículo, declaró saber que Juana fue conducida a esta ciudad de Rouen y detenida en la prisión del castillo de Rouen, y que el juicio fue hecho y conducido contra Juana por una causa de fe, por pedido y a expensas de los ingleses; pero sobre el miedo y las presiones, lo cual se hace mención en el artículo, no sabe nada.

4.      Sobre el cuarto artículo, declaró haber visto al maestro Nicolas de Houppeville conducido a la prisión real porque no quería asistir en el juicio. Sobre el resto del artículo no sabe nada con certeza, pero cree que una parte de los asistentes en el juicio tenían miedo y algunos eran parciales.

5.      Sobre el quinto artículo, se remite a los notarios; cree, no obstante, que escribieron fielmente lo que vieron y escucharon.

6.      Respondió en el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declaró saber que Juana no tenía ningún director, consejero o defensor hasta el final del juicio, y que nadie osaba ponerse a aconsejarla, dirigirla o defenderla por miedo a los ingleses; y escuchó decir que algunos que fueron al castillo, por orden de los jueces, para aconsejar o dirigir a Juana, habían sido duramente rechazados y amenazados.

8.      Sobre el octavo artículo, declaró que, en su forma, contiene la verdad.

9.      Sobre el noveno, en cuanto a la edad, está de acuerdo con el artículo; pero sobre su simplicidad, él declara que ella era muy ignorante y sabía apenas el Pater Noster, aunque él la había escuchado a veces responder con fe y sabiduría.

10.  Sobre el décimo artículo, declara que personalmente no sabe nada para testificar. Interrogado si él supo o escuchó decir que alguien fue a verla secretamente en la noche, él testificó como sigue: de la boca misma de Juana, él escuchó que un gran señor inglés había entrado en su prisión y había intentado violarla; y esa era la razón por la cual, según dice, ella había retomado las vestimentas de hombre.

11.  Sobre el undécimo artículo, declara que se le hacían preguntas difíciles a Juana, que no convenían a una tal mujer, tan simple; pero, sobre la intención de aquellos que la interrogaban, no tiene nada para testificar.

12.  Sobre el duodécimo artículo, declara saber bastante que se la atormentaba mucho en los interrogatorios, que duraban tres horas aproximadamente; se hacían al mediodía y después. Pero ignora la intención de aquellos que la interrogaban y sus fines.

13.  Sobre el decimotercer artículo, declaró no recordar haber escuchado en el juicio lo que está contenido en el artículo o cosas similares, pero si ha escuchado a Juana mismo fuera del juicio decirlo.

14.  Sobre el decimocuarto artículo, declaró haber escuchado frecuentemente de la boca de Juana que ella se sometía al soberano pontífice, solicitando que se la conduzca a él.

15.  Sobre el decimoquinto artículo, declaró no saber nada y remitirse al juicio.

16.  Respondió en el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo, declaró no saber nada.

18.  Sobre el decimoctavo, declaró saber que el juicio fue redactado y escrito en francés. Pero sobre la traducción no sabe nada.

19.  Sobre el decimonoveno artículo, declara que, en cuanto lo que es de derecho, se remite al derecho; y en cuanto a lo que es de hechos, se remite a lo que ha testificado antes.

20.  Sobre el vigésimo, declaró remitirse a los notarios.

21.  Sobre el vigesimoprimero, se remite al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo, la nulidad del juicio y de la sentencia, se remite al derecho. Sabe, sin embargo, que ella no tuvo defensores ni consejeros, aunque ella los había solicitado.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declara que era evidente para los jueces que ella estaba sometida a la decisión de la Iglesia y que ella era fiel católica y penitente; y él, quien habla, con la autorización de los jueces y bajo sus órdenes, dio el cuerpo de Cristo a Juana. Dijo, además, que ella fue abandonada, como relapsa, a la justicia secular; y cree que si ella hubiera favorecido a los ingleses, no se habría procedido contra ella.

24.  Sobre el vigesimocuarto, declaró estar seguro que, luego de su abandono por la Iglesia, fue apresada por soldados ingleses, presentes allí en gran número, sin ninguna sentencia de juez secular, y a pesar de la presencia del bailío de Rouen y del consejero de la corte secular; él lo sabe porque permaneció siempre con Juana desde el castillo hasta el final; y le administró, él quien habla, bajo la orden de los jueces, los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo, declaró que el artículo contiene la verdad porque él vio y escuchó ese contenido; y él verdugo, es decir, el ejecutor, testimonió, en presencia de quien habla, que ella había sido condenada a muerte de una manera abusiva.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, declaró creer que ocurrió como el artículo indica. E interrogado, agregó que el maestro Guillaume Erard, en el sermón que hizo en el cementerio de Saint-Ouen de Rouen, exclamó en algún momento y dijo, en efecto, esas palabras: “¡Oh, casa de Francia! Siempre has estado libre de monstruos; pero ahora, adhiriéndote a esta mujer, una hechicera, hereje y supersticiosa, ¡eres deshonrada!”.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declaró que lo que testificó es verdadero y notorio en esta ciudad de Rouen y en otros lugares.

Deposición de Jean Lefèvre en 1452

El reverendo padre en Cristo y señor, monseñor Jean, obispo de Démétriade, de la Orden de San Agustín del convento de Rouen, profesor de teología sagrada, jurado y escuchado el martes, nueve del dicho mes.

1.      Sobre el primer artículo, declaró creer e imaginar que los ingleses no querían mucho a Juana y que si ella hubiera estado de parte de los ingleses, no habrían hecho tan grande diligencia y no habrían procedido tan duramente.

2.      Sobre el segundo artículo, declaró imaginarse que procedían contra ella porque le temían.

3.      Sobre el tercer artículo, declaró no saber nada sobre miedo y presiones; pero conoce bien el resto del artículo; y cree que el juicio fue hecho por pedido y a expensas de los ingleses.

4.      Sobre el cuarto artículo, declaró no saber nada, salvo lo siguiente: como se preguntaba a Juana si ella estaba en gracia de Dios, el testigo presente dijo que no era una pregunta conveniente a una tal mujer; entonces el obispo de Beauvais le replicó: “Sería mejor para usted que se callara”.

5.      Sobre el quinto artículo, declaró remitirse a los notarios.

6.      Respondió igual que el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declaró no haber estado presente en todos los interrogatorios; pero, en tanto que estuvo allí, no vio que ella tuviera un consejero ni que ella haya pedido uno.

8.      Sobre el octavo artículo, declaró que Juana estaba en la prisión del castillo de Rouen. Sobre el resto del artículo, no sabe nada.

9.      Sobre el noveno artículo, declaró que Juana tenía la edad indicada, y que ella respondía muy sabiamente a los interrogatorios, dejando a un lado las revelaciones, a tal punto que durante tres semanas la creyó inspirada.

10.  Sobre el décimo artículo, no sabe nada.

11.  Sobre el undécimo artículo, declaró que se investigaba muy a fondo sobre algunos puntos y que ella se defendía con competencia; y a veces, se interrumpía el interrogatorio, pasando de una pregunta a otra para ver si ella modificaba sus declaraciones.

12.  Sobre el duodécimo, declaró que se hacían largas sesiones de investigación, que duraban habitualmente dos o tres horas, a tal punto que los doctores presentes estaban muy cansados; pero si era con el objetivo indicado, lo ignora.

13.  Sobre el decimotercero, declaró no recordar que Juana pronunció las palabras contenidas en el artículo; pero recuerda bien que ella dijo no querer decir o hacer nada que fuese contra Dios.

14.  Sobre el decimocuarto, no tiene recuerdos; pero escuchó decir como se mencionó inmediatamente antes.

15.  Sobre el decimoquinto, no sabe ni escuchó jamás que ella hubiese rechazado someterse a la Iglesia, por lo menos no se acuerda.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo artículo, no recuerda.

18.  Sobre el decimoctavo artículo, no sabe nada sobre la traducción ni recuerda si el juicio fue redactado en latín o en francés.

19.  Sobre el decimonoveno, declaró no haber constatado la presión; y no sabe nada más.

20.  Sobre el vigésimo, se remite a los notarios.

21.  Sobre el vigesimoprimero, se remite a los jueces.

22.  Sobre el vigesimosegundo artículo, declaró haber dicho en su testificación anterior todo lo que sabe, y sobre la nulidad de la sentencia se remite al derecho.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declaró que, a partir del primero sermón hecho en Saint-Ouen, no fue llamado al juicio.

24.  Sobre el vigesimocuarto, declaró que estuvo presente en el último sermón, durante el cual ella solicitó a todos los sacerdotes que cada uno de ellos celebrara una misa por ella; pero lo que siguió, no lo vio, porque él se fue.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo, declaró que ella tuvo un final muy católico y que ella movió a las lágrimas a los jueces y a muchos otros a una gran compasión.

26.  Sobre el vigesimosexto, declaró como anteriormente, en cuanto al miedo y al odio; pero si se deseaba deshonrar al rey de Francia, lo ignora; estima, no obstante, que en general no se lo quería.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declaró que lo que dijo era de reputación y voz pública.

Deposición de Thomas Marie en 1452

El venerable y religioso don Thomas Marie, sacerdote, bachiller en teología, prior del priorato de Saint-Michel cerca de Rouen, de la Orden de San Benito, de sesenta y dos años o aproximado, testigo producido, recibido, jurado y escuchado el dicho día.

1.      Sobre el primer artículo, declaró que el artículo le parecía verídico.

2.      Sobre el segundo, declaró que debido a las hazañas sorprendentes de Juana durante la guerra y porque los ingleses son generalmente supersticiosos, estimaron que ella tenía alguna cosa funesta; también, según cree el testigo, buscaron su muerte en todas las deliberaciones y demás ocasiones. Interrogado cómo sabía que los ingleses eran supersticiosos, declaró que así lo sostiene la fama pública y es un proverbio común.

3.      Sobre el tercer artículo, declaró que Juana fue conducida a esta ciudad de Rouen y encarcelada en el castillo, y que se le fue hecho un juicio en materia de fe por pedido y a expensas, según él cree, de los propios ingleses. Sobre el miedo y las presiones, declaró que algunos intervinieron en el juicio por miedo, mientras que otros por parcialidad.

4.      A si mismo, requerido sobre el cuarto artículo, declaró no creer el contenido del artículo, sobre todo en cuanto al miedo y a las amenazas, pero cree más bien la parcialidad, especialmente porque algunos, como él cree y escuchó decir, recibieron sobornos. Declaró, no obstante, que el maestro Nicolas de Houppeville fue en una ocasión encarcelado y expulsado del juicio porque había hablado con aspereza sobre la causa de Juana al obispo de Beauvais.

5.      Sobre el quinto artículo, declara creer que los notarios escribieron con veracidad y fidelidad, aunque puede ser, según él entiende, que alguna vez fueron solicitados escribir de otra manera.

6.      Sobre el sexto artículo, lo declaró creer como el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declara haber escuchado decir que se le ofreció un consejero; pero no que alguien haya estado en peligro de muerte u similar por haberle dado un consejo.

8.      Sobre el octavo, declara haber escuchado de un cerrajero que él había hecho una jaula de hierro para mantener allí a Juana encerrada. Interrogado sobre si ella fue puesta en esta jaula, declara creer que sí. No sabe nada de los guardias.

9.      Sobre el noveno, declara que ella tenía dieciocho años, según el juicio de quien habla. En cuanto a su simplicidad e ignorancia, declara haber escuchado de alguien que había estado en el juicio y de otros, que ella respondía con tanta sabiduría a las preguntas que habría sido un excelente clérigo.

10.  Sobre el décimo artículo, declara no saber nada; escuchó, no obstante, que tras la primera predicación, mientras que ella era de nuevo colocada en la prisión del castillo, se le hicieron tantas vejaciones para abrumarla que ella confesó preferir morir antes que permanecer más tiempo con los ingleses.

11.  Sobre el undécimo artículo, declara haber escuchado lo que está contenido en el artículo, a pesar de que estuvo ausente en el juicio; y cree que los interrogatorios buscaban el fin que está indicado.

12.  Sobre el duodécimo artículo, declara creer que le hicieron todo el mal que pudieron.

13.  Sobre el decimotercer artículo, declara haber escuchado de muchos lo que está contenido en el artículo; no sabe nada más.

14.  Sobre el decimocuarto, declara como el anterior.

15.  Sobre el decimoquinto, declara no saber nada.

16.  Declara como el anterior.

17.  Declara como el anterior.

18.  Declara como el anterior.

19.  Sobre el decimonoveno, declara que, donde no hay libre albedrio, ni juicio ni sentencia valen; pero para saber si en ese juicio los jueces y los asesores fueron libres, no puede decir más que su deposición anterior.

20.  Sobre el vigésimo, declara no saber nada.

21.  Sobre el vigesimoprimer artículo, declara remitirse al derecho.

22.  Sobre el vigesimosegundo, declara no saber nada porque no estuvo presente en el juicio.

23.  Sobre el vigesimotercero, declara creer firmemente, y tal era la reputación pública, que Juana era buena católica y que ella fue quemada. No vio el resto del artículo.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declara no saber nada.

25.  Sobre el vigesimoquinto, declara haber escuchado lo que está contenido en ese artículo y cree que fue así; y escuchó de muchos que se vio el nombre de “Jhesus” escrito en las llamas del fuego que la consumía.

26.  Sobre el vigesimosexto, declara creer firmemente que si los ingleses hubiesen tenido una mujer como ella, habría sido fuertemente honrada y no la habrían tratado así.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declara que lo que ha testificado es verdadero y notorio en esta ciudad de Rouen.

Deposición de Jean Riquier en 1452

Don Jean Riquier, sacerdote, párroco de la iglesia parroquial de Heudicourt, de cuarenta años o aproximado, jurado y escuchado el dicho día de martes, nueve de mayo.

1.      Sobre el primer artículo, declara que el artículo contiene la verdad.

2.      Sobre el segundo, declara creer lo mismo, que el artículo es verdadero en la forma; agrega que se decía comúnmente que los ingleses no habrían osado sitiar Louviers antes de su muerte.

3.      Sobre el tercer artículo, declara que ella fue conducida a esta ciudad de Rouen, colocada en la prisión del castillo de Rouen, y se convocó un juicio contra ella; cree que ese juicio fue hecho por pedido y pagado por los ingleses; pero no sabe nada sobre el miedo y las presiones.

4.      Sobre el cuarto artículo, declara ser de reputación pública que muchos de aquellos que hicieron el juicio se habrían abstenido voluntariamente; y asistieron al juicio más por miedo que por otra cosa; y así lo cree.

5.      Sobre el quinto artículo, no sabe nada porque no estuvo presente en el juicio.

6.      Respondió en el anterior.

7.      Sobre el séptimo artículo, declara no acordarse de que haya sido hecho lo que está contenido en el artículo.

8.      Sobre el octavo artículo, declara no haber visto a Juana en prisión; pero se decía que nadie osaba hablarle, que ella estaba encadenada, y que los ingleses la custodiaban.

9.      Sobre el noveno artículo, declara haber escuchado decir que ella respondía con sabiduría; a tal punto que si algunos doctores hubiesen sido interrogados así, difícilmente habrían podido responder tan bien.

10.  Sobre el décimo artículo, declara no recordar haber escuchado el contenido del artículo, y no sabe nada.

11.  Sobre el undécimo, declara que no estuvo presente en el juicio; pero escuchó a través de la fama pública que se le hacían preguntas muy difíciles, y que cuando ella no sabía que responder, solicitaba un plazo hasta el día siguiente.

12.  Sobre el duodécimo, declara que el juicio fue muy largo; también, según él escuchó decir por algunos, aquellos que hacían el juicio fueron incentivados por los ingleses porque no terminaban el caso lo suficientemente rápido.

13.  Sobre el decimotercer artículo, declara que, según los rumores, Juana había afirmado y declarado lo que está contenido en los artículos.

14.  Respondió en el anterior.

15.  Sobre el decimoquinto artículo, declara no saber nada de su contenido.

16.  Respondió en el anterior.

17.  Sobre el decimoséptimo, no sabe nada.

18.  Sobre el decimoctavo, se remite a los notarios y al juicio.

19.  Sobre el decimonoveno, declara en consciencia que la mayor parte de aquellos que actuaron en el juicio, si hubieran estado libres y no hubieran temido la colera de los ingleses, no habrían procedido así.

20.  Respondió en el decimoctavo.

21.  Sobre el vigesimoprimero, no sabe nada.

22.  Respondió igual que el anterior.

23.  Sobre el vigesimotercer artículo, declara que, según su opinión, de acuerdo con la muerte de la dicha Juana, ella era fiel católica; aprendió que ella solicitó recibir el cuerpo de Cristo, y cree que se le dio; y sabe que ella fue quemada.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declara que después de la última predicación, ella fue abandonada por los eclesiásticos, y en ese mismo instante vio que los soldados ingleses la apresaban y la conducían directamente al lugar del suplicio: no vio que sentencia alguna fuese dada por un juez secular.

25.  Sobre el vigesimoquinto artículo, declara que contiene la verdad, según él vio y escuchó. Asimismo, declara, él quien habla, haber escuchado que el maestro Jean Alépée, entonces canónigo de Rouen, presente en la ejecución de Juana, llorando mucho, dijo en presencia del testigo y de otros que estaban cerca: “Quisiera que mi alma estuviera donde creo que está el alma de esta mujer”.

26.  Sobre el vigesimosexto artículo, en cuanto a las presiones, ha testificado anteriormente, y cree que los ingleses procedieron por las causas y por los fines contenidos en el artículo.

27.  Sobre el vigesimoséptimo artículo, declara que estuvo y está la reputación en esta ciudad de Rouen para todo lo que testificó anteriormente.

Deposición de Jean Fave en 1452

El prudente maestro Jean Fave, maestro de artes y licenciado en leyes, residiendo en Rouen, maestro de peticiones de nuestro señor el rey, de cuarenta y cinco años o aproximado, jurado y escuchado.

1.      Sobre el primer artículo, declara creer y pensar que el artículo es verdadero.

2.      Sobre el segundo artículo, declara haber comprendido bastante que los ingleses temían esta Juana y, según él escuchó, tenían mucho miedo de que ella se escapara.

3.      Sobre el tercer artículo, declara saber que fue conducida a esta ciudad de Rouen y detenida en la prisión del castillo; según la voz pública, se procedió contra ella en materia de fe; y los ingleses, como él escuchó decir y lo cree, se ocuparon del juicio y pagaron los salarios de los doctores y otros convocados al juicio. En cuanto al miedo y a las presiones, declara que, tras la primera predicación, mientras la reconducían a la prisión del castillo de Rouen, los sirvientes se burlaban de Juana con el permiso de los ingleses, sus maestros; y los principales ingleses estaban fuertemente indignados contra el obispo de Beauvais, los doctores y los otros asesores del juicio porque ella no había sido confundida, condenada y librada al suplicio. Escuchó decir que algunos ingleses, así irritados contra el obispo y los doctores que volvían del castillo, levantaron sus espadas para golpearlas, no obstante sin hacerlo, diciendo que el rey había malgastado su dinero con ellos. Dijo, además, haber escuchado de ciertas personas que el conde de Warwick, tras la primera predicación, se quejaba de los dichos obispo y doctores, diciendo que el rey estaba mal servido porque Juana se defendía así; sobre lo cual uno de los doctores respondió: “Señor, no se preocupe, nos pondremos al día”.

4.      Sobre el cuarto artículo, dijo no saber nada.

5.      Sobre el quinto, declara haber escuchado decir que los ingleses habían estado descontentos con el maestro Guillaume Manchon, notario de la causa, y lo tuvieron como sospechoso y favorable a Juana porque no venía voluntariamente ni se conducía como querían.

6.      Sobre el sexto artículo, no sabe nada.

7.      Respondió en el anterior.

8.      Sobre el octavo, declara creer que el artículo es verdadero; y escuchó decir que se cambiaba seguido a los guardias de Juana.

9.      Sobre el noveno artículo, no sabe nada.

10.  Respondió igual que el anterior.

11.  Respondió igual que el anterior.

12.  Respondió igual que el anterior.

13.  Respondió igual que el anterior.

14.  Respondió igual que el anterior.

15.  Respondió igual que el anterior.

16.  Respondió igual que el anterior.

17.  Respondió igual que el anterior.

18.  Respondió igual que el anterior.

19.  Respondió igual que el anterior.

20.  Respondió igual que el anterior.

21.  Respondió igual que el anterior.

22.  Respondió igual que el anterior.

23.  Sobre el vigesimotercero, declara creer que Juana era simple, buena y fiel católica; la vio abandonada por la Iglesia y, finalmente, conducida por el verdugo y otros al lugar del suplicio para ser quemada.

24.  Sobre el vigesimocuarto artículo, declara no haber aprendido que hubiese sentencia alguna o condenación dada por el juez secular; pero ella fue conducida directamente al suplicio.

25.  Sobre el vigesimoquinto, declara haber visto casi todos aquellos de ese país llorar y lamentarse; y él quien habla, escuchó de la boca misma de Juana que ella invocaba el nombre de Jesús en las llamas.

26.  Sobre el vigesimosexto, cree que el artículo es verdadero en la forma.

27.  Sobre el último, cree verdadero y notorio todo lo que ha dicho en su deposición.

Colación hecha por nosotros, notarios designados anteriormente, quienes hemos transcrito fielmente las deposiciones y testimonios de los testigos, con la colocación de nuestras firmas manuales como garantía y testimonio de todas y cada una de las cosas mencionadas anteriormente.

El año del Señor 1452, miércoles, diez de mayo.

Así firmado: COMPAING y DAUVERGNE. 

V-2 – Investigación sobre las informaciones evocadas en el primer juicio

Habiendo recibido al principio de ese juicio, junto con los libros, registros y textos del primer juicio, como está dicho, las informaciones mencionadas anteriormente, hechas por el reverendísimo señor cardenal y por sus comisarios bajo su autoridad, los dichos arzobispo, obispos e inquisidor, jueces delegados, quisieron que esas informaciones fuesen tenidas como preliminares y preparatorias en el nuevo juicio, y que ellas fuesen redactadas y colocadas en la cabeza de las informaciones e investigaciones hechas tanto de oficio como por pedido de las partes. Los dichos señores delegados, deseosos de verificar todo completamente e investigar por un examen a profundidad toda la verdad, quisieron actuar con la mayor diligencia, por pedido especial del venerable y discreto Simon Chapitault, promotor constituido para este caso; por ellos mismos y por sus comisarios, hicieron y ordenaron hacer investigaciones para obtener y recibir ciertas informaciones que los jueces del primer proceso, en su preámbulo, pretenden haber hecho bajo su autoridad en el lugar de nacimiento de Juana y otros lugares; pretenden, según dicen, haberlos retomado en ciertos artículos por deliberación de los consejeros llamados al juicio; y tras su reconocimiento y reconsideración, declaran muchas veces en el juicio, afirman y aseguran haber visto esas informaciones y haberlas mostrado a los notarios y consejeros del juicio.

Tras la recepción del primer juicio y su inspección, en nuestra presencia y ante aquellos que habíamos recibido de sus manos el dicho juicio, los señores delegados interrogaron al venerable maestro Guillaume Manchon, principal notario de ese juicio, que lo suscribió en cada página y escribió la mayor parte del original; interrogaron también a los dos otros notarios del juicio y a muchos oficiales que habían asistido. Considerando que no pudieron encontrar nada de las dichas informaciones, las cuales los notarios y consejeros susodichos afirman no haber visto ni escuchar jamás durante el juicio, aunque esto había sido relatado y declarado bajo la orden y mandato de los jueces del primer juicio; considerando que los señores delegados tomaron nota con insistencia de este informe y declaración, y tuvieron una gran confianza en esas informaciones para ser guiados en el curso de ese juicio; por pedido del dicho promotor, para que la verdad aparezca en relación a ese primer juicio, y que él mismo actuase de manera más conveniente a favor o en contra del juicio; por esas razones, los dichos señores delegados, sentados en tribunal en la sala pública de la residencia arzobispal de Rouen, dieron muchas comisiones e hicieron muchas moniciones, tanto verbales como escritas, a fin de que si una persona tenía conocimiento de esas informaciones o sabía alguna cosa sobre eso, la produjese y la notificara en un cierto plazo; y advirtieron especialmente a aquellos que habían sido convocados en el nombre del obispo de Beauvais, de los religiosos de la Orden de los hermanos Predicadores del convento de Beauvais y del inquisidor. En fin, porque ni por las interrogaciones ni por las moniciones se pudo descubrir nada de lo que se hizo al principio de ese juicio, los dichos señores delegados, investigando sobre los artículos mencionados anteriormente de las partes, interrogaron especialmente e hicieron interrogar sobre las dichas informaciones a numerosos testigos, sobre todo consejeros, oficiales y de nuevo a los dichos notarios.

Todos, así escuchados, declararon que jamás habían visto ni oído las dichas informaciones, y que no les fueron mostradas ni a ellos ni a otros; en particular, el dicho Manchon declaró en su deposición que jamás las había visto y que si las hubiera visto o aprendido de su presentación a los consejeros, lo habría puesto en su registro. Asimismo, el venerable maestro Thomas de Courcelles, profesor de teología sagrada, uno de los consejeros a los cuales se pretende que esas informaciones fueron mostradas, designado al principio de ese juicio, declara no recordar de ninguna manera que las dichas informaciones le hubieran sido mostradas o hechas; agregó, además, en su deposición, lo que está contenido más adelante, en las investigaciones hechas en Paris: a saber, que el venerable maestro Jean Loyer, citado para ese juicio tras su comienzo, rechazó asistir y declaró que el juicio no estaba conducido conforme al derecho porque las informaciones preliminares no habían sido hechas ni presentadas, como se debe hacer en derecho; y todo esto se encuentra más desarrollado en la investigación y la deposición del dicho maestro Thomas. En esas investigaciones, tanto por los suodichos que por los otros oficiales y consejeros, nada pudo ser descubierto sobre esas informaciones que habrían sido hechas, renovadas, comunicadas o mostradas. Sin embargo, un solo hombre, un cierto honesto Jean Moreau, mercader residiendo en Rouen, originario de la ciudad de Bassigny, cerca de la parroquia de Juana, afirma en su deposición que en la época del juicio convocado en Rouen contra Juana, cierto hombre notable vino de las regiones de Lorraine en la ciudad de Rouen; declaró al testigo que venía de Lorraine para aportar ciertas informaciones, sobre las cuales había sido designado en el asunto de Juana, así como para investigar sobre su reputación en su patria de Lorraine; pero, porque esas informaciones no agradaron al señor obispo de Beauvais, fue injuriado y no pudo recibir nada por su trabajo; de todo esto se quejó al dicho declarante diciendo no haber encontrado nada sobre esta Juana que no quisiese encontrar sobre su propia hermana. Esas cosas y otras están contenidas en su deposición insertada más abajo, entre las investigaciones hechas en la ciudad de Rouen.

Tal es el cuidado aportado por los señores delegados respecto a dichas informaciones, de las cuales se hace mención en el proceso. Dicho cuidado, los señores delegados quisieron que fuera precisado aquí, ordenando incluso realizar nuevas investigaciones en el lugar de nacimiento de Juana, así como investigar especialmente sobre las informaciones recopiladas anteriormente.

V-2 Artículos del primer juicio donde se mencionan esas informaciones

Artículos, es decir, conclusiones del primer juicio, en las cuales se menciona las dichas informaciones preliminares supuestamente hechas en el curso del juicio; debido a esos artículos y conclusiones, los señores delegados fueron movidos tanto a hacer investigar las dichas informaciones como a ejecutar nuevas en el lugar de nacimiento de Juana.

Asimismo, el sábado siguiente, a saber, el trece del mes de enero […].

Asimismo, el lunes tras los Brandons*, vigesimonoveno [por decimonoveno] del mes de febrero […].

Pero las investigaciones hechas con diligencia sobre las informaciones en el lugar de nacimiento de Juana y en otros lugares, las cuales fueron mencionadas en el principio de este primer juicio, y los cuales supuestamente fueron mostradas a los notarios y consejeros, no pudieron probar absolutamente nada; también los dichos señores delegados, por pedido del promotor, ordenaron hacer nuevas informaciones sobre artículos generales y cuestionarios, como se indica más abajo en el contenido que sigue.

*Los Brandons son una fiesta tradicional realizada en el primer domingo de Cuaresma. Se le conoce también como Burgbrennen o Buergbrennen.

V-2 Contenido de la comisión rogatoria para las investigaciones a efectuar en el lugar de origen

Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, Guillaume, por la misma misericordia obispo de Paris, y el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, así como el reverendo padre en Cristo y señor, monseñor el obispo de Coutances, nuestro colega en este asunto, con la cláusula “que ustedes, o dos, o uno de entre ustedes, etc.”, jueces delegados, es decir, comisarios para una causa de nulidad de ciertos juicio y sentencias, dirigidas hace un tiempo contra Juana, comúnmente llamada la Doncella, por los difuntos de buena memoria, el señor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais, y Jean Le Maistre, subinquisidor de la perversidad herética en la diócesis de Beauvais, por instigación del maestro Jean d’Estivet, promotor constituido por los dichos obispo y subinquisidor, todos nosotros estando designados especialmente por nuestro muy santo padre en Cristo y señor, el señor Calixto, tercer papa de nombre gracias a la Divina Providencia, para la justificación de Juana con respecto a las falsas alegaciones que la conciernen, a los venerables y sabios señores y maestros Renaud de Chichery, decano de la iglesia, es decir, capilla de Notre Dame de Vaucouleurs, en la diócesis de Toul, y Vautrin Thierry, canónigo de la iglesia de Toul, salud en el Señor y firme obediencia a nuestros mandamientos o, más bien a los mandamientos apostólicos. Como es asunto de los jueces investigar y examinar todo con el mayor cuidado, nos ha sido presentado de parte del venerable y sabio maestro Simon Chapitault, maestro de artes y licenciado en derecho canónico, promotor designado por nosotros en este asunto, una humilde súplica con los fines siguientes: considerando que para nuestra instrucción y la de nuestro promotor, para sentenciar más rápidamente el asunto que nos ha sido confiado y elucidad la verdad, juzgamos necesario examinar ciertos testigos en el lugar de nacimiento de Juana y de investigar la verdad sobre ciertos artículos y cuestionarios a nosotros presentados de la parte del promotor, y que nosotros enviamos incluidos aquí en la presente carta bajo nuestra firma; pero, considerando que sería difícil para nosotros y costoso para las partes ir hasta esta región, suplicaron que deseemos conceder cartas de comisión en la forma mencionada anteriormente. Nosotros, entonces, jueces y comisarios susodichos, recibimos favorablemente el pedido de nuestro promotor, deseosos de tratar con atención y prudencia, tanto como sea posible, los asuntos que nos son confiados, especialmente aquellos provenientes de la Sede Apostólica, y de escrutar la verdad de los hechos con toda diligencia; impedidos, sin embargo, por ciertos asuntos difíciles que tenemos, pero teniendo a justo título confianza en vuestras cualidades y vuestra ciencia prudente, os constituimos, vosotros y cada uno de vosotros por todos, y os designamos en virtud de la santa obediencia, con los fines de hacer citar y mandar, tanto de manera perentoria como personal, ante vosotros, todos y cada uno de los testigos por los cuales seréis requeridos por el promotor o el portador de las presentes, y aquellos que el promotor o el portador de las presentes quiera poner delante de vosotros o uno de entre vosotros, para informaros en nuestro lugar sobre los dichos artículos o cuestionarios, en las fechas asignadas por vosotros o uno de entre vosotros; para escucharlos y hacerles prestar juramente sobre las deposiciones, absolverlos por precaución, si es necesario; en fin, para examinarlos con diligencia sobre los dichos artículos y los cuestionarios. Respóndanos y reenvíennos lo más pronto posible las afirmaciones y deposiciones de esos testigos, transcritos fielmente, así como los dichos artículos y cuestionarios, y todo lo que vosotros hayan hecho, vosotros o uno de vosotros, por cartas cerradas con vuestros sellos o uno de vuestros sellos. Para todas y cada una de las cosas anteriormente mencionadas y para todo lo que os concierne o depende, actuando de nuestra autoridad, os otorgamos, a vosotros y a cada uno de vosotros, solidariamente, todos nuestros poderes.

Hecho y dado en Rouen, bajo nuestra firma, el año del Señor 1455, contando a la francesa, indicción cuarta, el veinte del mes de diciembre, y el primer año del pontificado del muy santo padre en Cristo y señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre. Presentes el reverendo y los venerables padres, los señores obispo de Démétriade, Jean, abad de Saint-Ouen, y Jean, abad de Sainte Catherine, testigos llamados y convocados para esto.

Así firmado: FERREBOUC.

V-2 El cuestionario para el país de Juana

Artículos de interrogatorio para las informaciones por hacer en el país de origen de la difunta Juanita, comúnmente llamada la Doncella:

1.      Primero, sobre el lugar de origen y de la parroquia.

2.      Asimismo, quienes fueron sus padres y su estado. Si ellos eran buenos católicos y de buena reputación.

3.      Asimismo, quienes fueron sus padrinos y madrinas.

4.      Asimismo, si en su temprana edad ella fue convenientemente educada en la fe y en las buenas costumbres, en particular y en tanto que lo requería una tal edad y su condición personal.

5.      Asimismo, sobre su manera de ser en su adolescencia, desde la edad de siete años hasta su partida de la casa paternal.

6.      Asimismo, si ella frecuentaba la iglesia y los lugares sagrados, y si iba voluntariamente y seguido.

7.      Asimismo, cuales eran sus ocupaciones, a qué se dedicaba en el dicho tiempo de su juventud.

8.      Asimismo, si en esta época ella se confesaba seguido y voluntariamente.

9.      Asimismo, qué hay sobre esta opinión expandido al respecto del árbol llamado “árbol de las damas”, y si ella tenía la costumbre de hacer bailes allí con las jóvenes; y lo mismo sobre la fuente al costado de este árbol, si Juana iba seguido allí con otras jóvenes y por qué razón, o en qué ocasión iba allí.

10.  Asimismo, que se investigue sobre la manera en que ella abandonó su país y se puso en camino.

11.   Asimismo, si en el dicho país de origen alguna información fue hecha por decisión de los jueces en la época en que ella fue capturada en la ciudad de Compiègne y detenida por los ingleses.

12.  Asimismo, si Juana, cuando huyó de su país para ir a Neufchâteau a causa de los soldados, permaneció siempre en la compañía de sus padres.

Dado y hecho en Rouen, el año del Señor 1455, el vigésimo día del mes de diciembre.

Deposición de Jean Morel

Y para empezar, Jean Morel de Greux, cerca del pueblo de Domremy, laborador, de setenta años o aproximado, primer testigo en esta investigación sobre el caso de esta Juanita, comúnmente llamada la Doncella, producido, jurado y recibido en el dicho pueblo de Domremy, en presencia de los susodichos Pierre y Jean, escuchado por nosotros, Dominique, el año del Señor [1456 n. st.], el miércoles, vigesimoctavo día del mes de enero, requerido de decir por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Sobre el primero de esos artículos del interrogatorio, comenzando por “para empezar, sobre el lugar de origen, etc…” y de la misma manera, sobre el segundo y tercer artículo siguiente, interrogado declaró por juramento que Juanita, de quien se trata, nació en Domremy y fue bautizada en la iglesia parroquial Saint-Remy de ese lugar. Su padre se llamaba Jacques d’Arc y su madre Ysabelle, campesinos, residiendo ambos en Domremy tanto como vivieron; eran, según él vio y supo, buenos y fieles católicos, buenos campesinos, de buena reputación y de honesta conducción como campesinos, porque habló seguido con ellos. El mismo testigo dijo también que fue uno de los párrocos de Juana; y sus madrinas fueron la mujer d’Étienne le Royer y Béatrice, viuda de Thiesselin, residiendo en el dicho pueblo de Domremy, al igual que Jeannette, viuda de Thiesselin de Vittel, residiendo en la ciudad de Neufchateau.

Sobre el cuarto de los artículos comenzando por “Asimismo, si en su juventud, etc…”, interrogado declaró por juramento que Juanita, en su primer edad, le parece que fue bien y convenientemente educada en la fe y en las buenas costumbres, y casi todo el mundo la amaba en el pueblo de Domremy; ella sabía, en efecto, parecido a las otras jóvenes, sus artículos de fe, el Pater Noster, el Ave Maria.

Sobre el artículo siguiente, el quinto, comenzando por “Asimismo, sobre su comportamiento”, interrogado declaró que Juanita era honesta en su comportamiento, como puede serlo una chica similar, ya que sus padres no eran muy ricos; en su juventud y hasta su partida de la casa paternal, ella iba al arado y a veces vigilaba a los animales en los campos; ella hacía los trabajos de mujer, hilando y realizando todo lo demás.

Sobre el artículo siguiente, el sexto, comenzando por “Asimismo, si frecuentemente”, interrogado declaró por juramento que la dicha Juanita, como él la vio, iba seguido a la iglesia, al punto que a veces las otras jóvenes se burlaban de ella; incluso ella iba a veces a la iglesia o ermita de Notre-Dame de Bermont, cerca del pueblo de Domremy, mientras que sus padres la creían en los campos, en el arado o en otros lugares. Declaró también que, cuando escuchaba sonar la Misa mientras ella estaba en los campos, venía a la iglesia del pueblo para escuchar la misa, como el testigo asegura haberla visto.

Sobre el artículo siguiente, el séptimo, comenzando por “Asimismo, cuales eran sus ocupaciones, etc…”, interrogado, declaró que la dicha Juana hilaba, iba al arado y vigilaba a los animales, como ya testificó en el artículo quinto.

Sobre el artículo siguiente, el octavo, comenzando por “Asimismo, si en esta época, etc…”, interrogado declaró que vio a la dicha Juana confesarse en el tiempo pascual y durante las otras solemnidades; la vio confesarse con Don Guillaume Fronté, entonces párroco de la iglesia parroquial de Saint-Remy de Domremy.

Sobre el noveno artículo del interrogatorio, comenzando por “Asimismo, que hay sobre esta opinión expandida, etc…”, interrogado, declaró por juramento que en cuanto al árbol llamado “de las damas” escuchó decir hace un tiempo que mujeres o personas sobrenaturales -se les llamaba hadas- iban antiguamente a bailar bajo ese árbol; pero, según se dice, tras una lectura del Evangelio de San Juan, ellas no volvieron más. Declaró también que en la época actual, el domingo en el que se canta en la Santa Iglesia de Dios al principio de la Misa Letare Jerusalem, en esas regiones llamado comúnmente el domingo “de las Fuentes”, los jóvenes de Domremy se reunían bajo este árbol, y a veces también en la primavera y en el verano en los días de fiesta para bailar; a veces almorzaban en ese lugar; y al regresar, iban a la fuente de los Rains, paseando y cantando, bebían del agua en esta fuente y todos se divertían recogiendo flores alrededor. Declaró también que Juana la Doncella iba allí a veces con las otras jóvenes y hacía como las otras; nunca escuchó decir que Juanita fuera sola ni por otras razones a este árbol y a esta fuente -la fuente está más cerca del pueblo que el árbol-, excepto para pasear y divertirse como las otras jóvenes. Y no declaró nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc…”, interrogado, declaró que, cuando la dicha Juanita partió de la casa paternal, fue dos o tres veces a Vaucouleurs para hablar con el alcalde; y escuchó decir que el señor Charles, entonces duque de Lorraine, quiso verla y enviarle un caballo de pelo gris, siguiendo sus dichos. No sabe agregar nada más a su deposición sobre el contenido del artículo, excepto que en el mes de julio, él, el testigo que habla, fue a Châlons cuando se decía que el rey iría a Reims para hacerse consagrar, y allí vio a la dicha Juana, quien le dio una chaqueta roja que ella llevaba vestida.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho, etc…”, requerido, declaró no saber nada sobre el contenido del artículo.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana cuando, etc…”, requerido, declaró que, cuando Juana fue a Neufchâteau a causa de las bandas armadas, ella estuvo siempre en la compañía de sus padres; permanecieron cuatro días en Neufchâteau y entonces recuperaron el pueblo de Domremy. Y esto el testigo lo sabe porque el estuvo con otros del pueblo de Neufchâteau y vio entonces a Juanita y sus padres.

No sabe nada más.

Citado vino; y ha testificado sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni miedo. Y se le ordenó, etc.

Deposición de Dominique Jacob

El discreto señor Dominique Jacob, párroco de la iglesia parroquial de Montiers-sur-Saulx, en la diócesis de Toul, sacerdote, de treinta y cinco años o aproximado, segundo testigo en esta causa de inquisición, producido, jurado e interrogado en Domremy, el año susodicho, el jueves, vigesimonoveno día del mes de enero, requerido de decir por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primer artículo del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen”, y sobre el siguiente, el segundo, requerido, declaró por juramento que Juanita nació en Domremy y, según él cree, fue bautizada en la iglesia de Saint-Remy del dicho pueblo; sus padres fueron Jacques d’Arc e Isabelle, maridos que eran buenos católicos y de buena fama, como él ha escuchado siempre decir.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, requerido, declaró que no sabría testificar sobre esto porque la dicha Juana era mayor que él.

Sobre el articulo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y sobre los artículos quinto y sexto siguientes, declaró haber conocido y visto a la dicha Juanita, tres o cuatro años antes de su partido de la casa paternal; esta Juanita era de buenos modales y de comportamiento honesto, ella iba frecuentemente a la iglesia y, a veces, cuando sonaban las completas en la iglesia del pueblo, se arrodillaba; según le parecía, ella decía sus oraciones con devoción.

Sobre el artículo siguiente, el séptimo, comenzando por “Asimismo, cuales eran sus ocupaciones, etc.”, y también sobre el octavo artículo siguiente, requerido, declaró por juramento que Juanita hilaba a veces, iba al arado o vigilaba los animales; él cree que ella se confesaba y, según le parece, era una joven buena y sabía. No sabe nada diferente sobre el contenido de los artículos.

Sobre el artículo siguiente, el noveno del interrogatorio, comenzando por “Asimismo, que hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento que el árbol en cuestión es llamado comúnmente “el árbol de las damas”; las jóvenes, los niños y los jóvenes del pueblo de Domremy, todos los años, el domingo de Letare Jerusalem, vulgarmente llamado “de las Fuentes”, o en la época de primavera, vienen a este árbol para cantar, y llevaban pan con ellos; al regresar, iban a la fuente de los Rains, comiendo su pan y bebiendo de esta agua; e hicieron esto para divertirse, según dice el testigo. Dijo también que vio a Juana venir e ir con las jóvenes, y hacía como las otras. Dijo también que este árbol es de un aspecto sorprendente y admirable; y por ello, según él cree, los jóvenes y los niños iban gustosamente a bailar bajo él. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido declaró no saber nada, excepto por lo que oyó decir.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, interrogado, declaró no saber nada más que lo que escuchó decir hace un tiempo, a saber, que algunos frailes menores fueron al presente país para hacer una investigación; pero ignora si la hicieron.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si cuando, etc.”, interrogado, declaró que todos los habitantes del pueblo de Domremy huyeron a causa de las bandas armadas y fueron a Neufchâteau; y entre ellos, esta Juanita iba con su padre y su madre; ella permaneció siempre en su compañía, según le parece a él, y abandonó Neufchâteau con sus padres.

No sabe nada más.

Citado, vino: y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin particialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Béatrice Estellin

Béatrice, viuda de Estellin, campesino del dicho pueblo de Domremy, de ochenta años o aproximado, tercer testigo producido en esta causa de inquisición, jurada e interrogada en Domremy, el año y el jueves susodichos, requerida de decir por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testiga, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primer artículo del interrogatorio, comenzando por “en primer lugar, sobre el lugar de origen, etc.”, también sobre el segundo y tercer artículos siguientes, requerida, declaró por juramento que la dicha Juana nació en el dicho pueblo de Domremy, de Jacques de Arco e Isabet, casados, campesinos, verdaderos y buenos católicos, honestos y sólidos, según sus facultades, pero no muy ricos; esta Juanita fue bautizada sobre las fuentes de la iglesia de Saint-Remy del pueblo, y sus padrinos fueron Jean Morel de Greux, Jean le Langart y el difunto Jean Rainguesson; sus madrinas fueron Jeannette, viuda de Thiesselin le Clerc, Jeannette, la esposa de Thévenin le Royer, del dicho pueblo, y ella misma, el testigo que declara.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre el quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a ella diligentemente expuestos, requerida, declaró por juramento que esta Juanita estaba bien y suficientemente instruida en la fe católica, como las jóvenes similares de su edad, y desde la infancia o adolescencia hasta su partida de la casa paternal, fue educada en las buenas costumbres, joven casta, de un buen comportamiento, visitaba frecuentemente y con devoción las iglesias y lugares santos; así cuando el pueblo de Domremy fue quemado, Juanita fue todos los días de fiesta a escuchar la misa en el pueblo de Greux; ella se confesaba voluntariamente en los días convenientes, sobre todo, el muy santo día de Pascuas o de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; y, según le parecía, no había nadie mejor que ella en los dos pueblos. Ella se ocupaba de diversos trabajos en la casa paternal, porque a veces hilaba el cáñamo y la lana, iba al arado, a la cosecha cuando era el tiempo, y a veces vigilaba a los animales y los rebaños del pueblo, cuando era el turno de su padre. No sabe nada más para su declaración.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, que hay sobre, etc.”, requerido, declaró que el árbol en cuestión era llamado “el árbol de las damas”; y el testigo iba hace un tiempo con los señores temporales del dicho pueblo y sus mujeres bajo este árbol para pasear, a causa de su belleza. Declaró también que este árbol se encuentra al costado del gran camino por el cual se va a Neufchâteau; y, hace un tiempo, escuchó decir que antiguamente las “damas fatales”, en francés las “hadas”, iban bajo este árbol; pero a causa de los pecados, según ella dice, ahora no vienen más. Declaró, además, que los hombres y mujeres jóvenes del pueblo de Domremy, todos los años en el domingo de Letare Jerusalem, que se llama el domingo “de las Fuentes”, y en primavera, iban a este árbol, y Juanita iba con ellos, y bajo el árbol cantaban y hacían coros, almorzaban; al regresar, iban a la Fuente de los Rains y bebían del agua de esta fuente. Declara, además, que, cuando el párroco en la vigilia de la Ascensión llevaba la Cruz por los campos, él iba también bajo este árbol y allí cantaba el Evangelio, e iba también a la fuente de los Rains y a las otras fuentes para cantar el Evangelio, como ella lo vio.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerida, declaró que esta Juanita fue a Vaucouleurs cuando ella abandonó la casa paternal; no sabría decir nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, declaró haber escuchado decir que hubo frailes menores en dicha ciudad que venían a hacer una investigación; no sabe nada más porque no se le preguntó nada más.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerida, declaró que cuando Juana estaba en Neufchâteau, todos los habitantes de su pueblo estaban allí refugiados; y, como ella lo vio, Juanita durante su estancia allí y en el retorno, permaneció siempre en la compañía de sus padres; y hasta su partida a Francia, ella no estuvo más que al servicio de su padre.

No sabe nada más.

Citada ella vino; y ha testificado sin pasión ni parcialidad, sin ser solicitada ni pagada. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jeannette Thévenin

Jeannette, esposa de Thévenin le Royer, del dicho pueblo de Domremy, de setenta años o aproximado, cuarto testigo producido en esta causa de inquisición, jurado y examinado en el dicho pueblo, el año y el jueves susodicho, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testiga, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos de interrogatorio presentados en esta causa de inquisición, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo y tercer artículo siguientes, requerida, declaró por juramento saber lo que sigue: esta Juana nació en Domremy y sus padres fueron Jacques de Arco e Isabet, casados, buenos católicos, de buena reputación, gente probas y de acuerdo con su condición honestos campesinos; esta Juanita fue bautizada sobre las fuentes del pueblo y sus padrinos fueron Jean Barre de Neufchâteau y Jean Morel de Greux; sus madrinas fueron Jeannette, viuda de Thiesselin, y ella quien habla.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, al igual que sobre el quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a ella presentados, requerida, declaró que Juanita, según ella vio, era una niña buena y simple, temerosa de Dios, suficientemente instruida en la fe, como sus semejantes, de un comportamiento bueno, simple y dulce; por amor de Dios, ella daba seguido limosnas, iba seguido y devotamente a la Iglesia; se confesaba, según ella lo creía, porque ella era buena; en la casa de su padre hilaba el cáñamo, la lana, y a veces iba al arado con su padre, y vigilaba los animales por su padre, cuando era su turno.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, que hay sobre, etc.”, requerida, declaró que el árbol en cuestión era llamado “el árbol de las damas”; ella escuchó decir que las mujeres de los señores del pueblo de Domremy iban hace un tiempo a pasear bajo este árbol; y, le parece, la dama Catherine de La Roche, mujer de Jean de Bourlemont, señor del dicho pueblo junto con sus damas iban allí a pasear. Declaró también que los jóvenes de Domremy, en la primavera y el domingo “de las Fuentes” iban bajo este árbol y cantaban, hacían bailes, traían pan y comían, iban luego a la Fuente de los Rains y bebían de su agua. Declaró que Juanita iba allí a pasear con las mismas jóvenes; jamás vio ni aprendió que Juanita fuera por otra razón bajo este árbol. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerida, declaró no saber nada, excepto que escuchó decir que uno de sus tíos condujo a Juana a Vaucouleurs.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho, etc.”, requerida, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerida, declaró que Juanita fue siempre a Neufchâteau en la compañía de su padre, como ella lo vio. No testificó de otra manera.

No sabe nada más.

Citada, vino y testificó sin pasión ni odio, sin miedo ni solicitación. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean Moen

Jean Moen, de Domremy, residiendo en el pueblo de Coussey, diócesis de Toul, carretero, de cincuenta y seis años aproximadamente, quinto testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho pueblo de Domremy, el año y el jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo artículo siguiente, requerido, declaró por juramento que esta Juanita, llamada la Doncella, nació en el pueblo de Domremy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, y fue bautizada sobre las fuentes de la iglesia de Saint-Remy del dicho pueblo. Declaró también que sus padres eran buenos católicos, de buena reputación y de situación honesta como campesinos; lo sabe porque él, el testigo que habla, era su vecino.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, requerido, declaró que no sabría testificar porque no se acuerda de ellos.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, requerido, declaró que Juanita, según él la vio, desde su juventud y su infancia hasta su partida de la casa paternal, fue y había sido una joven buena y casta, temerosa de Dios; ella iba voluntariamente a la Iglesia, trabajaba voluntariamente, hilaba, hacía las cosas útiles para la casa de su padre, vigilaba a veces los animales. Y cree que, desde que ella tuvo la edad de razón, se confesaba muchas veces al año. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre esta opinión, etc.”, requerido, declaró que el árbol mencionado está cerca de un bosque, al borde de un gran camino por el cual se va a Neufchâteau; los jóvenes del pueblo, todos los años, el domingo llamado comúnmente “de las Fuentes”, tienen la costumbre de ir a pasear bajo este árbol y allí, almuerzan gozosamente, van a las fuentes cercanas a este árbol para beber. No sabe nada más sobre el contenido de este artículo.

Sobre los décimo, undécimo y duodécimo artículos siguientes, a él presentados, requerido, declaró no saber nada.

No sabe más.

Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado, sin parcialidad, temor ni rencor. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Etienne de Syonne

El venerable señor Etienne de Syonne, párroco de la iglesia parroquial de Rouceux cerca de Neufchâteau y decano de la cristiandad, sacerdote en dicho Neufchâteau, de cincuenta y cuatro años aproximadamente, testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho Domremy, el año y el jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, también sobre el segundo artículo siguiente, requerido, declaró que esta Juanita nació en Domremy, de Jacques de Arco, su padre; ignora el nombre de su madre; pero tanto su padre como su madre eran verdaderos católicos, de buena reputación, reputados tal como él los vio y escuchó, aunque fuesen pobres. No tiene más nada que agregar a la deposición.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo, octavo y noveno artículos a él presentados, declaró haber escuchado decir muchas veces por el señor Guillaume Fronté, en vida cura del dicho pueblo de Domremy, que esta Juanita era una niña buena y franca, piadosa, de buenas costumbres, temerosa de Dios, de tal manera que no tenía igual en el pueblo; ella se confesaba seguido con él; ella decía también que si ella hubiese tenido dinero, lo habría donado a su cura para celebrar misas. Declaró, además, que cada día estaba presente cuando él celebraba la misa. No sabe nada más sobre el contenido de los artículos, excepto por lo que oyó decir.

Sobre los décimo y undécimo artículos siguientes, que le fueron leídos, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró haber escuchado decir por muchos que esta Juanita fue a Neufchâteau a la casa de una mujer honesta, llamada la Rousse, a causa de los bandidos armados; y ella estuvo siempre en compañía de su padre y de otros en el dicho pueblo, quienes se refugiaban allí. No sabe nada más.

No sabe nada más.

Citado, vino; ha testificado sin odio ni pasión, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni temor. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jeannette, viuda de Thiesselin

Jeannette, viuda de Thiesselin de Vittel, quien su vida fue clérigo en Domremy, residiendo en Neufchâteau, de sesenta años aproximadamente, séptimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurada e interrogada en Domremy, el año y el jueves susodichos, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testiga, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primero de los artículos de este interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes a ella presentados, requerida, declaró por juramento que Juanita, llamada la Doncella, nació en Domremy, del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, probos, católicos, de buena reputación, quienes se conducían como campesinos, honestamente en su pobreza, porque no tenían demasiadas riquezas. Declaró también que ella fue bautizada sobre las fuentes de la iglesia parroquial de Saint-Remi del pueblo, y que ella, testigo que habla, fue la madrina de Juana quien tomó su nombre. Fue también su madrina Jeanne, esposa de Thévenin Royer del dicho pueblo. No sabe nada diferente.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, requerida, declaró por juramento que esta Juanita, según ella la vio, estando en su temprana edad y tanto como estuvo en Domremy, fue una joven buena, vivía honesta y santamente, como una chica sabia; ella iba gustosamente a la Iglesia, temerosa de Dios. A veces, ella iba a la iglesia Notre-Dame de Bermont con algunas jóvenes para rezar a Santa María; y el testigo fue allí con ella hace un tiempo. Declaró también que ella se dedicaba con gusto a los trabajos, hilando o haciendo las cosas necesarias para la casa; y a menudo, cuando era el turno de su padre, vigilaba el rebaño. Declaró también que ella se confesaba seguido, porque ella la veía muchas veces confesarse con el señor Guillaume Fronté, entonces cura de la iglesia parroquial. Declaró, además, que Juana no juraba, excepto a la excepción de “¡Sin falta!”, y no se dedicaba a la danza; pero, a veces, cuando las otras jóvenes cantaban y bailaban, ella iba a la iglesia.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerida, declaró por juramento que el árbol en cuestión es llamado “el árbol de las damas” porque se cuenta que antiguamente, un señor llamado “el señor Pierre Gravier”, caballero, señor de Bourlemon, iba a reunirse bajo este árbol con una cierta dama llamada “hada”, y charlaban juntos. Y declaró haberlo escuchado ser leído en un cuento. Declaró también que los señores y damas del pueblo de Domremy, así como la dama Béatrice, mujer del señor Pierre de Bourlemont, junto con sus damas y el dicho señor Pierre, iban a veces, según se decía, a pasear hasta este árbol. Declaró también que los jóvenes del dicho pueblo iban cada año, el domingo de Letare llamado “de las Fuentes”, a pasearse allí, y almorzaban y danzaban allí, y bebían en la Fuente de los Rains; pero no recuerda si la dicha Juana la Doncella fue alguna vez bajo este árbol; ella jamás escuchó decir que esta Juanita fuese jamás difamada por culpa de este árbol. No tiene nada más que testificar.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, y también sobre el undécimo artículo siguiente, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, declaró no saber nada, excepto lo que oyó decir.

No sabe más nada sobre esto.

Citada, vino; y ha testificado sin pasión ni odio, sin ser pagada, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Louis de Martigny

El noble hombre Louis de Martigny, escudero, de cincuenta y seis años aproximadamente, octavo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el mencionado Domremy, el año y el jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Y para empezar, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, sobre el lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo, requerido, declaró por juramento que Juana la Doncella nació en Domremy y su padre fue Jacques de Arco. Tenía una madre, la cual no sabría decir el nombre. Declaró que sus padres eran buenos católicos, como lo constató, y nunca escuchó decir lo contrario. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, declaró por juramento no saber nada de ello.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, a él presentados y leídos, requerido, declaró no saber nada, excepto lo que oyó decir; escuchó, en efecto, decir que ella era honesta y se confesaba con gusto.

El artículo noveno no aparece en el manuscrito.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró haber escuchado decir que cuando ella fue a Francia, fue a ver al señor alcalde de Chaumont y luego al señor duque de Lorraine; y el señor duque le dio un caballo y dinero; y entonces, los mencionados Bertrand de Poulengy, Jean de Metz, Jean de Dieuleward y Colet de Vienne la condujeron hacia al rey. No sabe nada más.

Sobre los undécimo y duodécimo artículos siguientes que le fueron expuestos con cuidado, declaró no saber absolutamente nada.

No sabe más nada.

Citado, vino y testificó sin pasión ni miedo, sin ser pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Thévenin le Royer

Thévenin le Royer de Chermisey, residiendo en el dicho Domremy, de setenta años aproximadamente, noveno testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en Domremy los años y jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Y para empezar, sobre el primer artículo de interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, con respecto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, declaró que Juanita la Doncella nació en el dicho Domremy y fue bautizada sobre las fuentes de la iglesia parroquial de Saint-Remy del dicho lugar; sus padres fueron Jacques de Arco e Isabet, casados, que vivieron honestamente en tanto que campesinos; y Jeanne, la mujer del testigo que testifica, era la madrina de la dicha Doncella, y la había sostenido sobre las fuentes antes de que se casara con ella. No sabe nada más sobre el contenido de los dichos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los cinco, sexto, séptimo y octavo artículos, requerido, declaró que la dicha Juana la Doncella era una joven buena, amaba ir a la iglesia, servía a Dios, se confesaba gustosamente el día de Pascuas, se ocupaba de hilar, de hacer las tareas domésticas, y a veces vigilaba el rebaño, cuando era el turno de su padre. Él juzgaba que esta Juanita era buena, tal como la veía, y jamás escuchó decir de ella lo contrario.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, declaró haber escuchado decir que antiguamente los señores y las damas del pueblo de Domremy, como el señor Pierre de Bourlemont, su esposa, y otros servidores y damas iban a pasear bajo este árbol; actualmente, aún los jóvenes del pueblo, el domingo “de las Fuentes” y en la época de primavera, van bajo este árbol, trayendo pequeños panes, y allí pasean y comen, danzando y haciendo rondas, y Juana iba con ellos; jamás escuchó decir que Juana fuera sola a este árbol, o por otra razón, sin las dichas jóvenes. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, y, además, sobre los artículos undécimo y duodécimo siguientes, requerido, declaró no saber nada.

No sabe nada más sobre esto.

Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin miedo ni parcialidad, sin ser pagado. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jacquier de Saint-Amance

Jaquier de Saint-Amant, campesino, residiendo en el dicho pueblo de Domremy, de sesenta años aproximadamente, décimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en Domremy, el año y jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que la dicha Juana la Doncella nació en Domremy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, quienes eran católicos sinceros y campesinos de buena reputación, según él lo vio. Escuchó decir que Juana fue bautizada sobre las fuentes de Saint-Remy del dicho pueblo, y su padrino fue Jean Morel de Greux, su madrina fue Jeannette de Roze. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, requerido, declaró que Juanita era una buena joven, temerosa de Dios, que iba con gusto a la Iglesia; ella se ocupaba todos los días de los trabajos de la casa y la vio muchas veces en la tarde, en la casa de él quien habla, donde ella hilaba con una de sus hijas, sin jamás notar en ella el menor mal; ella vigilaba los animales cuando era el momento; ella se confesaba gustosamente en el día de Pascua. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró que los señores feudales y las damas del dicho pueblo iban comúnmente a pasear bajo este árbol y que aún hoy en día los jóvenes del pueblo van bajo este árbol, en primavera y en verano, y en el día “de las Fuentes”, trayendo panes para comerlos allí y pasear. Declaró también que esta Juana la Doncella iba en su juventud a este árbol con mujeres jóvenes a pasear los días indicados. No tiene nada más que agregar a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, y también sobre el undécimo artículo siguiente, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que vio entonces a la dicha Juanita en Neufchâteau a causa de las bandas armadas; ella llevaba los animales de sus padres a los campos que estaban esta ciudad. No sabe nada más.

No sabe más nada.

Citado, vino; sin pasión ni odio, sin ser pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Bertrand Lacloppe

Bertrand Lacloppe, del mencionado pueblo, techador, de 90 años aproximadamente, undécimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el mencionado Domremy, los año y jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que Juanita la Doncella era la hija de Jacques de Arco, campesino, y de Isabelle, casados, del mencionado pueblo de Domremy, personas honestas y católicas; según él cree, ella fue bautizada sobre las fuentes de Saint-Remy del mencionado pueblo. Declaró que Béatrice, viuda de Estellin, y Jeanne, esposa de Thévenin, el carpintero, eran sus madrinas, según se dice generalmente. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos a él expuestos, requerido, declaró por juramento que la dicha Juana la Doncella fue bien criada, franca, dulce, amaba ir a la Iglesia y, especialmente, a la del pueblo, como él la vio; ella hacía trabajos domésticos e hilaba, vigilaba el rebaño cuando era el turno de su padre y, según los rumores, se confesaba gustosamente. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró que el árbol que se llama “árbol de las damas” es un haya y está muy curvado; antiguamente se decía -en francés- que “las hadas” iban allí; no obstante, jamás las vio, ni escuchó decir en esa época que las mencionadas “hadas” fueron bajo ese árbol. Declaró también que a veces los jóvenes del pueblo, en primavera y el domingo “de las Fuentes”, iban a ese árbol, con Juana entre ellos, y a la fuente cercana, para pasear y hacer rondas; también tenían la costumbre de comer allí. Declaró, además, que jamás escuchó decir que Juana fuese sola a ese árbol sin las mencionadas jóvenes. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró que un hombre de Burey-le-Petit vino al pueblo de Domremy para buscar a esta Juanita la Doncella y conducirla a Vaucouleurs para hablar con el alcalde; esuchó decir que ese alcalde la envió al rey. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, por juramento declaró que no sabe nada del contenido.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que a causa de las bandas armadas que se dirigían entonces hacia el pueblo, según se decía, todos los habitantes del dicho pueblo partieron para Neufchâteau; y Juana la Doncella fue allí en compañía de sus padres y se refugió allí con ellos durante cuatro días aproximadamente. No sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado, sin parcialidad. Y se le fue ordenado, etc.

Deposición de Perrin Drappier

Perrin Drappier, del mencionado Domremy, de sesenta años aproximadamente, duodécimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en Domremy, los año y jueves susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primero de los mencionados artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, sobre el lugar de origen, etc.”, y sobre los segundo y tercer artículos siguientes, a él expuestos con cuidado, requerido, declaró por juramento que Juana la Doncella nació en Domremy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, campesinos honestos y buenos católicos, de buena reputación, según él vio; Juana fue bautizada en la parroquia del pueblo en la iglesia Saint-Remy; ella tuvo, según se dice, padrinos y madrinas que él no conoce, salvo que aún hay hoy en día dos mujeres que se hacen pasar por las madrinas de la dicha Doncella, a saber, Jeannette, la mujer de Thevenin Royer, del dicho pueblo, y Jeannette, viuda de Thiesselin de Vittel, residiendo en Neufchâteau. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él expuestos con cuidado, requerido, declaró por juramento que esta Juanita la Doncella, en su juventud y desde que ella tuvo la edad de la razón hasta su partida de la casa paternal, fue y era constantemente una joven buena, casta, franca, modesta, que no juraba ni por Dios ni por sus santos, temerosa de Dios; iba frecuentemente a la iglesia, se confesaba seguido. El testigo habla con conocimiento de causa ya que él era entonces sacristán de esa iglesia de Domremy y veía seguido a la mencionada Juana venir a la Iglesia para las misas y las completas; y cuando el testigo no sonaba las campanas, ella le reprochaba y lo culpaba diciendo que eso no estaba bien; y Juana había prometido al testigo darle unas tortas para que fuese diligente en sonar las completas. Declaró también que Juana iba seguido con su propia hermana y otras personas a la Iglesia y a la ermita de Bermont, fundada en honor de la bienaventurada Virgen María, y hacía muchas limosnas; ella trabajaba gustosamente, hilando y haciendo los otros trabajos necesarios; a veces iba al arado y vigilaba el rebaño en su turno. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró que el árbol en cuestión es llamado “el árbol de las damas”; y vio una dama del pueblo, que era la mujer del señor Pierre de Bourlemont, y la madre de ese señor ir a veces hacia este árbol para pasear; llevaban con ellos a sus damiselas y algunas jóvenes del pueblo, y llevaban pan y vino con huevos. Declaró que en la primavera y en el domingo de Letare Jerusalem llamado domingo “de las Fuentes”, los jóvenes del pueblo tienen la costumbre de ir a este árbol y a las fuentes; llevan consigo pequeños panes y comen bajo este árbol, y pasean haciendo rondas y cantando. Declaró también que Juana, en su juventud, iba a veces con las jóvenes del pueblo para pasear y hacer rondas en este árbol y en la fuente de los Rains. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró por juramento que cuando Juana quiso partir de la casa paternal, fue con un Durand Laxart, su tío, a Vaucouleurs para hablar con Robert de Baudricourt, entonces capitán de Vaucouleurs. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si cuando, etc.”, requerido, declaró que, cuando los habitantes del pueblo, a causa de las bandas armadas, se refugiaron en Neufchâteau, Juana la Doncella y sus padres fueron allí y condujeron a sus animales; después de tres o cuatro días, volvió con su padre al mencionado pueblo de Domremy. No sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, vino, y sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad declaró. Y le fue ordenado, etc.

Primera deposición de Gérard Guillemette

Gérard Guillemette de Greux, campesino, de cuarenta años aproximadamente, decimotercer testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho Domremy ante nosotros, en presencia de los mencionados testigos, el año susodicho y el viernes penúltimo día del mes de enero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Entonces, en cuanto a los artículos del interrogatorio presentados en esta causa, a saber, sobre el primero de los artículos comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo y tercer artículos siguientes, a él expuestos, requerido, declaró por juramento que Juana la Doncella fue engendrada por Jacques de Arco e Isabet, casados, labrados del dicho pueblo, verdaderos católicos, de buena reputación, exentos de reproches, como todo buen campesino; según él cree, ella fue bautizada en esta parroquia de Domremy y, según se dice, tuvo buenos padrinos y madrinas. Él conoce a Jean Morel, su padrino, y Jeannette Roze y Jeannette, viuda de Thiesselin, sus madrinas, según él afirma. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto del interrogatorio, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, requerido, declaró haber visto a la dicha Juanita y haberla conocido bien desde el momento en que la encontró; era una joven buena, honesta y franca, que se relacionaba con las jóvenes y mujeres honestas del pueblo, iba gustosamente y seguido a la iglesia, se confesaba con gusto y devotamente, como él la vio, y, cree él, que no existía una mejor que ella en el pueblo. Ella amaba trabajar, hilando, cumpliendo las tareas domésticas y volviéndose útil para sus padres; a veces, ella iba al arado, siguiendo la voluntad paternal. No sabría agregar nada más a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró haber escuchado seguido llamar a este árbol “el árbol de las hadas”; y antiguamente, las damas de los señores de Domremy tenían la costumbre de ir con sus damiselas y sus sirvientes bajo este árbol para pasear. Declaró que a veces los jóvenes del pueblo de Domremy, en el domingo de Letare Jerusalem llamado “de las Fuentes” iban “para hacer sus fuentes” y pasear bajo este árbol; traían pan y comían allí; entonces, regresaban a la fuente de los Rains y bebían de su agua. Declaró, además, que vio una vez a esta Juanita en el domingo susodicho con las jóvenes, pero no la volvió a ver más desde entonces. Declaró que los jóvenes de Greux iban a “hacer sus fuentes” a la iglesia de Notre-Dame de Bermont. No tiene nada para agregar a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró que cuando esta Juanita partió del domicilio paternal, la vio pasar ante esta casa con un tío llamado Durand Laxart; y entonces, Juanita dijo a su padre: “¡Adiós! Voy a Vaucouleurs”. Y entonces, escuchó decir que ella iba a Francia. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si cuando, etc.”, requerido, declaró por juramento que él, testigo que habla, fue a Neufchâteau con la dicha Juana, sus padres, y la vio siempre con sus padres, salvo que durante tres o cuatro días esta Juanita, en presencia de sus padres, ayudaba a la anfitriona del lugar donde estaban alojados, una cierta la Rousse, mujer honesta de la ciudad; pero sabe bien que no permanecieron en Neufchâteau más que cuatro o cinco días, hasta la partida de las bandas armadas; entonces Juana volvió con sus padres al dicho pueblo de Domremy. No sabe más nada.

Citado, vino, y testificó sin pasión ni solicitación, sin ser pagado, sin odio ni miedo ni parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Haviette, esposa de Gérard de Syonne

Hauviette, mujer de Gérard de Syonne, campesino residiendo en el dicho Domremy, de cuarenta y cinco años aproximadamente, decimocuarto testigo en esta causa de inquisición, producido y jurado en el año y el jueves vigesimonoveno día de enero susodichos, interrogada el viernes penúltimo día del mes de este año, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerida, declaró haber conocido desde su juventud a Juana la Doncella, quien nació en Domremy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, honestos campesinos y buenos católicos, de buena reputación; y lo sabe porque seguido se ha encontrado y dormido amigablemente en la casa de su padre. No recuerda, no obstante, los padrinos y madrinos, sino por lo que oyó decir, porque Juana era, según ella decía, mayor que ella por tres o cuatro años. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a ella expuestos, requerida, declaró por juramento que esta Juana era una joven buena, franca y dulce; iba voluntariamente y seguido a la Iglesia y a los lugares santos; y seguido ella se sonrojaba porque la gente le decía que ella iba demasiado devotamente a la Iglesia; de hecho, esuchó decir por el cura de la época que ella se confesaba en muchas ocasiones. Juana trabajaba como las otras jóvenes; ella cumplía con los trabajos domésticos, tejía, y, a veces, vigilaba, según la vio el testigo, los animales de su padre. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerida, declaró que el árbol es llamado “árbol de las damas” desde tiempos antiguos, y se decía que antiguamente las damas llamadas “hadas” iban a este árbol; no obstante, ella jamás escuchó decir que alguien las hubiese visto. Declaró también que los jóvenes tenían la costumbre de ir a este árbol y a la fuente de los Rains el domingo de Letare Jerusalem, llamado “de las Fuentes”, y llevaban pan; y el testigo iba allí con Juana la Doncella, quien era su amiga, y con otras jóvenes, en el dicho domingo de las Fuentes; y allí se comía, se paseaba, se jugaba. Declaró también haber visto llevar nueces alrededor de este árbol y de las fuentes. No sabría agregar otra cosa a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerida, declaró que ella no supo nada de la partida de Juana; pero ella, quien testifica, a causa de ello lloró mucho porque amaba a Juana, quien era tan buena, y que era su compañía. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerida, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerida, declaró por juramento que la dicha Juana permaneció siempre en Neufchâteau con sus padres, ya que el testigo estaba entonces también en Neufchâteau y la vio siempre. No sabe nada más.

Citada, ella vino y testificó sin pasión ni parcialidad, sin temor, sin ser pagada ni solicitada. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean Waterin

Jean Waterin de Domremy, residiendo en el pueblo de Greux, cercano al dicho Domremy, campesino, de cuarenta y cinco años aproximadamente, decimoquinto testigo producido en esta causa, jurado e interrogado en el mencionado Domremy, el año y el viernes penúltimo día de enero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró que Juana la Doncella nació en Domremy, en la parroquia de ese lugar; sus padres fueron Jacques de Arco e Isabet, casados, quienes eran buenos católicos y de buena reputación, en tanto que campesinos, como él lo vio. Conoce también a Jean Morel, el padrino, Jeannette Roze y Jeanne de Vittel, las madrinas de esta Juanita. No tiene nada más para agregar en su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él expuestos con cuidado, requerido, declaró haber visto muchas veces a Juanita la Doncella; en su juventud, él iba con ella al arado del padre de esta Juana, o con otras jóvenes y ella a los campos y las cercanías; y seguido, mientras que los otros jugaban juntos, Juana se ponía aparte y hablaba con Dios, según a él le parecía; y él y los demás se burlaban de ella. Era buena y franca, frecuentaba las iglesias y los lugares santos; a veces, también cuando ella estaba en los campos y escuchaba la campana sonar, se ponía de rodillas; ella trabajaba gustosamente, hilaba, cumplía con lo que era necesario y útil en la casa, iba al arado con su padres y a veces vigilaba el rebaño cuando era su turno; ella se confesaba gustosamente, según los dichos del sacerdote del pueblo; ella llevaba a menudo cirios e iba en peregrinación a Notre-Dame de Bermont. No sabría agregar otra cosa a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento que el árbol en cuestión es comúnmente llamado “el árbol de las damas”; escuchó decir que antiguamente las mujeres, llamadas vulgarmente “hadas”, iban bajo este árbol; no obstante, nunca escuchó decir que alguien las hubiese visto bajo este árbol. Declaró, además, que los jóvenes del pueblo de Domremy, cada año, en el tiempo del verano y el domingo llamado “de las Fuentes”, tienen la costumbre de ir bajo este árbol, traer pequeños panes, y allí comerlos, danzando bajo el árbol; al regresar, van a la fuente de los Rains, a veces a otras fuentes, y beben de ellas. Declaró que Juana hace un tiempo y el mismo domingo, como él lo vio, se reunía en este árbol con las otras jóvenes para jugar y pasear como ellas. No tiene nada más que agregar a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró haberla visto partir del pueblo de Greux y ella decía a las personas: “¡Adiós!”. De hecho, la escuchó decir muchas veces que ella levantaría a la Francia y la sangre royal. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que esta Juanita, durante su refugio en Neufchâteau, estuvo siempre en la compañía de sus padres; el testigo habla con conocimiento de causa porque él mismo estuvo entonces en Neufchâteau con los demás del pueblo.

No sabe nada más.

Citado, vino, testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Gérardin d’Épinal

Gérardin d’Épinal, campesino, residiendo en el dicho Domremy, de sesenta años aproximadamente, decimosexto testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho Domremy, el año y el viernes mencionado más alto, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que esta Juanita nació en el mencionado Domremy y fue bautizada en la parroquia de Saint-Remi del lugar; sus padres fueron Jacques de Arco e Isabet, casados; ellos, según él lo vio, eran buenos católicos y buenas personas sin reputación malvada, de buena fama. Declaró también haber escuchado decir que Jean Morel de Greux fue su padrino y Jeannette de Roze su madrina. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él plenamente expuestos, requerido, declaró por juramento haber residido en el dicho pueblo desde la edad de dieciocho años; vio y supo que Juana era honesta, franca y devota. Ella iba con gusto a la iglesia y a los lugares santos, trabajaba, hilaba, escardaba y hacía todos los trabajos domésticos necesarios, como las jóvenes. Cree que ella se confesaba con gusto porque ella era muy devota. No sabría agregar nada más a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento que el árbol en cuestión es llamado “el árbol de las damas”. Vio a los señores feudales de Domremy y sus mujeres en la primavera, una o dos veces, llevando vino y pan para comer bajo el árbol debido a que este es bello como los lirios, y sus hojas y ramas llegan hasta la tierra. Los jóvenes del pueblo de Domremy tienen la costumbre, el domingo “de las Fuentes”, de ir a este árbol; las madres les hacen panes y ellos van bajo este árbol a “hacer sus fuentes”; ellos cantan allí, hacen rondas, y entonces vuelven a la fuente de los Rains, comen el pan y beben del agua, como él lo vio. Declaró que la dicha Juana iba allí con las otras jóvenes y hacía como ellas. No tiene nada más que agregar a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró no saber nada, excepto que en el momento de su partida, ella le dijo: “Compadre, si usted no fuera borgoñón, le diría algo”. El testigo creía entonces que se trataba de algún amigo con el que ella quería casarse. La vio también en Châlons, con otros cuatro del dicho pueblo y ella decía no tener miedo, excepto de una traición. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo del interrogatorio, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que esta Juana, en la época en cuestión, permaneció por poco tiempo en Neufchâteau y, según le parece, con su hermano Jean de Arco, quien más tarde fue preboste de Vaucouleurs; ella vigilaba los animales de su padre y se fue de la casa paterna porque, según decía, le resultaba penoso quedarse allí. No sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Simonin Musnier

Simonin Musnier, campesino del dicho pueblo de Domremy, de cuarenta y cuatro años aproximadamente, decimoséptimo testigo producido en esta causa de inquisición y jurado el año y el jueves susodichos, interrogado en el mencionado Domremy, el mismo año, el viernes penúltimo día del mes de enero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Y en primer lugar, sobre el primer artículo del interrogatorio comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que Juanita la Doncella, según él cree, nació y fue bautizada sobre las fuentes de la iglesia de Saint-Remi del dicho lugar. De hecho, conoció a Jacques de Arco e Isabet, casados, sus padres, de quienes juzgaba y juzga como buenos católicos y de buena reputación. No sabe nada más sobre el contenido de los dichos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que él fue criado con Juana, apodada la Doncella, y habitó al lado de la casa de su padre. Sabe también que ella era buena, franca, devota, temerosa de Dios y sus santos; iba con gusto y seguido a la iglesia y a los lugares santos, cuidando a los enfermos, dando limosnas a los pobres, como él lo vio, porque en su infancia él mismo estuvo enfermo y Juana lo reconfortaba. Declaró también que cuando sonaban las campanas, ella se signaba y se arrodillaba. Ella no era perezosa, trabajaba con gusto, hilaba, iba al arado con su padre, rastrillaba la tierra y hacía los otros trabajos domésticos necesarios; se decía que ella se confesaba con gusto; ella llevaba cirios con mucho gusto a la iglesia ante Nuestra Señora, como él lo vio. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento que el árbol en cuestión es comúnmente llamado “el árbol de las damas”, como él siempre ha escuchado llamarlo; declaró que antiguamente aquellas llamadas vulgarmente “hadas” iban bajo este árbol, según lo escuchó decir, aunque jamás vio signo alguno de algún espíritu malvado. Declaró que los jóvenes van, en primavera y el domingo llamado “de las fuentes”, bajo este árbol para “hacer sus fuentes”; comen allí su pan, hacen rondas, al regresar pasan por la fuente de los Rains y beben de su agua; él mismo con Juana y otros, en su infancia, iba hacia este árbol el domingo de las Fuentes, para jugar y pasear, como las otras niñas y niños del pueblo. No tiene más para testificar.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró no saber nada, sino por lo que oyó decir.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada sobre su contenido.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que en la época en cuestión, él se encontraba en Neufchâteau con los habitantes del dicho pueblo, entre los cuales estaba Juana la Doncella con su padre y su madre; ella permaneció allí poco tiempo; y cuando los hombres de guerra se fueron, ella abandonó Neufchâteau, siempre acompañada de sus padres. No tiene nada más que agregar a su deposición.

No sabe más nada. Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni miedo. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Zabillet, mujer de Gérardin d’Épinal

Isabelle, mujer de Gérardin d’Épinal, campesino, residiendo en Domremy, de aproximadamente cincuenta años o más, decimoctavo testigo producido en esta causa de inquisición, jurada e interrogada en el dicho Domremy, el año y el viernes penúltimo día del mes de enero susodichos, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, sobre el lugar de origen, etc.”, y sobre los segundo y tercer artículos siguientes, a ella cuidadosamente leídos, requerida, declaró que Juanita la Doncella nación en Domremy en la parroquia de ese lugar, del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, buenos campesinos, verdaderos católicos y de buena reputación. Declaró que Jean Morel de Greux era su padrino y Jeannette Roze y Jeannette de Vittel sus madrinas, según se decía comúnmente. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a ella presentados, requerida, declaró por juramento que desde su juventud, ella conoció los padres de la dicha Juanita y a esta Juanita misma, cuando era joven y tanto como ella vivió con sus padres; ella fue criada en la fe católica y las buenas costumbres, franca, buena, púdica, devota y temerosa de Dios, según le parecía; de hecho, ella iba con mucho gusto y seguido a la Iglesia Notre-Dame de Bermont, daba frecuentemente limosnas, alojaba a los pobres y quería pasar la noche en la cocina para que esos pobres pudiesen dormir en su cama; no se la veía por los caminos porque ella estaba en la iglesia en oración; no bailaba, aunque los jóvenes y los otros se quejasen de eso; ella trabajaba de buena voluntad, hilando, cultivando la tierra con su padre, haciendo los trabajos domésticos y a veces custodiando los animales; ella se confesaba con gusto y seguido, según ella lo vio, porque esta Juanita la Doncella era su comadre y había sostenido sobre las fuentes a uno de sus hijos, Nicolas*; y seguido ella iba con ella y la veía ir a confesarse a la iglesia con el señor Guillaume, el cura de ese tiempo. No sabe más nada.

*Es decir, Juana fue la madrina de Nicolas en su bautismo.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerida, declaró por juramento haber escuchado siempre llamar a este árbol “los refugios de las Damas”; en los tiempos en que el castillo del dicho pueblo estaba en buen estado, los señores y sus esposas iban a descansar bajo este árbol, el domingo de Letare Jerusalem, llamado “de las Feuntes”, y a veces en el verano iban allí con sus hijas e hijos; ella lo sabía porque acompañó en otro tiempo al señor Pierre de Bourlemont, señor del pueblo y su esposa, quienes eran de Francia, y muchas veces también a las jóvenes del pueblo, tanto en primera como en el domingo “de las Fuentes”. Declaró que los jóvenes de ese pueblo tienen la costumbre de ir a este árbol, en el domingo “de las Fuentes” para descansar y pasear; llevan panes para comer; y Juana iba con ellos, en ese domingo, para descansar y jugar, llevando su pan. Entonces, iban a bber a la fuente de los Rains y, siguiendo la costumbre que aún existe, llevaban pequeños panes y se divertían gozosamente. No sabría agregar nada más a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerida, declaró por juramento haber escuchado esto de Durand Laxart, quien la condujo al señor Robert de Baudricourt: ella le pidió que dijera a su padre que iba a ayudar a la mujer de ese Durant, que estaba de parto, para que así él pudiera conducirla al mencionado señor Robert. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerida, declaró no saber absolutamente nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerida, declaró que esta Juana se refugió en Neufchâteau con su padre, su madre, sus hermanos y hermanas, que habían conducido a los animales a esta ciudad a causa de las bandas armadas; pero ella no permaneció mucho tiempo en Neufchâteau; ella retornó al pueblo de Domremy con su padre, como él testigo la vio, porque ella no quería permanecer en el mencionado lugar y prefería estar en Domremy. No sabe nada más.

No sabe nada más. Citada, ella vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitada, sin temor, sin rencor ni parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Mengette, mujer de Jean Joyart

Mengette, esposa de Jean Joyart, campesino en el mencionado pueblo de Domremy, de cuarenta y seis años aproximadamente, decimonoveno testigo producido en esta causa de inquisición, jurada e interrogada en Domremy, el año y el viernes susodichos, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de esos artículos, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, a ella cuidadosamente expuestos, requerida, declaró que esta Juana llamada la Doncella es nativa de Domremy, de la parroquia Saint-Remi del mencionado pueblo; sus padres fueron Jacques de Arco e Isabet, casados, quienes eran buenos cristianos y verdaderos católicos, de buen renombre, como ella los estimaba y escuchaba como eran estimados; Juana tenía padrinos y madrinas y, según se decía, Jean Morel de Greux era su padrino, Jeannette, esposa de Thévenin de Domremy y Édette, viuda de Jean Barre, residiendo en Frebécourt eran sus madrinas. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a ella expuestos con cuidado y completamente, requerida, declaró por juramento que la casa de su padre era casi contigua a la casa del padre de Jeannette, y ella conocía muy bien a esta Juanita la Doncella, porque seguido ella hilaba en su compañía y hacía los otros trabajos domésticos de día y de noche con ella; era una joven instruida en la fe católica, de buenas costumbres, según le parecía; ella iba gustosamente y seguido a la iglesia, hacía limosnas con los bienes de su padre, iba a la cosecha y cuando era el momento y turno de su familia, a veces vigilaba a los animales mientras hilaba. Ella se confesaba con gusto y la vio muchas veces arrodillada ante el cura del pueblo. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerida, declaró por juramento que el árbol nombrado, se le llamaba “los refugios de las Damas”; era un árbol viejo: se lo ha visto siempre allí. Cada año, en primavera y, en particular, el domingo de Laetare Jerusalem, llamado “de las Fuentes”, todos los jóvenes van allí con pequeños panes y hacen la comidita; fui allí más de una vez en esos días con Juana; se comía, y después se iba a beber a la fuente a los Groseilliers; algunas veces, se dormía una siesta bajo ese árbol; se comía juntos, después se divertía y se bailaba, como hacen aún ahora. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerida, declaró que cuando la dicha Juanita quiso ir a Vaucouleurs, ella hizo venir a Durand Laxart para hacer saber a sus padres que ella iba a la casa de él, quien residía en Burey-le-Petit, para servir a su mujer; y yéndose, ella le dijo al testigo: “¡Adiós!”, encomendándola a Dios, después fue a Vaucouleurs. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerida, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerida, declaró que, en la época en cuestión, todas las personas del pueblo partieron y huyeron a Neufchâteau, conduciendo sus animales al dicho lugar; Juana fue allí con sus padres y se refugió allí en su compañía, siempre, y volvió de la misma manera, como ella lo pudo ver.

No sabe nada más. Citada, ella testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitada ni pagada, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean Colin

La discreta persona del señor Jean Colin, cura de la iglesia parroquial de Domremy y canónigo de la iglesia colegial de Saint-Nicolas de Brixey en la diócesis de Toul, sacerdote, de sesenta y seis años aproximadamente, vigésimo testigo en esta causa de inquisición, producido en Domremy el año y el viernes penúltimo día del mes de enero susodichos, jurado e interrogado, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él expuestos, requerido, declaró por juramento que esta Juana cuando estaba en Vaucouleurs vino a él quien habla, dos o tres veces, para confesarse; el testigo escuchó dos o tres veces su confesión; y, según le parece, en conciencia era una buena joven, y ella tenía los signos de una buena, católica y perfecta cristiana que amaba ir a la iglesia. No sabe nada más sobre el contenido de los artículos.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró no saber nada, excepto por lo que oyó decir, y no poder hacer una testificación personal.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró que vio a Juana en Vaucouleurs, cuando ella quería ir a Francia, y la vio montando sobre un caballo cuando ella se puso en marcha; estaba con ella Bertrand de Poulengy, Jean de Metz, Colet de Vienne, escuderos y sargentos de Robert de Baudricourt. No sabría agregar nada a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, y también sobre el artículo siguiente, declaró no saber nada al respecto de su contenido. No sabe más nada de ello.

Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni temor, ni de otra manera. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Colin, hijo de Jean Colin

Colin, hijo de Jean Colin de Greux, campesino, de cincuenta años aproximadamente, vigesimoprimer testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho Domremy, el año y el viernes penúltimo día del mes de enero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, a él expuestos enteramente y con cuidado, declaró por juramento que Juana, denominada la Doncella, nació en Domremy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet; eran buenos católicos y de buen renombre, campesinos bravos sin reproche alguno, que fueron siempre tenidos como tales y que el testigo tiene por tales; él, en efecto, escuchó decir que Jean Morel de Greux era el padrino de la dicha Juanita, y Jeannette Roze su madrina. Declaró, además, que esta Juanita, como él la vio, era buena, franca, dulce hija, de bondad natural; ella amaba ir a la iglesia, según lo que vio, porque, casi cada sábado en la tarde, ella iba con su propia hermana y otras mujeres a la ermita o iglesia de Notre Dame de Bermont, llevando allí cirios; ella rogaba mucho a Dios y a la Santa Virgen al punto que, a veces, a causa de su devoción, el testigo que era entonces joven y los otros jóvenes se burlaban de ella. Ella amaba trabajar, se ocupaba de la alimentación de las bestias, tenía cuidado de los animales de su padre, hilaba y hacía los trabajos domésticos; ella iba al arado, a la cosecha y vigilaba al rebaño cuando era su turno. Escuchó decir por el señor Guillaume Fronté, hace un tiempo cura de la iglesia parroquial, que Juana era buena católica, que jamás había visto a nadie mejor que ella ni tenía a nadie como ella en su parroquia. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró que el árbol en cuestión es llamado “los refugios de las damas”; escuchó decir que los señores feudales de Domremy y sus mujeres tenían la costumbre de ir bajo este árbol para descansar y pasear. Declaró también que los jóvenes del dicho pueblo tienen la costumbre, el domingo de Letare, llamado “de las Fuentes”, de ir bajo este árbol, y también en la primavera y en mayo; y a veces, hacían “un hombre de mayo” y traían pequeños panes, cada uno teniendo el suyo, en el dicho día “de las Fuentes”; allí ellos comían, danzaban, cantaban, y al regresar iban a veces a beber a la fuente de los Rains y allí bebían; y hacen esto debido a los pasatiempos habituales en el mencionado domingo “de las Fuentes”. Declaró no haber visto jamás a Juana ir allí; pero escuchó decir que ella fue con otras bajo este árbol para pasear y comer, como lo hacen las jóvenes. No tiene nada más que agregar a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, declaró haber escuchado a Durand Laxart decir que ella lo presionaba para que la conduzca a Vaucouleurs debido a que ella quería ir a Francia; ella le pedía también que le dijera a su padre que ella iba a la casa del dicho Durand para ayudar a su mujer que estaba de parto; y así hizo el mencionado Durand. Entonces, con el consentimiento de su padre, ella se fue a la casa de Durand, quien la condujo hasta Vaucouleurs para hablar con Robert de Baudricourt. No sabe nada más, excepto lo que oyó decir.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que todos los habitantes del mencionado pueblo en esa época se refugiaron en Neufchâteau, y Juana permaneció siempre en Neufchâteau con sus padres en la casa de una tal “la Rousse”. Volvieron juntos, como éñ los vio; no sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, él vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean de Nouillompont, llamado “de Metz”

El noble hombre Jean de Nouillompont, llamado “de Metz”, residiendo en la ciudad de Vaucouleurs, de cincuenta y siete años aproximadamente, vigesimosegundo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el mencionado Vaucouleurs, el año susodicho del Señor [1456 n. st.], el sábado último día del mes de enero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el artículo siguiente, el segundo, requerido, declaró haber escuchado decir que la Juana en cuestión nació en Domremy y, en el momento de su partida del dicho pueblo, vio a sus padres, quienes le parecieron ser buenos católicos. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno y décimo artículos siguientes, a él expuestos con cuidado y uno por uno, requerido, declaró por juramento saber lo que sigue. A saber, cuando la dicha Juana la Doncella vino al lugar y a la ciudad de Vaucouleurs, en la diócesis de Toul, el testigo que habla la vio vestida de pobres vestimentas de mujer de color rojo; y hospedada en la casa de un tal Henri le Royer del dicho Vaucouleurs. El testigo se dirigió a ella diciéndole: “Mi querida, ¿qué hacéis aquí? ¿Acaso es justo que el rey sea expulsado del reino y que seamos ingleses?”. A lo cual, la Doncella le respondió: “He venido aquí, al cuarto del rey, para hablar con Robert de Baudricourt para que él quiera hacerme llevar hasta el rey. No se preocupa por mí ni por lo que le digo; sin embargo, antes de la mitad de la Cuaresma, es necesario que esté ante el rey, aunque tenga que perder las piernas hasta la rodilla. Porque nadie en el mundo, ni reyes, ni duques, ni la hija del rey de Escocia, ni otros, pueden recuperar el reino de Francia; no hay otra ayuda para él que la mía; sin embargo, preferiría estar hilando con mi madre, esa pobre mujer, porque esto no es propio de mi condición; pero es necesario que vaya y actúe así porque mi Señor lo quiere”. El testigo le preguntó quién era ese Señor, a lo que ella respondió que era Dios. Entonces, el dicho Jean, el testigo, prometió a la Doncella, tocándole la mano en señal de fe, que la conduciría con la ayuda de Dios hasta el rey. Él le preguntó entonces cuándo ella quería partir; ella le respondió: “Mejor hoy que mañana, y mañana que pasado mañana”. Él le preguntó también si ella quería partir con sus vestimentas; y ella respondió que ella amaría tener vestimentas de hombre. Entonces el testigo le entregó un hábito y unas calzas de sus servidores para que ella se vista; y esto hecho, los habitantes de la ciudad de Vaucouleurs le hicieron confeccionar un traje de hombre y calzas, polainas y todo lo necesario, y le dieron un caballo que valía aproximadamente dieciséis francos. Una vez vestida y provista de un caballo, provista de un salvoconducto del señor Charles, duque de Lorraine, la Doncella partió para hablar con el dicho señor duque y el testigo fue con ella hasta la ciudad de Toul. Cuando ella estuvo de regreso en Vaucouleurs, hacía el domingo “de las Bures” -habrá veintisiete años para el próximo domingo de las Bures, según le parece- el testigo y Bertrand de Poulengy, con dos de sus sirvientes, Colet de Vienne, mensajero real, y un tal Richard l’Archier, condujeron a esta Doncella al rey que residía en Chinon, con los costos y cargos pagados por el dicho testigo y Bertrand. Al partir de la ciudad de Vaucouleurs para dirigirse hacia el rey, a veces iban de noche por miedo a los ingleses y borgoñones que se encontraban a los alrededores de su trayecto; y permanecieron en ruta durante once días, cabalgando hasta esta ciudad de Chinon; y en el camino, el testigo le preguntó si ella haría lo que ella decía; ella le respondió que no tuviera miedo, que ella había recibido en misión actuar así, que sus hermanos del paraíso le decían lo que ella tenía que hacer y que desde hace cuatro o cinco años ya que sus hermanos del paraíso y su Señor, es decir Dios, le habían dicho que era necesario partir a la guerra para recuperar el reino de Francia. Declaró, además, que durante el viaje, él, testigo, y Bertrand, durmieron cada noche juntos con ella; pero esta Doncella dormía cerca del testigo con su jubón y sus calzas puestas; el testigo la temía de tal manera que no habría osado insinuarla y declaró por juramento que jamás sintió deseo ni impulso carnal. Durante el trayecto, ella amaba escuchar la misa y le decía: “Si pudiésemos escuchar la misa, haríamos bien”; pero, para que ella no fuese reconocida, no escucharlo la misa en el camino más que dos veces. También declaró el testigo que él creía mucho las palabras de la Doncella y estaba inflamado por sus palabras y por su amor a Dios. Creía que ella era enviada por Dios porque ella jamás juraba, amaba escuchar la misa y prestando juramento se signaba con la señal de la cruz. Así la condujeron al rey, hasta el dicho lugar de Chinon, lo más secretamente posible. El testigo declaró además que esta Doncella amaba escuchar la misa, como él la vio, se confesaba seguido, hacía gustosamente la limosna; y el testigo le daba frecuentemente dinero para que ella donara por amor de Dios. El testigo declaró aún que, durante todo el tiempo que estuvo con ella, él notó que ella era buena, franca, piadosa, buena cristiana, de buena compañía y temerosa de Dios. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos, excepto que una vez llegado al lugar de Chinon, la presentaron a los hombres del rey y a sus consejeros; entonces ella fue muy interrogada.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, y también sobre el artículo siguiente, el duodécimo, requerido, declaró no saber nada.

No sabe más nada. Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin temor. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Michel le Buin

Michel le Buin de Domremy, cultivador en Burey, en la diócesis de Toul, campesino, de cuarenta y cuatro años aproximadamente, vigesimotercer testigo producido en esta causa, jurado e interrogado en el dicho Vaucouleurs, el año y el sábado último día de enero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos de este interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que conocía mucho a esta Juana la Doncella desde su juventud. Ella nació en Domremy, en la parroquia, del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet, campesinos probos y católicos, de buen renombre, como él lo vio entonces; y Juana tuvo padrinos y madrinas, como él ha escuchado decir. Declaró también que Juana, desde su infancia y hasta su partida de la casa paternal, era buena católica, simple, reservada, amaba ir a la Iglesia y frecuentaba los lugares santos. Lo sabe, pues fue testigo de ello en muchas ocasiones en su juventud, y la acompañó en peregrinación a la ermita de Notre-Dame de Bermont, a la cual ella iba casi cada sábado con su propia hermana; ella llevaba allí cirios y amaba dar por amor de Dios lo que ella pudiera tener; se aseguraba de cumplir bien y convenientemente los trabajos de las mujeres y de las jóvenes; ella se confesaba seguido. Lo sabe porque él estaba en su compañía y la vio muchas veces confesarse. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento que el árbol en cuestión es llamado “los refugios de las damas”. Escuchó decir que mujeres que se llaman comúnmente hadas, tenían la costumbre de ir hace un tiempo bajo este árbol; no obstante, ignora si ellas iban allí verdaderamente porque ahora ellas no tienen la costumbre de ir. Declaró que los jóvenes del dicho pueblo de Domremy tienen la costumbre de ir bajo este árbol, el domingo de Letare Jerusalem, llamado “de las Fuentes”, y allí hacen rondas, comen, “hacen sus fuentes”, juegan y pasean; entonces, van a beber a la fuente de los Rains. Declaró también que Juana, cuando ella era pequeña, iba bajo este árbol con las niñas y los niños para “hacer sus fuentes”, como las otras doncellas; no cree que ella haya ido en otro momento o por otro motivo bajo este árbol, porque era una joven absolutamente buena. No sabría agregar más nada a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró no saber nada excepto esto: una vez, Juana dijo al testigo en la vigilia de San Juan Bautista, que había una joven entre Coussey y Vaucouleurs que antes que se cumpla un año, hará consagrar al rey de Francia; y declaró que en ese año, el rey fue consagrado en Reims. No sabe más nada.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró que tras la captura de Juana, vio un cierto individuo denominado Nicolas Bailly, de Andelot, que vino con otros al pueblo de Domremy, y quien, por pedido del señor Jean de Torcenay, alcalde de Chaumont de la época en el nombre del pretendido rey de Francia y de Inglaterra, hizo una investigación sobre la reputación y la vida de Juana, según él decía, y, le parece a él, no osaban forzar a las personas a prestar juramento a causa de aquellos de Vaucouleurs. Declaró creer que Jean Begot del dicho pueblo fue interrogado porque estaban hospedados en su casa. Declaró creer también que en esta investigación, ellos no encontraron nada malo al respecto de Juana. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró que en la época en cuestión, él, testigo, fue a Neufchâteau con los otros habitantes del pueblo de Domremy, y vio allí a Juana quien estaba siempre en la compañía de sus padres. No sabe más nada.

Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Geoffroty du Foug

El noble Geoffroy de Foug, de cincuenta años aproximadamente, vigesimocuarto testigo producido, interrogado en Vaucouleurs, el sábado 31 de enero de 1456, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

I y II: Vi a Juana la Doncella en Maxey-sur-Vaise. Ella era de Domremy, según se decía; conocí a su padre y a su madre, pero ignoro sus nombres. Se, no obstante, que eran buenos cristianos y católicos, como son los paisanos; jamás escuché decir lo contrario.

III: No sé nada del artículo III.

IV al IV: Cuando Juana venía a Maxey, ella venía seguido a mi casa, y ella me parecía una joven buena, simple y piadosa. No sé más nada.

X: Muchas veces, escuché a la Doncella hablar. Ella decía que quería ir a Francia. Vi a Jean de Metz, Bertrand de Poulengy y Julien, quienes eran caballeros, cuando la llevaron al rey. Ella, no la vi en ese momento allí, pero ellos decían que ella iba a partir con ellos. No sé más nada.

XI y XII: No sé nada de los artículos XI y XII.

Deposición de Durand Laxart

Durand Laxart, de Burey-le-Petit, campesino, de sesenta años aproximadamente, vigesimoquinto testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el mencionado Vaucouleurs, el año y el sábado último del mes de enero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo artículo siguiente, requerido, declaró por juramento que la Juana en cuestión era pariente de Jeanne, su propia esposa. Conoció también al matrimonio de Jacques de Arco e Isabeau, padres de Juana la Doncella, buenos y fieles católicos y de buena reputación; cree que Juana nació en el mencionado pueblo de Domremy y que ella fue bautizada sobre las fuentes de Saint-Remi del dicho lugar.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, requerido, declaró que Juana era de una buena naturaleza, piadosa, paciente, que amaba ir a la iglesia, confesarse; ella daba limosnas a los pobres cuando lo podía, como él lo vio, tanto en el pueblo de Domremy como el dicho Burey, porque Juana se hospedó allí en la casa del testigo durante seis semanas; ella amaba trabajar, hilaba, iba al arado, vigilaba los animales, y hacía todo lo que conviene a las mujeres. No sabría testificar de otra manera.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento no saber nada porque él no estuvo mucho tiempo en Domremy.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró por juramento que él mismo fue a buscar a Juana a la casa de su padre y la condujo a la casa que él habitaba; y ella le decía a él, testigo, que quería ir a Francia, hacia el delfín, para hacerlo coronar, declarando: “¿No fue dicho hace un tiempo que la Francia por una mujer sería desolada y luego por una doncella debía ser restaurada?”. Y ella declaró al testigo que iría a decir a Robert de Baudricourt que la lleve al lugar donde se encuentra el señor delfín. A lo cual Robert repitió muchas veces al testigo que la recondujera hasta la casa de su padre y le daría bofetadas. Y cuando la dicha Doncella vio que este Robert no quería que ella fuese conducida al lugar donde estaba el delfín, ella aceptó las vestimentas del testigo y dijo que ella quería partir; durante esta partida, el testigo la condujo a Vaucouleurs. Entonces, ella fue llevada en un salvoconducto al señor Charles, duque de Lorraine; cuando el duque la vio, conversó con ella y le dio cuatro francos que Juana mostró al testigo. Después del regreso de Juana a Vaucouleurs, los habitantes de la ciudad le compraron vestimentas de hombre, calzas, polainas y todo lo necesario. El testigo y Jacques Alain de Vaucouleurs le compraron un caballo por el precio de doce francos, que pagaron por su cuenta; aunque más tarde, el señor Robert de Baudricourt reembolsó al testigo. Esto hecho, Jean de Metz, Bertrand de Poulengy, Colet de Vienne y Richard l’Archier, con dos sirvientes de los dichos Jean de Metz y Bertrand, condujeron a Juana al lugar donde estaba el dicho delfín. Y, según dice el testigo, contó todo esto al rey. No sabe nada más, excepto que vio a Juana en Reims durante el coronamiento del rey.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, y también sobre el duodécimo artículo siguiente, requerido, declaró no saber nada sobre su contenido.

No sabe más nada. Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni temor. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Catherine Le Royer

Catherine, esposa de Henri Le Royer, de Vaucouleurs, cincuenta y cuatro años aproximadamente, vigesimosexto testigo producido, interrogada en Vaucouleurs, el sábado último día del mes de enero, requerida por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producida como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

I al VIII: Oí decir que ella era de Domrémy; que sus padres eran bravos y honestos paisanos. Tras su partida de la casa de su padre, y cuado Juana fue llevada a mi casa por Durand Laxart, el testigo precedente, porque ella quería ir donde estaba el Delfín, vi que era buena, simple, dulce y bien modesta, tenía buena conducta; ella frecuentaba la iglesia e iba gustosamente a confesarse. Yo lo sé porque la llevé a la iglesia y la vi confesarse con mi señor Jean Fournier, el cura de Vaucouleurs. Ella amaba hilar y lo hacía bien; en mi casa, ella hilaba en mi compañía.

IX: El testigo declara no saber nada, salvo que se dice que los jóvenes iban a divertirse bajo el árbol de las hadas.

X: Cuando Juana quiso partir, ella permaneció en mi casa por tres semanas, y muchas veces y durante ese tiempo, ella hizo decir a mi señor Robert de Baudricourt que la conduzca a donde estaba el Delfín; pero el señor Robert se rehusó. Un día, vi entrar en mi casa a Robert de Baudricourt, entonces capitán de Vaucouleurs, y mi señor Jean Fournier. Juana me contó que el sacerdote había traído una estola, y la había conjurado en presencia del capitán diciendo que si ella tenía un espíritu malo, que se apartara; si ella tenía un espíritu bueno, que avanzara hacia ellos. Y Juana avanzó hacia el sacerdote y se arrodilló. Juana decía que el sacerdote no había obrado bien ya que él la había escuchado en confesión. Cuando Juana vio que Robert no quería llevarla, ella me declaró que debía ir donde estaba el Delfín, agregando: “¿No habéis escuchado decir que está profetizado que la Francia sería perdida por una mujer y recuperada por una virgen de las marcas de Lorraine?”. Entonces, me acordé de haberlo escuchado decir y quedé estupefacta. Ella deseaba ardientemente esto y el tiempo se le hacía tan largo como a una mujer embarazada por no ser llevada al Delfín. Y, después de esto, yo y otros creímos en sus palabras. Si bien Jacques Alain y Durand Laxart decidieron conducirla y la condujeron hasta Saint-Nicolas, volvieron entonces a Vaucouleurs porque Juana declaró que esa no era la manera que convenía que fueran; tras su retorno, los habitantes le hicieron un vestido, unos calzones, polainas, espuelas, una espada y todo un equipamiento. Le compraron un caballo, y Jean de Metz junto con Bertrand de Poulengy, Colet de Vienne y otros tres la llevaron a donde estaba el Delfín; los vi montar a caballo para ir allí. No sé más nada.

XI y XII: No sé nada de los artículos XI y XII.

Deposición de Henri Le Royer

Henri Le Royer, nativo de Vaucouleurs, de sesenta y cuatro años aproximadamente, el vigesimoséptimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en el dicho Vaucouleurs el año y el sábado susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él expuestos en su entereza, declaró no saber nada, excepto que Juana, cuando ella vino a Vaucouleurs, se hospedó en su casa; y, según a él le parece, era una joven buena. Ella hilaba entonces con su esposa, amaba ir a la iglesia y allí iba seguido con su mujer, el testigo precedente.

Sobre el noveno artículo, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró no haber visto jamás este árbol, y no sabría entonces testificar en términos valiosos.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró haber escuchado a Juana decir que era necesario ir ante el noble delfín porque su Señor, el Rey del cielo, quería que ella fuera allí, y ella estaba así enviada por el Rey del cielo y que, si era necesario, ella iría de rodillas. Declaró que esta Juana, cuando ella vino a la casa de él, estaba vestida con una vestimenta de mujer roja; pero que, revestida de un hábito, medias y otros equipamientos de hombre, montada sobre un caballo, fue conducida al lugar donde estaba el delfín por Jean de Metz, Bertrand de Poulengy, con sus servidores, Colet de Vienne, Richard l’Archier, como él los vio a todos partir. Declaró también que, durante su partida, le indicaron cómo ella podía ir con todos los soldados presentes alrededor; y ella respondió que ella no temía a los soldados pues su camino estaba despejado; si los hombres de guerra se encontraban sobre el camino, ella tenía a Dios, su Señor, que le abriría la ruta para ir hasta el delfín, y que ella nació para cumplir esto.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, y también sobre el duodécimo artículo siguiente, requerido, declaró no saber absolutamente nada.

No sabe más nada.

Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin temor ni parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Albert d’Ourches

El noble señor Albert d’Ourches, caballero y señor del lugar, de sesenta años, vigesimoctavo testigo producido, interrogado en Toul el 5 de febrero de 1456, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

I al III: Oí decir que Juana, de quien se trata, era de Domrémy; ella tenía buenos padres, se decía, y jamás escuché decir lo contrario. Eso es todo lo que sé.

IV al VIII: Aquí lo que sé: vi a Juana en Vaucouleurs, cuando ella quería que se la condujese al rey; escuché a la Doncella decir en muchas ocasiones que ella quería ir hacia el rey y que ella quería mucho que se la condujese allí, para el mayor beneficio del Delfín. Esta Doncella me parecía ser de buenas costumbres; habría amado tener una hija tan buena. En cuanto a lo que sigue, la vi en compañía de soldados; vi a la Doncella confesarse con el hermano Richard, bajo los muros de Senlis, y recibir la Comunión con los Duques de Clermont y de Alençon, dos días seguidos; y creo, muy sinceramente, que ella era perfectamente una buena cristiana.

IX: En cuanto al árbol, he escuchado decir que hace un tiempo las hadas tenían la costumbre de venir, pero que jamás se las ha visto allí. Jamás oí decir que la Doncella estuviese allí. Mucho antes incluso que se hablara de ella, veinte o treinta años atrás, se decía que las hadas solían venir a divertirse bajo el árbol.

X: Como lo dije más arriba, ella solicitaba a muchas personas que se la condujese hacia el rey; ¡esta Doncella hablaba muy bien! Ella fue allí entonces conducida por Bertrand de Poulengy y Jean de Metz, y sus sirvientes.

XI y XII: No sabe nada.

Fin de su deposición.

Deposición de Nicolas Bailly

El honorable Nicolas Bailly, de Andelot, diócesis de Langres, escribano y sustituto real en la bailía del mencionado Andelot, de sesenta años aproximadamente, vigesimonoveno testigo producido en esta causa de inquisición, en la ciudad de Toul, por el dicho Jean Dalie, el preboste, delante de nosotros y por nosotros y el dicho notario recibido. Jurado e interrogado el año susodicho, el sexto día del mes de febrero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre el segundo artículo siguiente, requerido, declaró por juramento que la Juana en cuestión nació en Domrémy, en la parroquia de ese lugar, y su padre fue Jacques de Arco, buen y honesto campesino, que él vio y conoció. Lo sabe también por haberlo escuchado relatar de parte de muchas personas ya que él, el testigo, fue hace un tiempo escribano comisionado por el señor Jean de Torcenay, caballero, entonces bailío de Chaumont, teniendo sus poderes del pretendido rey de Francia y de Inglaterra, con un tal Gérard llamado Petit, difunto, entonces preboste del dicho Andelot, y comisionados ambos para hacer una investigación sobre el caso de Juana la Doncella, entonces detenida, se decía, en la prisión de la ciudad de Rouen. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el tercero, comenzando por “Asimismo, quienes fueron sus padrinos, etc.”, requerido, declaró no saber.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él expuestos con cuidado, requerido, declaró por juramento haber visto muchas veces a la dicha Juana en su temprana edad y hasta su partida de la casa paternal: era y siempre fue una buena joven, de buen comportamiento, buena católica; ella amaba frecuentar las iglesias y los lugares santos, iba en peregrinaje a Notre-Dame de Bermont, y casi cada mes se confesaba, según escuchó decir por muchos de los habitantes de Domrémy; lo que ella era, el testigo lo descubrió también por la investigación que hizo con el dicho preboste de Andelot. No sabría agregar nada a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró por juramento haber escuchado frecuentemente decir que en la primavera o en verano, las jóvenes del pueblo de Domrémy tienen la costumbre de ir en los días de fiesta bajo este árbol; ellas hacen allí rondas y recogen flores; la dicha Juana iba con ellas y hacía como las otras. Declaró también haber visto una vez a esas jóvenes del pueblo que regresaban gozosamente de este árbol. No sabe nada más sobre lo que está contenido en el artículo.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró no saber nada, excepto lo que escuchó decir.

Sobre el artículo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró por juramento que él, el testigo, como ya lo ha dicho, era escribano, hizo en la época una investigación como delegado por el susodicho señor Jean de Torcenay, bailío de Chaumont, quien había recibido cartas de comisión del pretendido rey de Francia y de Inglaterra. Declaró también que cuando él y el difunto preboste Gérard hicieron esta investigación sobre Juana, lograron, gracias a su diligencia, tener las deposiciones de doce o quince testigos, para autentificar la investigación que habían hecho ante Simon de Charmes, escudero, actuando entonces como lugarteniente del capitán de Monteclère; en efecto, se les sospechaba de haber llevado a cabo maliciosamente dicha investigación; los testigos declararon entonces ante el lugarteniente haber testificado como está indicado o contenido en la investigación; el lugarteniente escribió entonces al dicho Jean, bailío de Chaumont, que lo que estaba escrito en la investigación por los escribanos y el preboste era verdadero; y cuando el bailío vio el informe del citado lugarteniente, declaró que esos comisarios eran armagnacs disfrazados. Interrogado si él posee el texto de esta investigación o una copia, declaró que no. No agregó nada a su deposición.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si cuando, etc.”, requerido declaró haber aprendido por los testigos de la investigación, cuando él fue comisionado para ello, que Juana huyó una vez con su padre y madre a Neufchâteau y, siempre en la compañía de su padre, permaneció allí en la casa de una tal la Rousse durante tres o cuatro días; luego volvió con sus padres al pueblo de Domrémy. No sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Guillot Jaquier

Guillot Jaquier de Andelot, sargento real de treinta y seis años aproximadamente, trigésimo testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en la ciudad de Toul, el año y el sexto día de febrero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y sobre todos los otros artículos siguientes hasta el último, a él expuestos y leídos con cuidado, declaró por juramento no saber nada sobre sus contenidos, excepto por lo que oyó decir; escuchó decir, en efecto, que Juana la Doncella nació en Domrémy, en la parroquia de ese lugar; que ella era una buena joven, de buen renombre y de honesta conducta. No sabe nada más.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni rencor. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Bertrand de Poulengy

El noble hombre mi señor Bertrand de Poulengy, escudero de la casa del rey de Francia, de sesenta y tres años aproximadamente, y trigésimo primer testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en esta ciudad de Toul el año y el sábado sexto día de febrero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos comenzando por “En primer lugar, sobre el lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró por juramento que la Juana en cuestión nació, según se dice, en Domrémy; su padre fue Jacques de Arco, de ese pueblo; ignora el nombre de su madre; pero estuvo muchas veces en su casa y sabe que eran buenos campesinos, como él lo vio. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Sobre el cuarto artículo siguiente, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, requerido, declaró no saber nada excepto lo que escuchó decir. Escuchó decir, en efecto, que esta Juana en su temprana edad era una buena joven, de buen comportamiento; ella amaba ir a la Iglesia y casi cada sábado iba a la ermita de Notre-Dame de Bermont y allí llevaba cirios. Declaró también que ella hilaba, vigilaba a veces los animales y los caballos de su padre. Agregó que tras su partida de la casa paternal, él la vio tanto en Vaucouleurs como en otros lugares en la guerra; y él la vio confesarse seguido y a veces hasta dos veces por esemana; ella recibía la Eucaristía y era muy piadosa. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró haber visto muchas veces el árbol en cuestión, y él iba allí una docena de años antes de haber encontrado a Juana. Agregó haber escuchado decir que los jóvenes del pueblo de Domrémy y de otros pueblos vecinos iban durante el verano a pasear y hacer rondas bajo este árbol. No sabe nada más sobre el contenido de los artículos.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró por juramento que Juana la Doncella vino a Vaucouleurs, hacia la Ascensión del Señor, le parece a él, y la vio entonces hablar con Robert de Baudricourt, el capitán de la ciudad; ella decía haber venido a Robert de parte de su Señor, para que mandara al delfín mantenerse firme y no entablar batalla contra sus enemigos porque su Señor le traería un auxilio antes de la mitad de la Cuaresma. Esta Juana decía, en efecto, que el reino no pertenecía al delfín, sino a su Señor; este último, no obstante, quería que el delfín se volviera rey y comandara el reino; ella agregó que, a pesar de sus enemigos, el delfín se volvería rey y que ella lo conduciría para hacerlo consagrar. A lo cual Robert le preguntó quién era su Señor, ella le respondió: “El rey del cielo”. Esto hecho, ella retornó a la casa de su padre con uno de sus tíos, llamado Durand Laxart de Burey-le-Petit. Entonces, cerca del inicio de la Cuaresma, Juana volvió a Vaucouleurs, buscando una compañía para ir hacia el señor delfín; viendo esto, el testigo, él, y Jean de Metz decidieron conducirla juntos al rey, entonces delfín. Después de haber ido en peregrinación a Saint-Nicolas y de haberse presentado, gracias a un salvo conducto, con el duque de Lorraine, quien la quería ver, Juana volvió a Vaucouleurs a la casa de Henri Le Royer de la dicha ciudad; entonces, Bertrand, el testigo que habla, y Jean de Metz hicieron tanto, con la ayuda de otras personas de Vaucouleurs, que ella pudo quitarse sus vestimentas femeninas de color rojo por aquellas que le hicieron preparar: una túnica y vestimentas de hombre, espuelas, calzas, una espada y otras cosas semejantes, así como un caballo; después con la dicha Juana, con Julien, sirviente del dicho testigo, Jean de Honnecourt, sirviente de Jean de Metz, Colet de Vienne y Richard l’Archier, se pusieron en ruta para ir hacia el delfín. Partiendo del país, el primer día, temían las bandas de borgoñones y de ingleses, entonces todopoderosos, y viajaron durante una noche. El testigo declaró también que esta Juana la Doncella le decía a él, testigo, a Jean de Metz y a los otros que iban con ellos, que sería bueno escuchar la misa; pero no pudieron hacerlo mientras estuvieron en los países en guerra, para no ser reconocidos. Cada noche ella se acostaba con los dichos Jean de Metz y el testigo, ella estando, no obstante, revestida de su jubón y sus calzas bien atadas y fijadas. Declaró también que en esta época, él, testigo, era joven; sin embargo, no tenía el deseo ni ningún impulso carnal de conocer una mujer, y no habría osado insinuar a la dicha Juana a causa de la bondad que veía en ella. El dicho testigo agregó que permanecieron once días en viaje para ir hasta el rey, entonces delfín, y durante el trayecto tuvieron muchas inquietudes; pero Juana siempre les decía de no temer nada porque, una vez llegados a la ciudad de Chinon, el noble delfín les recibiría con benevolencia. Ella jamás juraba; y el testigo, según sus dichos, estaba muy inflamado por sus palabras porque ella le parecía ser enviada por Dios; jamás vio en ella cosa alguna malvada, sino que siempre fue una joven tan buena que se diría una santa; y así juntos, sin grandes dificultades, caminaron hasta el lugar de Chinon, donde estaba el rey, entonces delfín; y llegados al dicho lugar de Chinon, presentaron a la dicha Doncella a los nobles y hombres del rey, a quienes el testigo remite su testimonio sobre los actos de Juana. No sabría añadir nada más a su declaración.

Sobre el capitulo siguiente, el undécimo, comenzando por “Asimismo, si en el dicho país, etc.”, requerido, declaró no saber nada, excepto lo que escuchó decir por algunas personas que la investigación habría sido corregida; pero no sabe quiénes actuaron así.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si cuando, etc.”, requerido, declaró no saber nada.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin temor ni parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Henri Arnolin

El discreto mi señor Henri Arnolin de Gondrecourt le Château, sacerdote, de sesenta y cuatro años aproximadamente, trigésimo tercer testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en la dicha ciudad de Toul, el año y el sexto día del mes de febrero susodichos, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

Sobre el primero de los artículos del interrogatorio en esta causa, artículo comenzando por “En primer lugar, sobre el lugar de nacimiento, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, requerido, declaró que esta Juana nació en Domrémy, donde la vio muchas veces; vio igualmente a Jacques de Arco, su padre, y su madre, quienes eran buenos católicos y de buena reputación, como él lo ha constatado. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él enteramente leídos, requerido, declaró que esta Juana, desde que ella tenía diez años hasta su partida de la casa paternal, era una buena joven, criada en las buenas costumbres, como él lo ha constatado; ella amaba ir a la iglesia y a los lugares santos; trabajaba con gusto, hilaba, iba a veces al arado con su padre y sus hermanos; ella vigilaba a los animales en los tiempos indicados. Declaró que ella amaba confesarse seguido porque, él, testigo, la confesó cuatro veces: a saber, tres veces durante una Cuaresma, y una vez durante una fiesta; y como él lo ha dicho, era una joven buena, temerosa de Dios, porque en la iglesia, a veces, estaba inclinada delante del crucifijo, y a veces tenía las manos juntas levantado su sonrisa y los ojos hacia el crucifijo o la Santa Virgen. No agregó nada a esta deposición.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué sobre, etc.”, requerido, declaró haber escuchado decir hace un tiempo, antes del nacimiento de Juana, que el árbol en cuestión era llamado los “refugios de las damas”; él iba seguido a Domrémy y nunca escuchó decir que esta Juana fuera a ese árbol. No sabría personalmente agregar nada al contenido de este artículo.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, y también sobre los undécimo y duodécimo artículos siguientes, requerido, declaró por juramento no saber nada sobre su contenido.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado, sin parcialidad ni temor, sin ser pagado. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean Le Fumeux

La discreta persona de mi señor Jean Le Fumeux, de Vaucouleurs, sacerdote, canónigo de la iglesia o capilla de Notre-Dame del dicho lugar y párroco de la iglesia parroquial de Ugny, en la diócesis de Toul, de treinta y nueve años aproximadamente, trigésimo tercer testigo producido en esta causa de inquisición, jurado e interrogado en la ciudad de Toul, el año susodicho, el sábado séptimo día del mes de febrero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo y tercer artículos siguientes, a él leídos enteramente, requerido, declaró haber escuchado decir generalmente que la Juana en cuestión nació en Domrémy, en la parroquia Notre-Dame de ese lugar; y, hace un tiempo, vio venir a sus padres a Vaucouleurs. No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Sobre el artículo siguiente, el cuarto, comenzando por “Asimismo, si en su temprana edad, etc.”, y también sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él diligentemente expuestos y leídos, requerido, declaró saber solamente que Juana vino a Vaucouleurs y decía querer ir hacia el delfín. El mismo testigo, quien entonces era joven y monaguillo en la capilla de Notre-Dame de Vaucouleurs, vio frecuentemente a esta Juana llamada la Doncella venir a la dicha iglesia muy devotamente; ella escuchaba allí la misa de la mañana y permanecía mucho tiempo para rezar. Declaró también haberla visto en la cripta o las bóvedas, bajo la dicha iglesia, arrodillada delante de Nuestra Señora, a veces con la sonrisa inclinada y a veces con la sonrisa baja. Agregó por juramento que cree que ella fue una buena y santa joven. No sabría testificar de otra manera.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, y también sobre los décimo, undécimo y duodécimo artículos siguientes, a él enteramente leídos con cuidado, declaró por juramento no saber nada sobre su contenido.

No sabe más nada. Citado, vino, y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad. Y le fue ordenado, etc.

Deposición de Jean Jaquard

Jean Jaquard, hijo de Jean Guillemette, de Greux, cerca del dicho Domrémy, campesino, de cuarenta y siete años aproximadamente, trigésimo cuarto testigo en esta causa de inquisición, producido en la ciudad de Toul, jurado e interrogado el año del Señor susodicho [1456 n. st.] y el miércoles, undécimo día del mes de febrero, requerido por juramento lo que sepa del asunto para el cual está producido como testigo, a saber, sobre el contenido de los interrogatorios, es decir, los artículos dados para la información por hacer en el caso de Juanita la Doncella; luego que se le trajo a la memoria su juramento y se le expuso como el testigo que trae un falso testimonio hace varias acciones malvadas al mismo tiempo y en una sola vez: porque menosprecia a su Creador; segundo, engaña al juez; tercero, daña a su prójimo; y finalmente edifica para la gehena y trae así infamia para la perpetuidad.

A saber, sobre el primero de los artículos del interrogatorio, comenzando por “En primer lugar, en cuanto al lugar de origen, etc.”, y también sobre los segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo artículos siguientes, a él diligente y sucesivamente expuestos, requerido, declaró por juramento que esta Juana nació en Domrémy del matrimonio de Jacques de Arco e Isabet de Vouton, honestos campesinos; y vio muchas veces a la dicha Juana la Doncella en Domrémy y en los campos; era una muy dulce, buena, casta y prudente joven, de acuerdo con lo que le parecía; ella amaba ir a la iglesia y, en particular, la vio ir gustosamente a la iglesia Notre Dame de Bermont; ella amaba trabajar, hilaba, iba al arado y a cultivar la tierra, vigilaba a veces los animales; y, se decía, se confesaba seguido y gustosamente; jamás escuchó decir nada malo de ella, sino que se la estimaba como una buena y piadosa joven. No sabe nada más.

Sobre el artículo siguiente, el noveno, comenzando por “Asimismo, qué hay sobre, etc.”, requerido, declaró que los jóvenes tienen la costumbre, tanto en verano como el domingo “de las Fuentes”, de ir bajo este árbol, cantar, comer, hacer las rondas y, después, jugando y paseando, vuelven a la fuente de los Rains, de donde beben su agua; y cree que Juana iba con las otras jóvenes. No sabría personalmente agregar nada más.

Sobre el artículo siguiente, el décimo, comenzando por “Asimismo, que se investigue, etc.”, requerido, declaró no saber nada, excepto lo que oyó decir.

Sobre el undécimo de los dichos artículos del interrogatorio comenzando por “Asimismo, si en el dicho lugar de origen, etc.”, requerido, declaró haber visto a Nicolas Bailly de Andelot, y Guillot el sargento, con algunos otros que vinieron al dicho pueblo de Domrémy para hacer una investigación sobre la Doncella, según se decía; no obstante, que el sepa, no forzaron a nadie a testificar. Declaró que en esta investigación fueron interrogados, cree él, Jean Morel, su propio padre Jean Guillemette, Jean Colin, aún vivos, el difunto Jean Hennequin de Greux y muchos otros. Esto hecho, los dichos comisarios partieron con prudencia por temor a las personas de Vaucouleurs. Agregó el dicho testigo que cree que esta información o investigación había sido hecha por pedido del bailío de Chaumont, partidario de los ingleses y de los borgoñones. No testificó más.

Sobre el artículo siguiente, el duodécimo, comenzando por “Asimismo, si Juana, etc.”, requerido, declaró por juramento que en la época en cuestión todos los habitantes de los dos pueblos fueron a Neufchâteau; y vio a la dicha Juana conducir los animales de sus padres; y volvieron entonces y Juana volvió como los otros, acompañada de sus padres. No sabe más nada.

No sabe más nada. Citado, vino y testificó sin pasión ni odio, sin ser solicitado ni pagado, sin parcialidad ni temor. Y le fue ordenado en la forma, como es costumbre, etc.

Así firmado: “Recibido en esta forma. D. DOMINICI”.

V-2 - Informe de los comisarios delegados en el lugar de origen

Sigue el contenido del reporte de los venerables y prudentes maestros Regnauld de Chichery, decano de la iglesia o capilla de Notre Dame de Vaucouleurs, en la diócesis de Toul, y Gautrin Thierri, canónigo de la iglesia de Toul, comisarios designados para hacer la susodicha investigación, con sus sellos apostillados sobre el cera verde.

“A los reverendísimos padres en Cristo y señores nuestros señores Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, Guillaume, por la misma misericordia obispo de Paris, y el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, de la Orden de los hermanos Predicadores y uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, así como el reverendo padre en Cristo y señor monseñor el obispo de Coutances, nuestro colega en este asunto, con la cláusula “que ustedes, o dos, o uno de entre ustedes, etc.”, jueces delegados, es decir, comisarios para una causa de nulidad de ciertos procesos y sentencias hace un tiempo dirigidas contra Juana, comúnmente llamada la Doncella, por los difuntos de buena memoria, el señor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais, y Jean Le Maistre, subinquisidor de la perversidad herética en la diócesis de Beauvais, por instigación del maestro Jean d’Estivet, promotor constituido por los dichos obispo y subinquisidor; Regnauld de Chichery, decano de la iglesia o capilla Notre Dame de Vaucouleurs, en la diócesis de Toul, y Gautrin Thierry, canónigo de la iglesia de Toul, sacerdotes, comisarios subdelegados por ustedes y para ustedes en virtud de vuestras cartas de comisión para los fines de interrogar a los testigos en el lugar y país de origen de la difunta Juana, comúnmente llamada la Doncella, sobre los artículos de interrogatorio adjuntos a esas cartas, reverencia que a ustedes es debida con honor y obediencia. Vuestra prudencia reverendísima habrá sabido, todos y cada uno de los interesados o que pudieran estar interesados ahora o en el futuro habrán sabido que nosotros hemos recibido, con la reverencia conveniente, vuestras cartas de comisión, selladas con tres sellos, dos redondos y uno largo, en cera roja colgando sobre tiras de pergamino, y firmadas con dos firmas manuales de los notarios Le Comte y Ferrebouc; estando adjuntos los artículos del interrogatorio para las investigaciones a hacer en el país de origen de la difunta Juana, llamada la Doncella, sujetos a vuestras cartas de comisión en el medio sobre la cola del sello; nada viciado ni sospechoso, como parecía a primera vista, nos fue presentado por el venerable Jean Dalye, preboste laico de Vaucouleurs, en la diócesis de Toul, delante del notario y los testigos, el año de la Natividad del Señor 1456 [n. st.] y el vigesimosexto día del mes de enero, de manera evidente y legal, en un instrumento público insertado en el rollo designado a continuación, firmado y suscrito con los sellos y suscripciones publicas de la discreta persona del maestro Jean André, notario público. Una vez estas cartas de comisión fueron presentadas a nosotros y recibidas por nosotros, como convenía, hemos delegado y comisionado a nuestro fiel y discreta persona de Dominique Dominici, clérigo de Toul, notario público por autoridad apostólica e imperial, y jurado de las cortes eclesiásticas de Toul, para citar delante de nosotros a todos los testigos que el dicho Jean Dalie, preboste, había querido citar, interrogarlos juntos, redactar por escrito fielmente y poner ne forma publica o hacer meter y redactar, las deposiciones con vuestras cartas de comisión y los artículos del interrogatorio susodichos, en presencia de las discretas personas, mis señores Jean Le Fumeux de Vaucouleurs, sacerdote de Ugny, y Pierre de Fessueil, sacerdote de Maxey-sur-Vaise y canónigo de la iglesia Notre Dame de Vaucouleurs, testigos escogidos por nosotros para este efecto. Entonces, nos dirigimos al pueblo de Domrémy, diócesis de Toul, después a la ciudad de Vaucouleurs, en la misma diócesis, con el mencionado notario Dominique y los testigos mencionados anteriormente, y, finalmente, en la ciudad de Toul, en virtud de vuestras cartas de comisión, y recibimos a todos y cada uno de los testigos citados delante de nosotros y que el noble hombre Jean Dalye, preboste de Vaucouleurs, quiso presentar; nosotros los hemos absuelto de toda incapacidad, si existía, para jurar y testificar; y, además, hemos recibido el juramento de cada uno de ellos, prestado sobre los santos Evangelios de Dios, tenidos en nuestras manos y por cada uno de ellos corporalmente tocados, juramento de decir y testificar según la verdad, en presencia de los dichos testigos y notario. Hemos interrogado esos testigos y cada uno de ellos, uno por uno, siguiendo los artículos del interrogatorio contenidos en vuestras cartas de comisión, como ha sido dicho, y el notario Dominique los ha interrogado también y fielmente redactado por escrito sus deposiciones. Estas palabras y deposiciones de todos los testigos, recibidas por escrito formando cincuenta y ocho hojas separadas de pergamino y medio folio, firmadas con la firma manual del notario al final de la deposición de cada testigo y en el final de cada hoja, redactadas y colacionadas el año y el día de las presentes por el mismo notario Dominique, hemos ordenado y mandado de ponerlas y cerrarlas en la forma habitual en un rollo para entregárselas. Este rollo, os lo enviamos; contiene vuestras cartas susodichas de comisión y los artículos del interrogatorio con las deposiciones y declaraciones de los testigos ante nosotros producidos, jurados y examinados, redactados por escrito como está dicho, y con nuestras presentes cartas selladas con el sello que nos corresponde a nosotros, Regnauld de Chichery, decano susodicho, y los sellos de los señores decanos y miembros del capitulo de la iglesia de Toul, en el lugar del nuestro, Gautrin Thierri, canónigo de esta misma iglesia, igualmente sellados y firmados con las firmas y suscripciones públicas del dicho Dominique, notario en esta investigación; por esas presentes cartas de entrega, adjuntadas a vuestras cartas de comisión, selladas con los sellos de nuestro decano y de los venerables señores el decano y los miembros del capitulo de la iglesia de Toul, hacemos saber y notificamos todo lo anterior a vuestras reverendísimas sabidurías, a todos aquellos igualmente y a cada uno de aquellos que pudieran estar interesados, ahora o en el futuro, para todo valor, para todos los fines y efectos útiles en derecho.

Dado y hecho en Toul, en la casa de residencia de nosotros, Gauterin Thierri, canónigo y comisario subdelegado, el año de la Encarnación del Señor [1456 n. st.], indicción cuarta, el viernes decimotercer día del mes de febrero, la cuarta hora tras el mediodía de ese día, primer año del pontificado de nuestro muy santo padre en Cristo y señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre. Presentes en esta entrega los susodichos Jean le Fumeux y Pierre de Fessueil, canónigos y sacerdotes, y además el señor Jean le Grain de Neufchâteau, diócesis de Toul; y el maestro Philippe Gépille, rector de las escuelas de la iglesia de Toul, maestro de artes, testigos para esto especialmente llamados y rogados.

Y yo, Dominique Dominici, clérigo de Toul, por la autoridad apostólica e imperial notario público, y jurado de las cortes eclesiásticas de Toul, que estuve presente con los dichos testigos y que vi y escuché lo que ha sido así hecho durante la presentación de los testigos de esta investigación, durante la recepción de los juramentos y del interrogatorio, y para todas y cada una de las cosas mencionadas anteriormente, cuando ellas fueron hechas por los señores Regnauld de Chichery, decano, y Gauterin Thierri, canónigo de Toul, comisarios subdelegados, hechos y declarados ante ellos, redacté por escrito esas declaraciones y deposiciones de los testigos producidos, jurados e interrogados ante los señores subdelegados. He redactado las presentes cartas, adjuntas a las cartas de comisiones de vosotros, señores comisarios principales, y el original de las declaraciones y deposiciones de los testigos, escritos fielmente de otra mano, porque yo estaba implicado en otros asuntos difíciles; no obstante, estas declaraciones y deposiciones, las he debidamente colacionado con los dichos señores y los testigos, y las he firmado bajo la orden de los señores comisarios subdelegados con mi firma manual. En cuanto a las cartas de entrega, las he hecho bajo la orden de los señores comisarios subdelegados y las he firmado con mi firma pública y la subscripción que utilizo en tales casos, aquí suscribiendo de mi propia mano, con la colocación de los sellos del señor decano y de las venerables personas del decano y los miembros del capitulo de la iglesia de Toul anteriormente mencionadas. He firmado, requerido y rogado, para garantizar la fidelidad, la validez y el testimonio de todas y cada una de las cosas anteriormente mencionadas.

Así firmado: D. DOMINICI.” 

Investigación hecha en Orléans

V-3 Acta de recepción y de interrogatorio de los testigos

Sigue la investigación hecha en Orléans por el señor arzobispo de Reims sobre el contenido de los primer, segundo, tercer, cuarto y quinto artículos de interrogatorio producidos en esta causa, los otros artículos siendo omitidos para ser lo más breve posible, dado que los testigos no tuvieron nada para declarar en cuanto a sus temas.

Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, uno de los jueces comisionados por nuestro muy santo señor el papa Calixto, así como nuestros colegados comisionados en este asunto con la cláusula “que ustedes, o dos, o uno de entre ustedes, etc.”, teniendo para juzgar una demanda de nulidad de un juicio intentado y de las sentencias dadas hace un tiempo por el difunto señor Pierre Cauchon, obispo de Beauvais, y Jean Le Maistre, inquisidor de la perversidad herética en la diócesis de Beauvais, bajo instigación del maestro Guillaume d’Estivet, promotor de las causas criminales de la corte de Beauvais, contra esta Juana de Arco, comúnmente llamada la Doncella, demanda de nulidad tendiendo a la justificación de la condenada, certificamos y atestamos la verdad de lo que sigue: Debido a los artículos presentados con los fines de prueba por Isabelle, la madre, y por Pierre y Jean de Arco, los hermanos de Juana de Arco, demandantes en esta causa, y también debido a nuestro cargo, a fin de examinar la verdad en su entereza sobre el contenido de los artículos, presentados y admitidos para la prueba, hemos procedido a la audición de ciertos testigos, jurados, examinados, y absueltos en cuanto a su deposición, con el consentimiento expreso del promotor de la corte de Beauvais, algunos citados por nosotros de oficio, otros presentados por los mencionados Isabelle, Pierre y Jean; y hemos hecho que sus declaraciones y deposiciones fueran redactadas por nuestro querido maestro Guillermo Delasalle, notario público, de acuerdo con el modo y forma declarados a continuación.

Deposición de Jean d’Orléans, conde de Dunois

En primer lugar, el año del Señor 1456, el vigesimosegundo día de febrero, de la parte de los dichos Isabelle, Pierre y Jean de Arco, fue producido delante de nosotros, recibido, jurado y escuchado, y absuelto de todo en cuanto a su deposición, el señor Jean, conde de Dunois, quien ha testificado tanto sobre los artículos como obre las preguntas de la manera siguiente, en presencia de los maestros Guillaume Boillé, decano de Noyon, y Jean Patin, subinquisidor de la perversidad herética, de la Orden de los hermanos Predicadores, profesor de teología sagrada.

Sobre el cuarto y octavo de los artículos, y sobre el séptimo del interrogatorio del promotor concerniente a su llegada delante del rey, de su conducta con los soldados y de sus talentos militares, incluyendo lo concerniente a su devoción, su caridad y sus otras virtudes -los otros artículos fueron omitidos por solicitud del promotor- el muy ilustre señor Jean, conde de Dunois y de Longueville, lugarteniente general de nuestro señor el rey para las guerras, de cincuenta y un años aproximadamente, interrogado si creía verdaderamente que Juana fue enviada por Dios para realizar hechos de guerra más que por una habilidad humana, respondió creer que Juana fue enviada por Dios y que sus hechos de guerra vienen de una inspiración divina más que de un talento humano.

Interrogado sobre lo que le movía a hablar así, respondió que era por muchas conjeturas que entonces enunció así: para empezar, cuando él estaba en la ciudad de Orléans, entonces sitiada por los ingleses, noticias y rumores llegaron -él afirma- las cuales afirmaban que una cierta joven, que se llamaba comúnmente la Doncella, acababa de pasar por Gien y pretendía ir hacia el noble delfín con el fin de hacer levantar el sitio de Orléans y de conducir al delfín a Reims para consagrarlo; y como el señor que testifica tenía la guardia de la ciudad porque él era lugarteniente general para los hechos de las guerras y quería ser informado más ampliamente sobre lo que se decía de esta Doncella, envió al rey el señor de Villars, senescal de Beaucaire, y a Jamet de Tillay, quien era entonces el bailío de Vermandois; al retornar, aquellos reportaron al señor que testifica y declararon en público, delante de todo el pueblo de Orléans, muy deseosos de saber la verdad sobre la llegada de esta Doncella, que habían visto cuando ella se encontró con el rey en la ciudad de Chinon. Dijeron también que el rey, al principio, no quería recibirla; la dicha Doncella esperó dos días antes que se le permitiera presentarse al rey, aunque ella declaraba con perseverancia haber venido para hacer levantar el sitio de Orléans, y para conducir al noble delfín a Reims, donde él sería consagrado; y ella solicitaba insistentemente una tropa de soldados, de caballos y de armas. Pasó un plazo de tres semanas o un mes durante el cual, bajo la orden del rey, la dicha Doncella fue examinada por clérigos, prelados y doctores en teología sobre sus dichos y sus hechos, con el fin de saber si ella podía ser recibida sin riesgo, y durante el cual el rey hizo reunir una cantidad de soldados para conducir un convoy de abastecimiento a esta ciudad de Orléans. Pero, tras haber escuchado la opinión de los prelados y doctores, quienes no habían encontrado nada malo en esta Doncella, el rey la envió en compañía del arzobispo de Reims, entonces canciller de Francia, y del señor de Gaucourt, entonces gran maestro del palacio del rey, hacia la ciudad de Blois, donde habían llegado los señores que conducían los abastecimientos, a saber, los señores de Rais y de Boussac, mariscales de Francia, con los cuales estaba el señor de Culan, admirante de Francia, La Hire, y el señor Amborise de Loré, nombrado posteriormente preboste de Paris. Todos juntos con Juana la Doncella y los soldados que conducían los abastecimientos, vinieron en ejercito ordenado, por Sologne, directamente hasta la orilla del Loire, frente a la iglesia llamada Saint-Loup, en la cual se encontraban ingleses numerosos y valientes. También, le pareció al dicho señor que testifica y a los otros capitanes, que las tropas reales, es decir, los soldados que acompañaban el abastecimiento, no eran suficientes para hacer frente y conducir los víveres hasta dentro de la ciudad; y, sobre todo, le parecía que las naves o barcos, que eran necesarios para ir a buscar el abastecimiento y difíciles de obtener, debían remontar la corriente del agua con un viento absolutamente contrario. Entonces Juana se dirigió al señor que testifica en estos términos: “¿Es usted el bastardo de Orléans?”. El respondió: “Si, yo soy, y me regocijo en vuestra llegada”. Ella replicó: “¿Usted es quién dio el consejo de hacerme venir aquí, a este lado del rio, y de no ir directamente donde se encuentran Talbot y los ingleses?”. Él respondió que él y otros más sabios aún habían dado ese consejo, creyendo actuar mejor y de forma más segura. Juana replicó entonces en estos términos: “En nombre de Dios, los consejos de Dios, mi Señor, son más seguros y más sabios que los vuestros. Creyeron engañarme y os habéis engañado mucho más vosotros mismos porque os traigo la mejor de las ayudas que jamás habrá sido dada a un combatiente o a una ciudad, es la ayuda del Rey de los cielos. No viene, no obstante, por amor a mí: viene de ese Dios que, por intercesión de San Luis y de San Carlomagno, ha tenido piedad de la ciudad de Orléans, y no permitió que los enemigos la tuviesen ni el cuerpo del señor de Orléans ni su ciudad”.

Dijo, además, el dicho testigo que pronto, como al instante, el viento que era contrario y muy desfavorable para la subida de los barcos cargados de abastecimientos para Orléans, cambió y se volvió favorable; entonces las velas fueron inmediatamente desplegadas; el dicho testigo subió sobre los barcos acompañado del hermano Nicolas de Géresme, ahora gran prior de Francia, y pasaron por delante de la iglesia Saint-Loup a pesar de los ingleses. Desde entonces, el testigo tuvo una gran confianza en Juana, mucho más que antes; le suplicó que quiera atravesar el rio de Loire y entrar en la ciudad de Orléans, donde ella era fuertemente reclamada. Ella puso objeciones a esto, declarando no querer abandonar su tropa de soldados bien confesados, penitentes y de buena voluntad; por lo tanto, se negaba a ir. El testigo fue hacia los capitales que tenían la responsabilidad de conducir esos soldados; les suplicó y solicitó, por las necesidad del rey, aceptar que Juana entrara en la ciudad de Orléans, mientras que ellos irían a Blois, con sus tropas donde atravesarían el Loire para reunirse en Orléans; no había, en efecto, ningún pasaje más próximo. Los capitanes recibieron este pedido y consintieron en atravesar el Blois. Entonces, Juana partió con el señor que testifica, teniendo en sus manos su estándar, que era blanco con la imagen de Nuestro Señor y una flor de lirio; con ella, La Hire atravesó también el rio Loire, y entraron juntos en la ciudad de Orléans. De toda este informe, le parece al dicho señor que testifica que Juana, en su conducción de la guerra, era movida más por Dios que por un espíritu humano, considerando el cambio de viento que llegó súbitamente tras sus palabras, dando la esperanza de una ayuda, considerando la entrada de las provisiones a pesar de los ingleses, mucho más fuetes que la armada real, teniendo en cuenta, además, que esta joven afirmaba haber tenido la visión de San Luis y de Carlomagno rogando a Dios por la salvación del rey y de esta ciudad.

Asimismo, por otra conjetura, el cree que ella actuaba inspirada por Dios. En efecto, cuando el dicho señor que testifica quiso ir a buscar a los soldados para atravesar el Blois y traer la ayuda a aquellos de la ciudad [Orléans], Juana no quiso esperar más ni dar al testigo su consentimiento para la partida; ella quería, al contrario, o bien intimar a los ingleses que sitiaban la ciudad para levantar el sitio, o bien lanzar el asalto. Eso fue lo que ella hizo. Ella intimó a los ingleses por una carta redactada en su lengua maternal, en términos muy simples, cuya sustancia era que ellos levantasen el sitio y partieran para el reino de Inglaterra; si no, ella les haría tan gran asalto que serían forzados a partir. Esta carta fue enviada al señor Talbot; y entonces, mientras antes, según dice el declarante, unos doscientos ingleses hacían huir ochocientos o mil soldados de la armada real, a partir de ese momento, cuatrocientos o quinientos hombres del rey libraban combate a casi todas las fuerzas inglesas, acosaban a los ingleses del sitio hasta el punto de que aquellos no osaban salir de sus refugios y bastillas.

Asimismo, por otra conjetura, cree que ella actuaba de parte de Dios: en efecto, el [7] de mayo, temprano en la mañana, al principio del asalto contra los enemigos establecidos sobre el bulevar del puente, Juana fue herida con una flecha; esta penetró en la carne entre el cuello y el hombro a medio pie de profundidad. Sin embargo, a pesar de ello, ella no abandonó la batalla, ni tomó remedio para la herida. El asalto, no obstante, duró desde maitines hasta la octava hora de la tarde, si bien no se esperaba más una victoria ese día allí; también el dicho señor que testifica tenía suficiente y quería que la armada volviera hacia la ciudad. Entonces la Doncella se acercó, pidiéndole esperar aún un poco; ella misma, montando un caballo, se retiró hacia una viña, suficientemente lejos de las tropas; ella se puso en oración en esta viña durante la mitad de un cuarto de hora. Después, ella volvió, tomó instantáneamente en su mano su estandarte, le pusó sobre el borde del foso; al instante donde ella fue allí, los ingleses temblaron y se acobardaron; los soldados del rey recuperaron el coraje y comenzaron a subir, librado asalto en el bulevar, sin encontrar resistencia alguna. El bulevar fue entonces tomado, y los ingleses que se encontraban allí fueron puestos en fuga y todos murieron. El dicho señor que testifica dijo, entre otros, que Classidas y otros principales capitales ingleses de esta bastilla, creyeron hacer una retirada en la torre del puente de Orléans, cayeron en el rio y se ahogaron. Este Classidas había sido aquel que hablaba de la Doncella de la manera más injuriosa, con el mayor menosprecio y de ignominia. Una vez la bastilla fue tomada, el testigo y la Doncella retornaron con los otros franceses a la ciudad de Orléans, donde fueron recibidos con gran gozo y reconocimientos; y Juana fue conducida a su alojamiento para que su lesión recibiera cuidados. Una vez los cuidados fueron dados por un cirujano, ella se recuperó tomando cuatro o cinco tostadas en vino, diluido con mucha agua y no tomó ningún otro alimento ni bebida en todo el día. El día siguiente, temprano por la mañana, los ingleses salieron de sus tiendas y se prepararon para el combate. Al ver esto, la Doncella se levantó de su lecho y se puso una vestimenta llamada en francés “jasseran”; ella decidió, no obstante, que nadie atacaría a los ingleses, ni se les reclamaría nada, sino que se les dejaría partir. En efecto, ellos partieron sin que nadie entonces les persiguiera. Desde ese momento, la ciudad fue liberada de los enemigos.

Asimismo, el señor testifica que tras el sitio de la ciudad de Orléans la Doncella, acompañada del declarante y de otros capitanes, se reunió con el rey en el castillo de Loches, para solicitarle que envíe soldados de guerra a recuperar los castillos y ciudades situadas sobre el Loire, a saber, Meung, Beaugency, y Jargeu; lo que permitiría proseguir más libremente y de forma más segura desde allí hasta Reims para la consagración. Ella presionaba al rey sobre este tema con mucha insistencia y frecuentemente para que se apurara y no esperara más. Entonces, el rey hizo toda la diligencia posible, envió al duce de Alençon, el dicho señor declarante y los otros capitanes junto con Juana con el fin de recuperar las ciudades y castillos; de hecho, se los devolvió a la obediencia real en pocos días gracias a la Doncella, según cree el señor declarante, interrogado sobre esto y escuchado.

Asimismo, declaró el dicho señor, sobre lo interrogado, que tras el levantamiento del sitio de Orléans, los ingleses reunieron una gran armada para defender las localidades y castillos susodichos que ellos tenían. El castillo y el puente de Beaugency fueron asediados [por los franceses], la armada inglesa se dirigió hacia el castillo de Meung-sur-Loire, aún en la obediencia inglesa; pero no pudo socorrer a los asediados del castillo de Beaugency. Cuando los ingleses descubrieron que el castillo había sido tomado y puesto en la obediencia del rey [de Francia], se reunieron en una sola armada, de modo que los franceses creyeron que iban a fijar un día para la batalla. También ordenaron su armada y se reunieron para la batalla, esperando a los ingleses. Entonces, el señor duque de Alençon, en presencia del señor condestable, del señor declarante y de muchos otros, preguntó a Juana lo que debía hacer. Ella le respondió en alta voz: “¿Tienes buenas espuelas?”. A estas palabras, los asistentes preguntaron a Juana: “¿Qué dices? ¿Deberíamos darnos la vuelta?”. Entonces Juana respondió: “¡No! Serán los ingleses quienes no se defenderán y serán vencidos, y vosotros necesitaréis espuelas para perseguirlos”. Y eso fue así: los ingleses huyeron y hubo más de cuatro mil tanto muertos como prisioneros.

Asimismo, declaró el dicho señor acordarse bien, en verdad, que, el rey encontrándose en el castillo de Loches, el declarante y la Doncella fueron a verlo tras el levantamiento del sitio de Orléans; el rey estaba en su cámara, en francés, de retrait, con el señor Christophe d’Harcourt, obispo de Castres, confesor del rey, y el señor de Trêves, canciller de Francia un tiempo atrás; antes de entrar en esta cámara, ella tocó la puerta; y, tan pronto como entró, ella se arrodilló y, abrazándole las piernas al rey, le dijo estas palabras u otras parecidas: “Noble Delfín, no sigáis con deliberaciones más tiempo, y tan largas; ven cuanto antes a Reims para tomar una digna corona”. Entonces, el susodicho Christophe d’Harcourt, dirigiéndose a ella, le preguntó si ella sabía esto por su consejo; y Juana respondió que sí, ella había sido fuertemente movida para esto. El dicho Christophe se dirigió de nuevo a Juana: “¿No queréis decir aquí, en presencia del rey, de qué manera se manifiesta vuestro consejo cuando os habla?”. Ella le respondió avergonzada: “Sé bastante lo que queréis saber y os lo diré gustosamente”. El rey le dijo entonces: “Juana, os complacería hacer una declaración sobre lo que él pregunta, aquí, en presencia de los asistentes?”. Ella respondió al rey que sí, y se expresó en estos términos, o en otros semejantes: cuando ella estaba descontenta de alguna manera porque no se le creía en lo que ella decía de parte de Dios, ella se apartaba y rogaba a Dios, quejándose a Él de que sus interlocutores no le creían fácilmente; y una vez su ruego a Dios era hecho, ella escuchaba entonces una voz decirle: “Hija de Dios, ve, ve, ve, yo estaré para ayudarte, ve”; y cuando ella escuchaba esta voz, ella se regocijaba enormemente y deseaba, además, permanecer siempre en el mismo estado; y, lo que es aún más fuerte, repitiendo las palabras de sus voces, tenía impulsos de gozo admirables, levantando los ojos hacia el cielo.

Asimismo, el declarante, interrogado, declaró recordar que tras las dichas victorias, los príncipes de sangre real y los capitanes quisieron que el rey fuera a Normandie y no a Reims; pero la Doncella fue siempre de la opinión de que era necesario ir a Reims para hacer consagrar al rey; y ella daba como razón al decir que una vez el rey fuera coronado y consagrado, el poder de sus enemigos iría siempre disminuyendo, y que aquellos al final no podrían dañar más ni al rey ni al reino. Todos acompañaron esta opinión. El primer lugar donde el rey se detuvo y tomó posición con su ejército fue delante de la ciudad de Troyes. Allí, celebró un consejo con los príncipes de sangre y los otros capitanes para decidir si debían detenerse delante de la dicha ciudad para sitiarla y tomarla, o si era preferible continuar hacia Reims y abandonar la ciudad de Troyes. El consejo del rey se dividió en diversas opiniones, dudando sobre lo que sería lo más útil. La Doncella vino, entró al consejo, y dijo estas palabras u otras semejantes: “Noble Delfín, ordene a vuestras tropas sitiar la ciudad de Troyes, sin proseguir más con largas deliberaciones porque, en nombre de Dios, antes de tres días yo os haré entrar en esta ciudad, por amor o por poder y fuerza; y la Borgoña, plena de falsedad, quedará muy estupefacta”. Entonces, la Doncella avanzó de inmediato con el ejército real, fijó las tiendas a lo largo de las fosas y tomó tales admirables precauciones que ni los dos o tres jefes de guerras más experimentados y más famosos habrían podido hacerlo mejor. Ella trabajó tanto esa noche allí que el día siguiente el obispo y los ciudadanos de la ciudad, aterrorizados y temblorosos, se colocaron bajo la obediencia real. Como se supo más tarde, a partir del momento en que Juana dio su opinión al rey de no abandonar la ciudad, esos ciudadanos perdieron el coraje y no buscaron más que huir y refugiarse en las iglesias. Una vez esta ciudad volvió a la obediencia del rey, aquel partió para Reims, donde encontró una entera sumisión y donde fue consagrado y coronado.

Asimismo, el declarante, interrogado sobre la vida y las costumbres de la Doncella, declaró que ella tenía la costumbre, todos los días, a la hora de vísperas o en el crepúsculo, de retirarse en una iglesia y de hacer sonar las campanas durante media hora; ella reunía a los religiosos mendicantes que seguían al ejército real, se ponía entonces en oración y hacía cantar a los hermanos mendicantes una antífona a la Santa Virgen, madre de Dios.

Dijo, además, el dicho declarante, interrogado sobre esto, que el rey al arribar a La Ferté y a Crépy-en-Valois, el pueblo vino ante él, colmados de alegría y gritando: “Noël”. Entonces, la Doncella, que cabalgaba entre el arzobispo de Reims y el dicho declarante, dijo estas palabras: “¡He aquí un buen pueblo! Jamás he visto otro pueblo que se regocije tanto con la venida de tan noble rey; ¡y ojalá yo sea lo suficientemente afortunada, al final de mis días, de ser enterrada en esta tierra!”. Escuchando esto, el dicho señor arzobispo dijo: “¡Oh Juana! ¿En qué lugar tienes esperanza de morir?”. Ella respondió: “Dónde plazca a Dios porque yo no sé más que usted ni el tiempo ni el lugar. Y que plazca a Dios, mi Creador, que me retire, abandonando las armas, y que vaya a servir a mis padres, cuidando de sus ovejas con mi hermana y mis hermanos, que se regocijarían mucho de verme”.

Asimismo, el dicho señor, interrogado sobre la vida, las virtudes y la conducta de Juana en medio de los soldados, declaró y afirmó que ella sobrepasaba en templanza a cualquier otra persona vivente; y escuchó con frecuencia los comentarios del señor Jean d’Aulon, caballero, ahora senescal de Beaucaire, puesto y designado por el rey para acompañar a la Doncella y protegerla, porque él era un sabio caballero y de una honestidad ejemplar. Ese caballero decía no creer que existiera una mujer más casta que ella. Afirmó, además, el dicho declarante que él e incluso otros, estando en la compañía de esta Doncella, no tuvieron ninguna intención ni deseo de relacionarse con una mujer o frecuentar una; lo que parecía al declarante como una cosa proveniente casi de Dios. Dijo, finalmente, que quince días después que él hubiese hecho prisionero el conde de Suffolk, durante la rendición de Jargeau, se envió a ese conde un pequeño papel conteniendo cuatro versos: hacían mención de una Doncella que vendría de Bois Chenu, cabalgando sobre las espaldas de los arqueros y contra ellos.

Para terminar, dijo entre otras cosas el dicho declarante, sobre esto interrogado, que Juana, con el fin de estimular a los soldados, solía bromear sobre hechos de armas o muchas cosas relacionadas a la guerra, que puede ser que no habían sido hechas; no obstante, cuando ella hablaba seriamente de la guerra, de sus propias acciones y de su vocación, jamás afirmaba otra cosa que esto: ella había sido enviada para hacer levantar el sitio de Orléans, para socorrer al pueblo oprimido de esta ciudad y de los lugares vecinos, y para conducir al rey a Reims con el fin de que fuese consagrado.

Deposición del señor Raoul de Gaucourt

El año anteriormente mencionado, el 25 del mes de febrero, el noble y poderoso señor [Raoul] de Gaucourt, caballero, gran maestro de la casa del rey, de ochenta y cinco años aproximadamente, testigo producido, interrogado y escuchado sobre los mismos artículos, dijo y afirmó que él estaba presente en el castillo y la ciudad de Chinon cuando la Doncella arribó allí; la vio cuando ella se presentó a la vista de la majestad real con gran humildad y simplicidad, como una pobre pequeña pastorcilla, y escuchó las palabras siguientes que ella dirigió al rey en estos términos: “Ilustrísimo señor delfín, he venido, enviada por Dios, para traer socorro a usted y al reino”. Entonces, el rey, tras verla y escucharla, para ser más ampliamente informado de su estado, ordenó confiarla a la guardia del maestro de su casa, Guillaume Bellier, bailío de Troyes y lugarteniente del dicho declarante en Chinon, cuya esposa era una mujer de gran devoción y de excelente reputación; el rey prescribió, además, que la dicha Juana sería examinada por los clérigos, prelados y doctores, para saber si se debía o se podía verdaderamente confiar en sus dichos. Lo que fue hecho porque ella y sus hechos y gestos fueron examinados por los clérigos por un tiempo de tres semanas y aún más, tanto en Poitiers como en Chinon. Tras el examen debidamente hecho, estos clérigos dijeron que no había nada de malo en ella, ni en sus dichos; y, finalmente, tras muchos interrogatorios a esta Juana la Doncella, se le preguntó qué signo ella podía mostrar para que se creyera en sus palabras. Ella respondió entonces que el signo que ella les mostraría sería el levantamiento del sitio y el rescate a la ciudad de Orléans. Entonces, ella abandonó al rey y se dirigió a Blois, donde primero se armó con el fin de conducir el abastecimiento a Orléans y socorrer a los habitantes.

Testificó, además, interrogado sobre eso, como el señor de Dunois, en cuanto al cambio de viento contrario y de la manera de introducir el abastecimiento en la ciudad.

Agregó, además, que ella predijo expresamente el cambio rápido del tiempo y del viento; lo que se realizó al instante tras su declaración; asimismo, ella predijo que el abastecimiento sería libremente introducido en la ciudad.

El declarante concuerda con el dicho señor de Dunois sobre la toma de la bastilla, el levantamiento del sitio y la expulsión de los enemigos. Ha testificado de la misma manera que el señor de Dunois sobre todos los otros puntos concernientes a la liberación de esta ciudad de Orléans, la toma de los castillos y de las ciudades sobre el rio de Loire. Está igualmente de acuerdo sobre todo lo relativo al paso del rey y su consagración en Reims.

Asimismo, interrogado sobre la vida y las maneras de Juana, dijo y respondió que Juana era sobria para beber y para comer, y de su boca no salían más que buenas palabras, que servían para edificar y dar un buen ejemplo; ella era casta y ningún hombre, según el conocimiento del testigo, jamás estuvo de noche en su compañía; al contrario, ella tenía siempre con ella de noche una mujer que se acostaba en su cámara. Ella se confesaba seguido; se daba asiduamente a la oración; escuchaba la misa cada día y recibía frecuentemente el sacramento de la Eucaristía; no soportaba que en su presencia se pronunciasen palabras malvadas o blasfemias, sino que odiaba tales cosas, tanto en acciones como en palabras. No sabe más nada.

Deposición de François Garivel

El año susodicho, el séptimo día del mes de marzo, el noble maestro François Garivel, consejero general de nuestro señor el rey en asuntos de justicia y ayudas, de cuarenta años aproximadamente.

Para comenzar, sobre los dichos artículos declaró acordarse de que en el momento en que Juana la Doncella arribó, el rey la envió a Poitiers, donde ella fue hospedada en la casa del difunto maestro Jean Rabatiau, entonces abogado del rey en el Parlamento; y fueron delegados en esta ciudad de Poitiers, por orden del rey, doctores y maestros celebres, a saber, don Pierre de Versailles, entonces abad de Talmond, luego obispo de Meaux, Jean Lambert, Guillaume Aimeri, de la Orden de los hermanos Predicadores, Pierre Seguin, de la Orden del Carmelo, todos doctores en Sagradas Escrituras, Mathieu Mesnaige, Guillaume Le Marié, bachilleres en teología, con muchos otros consejeros del rey, licenciados en ambos derechos, quienes, en muchas ocasiones reiteradamente y durante casi tres semanas, examinaron a la dicha Juana, inspeccionando y considerando sus dichos y sus obras. Finalmente, en virtud de su actitud y sus respuestas, dijeron que esta Doncella era una joven honesta; interrogada por ellos, ella perseveraba en sus respuestas, a saber, que ella era enviada por el Dios del cielo para socorrer al noble delfín, para reestablecerlo en su reino, para hacer levantar el sitio de Orléans, y para conducir al delfín a Reims a fin de que fuese consagrado allí. Pero, antes, era necesario que ella escribiera a los ingleses, ordenándoles que se fueran porque esta era la voluntad de Dios.

Dijo también el dicho declarante, interrogado sobre ello, que se había preguntada a Juana por qué ella llamaba al rey “delfín” y no “rey”; y ella respondió que ella lo llamaría rey solamente cuando hubiese sido coronado y consagrado en Reims, ciudad donde ella tenía la intención de llevarlo. Además, los clérigos le solicitaron que ella diera un signo, permitiéndoles creer que ella era enviada por Dios; pero ella les respondió que ese signo, dado a ella por Dios, era el levantamiento del sitio de Orléans; ella no dudaba que eso fuera a ocurrir si el rey quisiera darle un ejército, incluso pequeño.

Dijo, además, el declarante que era una simple pastorcilla, extremadamente enamorada de Dios, porque ella se confesaba seguido y recibía frecuentemente el sacramento de la Eucaristía. En fin, tras un largo examen, puesto con circunspección por los clérigos de diversas universidades, todos, según la deposición del testigo, fueron de la opinión y concluyeron que el rey podía recibirla a justo título, y que ella podía conducir un ejército armado ante la Orléans sitiada porque no encontraron en ella nada que no fuese conforme a la fe y a la razón. No sabe nada más.

Deposición de Guillaume de Ricarville

El año susodicho, el octavo día del mes de marzo, el noble Guillaume de Ricarville, señor temporal de Ricarville y maestro de la casa del rey, de sesenta años aproximadamente, testigo producido, jurado, escuchado e interrogado sobre los dichos artículos en presencia de las venerables y discretas personas de Guillaume Bouillé, profesor de teología sagrada, y de Jean de Mainil, doctor en leyes y oficial de Beauvais.

Declaró encontrarse en la ciudad de Orléans, asediada por los ingleses, con el señor de Dunois y muchos otros capitanes, cuando llegó la noticia del pasaje por la ciudad de Gien de una pastorcilla llamada la Doncella acompañada de dos o tres nobles del país de Lorraine, donde ella había nacido; esta Doncella declaraba venir para hacer levantar el sitio de Orléans, y para conducir al rey a su consagración en Reims, como esto le había sido comandado de parte de Dios. A pesar de todo, sin embargo, ella no fue recibida fácilmente por el rey; sino que aquel quiso primero que se la examinara, que se investigara su vida y su condición para saber si ella debía ser recibida a justo título. Esta Doncella fue, bajo la orden del rey, examinada por muchos prelados, doctores y clérigos, quienes la encontraron de buena vida, de condición recomendable y de reputación loable; y no se encontró nada que debiera hacerla volver a casa.

Interrogado entonces sobre la vida de esta Doncella entre los soldados, dijo y declaró que ella tuvo una vida muy bella, que ella era sobria al beber y al comer, casta también, piadosa, escuchaba la misa de cada día, confesaba sus pecados muy seguido y, además, recibía la santa Eucaristía cada semana con una devoción ferviente. Ella reprendía a los soldados cuando blasfemaban el nombre de Dios, o hacían juramentos vanos; cuando cometían algunas maldades o actos de violencia, ella los reprendía también. Y él quien habla jamás notó que ella hubiese hecho cosa alguna que meritara una culpa; al contrario, él cree, de acuerdo con su manera de vivir y sus actos, que ella fue inspirada por Dios. No sabe más nada.

Deposición de Réginald Thierry

El año susodicho y el mismo día, el maestro Regnauld Thierry, decano de la iglesia colegial de Mehun-sur-Yèvre, cirujano del rey, de sesenta y cuatro años aproximadamente, testigo producido, jurado, escuchado e interrogado sobre los mismos artículos. Dijo y declaró que vio a Juana ante el rey en la ciudad de Chinon y escuchó lo que ella decía, a saber, que ella era enviada al noble delfín por Dios para levantar el sitio de Orléans y para conducir al rey a Reims, con el objetivo de que fuese consagrado y coronado allí.

De qué manera ella fue recibida por el rey, él testificó como el testigo precedente; de la misma manera en cuanto a su vida, su conducta, devoción y piedad. A esto agregó que vio durante el asalto y la toma de Saint-Pierre-le-Moutier, soldados que querían penetrar por violencia en la iglesia, para confiscar cosas sagradas y otros bienes que se encontrasen allí; pero Juana lo prohibió, se opuso valientemente, y no permitió que la menor cosa fuese tomada. El declarante, considerando la vida buena de la Doncella, su comportamiento loable en actos y palabras, considerando la consumación de todo lo que ella había verdaderamente predicho antes de los eventos, que ocurrían cuando ella lo predecía, cree que ella fue enviada por Dios. No sabe más nada.

Deposición de Jean Luillier

El año susodicho, el decimosexto día del mes de marzo, en presencia de los venerables maestros Guillaume Bouillé, decano de Noyon, y Jean Martin, vicario del inquisidor, de la Orden de los hermanos Predicadores, profesores de teología sagrada, y, además, Jean Cadier, bachiller de leyes, compareció Jean Luillier l’ainé, burgués de Orléans, de cincuenta y seis años.

Interrogado sobre la llegada de la Doncella a la ciudad de Orléans, declaró que ella era fuertemente querida por todos los habitantes de esta ciudad a causa de su reputación y del rumor que corría; se decía, en efecto, que ella había declarado al rey ser enviada por Dios para hacer levantar el sitio que estaba puesto delante de la ciudad; los ciudadanos y todos los habitantes se encontraban en tal peligro a causa de los sitiadores enemigos que no sabían a quién recurrir para ser salvados, sino a Dios. Asimismo, interrogado si él estaba en la ciudad cuando ella entró allí, respondió afirmativamente; y dijo que ella fue recibido con tanta alegría y aplausos por todos, tanto hombres como mujer, tanto pequeños como grandes, como si ella hubiera sido un ángel de Dios; porque esperaban, gracias a ella, ser liberados de los enemigos, como esto ocurrió luego.

Asimismo, interrogado sobre lo que ella había hecho en la ciudad tras su entrada, declaró que ella les exhortó a todos a esperar en Dios: si tenían una buena confianza y esperanza en Dios, serían salvados de sus enemigos. Dijo además que ella quería hacer intimaciones a los ingleses que sitiaban la ciudad antes de permitir que se diera el asalto para expulsarlos; y así fue hecho porque ella misma intimó a los ingleses por una carta que contenía en substancia que ellos hiciesen retirar el sitio y volvieran para el reino de Inglaterra; sino, serían obligados a retirarse por la fuerza y la violencia. Dijo, además, que, a partir de entonces, los ingleses fueron atemorizados y no tuvieron más la misma fuerza de resistencia que anteriormente; así se pudo ver a menudo a un pequeño número de habitantes de la ciudad, combatiendo contra una gran tropa de ingleses, acosándolos de tal manera que estos ingleses sitiadores ya no se atrevían a salir de sus bastillas.

Asimismo, interrogado sobre el levantamiento del sitio, declaró recordar bien que en el mes de mayo, el séptimo día del mes del año del señor 1429, un asalto fue lanzado contra los enemigos que se encontraban bajo el bulevar del puente; se decía que en el curso de este asalto, ella había sido herida con una flecha; y este asalto se prolongó desde la mañana hasta la tarde, al punto que aquellos de la ciudad querían hacer una retirada a la ciudad. Entonces, la Doncella vino recomendándoles no recular ni retirarse a la ciudad. Habiendo así hablado, ella tomó su estandarte y lo colocó sobre el borde de la fosa y, en ese instante, los ingleses temblaron y tuvieron miedo; los hombres del rey recuperaron el coraje y comenzaron a subir para asaltar el bulevar sin encontrar resistencia; el bulevar fue entonces tomado y los ingleses que se encontraban allí huyeron, pero todos murieron. Declaró, además, que Classidas y los otros principales capitanes ingleses de la bastilla, creyendo retirarse a la torre del puente de Orléans, cayeron en el rio y se ahogaron. Una vez la bastilla fue tomada, todos los partisanos del rey entraron nuevamente a la ciudad de Orléans.

Interrogado, además, sobre lo que pasó luego, declaró que otro día, a saber, el día siguiente, temprano en la mañana, los ingleses salieron de sus tiendas y se pusieron en formación de batalla para combatir, según lo que parecía. Habiendo escuchado y aprendido esto, la Doncella se levantó de su cama y se armó; pero ella no quería que se atacara entonces a los ingleses ni que se les pidiera nada; al contrario, ella recomendaba dejarlos partir; y, de hecho, ellos partieron sin que nadie los persiga; desde entonces, la ciudad fue liberada de los enemigos.

De la misma manera, interrogado para saber si el sitio fue levantado y la ciudad liberada de los enemigos por el ministerio de esta Doncella, o gracias a ella, más que por el poder de los soldados, respondió que él e igualmente todos aquellos de la ciudad, creían que si la Doncella no hubiese venido de parte de Dios a socorrerlos, todos los habitantes y la ciudad habrían caído rápidamente en la sujeción y el poder de los sitiadores enemigos; y él no cree que los habitantes ni los soldados que se encontraban en la ciudad habrían podido resistir mucho tiempo contra las fuerzas enemigas, entonces enormemente superiores a ellos.

Deposición de Jean Hilaire

El mismo día, Jean Hilaire, burgués de Orléans, de sesenta y seis años, jurado, examinado e interrogado sobre la vida, las maneras, las virtudes y el comportamiento de la dicha Juana, testificó como el precedente.

Deposición de Gilles Saint-Mesmin

Gilles de Saint-Mesmin, de setenta y seis años, burgués de la dicha ciudad de Orléans, interrogado, etc., testificó como el precedente.

Deposición de Jacques L’Esbahy

Jacques L’Esbahy, burgués de Orléans, de cincuenta años, testificó como los dos testigos precedentes. Agregó recordar que hubo dos heraldos enviados a Saint-Laurent, el cual uno se llamaba Ambleville y el otro Guienne, para hacer saber al señor de Talbot, al conde de Suffolk y al señor de Scales, por iniciativa de la Doncella, que ellos debían (esos señores ingleses) partir de parte de Dios e ir a Inglaterra; sino, les iría mal. Entonces, los ingleses retuvieron uno de los heraldos, llamado Guienne, y reenviaron al otro, Ambleville, para decir ciertas cosas a Juana la Doncella. Ambleville reportó que los ingleses tenían retenido a su camarada Guienne para quemarlo. Entonces Juana respondió a Ambleville afirmando en nombre del Señor que ningún mal le ocurriría a Guienne, sino él, Ambleville, debía retornar con valentía hacia esos ingleses: él no sufriría ningún mal y, al contrario, recuperaría a su camarada sano y salvo. Lo cual ocurrió así.

Agregó también haber visto a Juana desde su entrada en la ciudad de Orléans; ella quiso ante todo ir a la catedral para dar honra a Dios, su creador. No sabe nada más.

Deposición de Guillaume Le Charron

Guillaume Le Charron, burgués de Orléans, de cincuenta y nueve años, jurado, etc., testificó como el precedente.

Deposición de Come de Commy

Come de Commy, burgués de Orléans, de sesenta y cuatro años, jurado y escuchado, del mismo modo. Agregó, no obstante, que escuchó al maestro Jean de Macon, muy famoso doctor en ambos derecho, decir que había examinado mucho a Juana en sus declaraciones y en sus actos; y no había duda de que ella fue enviada por Dios y era cosa admirable escucharla hablar y responder. No había notado nada en su vida que no fuese bueno y santo. No sabe nada más.

Esos mismos comentarios del dicho Jean de Macon, Gilles de Saint-Mesmin afirma haberlos escuchado también.

Deposición de Martin de Mauboudet

Martin de Mauboudet, burgués de Orléans, de sesenta y siete años, testificó de igual modo sobre todos los puntos como el precedente.

Deposición de Jean Volant

Jean Volant el mayor, burgués de Orléans, de setenta años aproximadamente, testificó de igual modo que el precedente.

Deposición de Guillaume Postiau

Guillaume Postiau, burgués de Orléans, de cuarenta y cuatro años, testificó de igual modo que el precedente.

Deposición de Denis Roger

Denis Roger, burgués de Orléans, de setenta años aproximadamente, testificó como el precedente.

Deposición de Jacques de Thou

Jacques de Thou, burgués de la dicha ciudad, de cincuenta años aproximadamente, testificó como el precedente.

Deposición de Jean Carrelier

Jean Carrelier, burgués de Orléans, de cuarenta y cuatro años, testificó como el precedente.

Deposición de Aignan de Saint-Mesmin

Aignan de Saint-Mesmin, de ochenta y siete años aproximadamente, testificó como el precedente.

Deposición de Jean de Champeaux

Jean de Champeaux, de cincuenta años aproximadamente, testificó como el precedente. Además, escuchó decir a Jean Macon los mismos comentarios que el dicho Corne mencionó. Agregó que un cierto domingo, vio a los soldados de la ciudad de Orléans prepararse para un gran ataque contra los ingleses, quienes se estaban ordenando para la batalla. Viendo esto, Juana salió y fue hacia los soldados; se le preguntó si estaba bien atacar a los ingleses ese día, que era Domingo; ella respondió que era necesario primero escuchar la misa. Entonces, ella hizo buscar una mesa, traer los ornamentos eclesiásticos y celebrar dos misas, que ella y todo el ejercito escucharon con una gran devoción. Una vez esas misas fueron celebradas, Juana dijo que se mirara si los ingleses plantaban cara; se le respondió que no; que estaban, por el contrario, mirando hacia Meung. Habiendo escuchado esto, ella dijo: “En nombre de Dios, se están yendo; dejadlos partir e id a agradecer a Dios, sin perseguirlos, porque este es el día del Señor”.

Todo esto lo han visto también Denis Roger, nombrado anteriormente, y los cuatro designados inmediatamente después, a saber, Jougant, Hue, Aubert y Rouillart, como muchos otros.

Deposición de Pierre Jougant

Pierre Jougant, burgués de Orléans, de cincuenta años, testificó como el precedente.

Deposición de Pierre Hue

Pierre Hue, burgués de la susodicha ciudad, de cincuenta años aproximadamente, testificó como el precedente.

Deposición de Jean Aubert

Jean Aubert, de cincuenta y dos años aproximadamente, testificó como el anterior.

Deposición de Guillaume Rouillart

Guillaume Rouillart, de cuarenta y seis años, burgués de la ciudad de Orléans, testificó como el anterior.

Deposición de Gentien Cabu

Gentien Cabu, burgués, de cincuenta y nueve años aproximadamente, testificó como el anterior.

Deposición de Pierre Vaillant

Pierre Vaillant, burgués, de sesenta años aproximadamente, testificó como el anterior.

Y todos los testigos están de acuerdo sobre este punto: esta Juana jamás se atribuyó a ella la gloria de todo lo que ella logró; sino que ella atribuía todo a Dios y se rehusaba, en la medida de lo posible, a los honores que el pueblo quería atribuirle; porque ella prefería estar sola y solitaria, más que en la compañía de los hombres, salvo cuando lo era necesario para hacer la guerra.

Deposición de Jean Coulon

Jean Coulon, de cincuenta y seis años aproximadamente, testificó como el anterior.

Deposición de Jean Beauharnays

Jean Beauharnays, de cincuenta años aproximadamente, testificó como el anterior.

Estos dos últimos afirmaron, como los testigos precedentes, que estuvieron seguido con Juana durante su estancia en Orléans, que nunca vieron en ella nada reprensible; sino que constataron en ella solamente humildad, simplicidad, castidad y devoción hacia Dios y la Iglesia. Dijeron, finalmente, que era una gran consolación vivir con ella.

Deposición del Maestro Robert de Sarciaux

El maestro Robert de Sarciaux, sacerdote, licenciado en leyes, canónigo y vicedecano de la iglesia de Saint-Aignan de Orléans, de setenta y ocho años, testigo jurado, producido e interrogado, etc., testificó sobre la vida y las maneras como los precedentes.

Agregó también que sobre lo relacionado a la guerra ella estaba muy instruida, aunque era una muchacha joven y simple. Afirmó que, ante las opiniones divergentes seguido expresadas por los capitanes a causa de la fuerte resistencia de los adversarios, ella conversaba frecuentemente con ellos y les daba consejos saludables y valientes, diciéndoles que esperen en Dios, que no duden, porque todo acabaría bien.

No sabe nada más.

Deposición del Maestro Pierre Compaing

El maestro Pierre Compaing, sacerdote, licenciado en leyes, capicerius y canónigo de la dicha iglesia de Saint-Aignan, de cincuenta y cinco años aproximadamente, sobre las maneras, las virtudes y el comportamiento testificó como los precedentes.

Agregó también que vio a Juana, durante la celebración de la Misa, al momento de la elevación del Cuerpo de Cristo, verter lágrimas abundantes. Recuerda perfectamente que ella instaba a los soldados a confesar sus pecados; y de hecho, él quien habla, vio que por su insistencia y su pedido, La Hire confesó sus pecados, al igual que muchos otros de su compañía. No sabe nada más.

Deposiciones del señor Pierre de la Censure, del señor Raoul Godart y del señor Hervé Bonart

El señor Pierre de la Censure, sacerdote, canónigo y preboste de la dicha iglesia Saint-Aignan, de sesenta años; el señor Raoul Godart, sacerdote, licenciado en decretos, prior de Saint-Samson de Orléans, de cincuenta y cinco años, y canónigo de Saint-Aignan; Hervé Bonart, prior de Saint-Magloire, de la Orden de San Agustín, de sesenta años; todos testificaron como los anteriores testigos sobre las maneras, la vida y el comportamiento.

Deposición de André Bordes

El señor André Bordes, canónigo de Saint-Aignan de Orléans, de sesenta años aproximadamente, testificó como los precedentes.

Agregó haber visto a Juana hacer reproches a los soldados cuando renegaban o blasfemaban el nombre de Dios; y, en particular, vio ciertos soldados de vida muy disoluta que, tras las exhortaciones de Juana, se convirtieron y dejaron de hacer el mal.

Deposición de Jeanne, mujer de Eudes de Saint-Mesmin

El mismo año y día, Jeanne, mujer de Gilles de Saint-Mesmin, de setenta años, declaró que, según la reputación pública, esta Juana la Doncella era una católica buena, simple, humilde, de un comportamiento santo, pudorosa y casta, que detestaba los vicios y reprendía aquellos que se entregaban a ellos entre los soldados.

Deposición de Jeanne, mujer de Guy Boisleaue

Jeanne, mujer de Gui Boyleau, de sesenta años, testificó como el precedente.

Deposición de Guillemette, mujer de Jean de Coulons

Guillemette, mujer de Jean de Coulons, de cincuenta y un años, testificó como el precedente.

Deposición de Jeanne, viuda de Jean de Mouchy

Jeanne, viuda de Jean de Mouchy, de cincuenta años, testificó como el precedente.

Deposición de Charlotte, mujer de Guillaume Havet

Charlotte, mujer de Guillaume Havet, de treinta y seis años aproximadamente, testificó de igual manera que los precedentes.

Ella agregó también que en la noche ella dormía solamente con Juana.

Declaró también que jamás percibió en ella, ni en sus palabras, ni en sus actos, señal alguna de desenfreno o lubricidad; sino que no vio más que simplicidad, humildad y castidad. Dijo además que ella tenía la costumbre de confesar seguido sus pecados, y que ella escuchaba la misa todos los días.

La dicha Juana, en fin, ella lo afirma, decía seguido a la madre de la declarante, casa en la cual ella habitaba, que era necesario esperar en Dios, que Dios ayudaría la ciudad de Orléans y expulsaría a los adversarios.

Ella declaró que tenía la costumbre, antes de ir al asalto, de siempre poner en orden su conciencia y recibir la santa Eucaristía, tras haber escuchado la Misa.

Deposición de Renaude, viuda de Jean Huré

Renaude, viuda del difunto Jean Huré, de cincuenta años, testificó como los precedentes. Ella agregó también recordar haber visto y escuchado, un día, a un gran señor quien caminando en plena ruta juraba vilmente y renegaba de Dios; cuando Juana lo vio y lo escuchó, estuvo muy preocupada, fue al instante a ese señor que juraba y le tomo por el cuello diciéndole: “¡Ah! ¡Maestro! ¿Osáis renegar de nuestro Señor y Maestro? En nombre de Dios, ¡os retractaréis antes de que yo me vaya de aquí!”. Entonces, como lo vio el testigo, ese señor se arrepintió y se enmendó por pedido de esta Doncella. No sabe nada más.

Deposiciones de Pétronille, mujer de Jean Beauharnays y Macée, mujer de Henri Fagoue

Pétronille, mujer de Jean Beauharnays, de cincuenta años, Macée, mujer de Henri Fagoue, igualmente de cincuenta años. Ambas testificaron como los precedentes.

Investigaciones hechas en Paris y en Rouen

V-4 – Contenido de la citación en virtud de la cual la parte adversa y todos los otros interesados fueron citados a asistir al juramento de los testigos

Siguen las deposiciones de los testigos escuchados tanto en Paris como en la ciudad de Rouen. Y, para comenzar, las citaciones en virtud de las cuales las partes adversas y los otros que creyeran estar interesados fueron citados a ver el juramento de los testigos.

Citación de los testigos:

“Guillaume, por la misericordia divina obispo de Paris, y el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada de la Orden de los hermanos Predicadores, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, jueces delegados y comisarios junto con el reverendísimo y los reverendos padres en el Cristo y señor monseñor el obispo de Coutances, nuestro colega en este asunto, con la clausula “que vosotros, o dos, o uno de entre vosotros, etc.”, jueces delegados, es decir, comisarios para una causa de nulidad de ciertos procesos y sentencias hace un tiempo dirigidas contra Juana, comúnmente llamada la Doncella, por los difuntos de buena memoria el señor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais, y Jean Le Maistre, viceinquisidor de la perversidad herética en la diócesis de Beauvais, por instigación del maestro Jean d’Estivet, promotor constituido por los dichos obispo y viceinquisidor, nosotros estando todos designados especialmente por nuestro muy santo padre en Cristo y señor, el señor Calixto, tercer papa de nombre gracias a la Divina Providencia, para la justificación de Juana al respecto de las falsas acusaciones que la conciernen, a todos y a cada uno de aquellos, abades, priores, decanos, prebostes, archidiáconos, tesoreros, capiscoles, arciprestes, canónigos, rectores y vicarios perpetuos y capellanes, curas y demás eclesiásticos, beneficiarios o no, exentos o no, igualmente a los notarios públicos y otros notarios, donde sea que estén constituidos, y a cada uno de ellos solidariamente, a los cuales o al cual nuestras presentes cartas arriben, salud en el Señor y firme obediencia a nuestras ordenes o, más bien, a las ordenes apostólicas.

Sabed todos que antaño recibimos, con la reverencia debida, las cartas de nuestro señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre, presentadas a nosotros por el venerable y sabio maestro Pierre Maugier, doctor en decretos, sabio en derecho canónico, por pedido y solicitud de Pierre de Arco, caballero, y de Isabelle, su madre, actuando por Jean de Arco, hermano del dicho Pierre, de la diócesis de Toul, todos designados y nombrados en las mencionadas cartas apostólicas; y en virtud de las mismas cartas apostólicas hemos procedido muchos actos judiciales. Posiciones y artículos fueron producidos y presentados ante nosotros, de hecho, realmente, y por escrito, de la parte de los mencionados Pierre e Isabelle, madre de aquel y de Jean de Arco, hermano de Pierre, contra el reverendo padre en Cristo, el señor obispo de Beauvais, el subinquisidor de la perversidad herética en la diócesis de Beauvais, y contra el promotor de las causas criminales de la corte del dicho señor obispo de Beauvais. Un día determinado fue asignado a los dichos obispo, subinquisidor y promotor, y también a todos los otros y a cada uno de aquellos, en general y en particular, que creyeran estar interesados para decir y deliberar verbalmente o por escrito lo que quisieran decir y alegar contra los dichos artículos y, además, para escuchar de nosotros y por nosotros nuestra voluntad sobre la admisión o el rechazo de los dichos artículos producidos en esta causa. Finalmente, en el día de las presentes, comparecieron delante de nosotros en justicia los venerables maestros Guillaume Prévosteau, procurador legítimamente instituido de los dichos Pierre, Isabelle y Jean de Arco, Jean Le Rebours, procurador del venerable y circunspecto maestro Simon Chapitault, licenciado en derecho canónico, promotor designado y delegado en esta causa; representaron y exhibieron la citación que anteriormente deliberamos junto con las ejecuciones hechas sobre esta citación al igual que la acusación de contumacia contra las personas citadas que no comparecieron. Además, el venerable y circunspecto maestro Regnault Bredoulle, procurador y en cuanto que procurador, según sus dichos, del dicho señor obispo de Beauvais, y en su nombre, como promotor de las causas de la corte de Beauvais, citado hoy al igual que el hermano Jean Chaussetier de la Orden de los hermanos Predicadores, prior del convento de Évreux, por y en nombre del convento de los hermanos Predicadores de Beauvais, hicieron ciertas declaraciones. Entonces, hemos sido requeridos con insistencia por los susodichos maestros Guillaume Prévosteau y Jean Le Rebours, en nombre de los anteriormente mencionados, tras escuchar las dichas declaraciones, de querer y dignarnos admitir como prueba los artículos producidos en esta causa, lo cual hemos hecho; y, además, de querer otorgar y enviar igualmente una citación firme en la forma indicada anteriormente contra todos y cada uno de aquellos que crean estar interesados.

En consecuencia, en virtud de la sata obediencia y bajo las penas de suspensión y de excomunión que pronunciamos contra vosotros, o aquellos de entre vosotros que no cumplan nuestras ordenes, mandamos y ordenamos severamente que para la ejecución de nuestras ordenes, el uno de vosotros no espere al otro, ni encuentre una excusa en el otro. Téngase cuidado de citar perentoriamente de nuestra parte o, más bien, de la parte de la autoridad apostólica, todos y cada uno de cualquier estado, grado, sexo o condición que sean, que crean estar interesados, en general o en particular, publicando copia de las presentes en las puertas de la iglesia de Rouen, lugar que nosotros elegimos para todo lo demás; y aquellos o cada uno de aquellos que nosotros citamos por el contenido de las presentes, comparezcan ante nosotros el primer día judicial tras la próxima fiesta de San Mateo Apóstol, a menos que, etc.; sino, etc.; u otro día siguiente, cuando nos sentemos en tribunal en la corte episcopal de Paris; con el fin de asistir a la presentación de las partes y a la recepción del juramento por nosotros de todos y cada uno de los testigos que los mencionados procurador y promotor designados en esta causa quieran presentar para probar sus pretensiones y, entonces, ese día o los días inmediatamente siguientes, con el fin de dar y presentar a los dichos testigos citados, los interrogatorios, si ellos desean darlos; esto con la intimación habitualmente hecha en casos similares. Y lo que hayan hecho, nos lo reportaran fielmente por escrito. En testimonio de esto, hemos hecho suscribir y firmar nuestras presentes cartas por los notarios y escribas delegados para esta causa y les hemos hechos colocar el sello de la corte de Rouen.

Dado y hecho en la gran sala del obispado de Rouen, el año del Señor 1456 [n. st.], indicción cuarta, el decimoséptimo día del mes de febrero, primer año del pontificado de nuestro muy santo padre en el Cristo y señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre. En presencia de los venerables y circunspectos maestros Hector de Coquerel, doctor en decretos, vicario general del monseñor el arzobispo de Rouen, Nicolas Dubosc, Guillaume Roussel, Jean Gouys, y Jean Bec, canónigos de Rouen, con muchos otros testigos para esto especialmente llamados y solicitados.

Y yo, Denis Le Comte, sacerdote de la diócesis de Coutances, bachiller en derecho canónico, notario público por las autoridades apostólica e imperial, estuve presente en la admisión de los dichos artículos y de todas y cada una de las cosas susodichas, cuando fueron dichas, proseguidas y hechas, como está reportado, con los testigos nombrados anteriormente, y las vi y escuché hacer. Por lo tanto, requerido y solicitado, coloqué en estas presentes cartas fielmente escritas de otra mano, mi firma habitual junto con la firma y la subscripción del maestro François Ferrebouc, notario público, y sobre el sello pendiente de la dicha corte. Así firmado: D. LE COMTE.

Y yo, François Ferrebouc, clérigo de Paris, licenciado en derecho canónico, por las autoridades apostólica e imperial notario público y jurado de la corte de conservación de privilegios otorgados por la Santa Sede Apostólica a nuestra buena madre la Universidad de Paris, estuve presente en la admisión de los artículos, en la citación, en el decreto, y en todas y cada una de las cosas susodichas cuando fueron dichas, proseguidas y hechas, como está reportado, con los testigos anteriormente mencionados, y las vi y escuché hacer. Por lo tanto, requerido y solicitado, coloqué en este presente instrumento público, escrito fielmente de la mano de otro porque estaba ocupado en otros asuntos legítimos, y redactado en la forma de cartas públicas de citación, mi firma pública habitual, en fe y testimonio de todas y cada una de las cosas susodichas. F. FERREBOUC.”

Citación de los testigos en la diócesis de Rouen

Asimismo, las citaciones en virtud de las cuales los testigos fueron citados en Rouen.

“Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, Guillaume por la misma misericordia obispo de Paris, y el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, jueces y comisarios en este asunto, delegados especialmente con esta cláusula: “Que vosotros, o uno o dos de entre vosotros, etc.”, por nuestro señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre, al igual que nuestro colega en este asunto, el reverendo padre en Cristo el señor obispo de Coutances, a todos los sacerdotes, párrocos o no párrocos, vicarios y otros rectores de iglesias, a los escribanos públicos y otros notarios de la ciudad y de la diócesis de Rouen, a los otros donde sea que estén constituidos y a cada uno de ellos por todos, a los cuales o al cual nuestras presentes cartas arribaran, salud en el Señor y firme obediencia a nuestros mandatos o, más bien, a los mandatos apostólicos. Nos ha sido humildemente solicitado querer enviar las cartas de citación cuyo contenido sigue, en favor del venerable hombre y discreto maestro Simon Chapitault, maestro de artes y licenciado en derecho canónico, promotor designado para este asunto, y Guillaume Prévosteau, procurador de Isabelle de Arco, la madre, de Pierre y Jean de Arco, los hermanos de la difunta Juana de Arco, comúnmente llamada la Doncella; declararon, en este asunto que nos es confiado y para nuestra instrucción, y para la conservación de sus derechos, según a cada uno de ellos les concierna, la falta de la deposición y del testimonio de algunos testigos, viejos y débiles, y de otros por ocurrir; temían, a causa de las penurias de los testigos, que sus derechos fuesen perdidos y que la verdad sobre el asunto no fuese esclarecida. Queriendo entonces, en la medida de lo posible, traer luz a la verdad sobre el asunto que nos ha sido confiado y administrar justicia a cada uno, tanto como nos incumba, les enviamos este mandato a todos y cada uno de aquellos que son nombrados más arriba y a cada uno de ustedes para el todo, en virtud de la santa obediencia y bajo pena de suspenso y de excomunión a pronunciar contra ustedes o uno de entre ustedes, si no ejecutan lo que les mandamos; solicitamos con insistencia que para la ejecución de este mandato el uno de entre ustedes no espere al otro ni se excuse por el otro. Citen de manera perentoria y personal delante de nosotros o uno de nosotros en la residencia arzobispal de Rouen, el día y la hora para las cuales han sido requeridos de la parte del promotor, de Isabelle, de Pierre y de Jean de Arco, el señor Nicolas Tasquel, el señor Pierre Boucher, el maestro Nicolas Houppeville, el señor Jean Massieu, el maestro Nicolas Caval, el señor Guillaume Manchon, Pierre Cusquel, el hermano Isambert de La Pierre, el maestro André Marguerie, el maestro Richard du Grouchet, el hermano Pierre Migiet, el hermano Martin Ladvenu, monseñor Jean Le Fèvre, obispo de Démétriade, el señor Thomas Marie, el señor Jean Requier, el hermano Bardin de La Pierre, el señor Raoul Verete, sacerdotes, y todos los otros de cualquier grado, sexo y condición que sean, para los cuales han sido requeridos, con el fin de que traigan un testimonio de la verdad en este asunto convocado y que se espera convocar ante ustedes, sobre el juicio intentado hace un tiempo en materia de fe contra la dicha difunta Juana, llamada la Doncella, por el difunto obispo de Beauvais y el subinquisidor de la perversión herética, por pedido del maestro Guillaume d’Estivet, su promotor, y que pretenden la nulidad de ese juicio y de las sentencias con el fin de declarar inocente a la difunta. Y todo lo que hayan hecho en cuanto a esto, sobre los nombres y los apellidos de las personas a citar, de los días y las horas de asignación, hágannos un reporte fiel con las intimaciones habituales en tales casos.

Dado en Rouen, bajo el sello de nuestro arzobispo, el año del Señor 1455, el decimosexto día del mes de diciembre”. Así firmado: D. LE COMTE y F. FERREBOUC.

[Sigue el informe de la ejecución]

V-4 – Ejecución de la citación de los testigos en la diócesis de Rouen

Al reverendísimo padre en el Cristo y señor Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, al reverendo padre en el Cristo y señor monseñor Guillaume, por la misma misericordia divina obispo de Paris, al igual que al hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, jueces y comisarios en este asunto, con el reverendo padre en el Cristo y señor el obispo de Coutances, comisario en esta causa, con la cláusula “que vosotros, o dos o uno de entre vosotros”, vuestro humilde sujeto Richard de Sainte-Maréglise, sacerdote, ostentando el lugar de decano de la cristiandad de Rouen, notario de la corte arzobispal de Rouen, presenta el respeto debido con todo honor. Sepan vuestras reverendísima y reverendas paternidades que, en virtud de vuestro mandato, el cual se encuentra anexado en el presente informe o el presente reporte, he citado perentoria y personalmente ante vosotros o uno de vosotros, en la residencia arzobispal de Rouen: maestros Nicolas Caval, Nicolas de Houppeville, y señores Jean Le Fèvre, obispo de Démétriade, Guillaume Manchon, el hermano Pierre Miget y Jean Riquier, sacerdotes, el viernes decimonoveno día del mes de diciembre y, además, a los maestros André Marguerie, el señor Jean Massieu y el hermano Pierre Ladvenu, sacerdotes, el sábado día siguiente para traer por la verdad un testimonio en un cierto asunto concerniente a un juicio convocado en materia de fe contra una Juana, difunta, llamada la Doncella, por un obispo de Beauvais y el subinquisidor de la perversidad herética, con el maestro Guillaume d’Estivet actuando como su promotor, asunto concerniente a la nulidad de ese juicio y de las sentencias, y también la absolución de esta difunta para que hagáis y cumpláis todas y cada una de esas cosas conforme al contenido de vuestro mandato. Lo que certifico a vuestras reverendísimas paternidades bajo mi firma manual y el sello del dicho decano.

Dado el año del Señor 1455, el jueves decimoctavo día del mes de diciembre. Así firmado: R. DE SAINTE-MARÉGLISE”.

V-4 – Citación de testigos en la diócesis de Paris

Contenido de la citación en virtud de la cual los testigos fueron citados en la diócesis de Paris.

“Jean, por la misericordia divina arzobispo y duque de Reims, Guillaume, por la misma misericordia divina obispo de Paris, y el hermano Jean Bréhal de la Orden de los hermanos Predicadores, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, jueces y comisarios en este asuntos, delegados especialmente con esta cláusula: “Que vosotros, o uno o dos de entre vosotros, etc.”, por nuestro señor, el señor Calixto, por la Divina Providencia tercer papa de nombre, al igual que nuestro colega en este asunto, el reverendo padre en Cristo el señor obispo de Coutances, a todos los clérigos, curas y no curas, vicarios y otros rectores de iglesias, a los escribanos públicos y los otros notarios de la ciudad y de la diócesis de Rouen, a los otros de donde sea que estén constituidos y  a cada uno de ellos para el todo, a los cuales o al cual nuestras presentes cartas arribarán, salvación en el Señor y firme obediencia a nuestros mandatos o, más bien, a los mandatos apostólicos, por pedido y solicitud del venerable y circunspecto maestro Simon Chapitault, maestro de artes y licenciado en derecho canónico, promotor constituido por nosotros en esta causa, a vosotros todos y a cada uno de aquellos mencionados anteriormente, y a cada uno de vosotros para el todo, en virtud de la santa obediencia y bajo las penas de suspensión y excomunión que pronunciaremos contra vosotros o cada uno de entre vosotros si no ejecutáis lo que os mandamos, os ordenamos firmemente y os mandamos que para la ejecución de nuestras ordenes, el uno de vosotros no espere al otro, etc. Citad perentoria y personalmente ante nosotros, en la corte episcopal de Paris, al reverendo padre en Cristo monseñor Jean, obispo de Noyon, a los maestros Thomas de Courcelles y Jean Monet, profesores de teología sagrada, Jean Tiphaine y Guillaume de La Chambre, maestros en medicina, Girard de Chiché, y a todos los demás y cada uno de aquellos requeridos por el contenido de estas presentes, con el fin de comparecer ante nosotros o uno de entre nosotros y testimoniar la verdad de lo que sepan sobre esta causa; los cuales deberemos interrogar de acuerdo a nuestro oficio y de otro modo, en el día y la hora conveniente, no feriados, reservado, no obstante, su salario con las intimaciones habituales. Y todo lo que hagáis, hacédnoslo saber fielmente por escrito.

Dado en Paris, bajo nuestros sellos, el año del Señor 1456 [n. st.], el décimo día del mes de enero”. Así firmado: D. LE COMTE y F. FERREBOUC.

Y en el dorso: “Fue ejecutado por mí, Girard Toussaint, notario público, el año y el día indicados en el blanco [del acta]”.

V-4 – Mandato de los notarios para la audición de testigos de Rouen

Bajo la orden del reverendo padre en Cristo y señor, monseñor Guillaume, por la misericordia divina obispo de Paris, y del venerable y religioso hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, jueces delegados por la autoridad apostólica con el reverendísimo y el reverendo padres en Cristo el arzobispo de Reims y el obispo de Coutances, para una causa de nulidad del juicio hace un tiempo conducido y de las sentencias pronunciadas por el difunto señor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais y el hermano Jean Le Maistre, entonces subinquisidor en la diócesis de Beauvais, contra una cierta Juana de Arco, llamada la Doncella, y para la justificación de aquella, que sean citados: los venerables hermano Pierre Miget, profesor de teología sagrada; Guillaume Manchon, sacerdote, notario público; el señor Jean Massieu; el señor Guillaume Colles, llamado hace un tiempo Boisguillaume; el hermano Martin Ladvenu, de la Orden de los hermanos Predicadores; el maestro Nicolas de Houppeville; el reverendo padre en Cristo monseñor Jean Le Fèvre, profesor de teología sagrada, obispo de Démétriade; el señor Jean Le Maire; el maestro Nicolas Caval; Pierre Cusquel; el maestro André Marguerie; Maugier Le Parmentier; Laurent Guedon; el señor Jean Riquier, y todos aquellos que fueron interrogados hace un tiempo por los susodichos jueces. Que comparezcan en persona mañana, a las siete de la mañana, ante el dicho señor obispo y el maestro Jean Bréhal, jueces competentes para este asunto, para ver y escuchar la relectura de las deposiciones que cada uno de ellos hicieron hace un tiempo y, si es necesario, para mejorarlas o reformarlas. Citad, además, a monseñor el obispo de Beauvais, Guillaume Bredoulle, el promotor de las causas criminales de Beauvais, y todos y cada uno de aquellos que crean estar interesados, en general o en particular, para ver y escuchar la presentación de los dichos testigos, sus juramentos, y para dar interrogatorios, si desean darlos, con la intimación habitual en casos parecidos y bajo pena de excomunión, por pedido del maestro Guillaume Prévosteau, de la parte del promotor o de su procurador.

Dado en Rouen, el año del Señor 1456, el onceavo día del mes de mayo”. Así firmado: D. LE COMTE y F. FERREBOUC.

V-4 – Ejecución del mandato de los notarios para la audición de testigos de Rouen

Yo, Richard de Sainte-Maréglise, sacerdote, notario de la corte arzobispal de Rouen, he enviado para ejecutar el mandato a las personas nombradas en el dorso [del acta], a saber, a la persona del reverendo padre en Cristo Jean Le Fèvre, obispo de Démétriade, a los maestros Nicolas Caval, André Marguerie, y Nicolas de Houppeville, a los señores Guillaume Manchon, Jean Massieu, Guillaume Colles, Jean Le Maire, sacerdotes, y Maugier Le Parmentier, Pierre Cusquel, de la manera y en la forma contenidas en el dorso [del acta]. En testimonio junto con la apostilla de mi sello manual, el año como anteriormente mencionado, el miércoles doceavo día de mayo”. Así firmado: R. de SAINTE-MARÉGLISE.

Deposición de Jean Tiphaine

[Siguen los nombres, apellidos y afirmaciones o deposiciones de los testigos producidos, recibidos, jurados e interrogados en Paris los días anteriormente designados, en la causa de nulidad del juicio convocado y de las sentencias hace un tiempo pronunciadas contra Juana, comúnmente llamada la Doncella, por el difunto monseñor Pierre Cauchon, hace un tiempo obispo de Beauvais, y el hermano Jean Le Maistre, subinquisidor de la perversidad herética].

Y, para comenzar, el venerable y discreto maestro Jean Tiphaine, sacerdote, maestro de artes y de medicina, canónigo de la Santa Capilla real de Paris, de sesenta años aproximadamente, producido antes, el diez del mes de enero por el reverendísimo y los reverendos padres en Cristo y señores, los señores el arzobispo de Reims y el obispo de Paris, jueces en este asunto, y el hermano Jean Bréhal, profesor de teología sagrada, uno de los inquisidores de la perversidad herética en el reino de Francia, con el fin de informar a los dichos jueces, luego testigo jurado sobre los artículos presentados en ese juicio, e interrogado el segundo día del mes de abril.

Y, en primer lugar, interrogado tras el juramento sobre lo que pueda afirmar o declarar sobre el contenido de los primero, segundo, tercer y cuarto artículos, dijo y declaró haber conocido a esta Juana solamente después que ella fuese conducida a la ciudad de Rouen en ocasión del juicio convocado contra ella. Y él, testigo que habla, fue solicitado de ir una primera vez y se rehusó; pero, solicitado una segunda vez, fue, vio a Juana, escuchó los interrogatorios y sus respuestas; y ella hacía muy bellas respuestas. Esa vez en la que fue al juicio, los jueces y asistentes se encontraban en un pequeño cuarto, detrás de la gran sala del castillo; y ella respondía muy prudentemente y muy sabiamente, con mucho coraje.

Sobre los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, declaró, como él ha dicho ya, no haber querido ir la primera vez que fue convocado a ese juicio; pero la segunda vez fue allí porque temía a los ingleses y tenía miedo de incurrir en su colera si constataban que se rehusaba a ir. Pero no sabe con qué pasión los ingleses procedían contra ella.

Sobre el contenido del noveno artículo, declaró que Juana se encontraba en una prisión, en el interior de una torre del castillo y la vio con las piernas encadenadas; había también una cama.

Sobre el contenido del décimo artículo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, dijo y declaró, en cuanto a los interrogatorios, que el día en que él estuvo presente el maestro Beaupère era el principal interrogador que hacia preguntas; no obstante, Jacques de Touraine de la Orden de los hermanos Menores la interrogaba a veces. Recuerda bien que una vez ese maestro Jacques le preguntó si ella estuvo alguna vez en un lugar donde los ingleses habían sido asesinados; entonces Juana respondió: “En nombre de Dios, sí. ¡Que dulce es vuestro hablar! ¿Por qué no abandonaban la Francia y no volvían a su patria?”. Y había un gran señor ingles cuyo nombre no recuerda más que habiéndola escuchado declaró: “Verdaderamente es una mujer buena. ¡Ojalá fuera inglesa!”. Y esto lo decía delante del testigo que habla y del maestro Guillaume Desjardins. Declaró, además, el testigo que no hay doctor tan sabio y sutil que no hubiese estado confundido y agotado si hubiera sido interrogado como Juana por tantos maestros ante tal asistencia.

Interrogado, además, sobre la enfermedad que Juana tuvo durante ese juicio, declaró haber sido enviado entonces por los señores jueces para visitarla; y fue conducido cerca de ella por un tal Estivet; en presencia de este Estivet, del maestro Guillaume de la Chambre, maestro en medicina, y de muchos otros, le tomó el pulso para averiguar la causa de su enfermedad y le consultó lo que ella tenía y dónde ella se sentía mal. Ella respondió que una carpa le había sido enviada por el obispo de Beauvais, el cual ella había comido, y creía que era la causa de su enfermedad. Entonces, este Estivet, siempre presente, le replicó diciendo que ella hablaba mal; y la llamó ramera, declarando: “Tú, ramera, has comido pescado en salmuera y otras cosas que no te convienen”. Ella le respondió que no era cierto; y esta Juana y Estivet intercambiaron muchas palabras injuriosas. No obstante, el testigo, queriendo saber más sobre la enfermedad de Juana, aprendió de algunas personas presentes allí mismo que ella había sufrido numerosos vómitos.

El testigo no sabe nada más; e interrogado sobre esto, no recuerda haber dado nunca una opinión en el juicio además de aquella sobre la enfermedad*.

*El testigo aparece indicado en el primer juicio como que dio una opinión igual a la del Abad de Fécamp.

Deposición de Guillaume de la Chambre

El venerable maestro Guillaume de la Chambre, maestro de artes y de medicina, de cuarenta y ocho años aproximadamente, según él dice, testigo producido, recibido, jurado e interrogado el mismo día, de la misma manera y en la misma forma que el testigo precedente.

Y, para empezar, interrogado sobre el contenido de los primero, segundo, tercer y cuarto artículos producidos en esta causa de nulidad, dijo y declaró bajo juramento no haber conocido a Juana más que durante el juicio llevado a cabo contra ella, en el cual asistió muchas veces con otros doctores y profesionales. Opina que era una muchacha buena; porque aprendió entonces del maestro Pierre Maurice que la había escuchado a esta Juana en confesión y que no había jamás escuchado una confesión parecida, ya sea de un doctor o de cualquier otro; en virtud de esta confesión, opina que Juana caminaba según la justicia y santamente con Dios.

Asimismo, interrogado sobre el contenido de los artículos quinto, sexto, séptimo y octavo, dijo y declaró, como ya lo ha dicho, que asistió al juicio durante muchos días. En cuanto a la pasión de los jueces, se remite a sus conciencias; sabe, no obstante, que jamás dio su opinión en el curso del juicio aunque estuviese suscrito: porque esto lo ha hecho forzado por el señor obispo de Beauvais; y, sobre esto, había presentado en muchas ocasiones excusas al obispo diciendo que no era de su materia opinar de tal cuestión. Finalmente, se le dijo que si no suscribía como los otros, le ocurriría una desgracia en esta ciudad de Rouen; y por esta razón él suscribió. Dijo también que el maestro Jean Lohier y el maestro Nicolas de Houppeville fueron amenazados con la pena de ahogamiento si se rehusaban asistir al juicio.

Interrogado sobre el contenido del noveno artículo, declaró que esta Juana se encontraba en la prisión del castillo de Rouen y que la vio allí.

Sobre el contenido del décimo artículo, declaró haber escuchado decir que Juana había sido examinada para saber si ella era virgen y fue encontraba como tal. El declarante sabe también, como lo pudo constatar según la ciencia medicinal, que ella estaba intacta y virgen porque la vio casi desnuda visitándola por una enfermedad; la palpó en la región lumbar y, según pudo observar, era muy estrecha.

Sobre el contenido de los artículos decimoprimero, decimosegundo, decimotercero y decimocuarto, dijo y declaró, en cuanto a los interrogatorios, haber visto una vez al señor abad de Fécamp interrogando a Juana; y el maestro Jean Beaupère intervenía con muchas otras preguntas diversas, a las cuales Juana no quería responder al mismo tiempo; a tal punto que ella les dijo que le hacían una gran injusticia persiguiéndola así y que ella ya había respondido a esas preguntas.

En cuanto a la enfermedad que está en cuestión en esos artículos, el declarante afirmó que el cardenal de Inglaterra y el conde de Warwick lo enviaron a buscar y ante ellos compareció, al igual que Guillaume Desjardins, maestro en medicina, y otros médicos. Entonces, ese conde de Warwick les dijo que Juana tenía una enfermedad, según le habían reportado, y les ordenó que se informasen al respecto porque el rey no quería de ninguna manera que ella muriera de muerte natural; el rey, en efecto, la tenía a ella, la había comprado por un precio caro, y no quería que ella muriera sin ser juzgada y quemada; que se aseguren de examinarla con cuidado para curarla. El testigo y el maestro Guillaume Desjardins, junto con otros, fueron entonces a verla. El testigo y el dicho Desjardins la palparon sobre el flanco derecho y la encontraron afiebrada; también concluyeron que era necesario sacarle sangre y le hicieron el reporte de esto al conde de Warwick; y este les dijo: “Guardaos de sangrarla porque ella es astuta y podría hacerse morir”. Sin embargo, se le sacó sangre y poco después fue curada. Tras esta curación, arribó un cierto maestro Jean d’Estivet, quien tuvo palabras injuriosas contra Juana, llamándola puta, ramera; ella se enfureció tanto que tuvo de nuevo fiebre y cayó enferma nuevamente. Cuando el conde se enteró de esto, prohibió a este Estivet de injuriar a Juana nuevamente.

Sobre el contenido del decimoquinto artículo, el declarante afirmó recordar bien que una vez durante un interrogatorio por el obispo y otros asistentes, ella dijo que este obispo y los otros no eran sus jueces.

Sobre el contenido del decimosexto, dijo asimismo haber escuchado a Juana declarar que ella se sometía a nuestro señor el papa.

Sobre el contenido de los decimoséptimo, decimoctavo, decimonoveno, vigésimo, vigesimoprimer y vigesimosegundo artículos, declaró, en cuanto a los cargos de acusación mencionados en el vigésimo y vigesimoprimer artículos, no saber quién los forjó; y sobre ellos no cree haber dado su opinión.

En cuanto a los otros artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró haber estado presente durante el sermón hecho por el maestro Guillaume Évrard; no recuerda, no obstante, lo que está reportado del sermón; pero recuerda la abjuración que hizo Juana, aunque ella estaba muy dubitativa; ella era movida a hacerlo por ese maestro Guillaume Évrard, quien le decía de actuar como él le aconsejaba y que ella sería liberada de su prisión. Ella lo hizo bajo esta condición y no de otra manera, leyendo entonces una pequeña cedula que contenía seis o siete líneas sobre una hoja de papel doble; y el testigo estaba tan cerca que podía verdaderamente ver las líneas y su forma.

De la misma manera, interrogado sobre el contenido del vigesimosexto artículo, declaró haber escuchado decir que los ingleses la movieron a retomar su habito [de hombre], que las vestimentas femeninas le fueron escondidas y reemplazadas por los hábitos de hombre; y a causa de esto, se decía que Juana había sido injustamente condenada.

Asimismo, interrogado sobre el contenido de los otros artículos, declaró solamente al respecto que estuvo presente durante la última predicación hecha en el Vieux Marché de Rouen por el maestro Nicolas Midi; tras el final de ese sermón, Juana fue quemada. La leña para quemarla ya estaba puesta y ella hacía tan piadosas lamentaciones y exclamaciones que muchos lloraron; pero algunos ingleses rieron. Él la escuchó decir también estas palabas u otras semejantes en cuanto al sentido: “¡Ah! ¡Rouen! ¡Temo mucho que hayas de sufrir por mi muerte!”. Y luego ella se puso a gritar: Jesús, y a invocar a San Miguel, hasta que finalmente desapareció en el fuego. No sabe más nada.

Deposición del obispo Jean de Mailly

El reverendo padre en Cristo, monseñor Jean de Mailly, obispo de Noyon, de sesenta años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado y escuchado por los dichos señores jueces en presencia de los notarios, el decimocuarto día del mes de enero, y luego citado nuevamente el segundo día del mes de abril, sobre los artículos presentados en el juicio dijo y declaró lo que sigue.

Y, para empezar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, dijo y declaró, bajo juramento prestado de palabra, no haber tenido conocimiento de Juana antes que ella fuese llevada a la ciudad de Rouen, donde la vio dos o tres veces; no recuerda haber asistido al juicio ni haber dado una opinión.

Interrogado sobre el contenido de los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido de los noveno y décimo, no recuerda haber escuchado que ella fuese inspeccionada; sabe, no obstante, que si ella fue inspeccionada y encontrada virgen, eso no fue puesto en el juicio.

Sobre el decimoprimero y hasta el vigesimotercer artículo, no sabe nada.

Sobre el contenido del vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto, dijo y declaró recordar bien que, en la vigilia de la predicación hecha en Saint-Ouen, estuvo presente durante una exhortación hecha a Juana; pero no recuerda lo que fue entonces hecho. Estuvo también presente el día siguiente, durante la predicación hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Évrard; había dos ambones, es decir en francés, dos “andamios”; en uno se encontraba el obispo de Beauvais, él quien habla, y numerosas otras personas; en el otro estaba el maestro Guillaume Évrard, el predicador, y Juana. De las palabras pronunciadas por el predicador no tiene ningún recuerdo; no obstante, recuerda bien una declaración de Juana hecha ese día allí o en la vigilia: a saber, si en sus dichos o en sus hechos había alguna cosa mala, si ella había hablado bien o mal, si ella había actuado bien o mal, eso provenía de ella, y su rey no le había hecho hacer nada. Dijo también que tras esta predicación, vio que se ordenaba a Juana hacer o decir algo, y cree que se trataba de la abjuración; se le decía: “Juana, haced lo que se os aconseja. ¿Quieres hacerte morir?”. Y, verdaderamente movida por esas palabras, ella hizo la abjuración. Tras esta abjuración, muchos decían que eso no era más que una comedia y que ella no hacía más que burlarse. Y un ingles entre otros, doctor y clérigo, que hacía parte de los hombres del señor cardenal de Inglaterra, declaró al obispo de Beauvais que él procedía en este asunto con demasiada dulzura, y se mostraba favorable a Juana; el obispo le respondió que él mentía; y entonces, el cardenal de Inglaterra dijo al doctor que se calle. Declaró también que, luego, varios de los presentes decían no dar importancia a esta abjuración porque no era más que una comdia; y, según le parece al testigo, Juana no daba mucha importancia a esta abjuración, no la tomaba en serio; y lo que hizo abjurando así, lo hizo vencida por la demanda de los asistentes.

Interrogado sobre el contenido del vigesimosexto artículo, declaró haber escuchado decir, sin saber por quién, que las vestimentas de hombre le fueron dadas por la ventana o a través de los barrotes [de la prisión]. No sabe nada más.

Sobre el contenido de los otros artículos, declaró solamente haber estado presente durante el último sermón, el día en que ella fue quemada; había allí tres ambones, “andamios” en francés; a saber, uno donde estaban los jueces, otro donde estaban muchos prelados, entre ellos el testigo, y otro más donde se encontraba la leña preparada para quemar a Juana. Una vez terminada la predicación, una sentencia fue dada por la cual Juana era abandonada a la justicia secular. Tras el pronunciamiento de esta sentencia, Juana se puso a hacer muchas exclamaciones piadosas y a lamentarse: ella decía, entre otras cosas, que jamás había sido incitada por el rey a hacer lo que ella había hecho, sea para bien, sea para mal. Entonces, el testigo que habla se fue de allí, no queriendo ver a Juana ser quemada. Declaró también que vio a muchos asistentes llorar.

Interrogado sobre ciertas pretendidas cartas de garantía que el rey de Inglaterra envió al obispo de Beauvais y a los otros que habían participado de ese juicio, cartas donde se indica la presencia del obispo de Noyon, declaró creer que él estaba presente; pero no recuerda gran cosa. Sabe, no obstante, que el obispo de Beauvais no conducía ese juicio con sus propios gastos, como él cree, sino a expensas del rey de Inglaterra y que los gastos incurridos se hacían gracias a los ingleses.

Debidamente interrogado, no sabe nada más.

Deposición de Thomas de Courcelles

El venerable y sabio maestro Thomas de Courcelles, profesor de teología sagrada, penitenciario y canónigo de Paris, de cincuenta y seis años, según él dice, testigo producido, recibido, jurado e interrogado para la información de los señores jueces, el decimoquinto día del mes de enero, y luego de nuevo interrogado, testificó de la manera y en la forma siguientes:

Y, para comenzar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber tenido conocimiento alguno de Juana antes de haberla visto en la ciudad de Rouen, y no más de su padre, de su madre o de sus parientes. A propósito de su reputación, se decía que ella afirmaba haber tenido voces provenientes de Dios.

Asimismo, interrogado sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró creer, bajo juramento, que el obispo aceptó el oficio del juicio convocado contra Juana en materia de fe porque era el consejero del rey de Inglaterra y porque era el obispo de Beauvais, la diócesis donde Juana fue capturada y hecha prisionera; escuchó decir que el inquisidor recibió un soborno de un tal Soreau, recaudador de impuestos, para que se interesara en el juicio; pero ignora si el obispo recibió algo. El testigo sabe también que en la época en que Juana fue conducida a Rouen, él mismo, estando en Paris, fue convocado por el obispo de Beauvais con el fin de ir a Rouen para ese juicio; fue allí en compañía de los maestros Nicolas Midi, Jacques de Touraine, Jean de Rouel, y otros de los que no se acuerda, a costa de quienes los conducían, uno de ellos siendo el maestro Jean de Reynel. Ignora, además, si algunas informaciones previas fueron hechas en Rouen o en el lugar de nacimiento de Juana, y no las vio; en efecto, al principio del juicio y sobre todo cuando el testigo estuvo presente, no había pregunta que no fuese de las voces que ella decía haber escuchado y afirmaba venir de Dios. Y aunque al testigo que se le mostró el juicio en el cual se precisa que en su presencia fueron leídas ciertas informaciones previas hechas en Rouen o en el lugar de nacimiento, declaró no tener ningún recuerdo de jamás haberlas escuchado leer. Dijo, no obstante, que el maestro Jean Lohier vino entonces a la ciudad de Rouen y ordenó que el juicio le fuese igualmente comunicado. Este Lohier, tras haber visto el juicio, dijo al testigo que en su opinión no se debía proceder contra Juana en materia de fe sin una información previa sobre la reputación; y, en derecho, era requerida tal información. Dijo también recordar bien que en su primera deliberación no afirmó jamás que Juana fuese herética, salvo condicionalmente, en el caso de que hubiera insistido con obstinación no deber someterse a la Iglesia; en la tercera y última deliberación, por lo que él puede testimoniar en conciencia ante Dios, le parece haber declarado que ella estaba como antes y si antes era herética, lo era aún; pero nunca declaró de una manera positiva que ella era herética. Dijo también que durante la primera deliberación hubo una gran disputa y divergencia entre los opinantes para saber si Juana debía ser declarada herética. Afirmó también que jamás se deliberó de una pena a infligir a Juana.

Sobre el contenido de los séptimo y octavo artículos, no recuerda nada.

Asimismo, interrogado sobre el contenido del noveno artículo, dijo y declaró que Juana estaba en la prisión del castillo, bajo la custodia de un tal Jean Grilz y de sus servidores, y que ella tenía los pies con grilletes de hierro; pero no sabe si ella se encontraba siempre así. Dijo, sin embargo, que muchos de los asistentes opinaban y habrían querido que Juana fuese puesta en las manos de la Iglesia y en una prisión eclesiástica; pero no recuerda que se haya discutido durante las deliberaciones.

Sobre el contenido del décimo artículo, dijo y declaró jamás haber escuchado afirmar en las deliberaciones que Juana debía ser examinada para saber si ella era virgen o no; no obstante, esto le parecía razonable y lo cree, según lo que escuchó y lo que fue dicho por el señor obispo de Beauvais, a saber, que se la había encontrado virgen. Y cree que si hubiera sido encontrada no virgen, sino desflorada, no se habría hecho silencio sobre esto en el juicio.

Sobre los decimoprimer, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró que se hacían a Juana muchas preguntas; pero no las recuerda, salvo que una vez se le preguntó si aquellos de su partido le besaban las manos; no recuerda que Juana se haya quejado de las preguntas que se le hacían.

Asimismo, sobre el contenido de los decimosegundo y decimoctavo artículos, declaró recordar bien que una vez, tras muchas preguntas hechas a Juana, se decidió para el futuro hacer interrogatorios ante pocas personas; pero quién lo propuso y con cuál intención, no lo sabe; le parece, sin embargo, que el maestro Jean de La Fontaine era uno de aquellos encargados de los interrogatorios.

Sobre el contenido del decimoquinto, no sabe nada.

Sobre el contenido del decimosexto, declaró que en muchas ocasiones Juana fue interrogada sobre su sumisión y requerida de someter sus dichos y sus hechos a la apreciación de la Iglesia; ella hizo sobre esto muchas respuestas que están contenidas en el juicio, a las cuales se remite. No sabría agregar nada más a su deposición.

Sobre el contenido del decimonoveno, no sabe nada.

Sobre el contenido del vigésimo, vigesimoprimero y vigesimosegundo artículos, declaró que ciertos artículos, doce en total, fueron redactados y extraídos de las supuestas confesiones y respuestas de Juana; fueron redactados, le parece a él, de acuerdo con las conjeturas razonables del difunto maestro Nicolas Midi; y sobre esos doce artículos, así extraídos, fueron hechas todas las deliberaciones, dadas todas las opiniones. No sabe, empero, si se deliberó para que fuesen corregidas y si lo fueron.

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, sabe solamente, por haberlo escuchado muchas veces del maestro Nicolas Loiselleur, que aquel, bajo un disfraz, habló en muchas ocasiones con Juana, pero ignora lo que él le decía; solo le confió al testigo que se presentaría ante Juana y le haría saber que era un sacerdote. Cree también que escuchó a Juana en confesión.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró que, poco antes de la primer predicación hecha en Saint-Ouen, el maestro Jean de Châtillon hizo en presencia del testigo algunas exhortaciones a Juana; y asimismo, escuchó decir del maestro Pierre Morice que había fraternalmente exhortado a Juana a someterse a la Iglesia. No tiene memoria de nada más.

Interrogado, además, sobre el autor de la cédula de abjuración contenida en el juicio que comienza por “Vos, Juana”, declaró ignorarlo; solo sabe que fue leída a Juana o explicada; declaró, además, que después hubo una predicación hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Évrard; el testigo estaba en un ambón, detrás de los prelados; no recuerda, sin embargo, las palabras pronunciadas por ese predicador, salvo que decía; “el orgullo de esta mujer”. Declaró que luego el obispo comenzó a leer la sentencia; no recuerda, a pesar de ello, lo que fue dicho a Juana, ni lo que ella respondió. Declaró, empero, tener buena memoria de que el maestro Nicolas de Venderez hizo una cierta cédula que comenzaba con “cada vez que el ojo del corazón”; pero ignora si esta cédula fue insertada en el proceso. No sabe más si vio esta cédula en las manos del maestro Nicolas antes de la abjuración de la Doncella o después, pero cree que la vio antes. Escuchó a algunos asistentes hablar con el obispo de Beauvais porque no hacía ejecutar su sentencia, sino que recibía la retractación de Juana; no recuerda, empero, las palabras pronunciadas ni las de aquellos que hablaron.

Interrogado entonces sobre lo que sabía para testimoniar o declarar sobre lo contenido en los artículos vigesimosexto, vigesimoséptimo y vigesimoctavo, declaró y afirmó que tras la primera predicación, llegó la noticia de que Juana había retomado sus vestimentas de hombre; por esta razón, el obispo de Beauvais se reunió en la prisión de Juana en compañía del testigo; y, dirigiéndose a ella, le preguntó por qué ella había retomado esa vestimenta masculina. Ella respondió que ella había retomado esa vestimenta porque le parecía mejor vestirla entre hombres que una vestimenta de mujer.

Interrogado asimismo y finalmente sobre lo que sabía para testimoniar o declarar sobre el contenido de los otros artículos, dijo y declaró que estuvo presente durante la última predicación hecha en Vieux Marché, el día que Juana murió; no la vio, sin embargo, ser quemada porque en el instante después de la predicación y el pronunciamiento de la sentencia, él se fue de allí. Declaró también que antes de esta predicación y de esta sentencia, ella había recibido el sacramento de la Eucaristía, o al menos lo cree porque él no estaba presente cuando ella lo recibió. No sabe nada más.

Deposición de Jean Monnet

El maestro Jean Monnet, profesor de teología sagrada, canónigo de Paris, de cincuenta años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado e interrogado sobre los artículos avanzados en esta causa, el tercer día de abril.

Y, para comenzar, interrogado sobre lo que sabe para declarar y testificar en cuanto al contenido de los primero, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber sabido nada de Juana ni de sus padres y parientes antes de que fuera traído a Rouen junto con Jean Beaupère, su servidor. Fuimos allí en compañía de los maestros Pierre Maurice, Thomas de Courcelles y de muchos otros que eran mandados para asistir al juicio; fue entonces que vi a Juana muchas veces.

Interrogado, además, sobre lo que sabe para testificar en cuanto al contenido de los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, testificó que luego de que los maestros Jean Beaupère, Thomas de Courcelles, Pierre Maurice y los otros que habían sido enviados llegaron a Rouen, el juicio no tardó en comenzar; asistió a tres o cuatro sesiones y escribió las preguntas hechas a Juana y sus respuestas, no como notario, sino como clérigo y secretario del maestro Jean Beaupère; y el testigo reconoció su escritura sobre un papel del juicio hecho en francés.

El testigo recuerda entre otras cosas haber escuchado a Juana dirigirse a él mismo, quien habla, y a los notarios, para decirles que no redactaban bien y les hizo hacer correcciones en muchas ocasiones. Dijo también que muchas veces en el curso del interrogatorio, cuando se trataba de preguntas que ella juzgaba no deber responder, decía remitirse a la conciencia de aquellos que la interrogaban, para saber si debía o no responder. Dijo, además, que el juicio fue convocado contra Juana porque ella parecía demasiado perjudicial a los ingleses y les había hecho ya daños considerables. Cree, finalmente, que el juicio fue convocado a expensas de los ingleses; pero en cuanto al ardor que movía a los jueces, él se remite a sus conciencias.

Sobre el noveno artículo, no sabe nada, sino solamente que ella estaba detenida en el castillo de Rouen.

Sobre el décimo artículo, el testigo declaró haber escuchado decir que Juana, durante el juicio, fue examinada para saber si ella era virgen o no, y ella fue encontrada virgen; esto lo recuerda porque se dijo entonces, cuando se examinaba su virginidad, que Juana había sido herida en la región glútea por montar a caballo.

Interrogado, además, sobre el contenido de los decimoprimero, decimosegundo, decimotercero y decimocuarto artículos, dijo y declaró que se hacían a Juana preguntas bien difíciles, a las cuales un maestro en teología podría haber respondido con dificultad; y le parece al testigo que por esto Juana estaba fuertemente agobiada. Dijo también que durante ese juicio, ella estuvo enferma; pero no sabe si recibió la visita de los médicos.

Sobre el contenido de los decimoquinto, decimosexto, decimoséptimo y decimoctavo artículos no sabe nada; y sobre ciertos puntos se remite al juicio.

Sobre el contenido de los vigésimo y vigesimoprimer artículos, dijo y declaró ignorar quién hizo o forjó esos doce artículos, y si fueron correctamente o no extraídos de las confesiones de esta Juana. Sabe, no obstante, que el maestro Jean Beaupère se reunió en Paris y trajo esos doce artículos.

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, declaró solamente haber escuchado decir que algunos fueron bajo un disfraz a conversar con Juana; pero ignora quien era aquel que planeaba tales cosas.

Sobre el contenido de los vigesimotercero, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, el testigo dijo y declaró que estuvo presente durante la predicación hecha en Saint-Ouen y se encontraba en un ambón a los pies del maestro Jean Beaupère, su maestro; cuando la predicación terminó, como se comenzaba a leer la sentencia, Juana declaró que, si ella era aconsejada por clérigos que veían todo según su conciencia, ella haría gustosamente lo que le sea aconsejado. A esas palabras, el obispo de Beauvais preguntó al cardenal de Inglaterra, quien estaba allí, lo que era necesario hacer, dada la sumisión de Juana. El cardenal respondió entonces al obispo que debía recibir a Juana en la penitencia. La sentencia, que el obispo había comenzado a leer, fue entonces desechada, y recibió a Juana en la penitencia. El testigo vio la cédula de abjuración que fue entonces leída, y le pareció que era una cédula pequeña, de alrededor de seis o siete líneas; y el testigo declaró recordar bien que Juana se remitía a la conciencia de los jueces para decidir si ella debía retractarse o no. Dijo, además, que el día de esos eventos, se decía que el verdugo se encontraba en el lugar, esperando que ella fuese liberada a la justicia secular.

Sobre el contenido de los otros artículos, no sabe nada porque, dice él, abandonó la ciudad de Rouen el lunes o domingo precedentes a la muerte de Juana. No sabe nada más.

Deposición de Louis de Coutes

El noble y prudente Louis de Coutes, escudero, señor de Nouvion y de Rugles, de cuarenta y dos años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado e interrogado sobre el contenido de los artículos presentados en este juicio de nulidad, el tercer día del mes de abril, después de Pascuas.

Interrogado, para comenzar, sobre el contenido de los primero, segundo, tercer y cuarto artículos, todos los otros estando descartados, porque no sabe nada sobre ellos, dijo y declaró bajo juramento lo que sigue: el año en que Juana vino al rey, en la ciudad de Chinon, él, testigo, tenía entonces catorce o quince años; estaba al servicio del señor de Gaucourt y pasaba su tiempo con él que era capitán del dicho lugar de Chinon. En ese tiempo, arribó Juana al dicho lugar de Chinon en compañía de dos hombres; fue conducida al rey; el testigo que habla la vio muchas veces yendo a donde el rey y volviendo; y se asignó a Juana un alojamiento en una torre del castillo de Coudray. En esta torre el testigo permaneció con Juana y durante todo el tiempo que ella estuvo allí permaneció continuamente en su compañía, durante el día; pero, de noche, ella tenía mujeres con ella. Recuerda bien que en ese tiempo en que ella estuvo en la dicha torre de Coudray, hombres de alta condición vinieron muchas veces para conversar con Juana; pero lo que hacían o decían, él lo ignora porque siempre, cuando veía arribar a esos hombres, el testigo se retiraba; no sabe quiénes eran esos hombres.

Dijo, además, que en ese tiempo en que Juana y él se encontraba en la torre, la vio seguido arrodillada, rezando, según le parecía; no podía, no obstante, captar lo que ella decía, aunque ella lloraba a veces. Entonces Juana fue conducida a la ciudad de Poitiers, luego traída a la ciudad de Tours a la casa de una tal Lapau; allí, el duque de Alençon dio a Juana un caballo que el testigo vio en la casa de este Lapau. En esta ciudad de Tours, se dijo y ordenó al testigo que fuera escudero de Juana con un tal Raymond; y desde entonces, siempre estuvo con Juana, fue con ella siempre, en su cargo de escudero, sirviéndola, tanto en Blois como en Orléans, y hasta que llegaron ante la ciudad de Paris.

Dijo, además, que cuando Juana estaba en la ciudad de Tours se le dio una armadura, y ella recibió entonces del rey un encargo. De la ciudad de Tours fue hasta la de Blois con una compañía de soldados del rey y esta compañía tenía desde entonces una gran confianza en ella. Juana permaneció con los soldados en esta ciudad durante un cierto tiempo, el cual el testigo no recuerda; se decidió entonces abandonar Blois e ir a la ciudad de Orléans por Sologne; Juana partió totalmente armada con la compañía de soldados, a los cuales ella recomendaba siempre tener gran confianza en Dios y confesar sus pecados. Y en esta compañía, el testigo vio a Juana recibir el sacramento de la Eucaristía.

Dijo, además, que habiendo llegado a las proximidades de Orléans, al costado de Sologne, Juana, el testigo y muchos otros fueron conducidos al otro lado del agua, al costado de la ciudad de Orléans y desde allí entraron a la ciudad. El testigo agregó que Juana estuvo muy malherida yendo hasta Orléans porque había dormido toda armada la noche precedente a su partida de Blois. En Orléans, Juana fue alojada en la casa del tesorero, ante la puerta Bannier; y en esta casa, como lo vio el testigo, ella recibió el sacramento de la Eucaristía.

Dijo también que el día siguiente a su entrada en Orléans, Juana fue a ver al señor bastardo de Orléans y conversó con él; al regresar, ella estaba muy irritada porque, decía ella, había decidido para ese día no partir al asalto. Sin embargo, se dirigió a una trinchera que los soldados del rey tenían frente a la trinchera de los ingleses; y allí, Juana habló a los ingleses que se encontraban en la otra trinchera diciéndoles que se vayan, en nombre de Cristo, sino ella los expulsaría; uno llamado el bastardo de Grandville lanzó entonces muchas injurias contra Juana, preguntándole si esperaban que se rindieran contra una mujer y llamando a los franceses que se encontraban con Juana “alcahuetes infieles”. Esto hecho, Juana volvió a su alojamiento y subió a su cuarto, y el testigo que habla creía que ella fue a dormir. Pero, muy poco después, ella descendió y dijo estas palabras al testigo: “¡Ah! Muchacho desalmado, ¡no me dirías que la sangre de Francia se está derramando!”, ordenándole ir a buscar su caballo; mientras tanto, se hizo armar por la dueña de la casa y su hija; cuando el testigo volvió, habiendo ya preparado su caballo, encontró a Juana armada; ella dijo entonces al testigo de ir a buscar su estandarte, que había quedado arriba; y el testigo se lo entregó por la ventana. Habiendo tomado su estandarte, Juana se precipitó hacia la puerta de Borgoña; la posadera le dijo al testigo de seguirla, lo cual hizo. Había en ese momento un ataque o una escaramuza, al costado de Saint-Loup, y en el curso de este ataque, la trinchera fue tomada; Juana encontró algunos franceses heridos, lo que la indignó. Los ingleses se preparaban para la defensa cuando Juana llegó rápidamente contra ellos; tan pronto como los franceses vieron a Juana, se pusieron a gritar y tomaron la bastilla, o fortín, de Saint-Loup. Escuchó decir que algunos eclesiásticos, vistiendo sus hábitos eclesiásticos, vinieron ante Juana; ella los recibió, no permitiendo que sufrieran ni el menor mal y los hizo conducir hacia su alojamiento, siendo asesinados los otros ingleses por el pueblo de la ciudad de Orléans. En la tarde, Juana fue a cenar a su alojamiento; ella era muy sobria pues muchas veces no comía más que un trozo de pan en toda la jornada; y todos se admiraban que comieran tan poco. Y cuando ella estaba en su alojamiento, no comía más que dos veces en la jornada.

Declaró, además, que al día siguiente, hacia la tercera hora, las tropas de nuestro rey atravesaron el rio en embarcaciones para ir contra la bastilla, es decir, el fortín de Saint-Jean-le-Blanc; los franceses la tomaron, al igual que tomaron la bastilla de Célestins. Juana, acompañada del testigo, flanqueó el rio Loire con sus tropas y después volvió a la ciudad de Orléans donde durmió en su alojamiento con algunas mujeres, como tenía la costumbre de hacer; porque siempre en la noche ella tenía una mujer durmiendo con ella, si podía encontrar una; y si ella no podía encontrar una, durante la guerra y en campañía, ella dormía completamente vestida. Al día siguiente, Juana, contra la opinión de muchos señores que estimaban que su decisión iba a poner en gran peligro a los hombres del rey, hizo abrir la puerta de Borgoña y una pequeña puerta situada cerca de la gran torre; después, ella cruzó el rio con algunos soldados para atacar la bastilla o fortín de Pont que aún estaba en manos de los ingleses. Atacando ese lugar, las tropas del rey estuvieron allí desde la primera hora hasta la noche; allí, Juana fue herida y se le quitó su armadura para cuidar su herida; apenas fue atendida, se rearmó y fue con los otros al ataque y al asalto, que se prolongó desde la primera hora hasta la tarde, sin descanso. La trinchera fue finalmente tomada y Juana, permaneciendo siempre con los soldados para el asalto, los exhortaba a tener valentía, a no retirarse, porque dentro de poco tendrían el fortín; le parece que ella decía que tendrían el fortín cuando vieran al viento empujar su estandarte hacia esa dirección. No obstante, hacia la tarde, los hombres del rey, viendo que no ocurría nada, que la noche se acercaba, desesperaban de tomar el fortín. Sin embargo, Juana persistía siempre, prometiéndoles que obtendrían sin falta el fortín ese misma día. Los hombres del rey prepararon entonces un nuevo asalto; viendo esto, los ingleses no hicieron defensa alguna, sino que, aterrorizados, casi todos se ahogaron; y, en el curso de este último ataque o asalto, los ingleses no hicieron defensa alguna. El día siguiente, todos los ingleses que se encontraban alrededor de la ciudad partieron para Beaugency y Meung. El ejército del rey, en el cual se encontraba Juana, los siguió; y allí se acordó la rendición de la ciudad de Beaugency o sobre el combate. Pero, llegado el día del combate, los ingleses abandonaron Beaugency, seguidos por los hombres del rey y por Juana; la vanguardia estaba al mando de La Hire, lo que irritó mucho a Juana, porque ella deseaba mucho tener a cargo la vanguardia. Los hombres del rey hicieron tan bien que La Hire, quien conducía esta vanguardia, embistió a los ingleses; las tropas del rey tuvieron la victoria y casi todos los ingleses fueron asesinados.

Declaró también que Juana era muy piadosa y le apenaba profundamente tantas masacres; en efecto, una vez, un francés, que conducía algunos prisioneros ingleses, golpeó a uno de ellos sobre la cabeza tan fuerte que le dejó como muerto; Juana, viendo esto, descendió del caballo, hizo confesar al inglés sosteniéndole la cabeza y le consoló como ella podía. Luego, en compañía de los hombres del rey, ella fue ante la ciudad de Jargeau, que fue tomada por asalto, y numerosos ingleses fueron tomados como prisioneros, entre los cuales estaba Suffort y La Poule. Tras levantar el sitio de Orléans y lograr esas victorias, Juana fue con las tropas hacia al rey, entonces instalado en la ciudad de Tours, y se decidió que el rey iría a Reims para la consagración. El rey partió con su ejército, en el cual se encontraba Juana, se dirigió hacia la ciudad de Troyes, la cual se rindió ante el rey, y de allí hacia la ciudad de Châlons, la cual similarmente se puso en manos del rey; entonces fue a Reims, donde nuestro señor el rey fue coronado y consagrado, en presencia del testigo que habla; porque era, como se ha dicho, escudero de Juana y se encontraba siempre con ella. Y permaneció con ella hasta que Juana llegó a la ciudad de Paris.

Declaró, además, por lo que pudo observar, que Juana era una mujer buena y honesta, que vivía como Católica; ella escuchaba la Misa con gran gozo, y jamás dejaba de hacerlo, si le era posible. Ella se indignaba fuertemente cuando escuchaba blasfemar el nombre de Nuestro Señor y cuando ella escuchaba a alguien jurar; porque, como presenció muchas veces el testigo, cuando el señor duque de Alençon juraba o decía alguna blasfemia, ella lo reprendía; y, en general, nadie del ejército osaba jurar o blasfemar delante de ella por miedo a ser reprendido.

Dijo, además, que ella no quería que hubiera mujeres en el ejército; una vez, en efecto, cerca de la ciudad de Château-Thierry, al ver a una mujer, la amante de un soldado, montando a caballo, la persiguió con la espada desenvainada; sin embargo, no golpeó a esta mujer, sino que le aconsejó con dulzura y bondad diciéndole que no se encontrara en adelante en la compañía de los hombres armados, de lo contrario, le haría algo que no le agradaría.

El testigo no sabe nada más porque, según ha dicho, a partir del momento en que Juana arribó a la ciudad de Paris, no la vio más.

Deposición de Gobert Thibault

El honesto y sabio Gobert Thibaut, escudero de la caballeriza del rey de Francia y elegido para los subsidios de la ciudad de Blois, de cincuenta años aproximadamente, según dice, testigo producido delante de los mencionados señores jueces, recibido, jurado e interrogado el quinto día de abril.

Y, para empezar, cuestionado sobre lo que sabía para testificar y declarar sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, dijo y declaró bajo juramento que él estaba en la ciudad de Chinon cuando Juana llegó ante el rey, quien estaba también en la ciudad de Chinon; no obstante, no tenía en ese entonces gran conocimiento de esta Juana. Pero luego tuvo el mayor conocimiento de ella porque cuando el rey quiso ir a Poitiers, Juana fue conducida allí y hospedada en la casa del maestro Jean Rabateau. El testigo sabe también que Juana, en la ciudad de Poitiers, fue interrogada y examinada por el difunto maestro Pierre de Versailles, profesor de teología sagrada, entonces abad de Talmont, al momento de su deceso, obispo de Meaux, y por el maestro Jean Érault, también profesor de teología sagrada; el testgio fue con ellos bajo la orden del difunto obispo de Castres. Ella estaba, como dijo más arriba, alojada en la casa del dicho Rabateau, lugar donde los susodichos Versailles y Érault charlaron con Juana en presencia del testigo; y cuando llegaron a esa casa, Juana vino delante de ellos y golpeó al testigo sobre el hombro diciéndole que ella quería tener muchos hombres de su carácter. Entonces, Versailles dijo a Juana que ellos eran enviados a ella por el rey; ella respondió: “Creo que fueron enviados para interrogarme” y agregó: “No sé ni A ni B”. Le preguntaron entonces por qué ella venía. Ella respondió: “Vengo de parte del Rey de los cielos para hacer levantar el sitio de Orléans y para conducir al rey a Reims para que sea coronado y consagrado”. Ella les preguntó si tenían papel y cinta y dijo al maestro Jean Érault: “Escribid lo que os diré: Vosotros, Suffort, Classidas y La Poule, os conmino, de parte del Rey de los cielos, a que os marchéis a Inglaterra”. Y esa vez, los mencionados Versailles y Érault no hicieron nada más que el recuerde; y Juana permaneció en la ciudad de Poitiers tanto tiempo como el rey. Decía también que su consejo le había dicho que debía ir a ver al rey lo más temprano posible. El testigo vio aquellos que la llevaron al rey, a saber, Jean de Metz, Jean Coulon y Bertrand Pollichon, con quienes ella tenía gran familiaridad y amistad; una vez, en su presencia, estos que condujeron a Juana declararon al difunto monseñor de Castres, entonces confesor del rey, que habían venido por la Borgoña, atravesando lugares ocupados por los enemigos; sin embargo, habían siempre pasado sin el menor impedimento; ellos se maravillaban mucho de esto.

Declaró, además, haber escuchado al mencionado difunto señor confesor decir que había visto en escrituras que debía venir una tal Doncella al socorro del rey de Francia. El testigo no vio y no sabe si Juana fue interrogada de otra manera a la que dijo en su deposición. No obstante, escuchó al señor confesor y a los otros doctores decir que creían que Juana era enviada por Dios y creían que era aquella de la que hablaba la profecía; también, dada su actitud, su simplicidad y su comportamiento, el rey podía recurrir a ella porque en ella no se podía encontrar o apercibir nada que no sea bueno y no se veía en ella nada contrario a la fe católica.

Declara ciertamente que no estuvo presente durante los eventos en la ciudad de Orléans; la reputación pública, no obstante, proclamaba que todo había sido hecho gracias a ella y como milagrosamente. El testigo agregó que el día en que el señor Talbot, hecho prisionero en Patay, fue conducido a Beaugency, él llegó a esta ciudad de Beaugency; después de Beaugency, Juana fue con las tropas a Jargeau, la cual fue tomada por asalto y los ingleses huyeron; de allí, Juana volvió a la ciudad de Tours donde se encontraba el rey nuestro señor; y de la ciudad de Tours hicieron ruta hasta Reims para la consagración y coronación del rey. Juana decía al rey y a los soldados de avanzar con audacia y que todo ocurriría con éxito; que no tuvieran miedo porque no encontrarían a nadie capaz de dañarlos; no habría resistencia alguna. Decía también que sin ninguna duda ella tendría suficientes hombres y que muchos la seguirían.

Dijo, además, el testigo que Juana hizo reunir a los soldados entre las ciudades de Troyes y de Auxerre, y muchos se encontraban allí porque todos querían seguirla; el rey y sus hombres fueron sin impedimentos hasta Reims; el rey no encontró ninguna oposición, sino que las puertas de las ciudades se abrieron ante él.

Dijo también el testigo, bajo juramento, que esta Juana era una buena cristiana, amaba escuchar la Misa, incluso cada día, recibía seguido el sacramento de la Eucaristía; se indignaba enormemente cuando escuchaba jurar y esto era un buen según, según decía el señor confesor del rey, quien investigó con cuidado sus acciones y su vida.

Declaró también que en campaña ella estaba siempre con los soldados y escuchó decir a muchos cercanos a Juana que nunca tuvieron deseos hacia ella; si alguna vez les venía un impulso carnal, jamás, no obstante, osaron dirigir sus pensamientos hacia ella ya que creían que ella no podía ser objeto de concupiscencia; y muy seguido, si hablaban de pecados de la carne en términos que podían impulsar la concupiscencia, al verla acercarse no podían hablar más de ello, sino que de inmediato abandonaban sus impulsos carnales. Sobre ese punto, el testigo interrogó a muchos que durmieron a vecesen la noche en la compañía de Juana; ellos le respondieron conforme a su deposición, diciendo además que jamás tuvieron deseo carnal cuando la miraban.

No sabe más nada sobre el contenido de los artículos.

Deposición de Simon Beaucroix

El noble Simon Beaucroix, escudero, clérigo casado, residiendo en Paris en el Hôtel-Neuf, de cincuenta años aproximadamente, testigo producido, jurado e interrogado el vigesimo día de abril, delante de nuestros señores el arzobispo de Reims y el obispo de Paris, y el hermano Thomas Verel, de la Orden de los hermanos Predicadores, profesor de teología sagrada, delegado por el hermano Jean Bréhal, viceinquisidor en este asunto.

Y, para comenzar, cuestionado sobre lo que sabia para declarar y testificar sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, dijo y declaró bajo juramento que él se encontraba en la ciudad de Chinon, donde estaba nuestro señor el rey, con el señor Jean d’Olon, caballero, senescal de Beaucaire, cuando Juana llegó ante el rey. Tras hablar con el rey y los otros del consejo del rey, ella fue colocada bajo la guardia del dicho d’Olon. Desde la ciudad de Chinon, Juana fue en compañía del dicho d’Olon hasta la ciudad de Blois, y de Blois, por Sologne, hasta la ciudad de Orléans. Recuerda bien que Juana recomendó a todos los soldados confesarse, estar en gracia, asegurándoles que Dios los ayudaría, y que, si estaban en gracia, tendrían la victoria con la ayuda de Dios. Según las ordenes de Juana, los soldados debían dirigirse directamente hacia el fortín o bastilla de Saint-Jean-le-Blanc; lo cual no hicieron ya que fueron a un lugar entre Orléans y Jargeau donde los ciudadanos de Orléans habían enviado barcos para recibir provisiones y conducirlas a la ciudad de Orléans. Las provisiones fueron colocadas en los barcos y conducidas a Orléans, pero porque los soldados no podían atravesar el rio Loire, algunos dijeron que era necesario volver y atravesar el Loire por la ciudad de Blois, porque no había puente más próximo que ese bajo la obediencia del rey; por esto, Juana estuvo muy indignada, temiendo que quisieran retirarse, abandonando la tarea inconclusa. Juana no quería ir con los otros para atravesar el Blois; pero con doscientos lanceros aproximadamente cruzó el rio en barco y todos, una vez arribado al otro lado del rio, entraron por tierra a la ciudad de Orléans. El señor mariscal de Boussac pasó toda la noche buscando al ejército del rey, que estaba cerca de la ciudad de Blois. Y, según recuerda el testigo, poco antes de la llegada del señor mariscal de Boussac a Orléans, Juana declaró al señor Jean d’Olon que el mariscal estaba en camino y que ella sabía bien que nada malo le ocurriría.

Y mientras que Juana estaba en su alojamiento, movida por una inspiración, según él dice, declaró de repente: “¡En nombre de Dios, nuestros hombres tienen mucho para hacer!”. Envió a buscar su caballo, se armó y fue hasta el fortín o bastilla de Saint-Loup, donde ocurría un ataque de los soldados del rey contra los ingleses; luego de que Juana apoyase ese ataque, el dicho fortín fue capturado. El día siguiente, los francés, en compañía de Juana, partieron para apoderarse del fortín Saint-Jean-le-Blanc; se acercaron hasta una isla y cuando los ingleses percibieron que los soldados del rey atravesaban el rio, abandonaron la dicha bastilla de Saint-Jean-le-Blanc; se retiraron hacia otro fortín, situado cerca de los Agustinos, donde el testigo vio al ejército real en un muy gran peligro, y Juana decía: “¡Id valientemente, en nombre de Dios!”. Llegaron hasta los ingleses, quienes se encontraban en un gran peligro y quienes tenían tres fortines o bastillas. En ese instante, sin gran dificultad, la bastilla de los Agustinos fue tomada; entonces, los capitanes fueron de la opinión de que Juana debía entrar en la ciudad de Orléans; lo cual ella no quería, declarando: “¿Abandonaremos a nuestros hombres?”. Y el día siguiente, los soldados del rey fueron a atacar el fortín situado al final del puente, el cual era muy fuerte y casi impenetrable; tuvieron mucho para hacer porque el ataque duró toda la jornada hasta la noche. El testigo vio que el señor senescal de Beaucaire hizo romper el puente con una bombarda. Era ya de noche y casi se había perdido la esperanza de tomar ese fuerte o bastilla del puente; entonces, solicitó traer el estandarte de Juana: esto hecho, los soldados del rey retomaron el ataque al fortín y, tan pronto, sin gran dificultad, entraron con este estandarte; los ingleses huyeron a tal punto que, llegados al final del punto, este se derrumbó y muchos ingleses se ahogaron. El día siguiente, los soldados del rey hicieron una nueva salida para combatir a los ingleses; aquellos, viendo a los franceses, huyeron; y como Juana veía a los fugitivos ser perseguidos por los franceses, les dijo: “Dejad partir a los ingleses, no los matéis. Que se vayan. Su huida me basta”. El mismo día, los soldados del rey salieron de la ciudad de Orléans y retornaron a Blois donde arribaron en la jornada. Juana permaneció allí dos o tres días, y entonces se dirigió a Tours y a Loches, donde los soldados del rey se preparaban para ir contra la ciudad de Jargeau; y fueron allí y tomaron la ciudad por asalto.

No sabe nada más sobre lo que ella hizo. Sabe, no obstante, que Juana era buena católica, temerosa de Dios; se confesaba muy seguido, cada dos días, y también cada semana recibía el sacramento de la Eucaristía; ella escuchaba la Misa todos los días y exhortaba a los soldados a bien vivir y a confesarse seguido. Y el testigo recuerda bien que, durante todo el tiempo que la acompañó, no tuvo ningún deseo de obrar mal.

Declaró, además, que Juana dormía siempre con jóvenes doncellas y no quería dormir con mujeres mayores. Detestaba fuertemente los juramentos y las blasfemias y reprendía aquellos que juraban o blasfemaban. En campaña, no quería jamás que aquellos de su compañía hicieran saqueos; porque ella no quería alimentos que sabía que eran robados. Una vez, un escocés le hizo saber que ella había comido un ternero robado; ella se enojó enormemente y quiso golpear a este escocés por esto.

Declaró, además, que ella no quería ver mujeres de mala vida cabalgar en el ejército con los soldados: por eso, ninguna de ella osaba encontrarse ante Juana; y todas aquellas que ella encontraba, Juana las forzaba a irse de allí, a menos que los soldados quisieran casarse con ellas. Finalmente, el testigo cree que ella era una verdadera católica, temerosa de Dios y guardaba sus mandamientos, obedeciendo también, en la medida de lo posible, las instrucciones de la Iglesia; caritativa también, no solamente hacia los franceses, sino también hacia el enemigo. Todo esto el testigo lo sabe porque estuvo un largo tiempo en su compañía, y muchas veces la ayudó a equiparse. Declaró, además, que Juana deploraba y se entristecía al ver a las mujeres piadosas ir hacia ella para saludarla; le parecía que era una especie de devoción que la irritaba.

No sabe nada más.

Deposición de Jean Barbin

El venerable y sabio maestro Jean Barbin, doctor de leyes, abogado de nuestro señor el rey en su corte de Parlamento, de cincuenta años, testigo producido, recibido, jurado e interrogado ante los señores jueces, el último día del mes de abril.

Y, para iniciar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos presentados en esta causa, los otros siendo omitidos pues no sabía decir nada en su deposición, dijo y declaró bajo juramento que, en la época en que Juana vino al rey en la ciudad de Chinon, él estaba en la ciudad de Poitiers; y escuchó decir que el rey, al principio, no quería confiar en esta Juana, pero quiso que primero fuera examinada por los clérigos e incluso, según lo que escuchó, el rey envió a investigar al lugar de nacimiento de Juana para saber de donde ella era. Envió a Juana para ser examinada allí a la ciudad de Poitiers, donde se encontraba entonces el testigo, y donde aquel por primera vez conoció a Juana. Cuando ella llegó a la ciudad, fue hospedada en la casa del maestro Jean Rabateau; mientras se encontraba hospedada, escuchó a la mujer del mencionado Rabateau decir que Juana estaba todos los días, tras las comidas, arrodillada por largo tiempo e incluso de noche; frecuentemente entraba a una pequeña capilla de la casa y allí rezaba durante un largo tiempo. Muchos de los clérigos la visitaron, a saber, el maestro Pierre de Versailles, profesor de teología sagrada y obispo de Meaux cuando falleció, y el maestro Guillaume Aymeri, también profesor de teología sagrada, al igual que otros graduados en teología, los cuales olvidó sus nombres, quienes la interrogaron a su propio criterio. El testigo escuchó entonces a los doctores que la habían interrogado y le habían hecho muchas preguntas, relatar que ella había respondido con mucha sabiduría, como si ella fuese un buen clérigo; al punto de que se admiraban de sus respuestas y creían que era la inspiración divina, en virtud de su vida y su conducta. Finalmente, los clérigos, tras haber procedido por esas preguntas e interrogatorios, concluyeron que no había nada de malo en ella ni que fuese contrario a la fe católica; también, vista la necesidad en la cual se encontraba el rey y el reino, dado que el rey y sus súbditos estaban entonces en una situación desesperada y sin esperanza de ayuda de alguien, salvo de una intervención de Dios, concluyeron igualmente que el rey podía recurrir a ella. Durante el curso de las deliberaciones, el maestro Jean Érault, profesor de teología sagrada, reportó lo que escuchó decir hace un tiempo a una tal Marie d’Avignon, quien vino hace un tiempo ante el rey: ella le dijo que el reino de Francia tenía mucho por sufrir y debía soportar numerosas calamidades, agregando que tuvo muchas visiones relacionadas a la desolación del reino de Francia y, en particular, veía una cantidad de armaduras que le eran presentadas; ella estaba aterrorizada, temiendo ser forzada a aceptar esas armaduras; entonces, se le dijo que no tuviera miedo, que ella no portaría esas armas; pero que, después de ella, vendría una Doncella que llevaría esas armas y liberaría al reino de Francia de sus enemigos. Y Érault creía firmemente que Juana era aquella de la que Marie d’Avignon había hablado.

Declaró, además, que los soldados la consideraban como si fuera una santa porque se comportaba en el ejército, en palabras y en acciones, según Dios, al punto que nadie habría podido hacerle reproches.

Declaró, además, haber escuchado al maestro Pierre de Versailles, quien se encontraba una vez en la ciudad de Loches en compañía de Juana, decir que algunos agarraban las patas de su caballo para besar sus manos y sus pies. Entonces, el mencionado maestro dijo a Juana que ella se equivocaba al tolerar tales cosas, que no le convenían, y que ella debía desafiar tales practicas porque volvía a los hombres idolatras. Juana respondió: “En verdad, no podría protegerme de tales cosas si Dios no me protegiera”.

En resumen, el testigo declaró que, según su opinión, Juana era una buena católica y todo lo que había sido hecho por ella, fue hecho por Dios; él está movido a hablar así porque ella era loable desde todo punto de vista, tanto si se trata de su conducta, de su alimentación y bebida, como de cualquier otro ámbito; y nunca escuchó que se hablara mal de ella; sino que siempre escuchó que ella era tenida y reputada como una mujer buena y católica.

Deposición de Marguerite La Touroulde

La honesta y prudente mujer, la dama Marguerite La Touroulde, viuda del difunto maestro René de Bouligny, en vida consejero del rey nuestro señor, de sesenta y cuatro años aproximadamente, producida, recibida e interrogada el año y día indicados en la deposición del testigo precedente.

Y, para comenzar, interrogada bajo juramento sobre lo que ella sabía para hacer su deposición o testimonio en cuanto al contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos presentados en esta causa de nulidad, dijo y declaró que, cuando Juana llegó ante el rey en Chinon, ella misma estaba en la ciudad de Bourges, donde se encontrabala reina; en esta época había en el reino y en las regiones obedientes al rey una tan grande calamidad y penuria de dinero que era una lástima; prácticamente todos los súbditos del rey estaban casi en desesperación. Ella lo sabía, ella quien habla, porque su marido era entonces el receptor general y no había en el tesoro del rey o de los suyos más que cuatro escudos; igualmente, la ciudad de Orléans era asediada por los ingleses y no tenían medios para socorrerla. En esta catástrofe llegó Juana y, el testigo lo cree firmemente, vino de la parte de Dios, enviada para consolar al rey y los súbditos que le obedecían, porque no tenían esperanza más que en Dios. No obstante, ella, quien habla, no vio a Juana más que en la época en la que el rey volvió a Reims, ciudad donde había sido consagrado; el rey fue entonces a Bourges, donde se encontraba la reina, y el testigo con ella. Cuando el rey se acercaba, la reina salió a su encuentro en la ciudad de Selles en Berry, acompañada del testigo; mientras que la reina iba ante el rey, apareció Juana; ella saludó a la reina y fue conducida a Bourges y hospedada, por orden del señor de Albret, en la casa de aquella que testifica, aunque su difunto marido declaró que ella sería hospedada en la casa de un tal Jean Duchesne; permaneció en la casa del testigo durante tres semanas, durmiendo allí, y alimentándose. Casi cada día, la que testifica, dormía con Juana y no vio ni constató en ella nada de malvado; sino que Juana se comportó siempre como una mujer honesta y católica, ya que se confesaba muy seguido, amaba escuchar la Misa y solicitaba muchas veces al testigo ir a Maitines; el testigo iba allí muchas veces por solicitud suya y la conducía allí.

También dijo que a veces se contaban fabulas sobre Juana y se decía que ella iba sin miedo al asalto porque sabía bien que no sería herida; ella respondía entonces que no tenía más garantías que los otros soldados. Y cuando ella fue interrogada por los clérigos, les había respondido: “Hay más en los libros de Nuestro Señor que en los vuestros”.

Ella declaró, además, que escuchó decir a aquellos que la condujeron ante el rey que a primera vista la creyeron loca y tenían la intención de encerrarla; pero, cuando se pusieron en camino para conducirla, estuvieron dispuestos a hacer todo lo que complaciera a Juana y deseaban tanto como ella misma presentarla al rey; no habrían podido ir contra su voluntad. Al principio, decían ellos, tuvieron el deseo de buscarla carnalmente; pero, cuando pensaban en hablarle, sentían tal vergüenza que no osaban hacerle o decirle ni una palabra. El testigo también escuchó a Juana decir que el duque de Lorraine, que estaba enfermo, quería verla; ella le habló diciéndole que se conducía mal, que no se curaría si no se enmendaba y le exhortó a reconciliarse con su buena esposa.

Ella dijo también que Juana detestaba los juegos de dados.

Declaró que Juana era muy simple e ignorante, no sabia absolutamente nada que no sea, según pudo observar, sobre la guerra. El testigo recuerda también que muchas mujeres venían a su casa cuando Juana se hospedaba allí; traían rosarios y medallas para hacerlas tocar por ella; Juana se reía diciendo al testigo: “Tocadlas vosotras, serán igual de benditos que si los toco yo”. Juana daba también muy grandes limosnas, amaba sostener los indigentes y los pobres, diciendo que ella era enviada para su consolación.

Ella declaró, además, que vio muchas veces a Juana en el baño y en las termas; ella cree, según pudo constatarlo, que ella era virgen. Ella era toda inocencia, según su conducta, salvo para la guerra, como se dice más arriba, porque ella cabalgaba llevando la lanza igual de bien que el mejor de los soldados; y ellos lo admiraban enormemente por esta razón.

Deposición de Jean Marcel

Jean Marcel, ciudadano y burgués de Paris, de cincuenta y seis años aproximadamente, producido por los dichos señores comisarios el año y día susodichos, jurado e interrogado, etc.

Y, para empezar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos presentados en esta causa, dijo y declaró bajo juramento no tener ningún conocimiento de esta Juana en la época en que ella fue llevada a la ciudad de Rouen; la vio por primera vez cuando fue amonestada en la predicación de Saint-Ouen.

Asimismo, interrogado sobre el contenido de los quinto, sexto, séptimo, octavo y noveno artículos, declaró saber solamente lo que sigue: a saber, que el testigo residía en la ciudad de Rouen en la época en que Juana fue capturada cerca de Compiègne y conducida a Rouen. El maestro Pierre Cauchon era entonces el obispo de Beauvais y, según se decía, la reclamó para hacer su juicio; pero por cuál pasión fue movido o cómo procedió el testigo lo ignora.

Sobre el contenido del décimo artículo, el testigo declaró haber escuchado decir que la dama de Bedford hizo inspeccionar a Juana para saber si ella era virgen o no y se la encontró virgen; asimismo, escuchó decir por Jeannot Simon, sastre de túnicas, que esta dama duquesa de Bedford le había hecho hacer para Juana una túnica de mujer, con la cual quería hacerla vestir, tomándola dulcemente por el torso. Ella se indignó y abofeteó al dicho Jeannot.

Interrogado luego sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró solamente haber escuchado decir al maestro Jean Le Sauvage de la Orden de los frailes Predicadores, cuestionado muchas veces sobre Juana, que él había asistido al juicio llevado a cabo contra ella; pero hablaba de ello con mucha reticencia. Le confió, sin embargo, una cosa, a saber, que jamás había visto una mujer de esa edad dar tanta pena a aquellos que la interrogaban; y admiraba mucho sus respuestas y su memoria porque ella recordaba lo que había dicho. Y una vez, como el notario, tras haber redactado, releía lo que había escrito, Juana le dijo que ella no había respondido así, y se remitía a los asistentes; aquellos dijeron todos que Juana tenía razón y se hizo una corrección a su respuesta.

Sobre el contenido de todos los otros artículos, el testigo declaró, como dijo más arriba, que estuvo presente en el sermón hecho en Saint-Ouen, y que vio allí a Juana por primera vez; recuerda que el maestro Guillaume Érard, doctor en teología, hizo la predicación en presencia de Juana, la cual estaba, en su opinión, con vestimenta de hombre; pero lo que se hizo o dijo en el curso de ese sermón, no sabe nada porque estaba muy lejos del predicador; el testigo, sin embargo, escuchó al maestro Laurent Calot y algunos otros decir al maestro Pierre Cauchon que tardaba demasiado en pronunciar su sentencia, que juzgaba mal; y Pierre Cauchon respondió que mentían.

Declaró, además, que asistió a la segunda predicación, el día en que Juana fue quemada, y la vio en el fuego proclamando y diciendo muchas veces a alta voz: Jesús. Cree muy firmemente que ella murió católica, que ella tuvo un buen fin, como una buena cristiana. Esto lo sabe por la reacción de los religiosos que la acompañaban a la hora de su muerte; y vio a muchos, e incluso la mayor parte de los asistentes, llorar, colmados de dolor y pena, porque se decía que Juana había sido injustamente condenada.

El testigo, debidamente interrogado sobre el contenido de los mencionados artículos, no sabe nada más.

Deposición del duque de Alençon

El ilustre y poderosísimo príncipe y señor, el señor Jean, duque de Alençon, de cincuenta años aproximadamente, producido, recibido, jurado e interrogado ante los señores jueces, el tercer día del mes de mayo, el año del Señor 1456.

Interrogado, en primer lugar, sobre lo que sabe para testificar en cuanto al contenido del primer, segundo, tercer y cuarto artículos, dijo y declaró bajo juramento que cuando Juana vino a ver al rey, aquel se encontraba en la ciudad de Chinon; el testigo estaba entonces en la ciudad de Saint-Florent y durante un paseo para cazar codornices, en francés, uno de sus intendentes vino a advertirle la llegada ante el rey de una Doncella que se declaraba enviada por Dios para hacer huir a los ingleses y levantar el sitio puesto por ellos ante la ciudad de Orléans. Por lo tanto, al partir del día siguiente, el testigo fue ante el rey en Chinon, y allí encontró a esta Juana, quien charlaba con el rey. A la llegada del testigo, Juana preguntó quién era y el rey respondió que era el duque de Alençon. Entonces, Juana declaró: “¡Vos, sed muy bienvenido! Cuantos más de la sangre real de Francia se reúnan, mejor será”. El día siguiente, Juana fue a la Misa del rey y, cuando vio al rey, se inclinó; luego, el rey la llevó a una habitación con el testigo y el señor de La Trémouille, a quien el rey retuvo, ordenando a los demás a retirarse. Entonces, Juana dirigió muchos pedidos al rey y, entre otros, que él diera su reino al Rey de los cielos; tras esta donación, el Rey de los cielos actuaría como había hecho con sus predecesores y lo restauraría a su estado anterior; hubo muchas otras cosas que el testigo no recuerda, pero que se hablaron hasta la hora de comer. Tras comer, el rey fue a pasear a los prados y Juana corrió allí con la lanza; el testigo, viendo como ella se comportaba utilizando la lanza y corriendo con la lanza, le dio un caballo. Pero luego el rey decidió que Juana sería examinada por los eclesiásticos y fueron delegados a este efecto el obispo de Castres, confesor del rey, y los obispos de Senlis, Maguelonne y Poitiers, el maestro Pierre de Versailles, más tarde obispo de Meaux, el maestro Jourdan Morin, y muchos otros de quienes no recuerda los nombres. Preguntaron a Juana, en presencia del testigo, por qué ella vino y quién la había enviado al rey. Respondió que ella venía de parte del Rey de los cielos, que ella tenía voces y un consejo que le indicaban lo que ella tenía que hacer; de esto, no obstante, el testigo no recuerda. Pero más tarde, Juana, quien comía entonces con el testigo, le confió que ella había sido muy interrogada, pero que sabía y podía más cosas de las que ella había dicho a los que la interrogaban. El rey, sin embargo, tras haber escuchado el informe de los mencionados comisarios encargados de interrogarla, decidió que Juana iría a Poitiers, donde sería nuevamente interrogada. El testigo no asistió a este interrogatorio hecho en Poitiers. Sabe, empero, que más tarde, en el consejo del rey, se relató lo que habían dicho aquellos que la habían examinado; no encontraron nada en ella que sea contraria a la fe católica y, en virtud del estado de necesidad, el rey podía recurrir a ella. Tras este informe, el rey envió al testigo hacia el reino de Sicilia con el fin de preparar las provisiones para el ejército, que debía ser conducido a Orléans; encontró entonces al señor Ambroise de Loré y un señor Louis, de quien no recuerda más su nombre, que prepararon las provisiones. Pero se necesitaba dinero para esto y para conseguirlo, el testigo retornó ante el rey, anunciándole que las provisiones estaban prontas y que no faltaba más que dinero para los bienes y los soldados. El rey envió algunas personas para entregar el dinero necesario para cumplir con esta empresa; de esta forma, los soldados con los bienes estuvieron listos para partir hacia la ciudad de Orléans e intentar, si era posible, hacer levantar el sitio. Juana fue enviada con esos soldados y el rey hizo hacerle una armadura. De esta forma partieron los soldados y Juana; pero qué hicieron en el camino y en la ciudad de Orléans, el testigo no sabe nada, excepto lo que oyó decir, porque no estuvo presente y no fue con esos soldados. No obstante, vio luego los fuertes establecidos ante la ciudad de Orléans y constató su fuerza; cree que fueron tomados más por milagro que por la fuerza de las armas, especialmente el fuerte de Tournelles, al final del puente, y el fortín de los Agustinos; si en uno de aquellos el testigo hubiera estado con una pequeña tropa, bien habría podido resistir durante seis a siete días contra todo el poder de los enemigos, quienes, le parece a él, no habrían podido tomarlo; y, como escuchó reportar por los soldados y capitanes que estuvieron ahí, aquellos atribuían casi todos los eventos de Orléans a un milagro de Dios venido de lo alto y no a la obra de los hombres. Lo escuchó decir muchas veces por el señor Ambroise de Loré, hace un tiempo preboste de Paris. El testigo no vio más a Juana desde que ella dejó al rey hasta el levantamiento del sitio de Orléans. La volvió a ver en Selles en Berri, donde se unió a Juana y a los otros soldados que se encontraban cerca de Orléans. E hicieron tanto que reunieron hasta seiscientos lanceros de los soldados del rey, con la intención de ir a Jargeau, ciudad que ocupaban los ingleses; y esa noche durmieron en un bosque; el día siguiente, vinieron otros soldados conducidos por el señor bastardo de Orléans, el señor Florent d’Illiers y algunos otros capitanes; y todos juntos tenían alrededor de mil doscientos lanceros. Hubo entonces una discusión entre los capitanes porque unos opinaban que debían asaltar la ciudad, mientras que otros se oponían, afirmando que los ingleses tenían un gran poder y eran numerosos. Juana, viendo estas disensiones entre ellos, les dijo que no temieran el número y que no dificultaran el asalto a los ingleses porque Dios conduciría esta empresa; ella agregó que si no tuviera seguridad que Dios intervendría en el asunto, habría preferido vigilar sus ovejas y no exponerse a tantos peligros. Por esas palabras, ellos se pusieron en marcha hacia la ciudad de Jargeau, con la intención de tomar los arrabales y pasar la noche allí; pero los ingleses, aprendiendo esto, vinieron a su encuentro y, en un principio, los rechazaron. Viendo esto, Juana tomó su estandarte y partió al ataque, exhortando a los soldados a tener valentía; y allí hicieron tanto que esa noche los soldados se instalaron en los arrabales de Jargeau.  El testigo cree que Dios intervenía en el asunto porque durante la noche no hubo casi ninguna guardia, y si los ingleses hubieran estado fuera de la ciudad, el ejército del rey habría estado en muy gran peligro. Los soldados del rey prepararon la artillería y dirigieron en la mañana las bombardas y maquinas contra la ciudad; tras algunos días, realizaron un consejo sobre lo que se debía a hacer contra los ingleses que se encontraban en Jargeau para capturar la ciudad. Durante el consejo, se reportó que La Hire estaba en negociaciones con el señor de Suffolk; por esto, el testigo y otros que estaban a cargo de los soldados se enojaron con La Hire; y se le solicitó volver. Tras este incidente, se decidió lanzar el asalto contra la ciudad y los heraldos gritaron: “¡Al asalto!”. Juana dijo al testigo que declara: “Adelante, noble duque, ¡al asalto!”. Y, como le parecía al testigo que se actuaba prematuramente partiendo tan rápido al asalto, Juana le dijo: “¡No dudes! La hora está preparada cuando le place a Dios”; y agregó que era necesario trabajar cuando Dios lo quería: “Trabajad y Dios trabajará”; más tarde, ella dijo al testigo: “¡Ah! Noble duque, ¿tenéis miedo? ¿No sabéis que prometí a vuestra esposa devolveros sano y salvo?”. Era cierto, en efecto: cuando el testigo abandonó a su mujer para ir al ejército, esta le dijo a Juana que temía mucho por su marido, que ya había sido prisionero y que habían pagado grandes sumas por su rescate, y que habría preferido que se quedara. Entonces Juana respondió: “Dama, ¡no tengáis miedo! Os lo traeré a salvo, en el estado en que está, o incluso mejor!”.

Declaró también que durante el asalto contra la ciudad de Jargeau, Juana dijo al testigo, que se encontraba en cierto lugar, que abandonara esa ubicación; porque, si no se iba, “esta máquina”, dijo ella señalando una maquina instalada en la ciudad, “lo matará”. El testigo se fue y poco después, en el mismo lugar que había abandonado, murió por culpa de esta máquina un tal Monseñor de Lude; el testigo concibió un gran miedo y se maravilló de las palabras de Juana tras esto. Entonces, Juana partió al asalto y el testigo con ella. Durante la avanzada de los asaltantes, el conde de Suffolk gritó que quería hablar con el testigo que declara; pero no fue escuchado y el asalto prosiguió. Juana estaba sobre una escalera de asalto, teniendo en manos su estandarte, que fue golpeado; ella misma fue golpeada en la cabeza con una piedra, que rompió su capelina. Ella cayó a tierra; no obstante, se levantó diciendo a los soldados: “¡Amigos, amigos, arriba! ¡Arriba! Nuestro Señor ha condenado a los ingleses. ¡Ahora son nuestros, tened valor!”. En un instante, la ciudad de Jargeau fue tomada; los ingleses se retiraron a los puentes, seguidos por los franceses; y en la persecución, más de mil cien fueron asesinados.

Una vez la ciudad fue tomada, Juana y los soldados fueron a Orléans, después de Orléans a Meung, ciudad donde se encontraban ingleses, a saber, el Niño de Warwick y Scales. Con pocas tropas, el testigo pasó la noche en una iglesia, cerca de Meung, donde estuvo en gran peligro; el día siguiente, fue hacia Beaugency, donde se encontraron en los campos con otras tropas reales y realizaron un ataque contra los ingleses que se encontraban en la ciudad. Tras este ataque, los ingleses abandonaron la ciudad y se refugiaron en el castillo; se colocó entonces guardias ante el castillo para impedir a los ingleses de salir. Mientras se encontraban ante el castillo, el testigo y Juana descubrieron que el condestable llegaba con algunas tropas; esto les disgustó tanto a ellos como a los otros del ejército y quisieron retirarse de la ciudad porque tenían la orden de no recibir al señor condestable en su compañía. A los dichos del testigo, Juana declaró que si el condestable venía, ella se iría. Pero el día siguiente, antes de la llegada del señor condestable, se descubrió que los ingleses venían en gran número y junto con ellos el señor de Talbot. Las tropas gritaron: “¡A las armas!”; y entonces, Juana dijo al testigo, quien se quería ir a causa de la llegada del señor condestable, que era necesario ayudarse mutuamente. Los ingleses del castillo, no obstante, se rindieron por capitulación; partieron por un salvoconducto emitido por el testigo, quien en ese tiempo era lugarteniente del rey para ese ejército. Mientras los ingleses se retiraban, vino un hombre de la compañía de La Hire, para anunciar al testigo y a los capitanes del rey que los ingleses se acercaban, que estarían pronto a la vista, y que eran alrededor de mil soldados. Al oír este alboroto, Juana preguntó qué decía este hombre y, tras aprenderlo, declaró al señor condestable: “¡Ah, noble condestable! No habéis venido por mí; pero dado que has venido, sed bienvenido”. Muchos hombres del rey temerosos entonces decían que era buena idea traer los caballos, a lo que Juana declaró: “En nombre de Dios, ¡Es necesario combatirlos! Aunque estuviesen colgando de las nubes, los venceremos, porque Dios los envía para que los castiguemos”, afirmando que ella estaba segura de la victoria, agregando las siguientes palabras: “El noble rey tendrá hoy la mayor victoria que ha tenido jamás. Y me ha dicho mi consejo que son todos nuestros”. Y el testigo sabe que, sin gran dificultad, los ingleses fueron derrotados y matados, y entre ellos Talbot fue tomado. Hubo entonces una gran masacre de ingleses, tras la cual los soldados del rey llegaron a la ciudad de Patay en Beauce; en esta ciudad, el dicho Talbot fue traído delante del testigo y del señor condestable, en presencia de Juana. El testigo dijo a Talbot que no creía en la mañana que esto sería así; a lo cual Talbot respondió que era la fortuna de la guerra. Luego regresaron ante el rey, quien decidió ir a la ciudad de Reims para su coronación y su consagración.

Escuchó a veces a Juana decir al rey que ella duraría un año y no mucho más, y que era necesario pensar durante ese año allí para trabajar bien porque ella pretendía tener cuatro misiones, a saber: expulsar a los ingleses; hacer coronar y consagrar al rey de Reims; liberar al duque de Orléans de las manos de los ingleses; y hacer levantar el sitio puesto por los ingleses ante la ciudad de Orléans.

Dijo además que Juana era casta y detestaba muchos a las mujeres que seguían a los ejércitos. El testigo vio, de hecho, en Saint-Denis, al regreso de la coronación del rey, perseguir con la espada desenvainada a una muchacha que vivía con los soldados, al punto que en su persecución rompió la espada. Ella se irritaba enormemente cuando escuchaba a los soldados jurar; les reprendía mucho y sobre todo al testigo, quien a veces juraba; y cuando la veía, se contenía.

Dijo también que a veces en campaña durmió con Juana y los soldados en jergones de paja; a veces la vio vestirse, y en ocasiones veía sus pechos, que eran bellos; sin embargo, el testigo no sintió jamás deseo carnal hacia ella.

Dijo además que, en cuanto pudo observar, la estimó siempre como una buena católica y una mujer honesta, porque la vio muchas veces recibir el cuerpo de Cristo; y cuando ella miraba el cuerpo de Cristo, vertía muy frecuentemente abundantes lágrimas. Ella recibía la santa Eucaristía dos veces por semana y se confesaba seguido.

Dijo también que Juana, fuera de la guerra, era de un comportamiento simple y juvenil; pero para la guerra era muy hábil, tanto para llevar la lanza como para organizar el ejército, ordenar el combate y preparar la artillería. Todos tenían plena admiración de que ella pudiera comportarse tan hábil y prudentemente en las acciones militares, como si fuera una capitana guerrera desde hace veinte o treinta años, y, sobre todo, en cuanto a la preparación de la artillería, en lo cual era excelente.

Interrogado sobre esto, no sabe más nada.

Deposición de Jean Pasquerel

El venerable y religioso hermano Jean Pasquerel de la Orden de los hermanos ermitaños de San Agustín en el convento de Bayeux, producido ayer, recibido y jurado ante los señores comisarios y, hoy, cuarto día del mes de mayo, interrogado por los notarios bajo la orden de los señores comisarios.

Y, para comenzar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, a él leídos, dijo y declaró bajo juramento haber tenido las primeras noticias sobre Juana y haber sabido cómo ella vino ante el rey, cuando estaba en la ciudad de Puy; en esta ciudad, se encontraba la madre de Juana y algunos de aquellos que la había conducido ante el rey; y porque conocían un poco al testigo, le dijeron que era necesario venir con ellos a ver a esta Juana, y que no lo abandonarían hasta haberlo conducido hasta ella. El testigo fue entonces con ellos hasta la ciudad de Chinon y de allí hasta la ciudad de Tours, donde él era lector en un convento de la ciudad. En esta misma ciudad de Tours, Juana estaba hospedada en la casa de un burgués, Jean Dupuy; allí encontraron a Juana, y aquellos que habían traído al testigo se dirigieron a ella en estos términos: “Juana, os hemos traído este buen padre; cuando lo conozcáis bien, lo amaréis mucho”. Juana les respondió que estaba muy contenta de ver al testigo, que ella ya había escuchado hablar de él, y que quería confesarse con él el día siguiente. Al día siguiente, la escuchó en confesión y cantó la misa en su presencia; desde entonces, el testigo la siguió siempre y la acompañó hasta la ciudad de Compiègne, donde fue capturada.

Escuchó decir que Juana, cuando vino ante el rey, fue inspeccionada dos veces por mujeres para determinar su naturaleza, si ella era hombre o mujer, si ella era virgen o no; y se la encontró mujer, pero joven y virgen. La inspeccionaron, según aprendió, la dama de Gaucourt y la dama de Trêves. Luego fue conducida a Poitiers para ser examinada allí por los clérigos de la Universidad presentes y para saber la verdad sobre ella; la examinaron el maestro Jourdain Morin, el maestro Pierre de Versailles, quien falleció como obispo de Meaux, y muchos otros; tras este examen, concluyeron, en virtud de la necesidad apremiante en que se encontraba todo el reino, que el rey podía recurrir a ella, y que en ella no habían encontrado nada contrario a la fe católica. Esto hecho, ella fue llevada a Chinon y creyó poder hablar al rey; lo cual no pudo esa vez allí.

No obstante, tras una deliberación del consejo del rey, ella le pudo hablar. Ese día, cuando ella entró en la casa del rey para hablarle, un hombre que estaba a caballo dijo estas palabras: “¿No es ella la Doncella?”, y juró a Dios que si la tenía una noche, ella no seguiría siendo Doncella. Juana respondió entonces a este hombre: “¡Ah, en nombre de Dios, blasfemas y estás tan cerca de tu muerte!”. Una hora después, este hombre cayó al agua y se ahogó. Esto lo escuchó de la boca de Juana y de muchos otros que estaban presentes.

El señor conde de Vendôme condujo a Juana ante el rey y la hizo entrar a la cámara real. Cuando la vio, el rey preguntó a Juana su nombre, ella respondió: “Noble delfín, mi nombre es Juana la Doncella; y el Rey de los cielos os manda por mí que seréis consagrado y coronado en la ciudad de Reims, y seréis lugarteniente del Rey de los cielos, quien es rey de la Francia”. Tras muchas preguntas hechas por el rey, Juana dijo de nuevo: “Yo te digo, de parte de mi Señor, que sois el verdadero heredero de Francia e hijo del rey; y Él me envía para conduciros a Reims, donde recibiréis la corona y la consagración, si queréis”. Habiéndola escuchado, el rey declaró a los asistentes que Juana le había dicho ciertos secretos que nadie conocía ni podía saber, excepto Dios; por lo tanto, tenía una gran confianza en ella. Todas estas cosas el testigo las escuchó de Juana misma ya que no estuvo entonces presente.

Descubrió también que ella no estaba contenta con tantos interrogatorios, que esto le impedía cumplir el trabajo que le había sido confiado, que era necesario, y que era tiempo de que se pusiera a trabajar; ella decía además haber preguntado a los enviados de su Señor, a saber, Dios, que se le aparecían, lo que ella debía hacer y le respondieron que tomara el estandarte de su Señor; por esta razón, Juana mandó a hacer su estandarte sobre el cual estaba pintada la imagen de Nuestro Salvador como juez sobre las nubes del cielo; y había también un ángel pintado que tenía en sus manos una flor de lirio, que bendecía la imagen del Salvador. El testigo llegó a Tours en el momento en que se pintaba este estandarte.

Poco después, Juana partió con los soldados para hacer levantar el sitio ante Orléans; y el testigo permaneció en su compañía sin abandonarla hasta que fue tomada en Compiègne; le servía de capellán, escuchándola en confesión y cantando la Misa.

El testigo declaró también que Juana era muy piadosa hacia Dios y la Santa Virgen, se confesaba casi cada día y comulgaba frecuentemente. Cuando ella se encontraba en algún lugar donde había un convento de Mendicantes, ella solicitaba al testigo que le recordara los días en que los niños del coro de los Mendicantes recibían el sacramento de la Eucaristía para recibirlo con ellos. Declaró también que cuando se confesaba, lloraba.

El testigo dijo, además, que durante la partida de Tours para ir a Orléans, Juana le solicitó que no la abandonara, sino que permanezca siempre con ella como su confesor; lo cual él le prometió. Permanecieron en la ciudad de Blois dos o tres días aproximadamente, esperando que allí fuesen cargados los barcos con los víveres; ella dijo entonces al testigo que hiciera confeccionar un estandarte para reunir a los sacerdotes, en francés une bannière, sobre el cual haría pintar una imagen de Nuestro Señor crucificado; lo cual hizo. Luego Juana, cada día en dos ocasiones, durante la mañana y la tarde, hacía reunir a todos los sacerdotes por el testigo; reunidos, cantaban antífonas e himnos a la bienaventurada Virgen; y Juana estaba con ellos. No permitía a los soldados estar presentes entre los sacerdotes, a menos que hayan sido confesados ese mismo día, exhortándoles a todos a confesarse para venir a la reunión; en efecto, en esa reunión misma, todos los sacerdotes estaban prontos a confesar a quienes lo quisieran.

Cuando Juana abandonó la ciudad de Blois para ir a Orléans, hizo reunir a todos los sacerdotes con este estandarte y marchaban al frente de los soldados. Así reunidos, salieron por el flanco de la Sologne cantando Veni Creator Spiritus y muchos himnos; acamparon ese día en los campos, al igual que el día siguiente. El tercer día se acercaron a Orléans donde los ingleses habían puesto un sitio a lo largo del rio Loire; el ejército real llegó muy cerca de los ingleses para que tanto ingleses y franceses pudieran observarse, mientras que las tropas del rey conducían las provisiones. El rio estaba en ese momento tan bajo que los barcos no podían remontar el rio ni acercarse a la orilla donde se encontraban los ingleses; pero casi súbitamente, el agua se elevó de tal suerte que los barcos pudieron ir hasta el lugar donde se encontraban las tropas reales. Juana se subió en esos barcos con algunos soldados y entró en la ciudad de Orléans. El testigo, por orden de Juana, retornó con los sacerdotes y el estandarte a Blois, y pocos días después vino a la ciudad de Orléans por Beauce, junto con muchos hombres de armas, el estandarte y los sacerdotes, sin ninguna dificultad. Cuando Juana aprendió de su llegada, fue a encontrarlo y charlaron todos juntos en Orléans, sin obstáculos, e introdujeron las provisiones a la vista de los ingleses. Esto fue sorprendente porque todos esos ingleses, muy numerosos y poderosos, armados y prontos para combatir, vieron pasar a los soldados del rey, tropa bastante débil en comparación con ellos; vieron también y escucharon a los sacerdotes que cantaban, entre los cuales estaba el testigo portando el estandarte; y, sin embargo, ningún ingles atacó a esos soldados y sacerdotes.

Tras esta entrada en Orléans, los soldados del rey salieron de nuevo de la ciudad, por pedido de Juana, para ir a luchar contra los ingleses y asaltar aquellos que se encontraban en el fortín o bastilla de Saint-Loup. En cuanto al testigo, junto con otros sacerdotes, se reunió tras la comida en el alojamiento de Juana; cuando llegaron allí, ella gritó: “¡¿Dónde están los que me deben armar? ¡La sangre de nuestro pueblo corre sobre la tierra!”. Y ni bien fue armada, salió rápidamente de la ciudad y se reunió en el dicho lugar del fortín de Saint-Loup, donde estaba el ataque y asalto. En el camino, ella encontró muchos heridos y sintió un gran dolor; partió con los otros al asalto, de modo que por la fuerza y la violencia el fortín fue tomado y los ingleses que se encontraban allí fueron hechos prisioneros. Esto ocurrió, según recuerda el testigo, la vigilia de la Ascensión del Señor y hubo muchos ingleses asesinados; Juana sintió un gran dolor porque ella decía que habían muerto sin confesión, los lamentaba mucho y pronto se confesaba al testigo. Ella le pidió que exhortara a todos los soldados a confesar sus pecados y a volver a la gracia de Dios por la victoria obtenida, sino ella no permanecería con ellos, abandonaría su compañía. Ella agregó, en esta vigilia de la Ascensión del Señor, que en los próximos cinco días el sitio ante la ciudad de Orléans sería levantado, y que no quedaría ni un inglés allí; fue así porque, como el testigo ha dicho, el miércoles fue tomado el fortín de Saint-Loup, donde están las monjas. En ese fortín había más de cien hombres escogidos y bien armados, los cuales todos terminaron prisioneros o muertos. El mismo día, en la tarde, Juana estando en su alojamiento, declaró al testigo que el día siguiente era la fiesta de la Ascensión del Señor, que no habría combate, que ella no se armaría por respeto a esta fiesta, sino que ella quería ese día confesarse y recibir el sacramento de la Eucaristía; lo cual ella hizo. Ordenó que ninguno tuviera la audacia, el día siguiente, de salir de la ciudad e ir al ataque o al asalto, a menos que se haya confesado anteriormente; que también se cuidaran de que las mujeres de mala vida no los siguieran ya que Dios permitió, a causa de los pecados, que la guerra se perdiera. Y fue hecho como Juana ordenó.

Dijo también el testigo que en esta fiesta de la Ascensión del Señor, Juana escribió a los ingleses que se encontraban en los fortines o bastillas en estos términos:

“Vosotros hombres de Inglaterra, que no tenéis ningún derecho en el reino de Francia, el Rey de los cielos os advierte y os ordena por mí, Juana la Doncella, que abandonéis vuestros fortines y volváis a vuestro país, sino os haré tal destrucción del que siempre se recordará. Y esto os escribo por tercera y última vez; no os escribiré más”. Así firmado: “Jhesus Maria. Juana la Doncella”. Y además: “Os hubiera enviado mi carta de una manera más honrosa; pero vosotros detenéis a mis mensajeros, heraldos en francés; habéis retenido a mi heraldo llamado Guyenne. Si queréis devolvérmelo, yo os enviaré algunos de vuestros hombres, capturados en el fortín de Saint-Loup, pues no todos murieron”.

Luego tomó una flecha, pegó la carta en la punta de la flecha con un hilo, y ordenó a un ballestero que la lanzara a los ingleses, gritando: “Leed, son noticias”. Los ingleses recibieron la flecha con la carta; la leyeron y comenzaron a exclamar con grandes gritos diciendo: “¡He aquí las noticias de la puta de los Armagnacs!”. Escuchando esas palabras, Juana se puso a suspirar y a llorar abundantemente, invocando el socorro del Rey de los cielos. Ella fue entonces consolada, según ella decía, porque había tenido noticias de su Señor; en la tarde, tras cenar, solicitó al testigo que se levantara el día siguiente en la mañana más temprano que jamás lo haya hecho el día de la Ascensión, para confesarla bien temprano; lo cual hizo.

Ese día, un viernes, el día siguiente a la fiesta de la Ascensión, el testigo se levantó bien temprano, escuchó a Juana en confesión y cantó la Misa ante ella y sus hombres en la ciudad de Orléans; luego fueron al asalto, que se prolongó desde la mañana hasta la tarde. El mismo día fue tomado el fortín de los Agustinos, por un gran asalto; Juana, que tenía la costumbre de ayunar todos los viernes, no pudo ayunar ese día porque estaba muy fatigada, y cenó. Tras la comida, llegó un valiente y famoso caballero -el testigo no recuerda más el nombre- y dijo a Juana que los capitanes y hombres del rey estaban reunidos para tener consejo; habían visto que tenían muy pocos soldados en comparación con los ingleses, y Dios les había hecho ya una gran gracia con los éxitos obtenidos, agregando: “Considerando que la ciudad está colmada de víveres, podríamos custodiarla mientras esperamos un socorro del rey; no parece conveniente al consejo que mañana salgan las tropas”. Juana les respondió: “Habéis ido a vuestro consejo y yo al mío; y creedme que el consejo de mi Señor encontrará su cumplimiento y prevalecerá, pero el otro perecerá”. Luego, dirigiéndose al testigo, que estaba cerca de ella, le dijo: “Levantaos bien temprano y más temprano que hoy, y haced lo mejor que podáis. Permaneced siempre cerca de mí porque mañana habrá mucho que hacer, y cosas más importantes que nunca; mañana, la sangre correrá por encima de mi pecho”.

Llegado el sábado, el testigo se levantó en la madrugada, celebró la misa, y Juana partió al asalto del fortín de Pont donde estaba el inglés Clasdas; el asalto duró desde la mañana hasta la puesta del sol, sin interrupción. En este asalto, tras desayunar, Juana, como había predicho, fue golpeada por una flecha arriba de su seno; cuando se sintió herida, tuvo miedo y lloró, luego fue consolada, según ella decía. Algunos soldados, viéndola así herida, quisieron curarla con un conjuro, hechizándola en francés, pero ella se rehusó declarando: “Preferiría morir antes que hacer algo que sé que es un pecado o contrario a la voluntad de Dios”; agregando que sabía bien que era necesario que muriera, pero que no sabía cuándo, dónde y cómo, ni a qué hora; no obstante, si podía traer remedio a su herida sin pecar, ella aceptaba ser sanada. Se puso entonces sobre su herida aceite de oliva con tocino, y tras esta aplicación Juana se confesó al testigo, llorando y lamentándose. Retornó al ataque y al asalto, diciendo y gritando: “¡Clasdas, Clasdas! Ríndete, ríndete al Rey de los cielos. Me has llamado puta; siento gran lástima por tu alma y la de los tuyos”. Entonces Clasdas, armado de pies a cabeza, cayó al río Loire y se ahogó; por esto, Juana, movida por la compasión, se puso a llorar abundantemente por el alma de Clasdas y de los otros, ahogados allí en gran número. Ese día, todos los ingleses que se encontraban al final del puente fueron hechos prisioneros o murieron.

Entonces, el domingo, antes de la salida del sol, todos los ingleses que restaban en campaña se reunieron, fueron hasta las fosas de la ciudad de Orléans y partieron para la ciudad de Meung-sur-Loire, donde permanecieron algunos días. Ese domingo también hubo en la ciudad de Orléans una procesión solemne con sermón; después, se decidió dirigirse ante el rey y Juana se puso en marcha; los ingleses se reunieron y fueron a Jargeau, ciudad que fue tomada por asalto. Después, los ingleses fueron combatidos y vencidos cerca de la ciudad de Patay.

Juana queriendo entonces, como había dicho, realizar el coronamiento del rey, condujo a este desde Troyes en Champagne, de Troyes a Châlons, y de Châlons a Reims, donde el rey fue como por milagro coronado y consagrado, como Juana había predicho desde su llegada. El testigo escuchó frecuentemente a Juana decir que había recibido el encargo de actuar así; y cuando se le decía: “Nunca se han visto cosas semejantes a las que se han visto por vuestras acciones; en ningún libro se leen tales hechos”, ella respondía: «Mi Señor tiene un libro que ningún clérigo ha podido leer, por más docto que fuera en su condición de clérigo».

El testigo dijo, además, que cada vez que ella cabalgaba en campaña y se acercaba a una plaza fuerte, se alojaba siempre a parte con mujeres; la vio muchas veces en la noche arrodillada, rogando a Dios por la prosperidad del rey, y el cumplimiento de la misión que Dios le había confiado.

Declaró, además, que en el ejército en campaña, a veces no se encontraban los víveres necesarios; pero ella no quería jamás comer alimentos provenientes de saqueos. El testigo cree firmemente que ella era enviada por Dios porque hacia buenas acciones y estaba colmada de todas las virtudes; ella tenía gran compasión por los pobres soldados, incluso si eran del bando de los ingleses, y cuando ella los veía en extremo peligro o heridos, los hacía confesar. Ella temía mucho a Dios porque por nada del mundo quería hacer cosa alguna que desagradara a Dios; y cuando estuvo herida por un proyectil de ballesta a tal punto que la punta aparecía por el otro lado, algunos quisieron curarla por conjuro, prometiéndole que sería inmediatamente curada; pero ella respondió que era un pecado y que prefería morir antes que ofender a Nuestro Señor con tales conjuros.

Declaró también estar estupefacto que tan grandes clérigos, como aquellos que la condenaron a muerte en la ciudad de Rouen, hayan osado atacar a Juana y hacer morir a una cristiana tan modesta y simple de una manera tan cruel y sin causa, o al menos sin causa suficiente; podrían haberla mantenido en prisión o en otro lado; pero ella los había disgustado y, sobre todo, eran sus enemigos mortales. Por lo tanto, le parece al testigo que dieron una sentencia injusta.

De sus obras y gestos tienen pleno conocimiento el rey nuestro señor y el duque de Alençon, quienes están al tanto de algunas cosas secretas que ellos pueden revelar, si lo quieren. El testigo no sabe nada más, excepto esto: que Juana le dijo muchas veces que, si ella moría, el rey nuestro señor mandara hacer capillas para rogar al Altísimo por la salvación de las almas de todos aquellos que murieron en la guerra por la defensa del reino.

Así firmado: “Yo, el hermano Jean Pasquerel, así he escrito y testificado, el año del Señor 1456, el viernes, el día siguiente a la Ascensión del Señor. J. PASQUEREL”.

Deposición del padre Jean de Lenizeul

El venerable y religioso hermano Jean de Lénizeul, sacerdote de la Orden de san Pedro Celestino, de cincuenta y cinco años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado y escuchado el año susodicho, el séptimo día del mes de mayo.

Interrogado, para comenzar, sobre lo que sabía para testificar en su deposición sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos producidos en esta causa, declaró no tener ningún conocimiento en absoluto de Juana porque la vio solamente en las dos predicaciones hechas en Rouen.

Interrogado entonces sobre el contenido de los artículos siguientes, del quinto al vigesimotercero, declaró solamente que en la época en que Juana fue detenida en Rouen, él era el servidor del difunto maestro Guillaume Érart. Vino de Borgoña con su maestro hasta la ciudad de Rouen y cuando arribaron allí, el testigo escuchó hablar del juicio; pero lo que fue hecho en el curso del proceso, no sabe nada, porque abandonó la ciudad de Rouen y fue a Caen donde permaneció hasta la fiesta de Pentecostés aproximadamente. En esta fiesta, volvió a Rouen y encontró a su maestro que le declaró estar encargado de hacer una predicación sobre esta Juana; esto le desagradaba mucho y dijo también al testigo que querría estar en Flandre, que el asunto no le agradaba para nada.

Interrogado aún sobre el contenido de esos artículos, dijo y declaró bajo juramento que estuvo presente durante la predicación hecha por su mencionado maestro en Saint-Ouen; pero no recuerda más lo que fue dicho porque él estaba lejos. Recuerda el rumor popular al final del sermón: este era que Juana se había retractado, que había sido traída devuelta al buen camino, de lo cual muchos se regocijaban; pero lo que había retractado, lo ignora. Dijo también que tras esta retractación, vestimentas de mujer le fueron traídas por el maestro Pierre Maurice y Nicolas Loiseleur, y luego fue llevada a la prisión. Sin embargo, oyó decir que sus vestimentas de hombre le habían sido traídas de vuelta en prisión, que ella las había retomado; pero por cuál razón o quién la movió a ello, lo ignora. Sabe también que tras retomar esas vestimentas, los jueces se reunieron para saber lo que era necesario hacer; pero ignora lo que decidieron. No obstante, escuchó decir por el rumor que ella había sido juzgada relapsa porque había retomado las vestimentas de hombre y porque decía que sus voces se le habían aparecido.

Dijo también que vio a Juana durante la segunda predicación, a la cual asistió; y en la mañana, antes de la predicación, vio que se traía a Juana el Cuerpo de Cristo con mucha solemnidad, cantando letanías y diciendo “Rueguen por ella”, con una gran cantidad de antorchas; pero quién decidió u ordenó esto, lo ignora. El testigo no asistió a la recepción del Cuerpo de Cristo, pero escuchó decir luego que ella lo había recibido muy devotamente y con una gran abundancia de lágrimas. Poco después, Juana fue conducida sobre un estrado preparado en el Vieux Marché, y allí fue hecha la predicación por el maestro Nicolas Midi; pero no recuerda el contenido de esa predicación ya que se encontraba lejos del predicador.

Dijo también que no vio que Juana fuese llevada a la justicia secular, sino que, poco después de esta predicación, vio que ella era conducida al suplicio y, allí mismo, la vio quemar. Dijo, no obstante, que ella gritaba a alta voz: “Jesús” muchas veces.

No sabe nada más.

Deposición de Simon Charles

El noble y sabio señor Simon Charles, presidente de la Cámara de las cuentas de nuestro señor el rey, de sesenta años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado e interrogado el año y día susodichos.

Y, para empezar, interrogado sobre lo que sabe para testificar y testimoniar sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos producidos en esta causa, dijo y declaró bajo juramento saber solamente lo que sigue: el año en que Juana fue ante el rey, el testigo había sido enviado por el rey como embajador a Venecia, y volvió hacia el mes de marzo; aprendió entonces por Jean de Metz, quien había conducido a esta Juana al rey, que ella estaba ante él. Sabe también que, cuando Juana llegó a la ciudad de Chinon, se deliberó en consejo si el rey la escucharía o no. Se le preguntó primero por qué había venido y lo que ella quería. Aunque ella no quería decir nada si no hablaba con el rey, fue no obstante forzada por el rey de decir el motivo de su misión. Ella dijo que tenía dos mandatos de parte del Rey de los cielos: levantar el sitio de Orléans y conducir al rey a Reims para su coronación y consagración. Habiendo escuchado esto, algunos entre los consejeros del rey decían que el rey no debería confiar para nada en esta Juana; los otros, dado que se declaraba enviada por Dios y que tenía ciertas cosas para decir al rey, decían que el rey debía por lo menos escucharla. Sin embargo, el rey decidió que ella sería inicialmente examinada por los clérigos y los personajes de la iglesia; lo cual fue hecho. Finalmente, y no sin dificultad, fue decidido que el rey la escucharía. Cuando ella entró al castillo de Chinon para ir ante el rey, aquel dudaba aún, siguiendo la opinión de los grandes de su corte, si charlar con ella. Pero se anunció al rey que Robert de Baudricourt le había escrito, que enviaba a esta mujer, y que ella había pasado por los territorios de los enemigos del rey, que había atravesado por vados muchos ríos, casi milagrosamente para llegar al rey. Por esta razón, el rey fue movido a escucharla y dio audiencia a Juana. Cuando el rey supo que venía, se puso aparte, alejándose de los demás. Pero Juana le reconoció bien y le hizo reverencia. Ella charló con él por un largo espacio de tiempo. Tras haberlas escuchado, el rey parecía exultante. Entonces, el rey, no queriendo hacer nada sin la opinión de los eclesiásticos, envió a Juana a la ciudad de Poitiers para que fuese examinada allí por los clérigos de la Universidad. Luego de que el rey aprendiese que había sido examinada y que no se le encontró nada que no fuese bueno, la hizo armar y le dio hombres, recibiendo así cargos militares.

El testigo dijo que Juana era muy simple en todas sus acciones, salvo en la guerra donde ella era muy experimentada. El testigo escuchó de la boca del rey muchas buenas palabras sobre esta Juana en Saint-Benoît-sur-Loire; allí, el rey se compadeció de ella, del esfuerzo que realizaba, y le ordenó que descansara. Juana, entre lágrimas, dijo al rey que no dudase y que recuperaría todo su reino y sería rápidamente coronado. El testigo dijo también que ella reprendía fuertemente a los soldados cuando los veía hacer algo que le parecía indebido.

De lo que ocurrió en Orléans, no sabe nada, salvo lo que oyó decir, porque no estuvo presente. Pero escuchó decir al señor de Gaucourt lo que sigue: cuando ella estaba en Orléans, los hombres que estaban a cargo de las tropas reales decidieron que no parecía bueno hacer el ataque o el asalto el día en que fue tomada la bastilla de los Agustinos; y ese mismo señor de Gaucourt, fue comisionado para vigilar las puertas, con el fin de impedir hacer una salida. Juana, no obstante, no estaba contenta, sino que fue de la opinión de que los soldados debían salir con los hombres de la ciudad para ir al asalto contra la dicha bastilla, y muchos soldados y hombres del pueblo eran de esta opinión. Juana dijo entonces al señor de Gaucourt que él era un mal hombre, agregando: “Lo quieras o no, los soldados vendrán y vencerán como han vencido en otros lados”. Los soldados salieron de la ciudad contra la voluntad del señor de Gaucourt y fueron al asalto y a la conquista de la bastilla de los Agustinos, que tomaron por la fuerza y violencia. Y escuchó decir al señor de Gaucourt que él mismo estuvo en gran peligro.

El testigo declaró, además, que Juana se dirigió con el rey hasta la ciudad de Troyes ya que el rey quería atravesarlo para ir a Reims a hacerse coronar. Pero, una vez llegado el rey ante Troyes, las tropas vieron que no tenían víveres; estaban desesperados y casi prontos para retirarse. Juana dijo entonces al rey que no dudara, que el día siguiente obtendría la ciudad. Juana tomó entonces su estandarte, seguida por muchos hombres a pie, y ordenó que cada uno hiciera haces de leña para rellenar los fosos. Hicieron mucho y al día siguiente Juana gritó: “Al asalto”, fingiendo colocar los haces de leña en las fosas. Viendo esto, los ciudadanos de Troyes, temiendo el asalto, enviaron alguien para negociar una capitulación con el rey. Un trato fue concluido con los ciudadanos y el rey entró en la ciudad de Troyes con gran pompa, Juana portando su estandarte cerca del rey.

El testigo declaró que poco después el rey salió de Troyes con su ejército y se dirigió hacia Châlons, luego Reims; como el rey temía que pudiera ser que hubiera resistencia en Reims, Juana le dijo: “No temáis nada porque los burgueses de la ciudad de Reims vendrán a vuestro encuentro”; y antes que las tropas se hubiesen acercado a la ciudad, los burgueses se rindieron. El rey, en efecto, tenía miedo de la resistencia del pueblo de Reims porque no tenía lo que se llama en francés artillería, ni máquinas para el sitio, si los ciudadanos de Reims hubiesen sido rebeldes. Y Juana decía al rey de proceder valientemente, de no inquietarse con nada, porque si procedía valientemente, recuperaría todo su reino. El testigo dijo, además, creer que Juana fue enviada por Dios porque ella hacía las obras de Dios, se confesaba seguido, recibía el sacramento de la Eucaristía casi cada semana. Dijo también que cuando ella estaba armada y a caballo, jamás descendía del caballo para las necesidades naturales, y todos los soldados se admiraban de cómo podía estar tanto tiempo a caballo. No sabe nada más.

Deposición de los testigos interrogados en Paris en la ausencia de los notarios de la causa

Deposición del Señor de Termes: Thibaud d’Armagnac

[Testigos producidos en esta causa, recibidos, jurados e interrogados por nosotros, Jean, por la misericordia divina arzobispo de Reims, juez designado por la autoridad apostólica, en presencia del venerable y religioso hermano Thomas Verel, profesor de teología sagrada, de la Orden de los frailes Predicadores, vicario y substituto del señor inquisidor de la fe, y de Gérard de la Salle, sacerdote, notario público, designado por nosotros en la ausencia de los notarios de la causa, en la ciudad de Paris, el año del Señor 1456, los días contenidos en las deposiciones de los testigos. Las declaraciones, deposiciones y afirmaciones son las que siguen en esta forma:]

En primer lugar, el noble y prudente señor Thibauld d’Armagnac o de Termes, caballero, bailío de Chartres, de cincuenta años aproximadamente, interrogado sobre el contenido de los artículos presentados en esta causa el séptimo día de mayo.

Y para comenzar, sobre el contenido del primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber tenido conocimiento de Juana solamente cuando ella vino a la ciudad de Orléans para hacer levantar el sitio puesto por los ingleses. El testigo se encontraba en esta ciudad de Orléans para custodiarla en compañía del señor de Dunois. Cuando aprendieron de la llegada de Juana, el dicho señor conde de Dunois, el testigo, y muchos otros atravesaron el rio Loire y fueron a buscar a Juana, quien estaba al costado de Saint-Jean-le-Blanc y condujeron a Juana hasta la ciudad de Orléans. Tras esta llegada, el testigo la vio en el curso de los asaltos contra las bastillas de Saint-Loup y de los Agustinos, de Saint-Jean-le-Blanc y del puente. En estos asaltos, Juana fue tan valiente y se comportó de tal suerte que no hubiese sido posible a hombre alguno actuar mejor en la guerra. Y todos los capitanes admiraban su valentía, su actividad, y las penas y fatigas que ella soportaba.

El testigo cree que era un ser bueno y honesto, y lo que hacía pertenecía más a lo divino que a lo humano porque reprochaba seguido sus vicios a los soldados. Incluso escuchó decir por un tal maestro Robert Baignart, profesor de teología sagrada, de la Orden de los hermanos Predicadores, quien había recibido multitud de veces su confesión, que esta Juana era una mujer de Dios y lo que hacía venía de Dios. En fin, que su alma y su conciencia eran buenas.

Declaró también que tras el levantamiento del sitio de Orléans, el testigo junto con muchos otros soldados, se dirigieron en sociedad con Juana a Beaugency, donde estaban los ingleses. El día en que los ingleses perdieron la batalla de Patay, el testigo y el difunto La Hire, sabiendo que los ingleses estaban reunidos y prontos para combatir, dijeron a Juana que los ingleses venían y en orden, prontos para combatir. Aquella respondió a los capitanes: “Golpead valientemente; huirán y no permanecerán mucho tiempo aquí”. Entonces, por esas palabras, los capitanes se prepararon para combatir y pronto los ingleses huyeron. Juana había anunciado a los franceses que ninguno de ellos sería asesinado ni herido, salvo, podría ser, un pequeño número. Lo cual ocurrió porque de todos nuestros hombres, solamente fue asesinado un noble de la compañía del testigo.

Dijo también que él se encontró con nuestro señor el rey ante la ciudad de Troyes, y hasta la ciudad de Reims, en la compañía de la mencionada Juana. Y todo lo que fue hecho por Juana, cree que pertenecía más a lo divino que a lo humano porque, como dijo el testigo, ella se confesaba muy seguido, recibía el sacramento de la Eucaristía, y era muy piadosa al escuchar la Misa. Dijo también que fuera de la guerra, ella era simple e inocente; pero en la conducción y la disposición de las tropas, en la guerra y en la organización del combate y la motivación de las tropas, ella se comportaba como si hubiera sido el más hábil capitán del mundo, desde siempre entregado a la guerra. No sabe nada más.

Deposición de Aymond de Macy

El señor Aymond, señor de Macy, caballero, de cincuenta y seis años aproximadamente, fue presentado y admitido como testigo, y fue interrogado por nosotros, el arzobispo susodicho, en presencia del hermano Thomas Vérel (Dominico viceinquisidor), el año y el día susodichos.

Interrogado sobre los artículos primero, segundo, tercero, cuarto, producidos en la presente causa, respondió bajo la fe del juramento de la manera siguiente: Conocí a Juana, la vi por primera vez cuando ella estaba detenida como prisionera en el castillo de Beaurevoir, por el conde y en nombre del señor de Ligny. La vi muchas veces en prisión y muchas veces conversé con ella. Más de una vez, jugando, intenté tocarle los pechos, esforzándome en poner las manos en su seno. Juana no quiso consentirlo y me rechazó con todas sus fuerzas. Era una muchacha de honesta conducta tanto en sus palabras como en sus actos.

Juana fue conducida a la fortaleza de Crotoy, donde se encontraba entonces prisionero un personaje muy remarcable, con el nombre de maestro Nicolas de Queuville, canciller de la Iglesia de Amiens, doctor en ambos derechos. Celebraba seguido en la prisión y no menos seguido Juana asistía a su Misa, hasta el punto en que escuché decir al maestro Nicolas que había oído a Juana en confesión, que ella era una buena cristiana y de muy grande devoción. Él decía muchas cosas buenas de la mencionada Juana.

Juana fue entonces conducida al castillo de Rouen y encerrada en una prisión al costado de los campos. Mientras que ella estaba detenida en esta misma prisión, el señor conde de Ligny vino a Rouen. Y yo, quien habla, estaba en su compañía. Un día, el conde de Ligny quiso ver a Juana. Vino hacia ella en compañía de los señores condes de Warwick y de Stafford. El canciller de Inglaterra, entonces obispo de Thérouenne, su hermano, estaba presente. Yo lo estaba también. El conde de Ligny se dirigió a ella con estas palabras: “Juana, he venido aquí para poneros bajo rescate, con la condición de que prometáis no volver a tomar las armas contra nosotros”. Ella respondió: “¡En nombre de Dios, os burláis de mí! Bien sé que no tenéis ni la voluntad ni el poder para ello”. Ella repitió muchas veces esas palabras porque el señor conde persistía en sus dichos y ella agregó: “Sé bien que estos ingleses me harán morir, creyendo que tras mi muerte conquistarán el reino de Francia. Pero aunque tuvieran cien mil godons* más de los que tienen ahora, no obtendrán el reino”. Estas palabras indignaron al conde de Stafford, quien desenvainó su daga a medias para golpearla, pero el conde de Warwick se lo impidió.

*Godons era una manera despectiva de llamar a los ingleses. Proviene de la blasfemia “God damn”.

Un tiempo más tarde, cuando estaba aún en Rouen, Juana fue conducida a la plaza que está ante Saint-Ouen. Allí, fue hecha una predicación por Nicolas Midi. Entre otras cosas, le escuché decir: “Juana, sentimos la más grande compasión por vos; es necesario que os retractéis de lo que habéis dicho, u os entregaremos a la justicia secular”. Juana respondió que ella no había hecho ningún mal, que ella creía en los doce artículos de la fe y en los diez mandamientos de Dios. Ella agregó que se remitía a la corte de Roma y que ella quería creer todo lo que creía la santa Iglesia. Ella respondió: “Os tomáis mucha molestia por seducirme”. Para evitar el peligro, dijo que ella estaba contenta con hacer todo lo que se quisiera. Entonces, un secretario del rey de Inglaterra allí presente, su nombre era Laurent Calot, sacó de su manga una pequeña hoja escrita, y la dio a Juana para que ella la firmara. Juana respondió que no sabía ni leer ni firmar. No obstante esta respuesta, el secretario Laurent Calot le presentó la hoja y la pluma para que ella firmara. Y Juana, burlándose, hizo un círculo. Laurent Calot tomó entonces la mano de Juana que tenía la pluma y le hizo hacer un signo del cual no tengo recuerdos.

Creo que Juana está en el paraíso.

Deposición de Colette Milet

Colette, esposa de Pierre Milet, secretario de la elección de Paris, de cincuenta y seis años aproximadamente, por nosotros, el arzobispo mencionado, en presencia del mencionado hermano Thomas y del notario, fue recibida, jurada e interrogada el año del Señor 1456, el undécimo día del mes de mayo.

Interrogada, para comenzar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos producidos en esta causa, declaró que tuvo conocimiento de esta Juana cuando aquella vino a Orléans. Dijo que fue hospedada en la casa de Jacques Bouchier, donde el testigo iba a verla. Esta Juana hablaba siempre y sin parar de Dios, diciendo: “Mi Señor me ha enviado para socorrer a la buena ciudad de Orléans”.

Ella declaró también que vio muchas veces a Juana escuchar la Misa con muy gran devoción, como una buena cristiana y católica.

Dijo, además, que Juana, en la época en que vino a Orléans para hacer levantar el sitio, dormía en la casa de su anfitrión Jacques le Bouchier, la víspera de la Ascensión del Señor. De pronto se levantó y llamó a su escudero, un tal Mugot y le dijo: “En nombre de Dios, esto está mal. ¿Por qué no me levantaron más temprano? Nuestros hombres tienen mucho para hacer”; y le solicitó sus armas, se hizo armar, y su escudero le trajo su caballo. Ella se subió al caballo, armada, con una lanza en el puño y galopeó por la Grand Rue tan rápido como las chispas saltan del empedrado. Fue derecho a Saint-Loup e hizo proclamar por trompeta que no se tomara nada de la iglesia. Dijo también y declaró que el día de la captura del fortín o bastilla del puente, en la mañana, ella estaba en la casa del mencionado anfitrión cuando alguien le trajo un sábalo. Viendo esto, Juana dijo a su anfitrión: “Guárdelo hasta esta noche, porque os traeré un godón esta misma tarde y volveré a cruzar el puente”.

Dijo, además, que Juana era muy sobria para beber y para comer. Tenía un comportamiento honesto en sus obras y en su actitud, y el testigo cree firmemente que sus actos y sus obras eran más de Dios que de los hombres.

Debidamente interrogada, no sabe más nada.

Deposición de Pierre Milet

Pierre Milet, secretario de la elección de Paris, de setenta y dos años aproximadamente, testigo producido, recibido, jurado e interrogado por nosotros, en presencia de los dichos subinquisidor y notario, el undécimo día del mes de mayo.

Y, para iniciar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos producidos en esta causa, declaró bajo juramento que tuvo conocimiento de esta Juana la Doncella solamente cuando ocurrió el sitio puesto por los ingleses ante la ciudad de Orléans, ciudad donde se encontraba el testigo con otros sitiados. Durante este período, Juana vino a Orléans y fue hospedada en la casa de Jacques Bouchier. Ella vivía allí sabiamente, santamente, y sobriamente, de la manera más honesta, escuchando misa cada día con gran devoción, recibiendo muy seguido el sacramento de la Eucaristía.

Dijo, además, que poco después de su llegada a Orléans, ella envió mensajeros a los ingleses que sitiaban, intimándoles por escrito y haciéndoles llegar una carta redactada bien simplemente. El testigo leyó el contenido, el cual notificaba a los ingleses la voluntad de Dios, en estas palabras, siguiendo su lenguaje: “Mi Señor os manda que vayáis a vuestro país porque es su deseo. Si no, os haré una tal destrucción…”.

En cuanto a la captura de la bastilla o fortín de Saint-Loup, declaró que Juana dormía en la casa de su anfitrión cuando se levantó súbitamente y dijo que sus hombres tenían cosas para hacer. Se hizo armar y salió de la ciudad e hizo proclamar que nadie debía tomar los bienes de la iglesia.

En cuanto a la bastilla del puente, testificó igual que su esposa.

Dijo, además, que Juana reprendía a los delincuentes que conocía y, sobre todo, a los soldados cuando blasfemaban o juraban, o diciendo cualquier blasfemia. Ella expulsaba también a las mujeres que estaban con los soldados y les hacía muchas amenazas para obligarlas a abandonar a esos soldados.

Cree firmemente que sus obras y sus hechos eran más divinos que humanos. También escuchó decir al señor de Gaucourt y otros capitanes que ella era muy sabia en materia de guerra; y cada uno admiraba su habilidad.

No sabe más nada.

Deposición de Aignan Viole

El maestro Aignan Viole, licenciado de leyes, abogado de la venerable corte del Parlamento, de cincuenta años aproximadamente, jurado e interrogado por nosotros, el arzobispo, en presencia del subinquisidor y notario.

Sobre el contenido de los artículos anteriormente mencionados, interrogado, declaró haber tenido conocimiento de esta Juana la Doncella en la época del sitio de Orléans. Durante ese sitio, Juana vino a la ciudad de Orléans y fue hospedada en la casa de Jacques Bouchier. Recuerda bien que un día, tras la comida, el día en que el fortín de Saint-Loup fue tomado, ella dormía y súbitamente se levantó y dijo: “En nombre de Dios, nuestros hombres tienen mucho que trabajar. Traedme mis armas y traed el caballo”. Ni bien el caballo fue traído y las armas tomadas, se fue en campaña con los otros soldados que se encontraban cerca del fortín Saint-Loup; y poco después fue tomado el fortín y los ingleses vencidos.

Dijo también que antes de la captura del fortín del puente, ella había declarado que ese fortín sería capturado y que ella volvería por el puente, lo cual parecía a todos imposible o, al menos, muy difícil. También declaró por adelantado que ella sería herida y así fue.

Dijo, además, que un cierto domingo, tras la captura de esos fortines del puente y de Saint-Loup, los ingleses se formaron para la batalla ante la ciudad de Orléans; por ello, muchos, e incluso la mayoría de los soldados, queriéndolos atacar, salieron de la ciudad, mientras que Juana, herida y vistiendo un jaserán, se encontraba con sus soldados. Ella los formó para la batalla, pero les prohibió atacar a los ingleses porque, decía ella, el deseo y la voluntad de Dios era dejarlos partir si querían huir. Y esta vez, los soldados regresaron a la ciudad de Orléans. Se decía que ella era tan hábil como era posible en la organización de sus tropas para el combate. Ni siquiera un capitán experimentado y sabio en materia de guerra habría sabido hacerlo mejor; por ello, los capitanes estaban sorprendidos y colmados de admiración.

Declaró, además, interrogado sobre ello, que ella se confesaba frecuentemente, que recibía muy seguido el sacramento de la Eucaristía, y se comportaba de una manera muy honesta en todos sus actos y propósitos. En cuanto al resto, fuera de la guerra, ella era tan simple que maravillaba. También, a causa de esto y en virtud de lo que ella hizo y consiguió, el testigo cree que estaba conducida por el espíritu de Dios, que había una fuerza divina en ella y no humana.

No sabe más nada.

Nueva convocatoria de los testigos de Rouen

Deposición del Padre Pierre Miget

Y, para comenzar, el hermano Pierre Miget, profesor de teología sagrada, prior del priorato de Longueville-Giffard en la diócesis de Rouen, de la Orden de Cluny, de setenta años, ya escuchado como testigo a comparecer el dieciséis de diciembre del año 1455, y luego vuelto a llamar el doce de mayo siguiente, testigo recibido, producido e interrogado.

Y, para iniciar, sobre el contenido de los segundo, tercero y cuarto artículos presentados por parte de los demandantes, interrogado sobre los padres de Juana, no sabe decir nada en deposición ni testimonio ni sobre esta Juana, salvo desde el momento en que fue llevada a Rouen, donde la vio muchas veces durante el juicio llevado a cabo contra ella. Le parece que ella respondía a los que la interrogaban como católica y con prudencia sobre las preguntas en materia de fe, considerando su edad y su estado, aunque opina que ella persistía demasiado en las visiones que ella pretendía haber tenido. Ella le pareció muy simple y, si ella hubiera estado en libertad, cree que habría sido tan buena católica como cualquier otro. Escuchó decir que ella había recibido el Cuerpo de Cristo por solicitud suya. Sabe también que en el día en que fue liberada a la justicia secular, se puso a gritar y a lamentarse, invocando el nombre de Dios. Se comportaba de tal manera que muchos estaban muy tristes. El testigo no pudo verla e incluso se fue, movido por la compasión hasta las lágrimas, igual que muchos otros y especialmente el señor obispo de Thérouanne, quien falleció como cardenal.

Interrogado sobre el contenido de los quinto y sexto artículos y lo que sabía, declaró sobre el quinto que él estuvo presente durante el desarrollo del juicio hecho a Juana, o al menos en su mayor parte y en las deliberaciones, en las cuales escuchó que se mencionaba algunas informaciones. No vio, no obstante, estas ni las escuchó ser leídas.

En cuanto al sexto artículo, declaró creer, por lo que observó en cuanto a los hechos que siguieron, que los ingleses persiguieron a esta Juana con un odio mortal, la odiaban y deseaban su muerte por todos los medios porque ella había venido a ayudar al rey muy cristiano de Francia. Y, como escuchó decir a un tal caballero inglés, los ingleses le temían más que a cien soldados. Ellos alegaban que se servía de sortilegios, temiéndola a causa de las victorias obtenidas gracias a ella. Decidieron intentar un juicio contra ella y los jueces, en su opinión, lo comenzaron movidos y presionados por los ingleses. Aquellos, en efecto, la tuvieron siempre en su custodia y su prisión, no permitiendo que fuese detenida en una prisión eclesiástica.

El testigo agregó que, tras el primer sermón hecho en Saint-Ouen, Juana había sido exhortada a retractarse, pero ella lo había diferido. Un eclesiástico dijo al maestro Pierre Cauchon, obispo de Beauvais, que él era el responsable. El obispo respondió: “¡Usted miente! Yo debo, por mi estado, buscar la salvación del alma y del cuerpo de esta Juana”. Y el testigo mismo fue denunciado al señor cardenal de Inglaterra como responsable de la conducta de Juana; de lo cual, el testigo se justificó ante el señor cardenal, temiendo que su cuerpo estuviera en peligro. Y cree que nadie habría osado ayudar o defender a Juana, a menos que estuviese autorizado. Cree también que algunos jueces no estuvieron enteramente libres y que otros, no obstante, estaban voluntariamente. Le parece, considerando el odio de los ingleses contra ella, que se puede declarar con justicia que el juicio fue injusto y, por ende, la sentencia también. Le parece también que se pretendía mostrar la infamia del rey de Francia con este juicio.

Sobre el contenido del séptimo artículo, no sabe nada por fuera de la deposición hecha anteriormente.

Sobre el artículo noveno y en cuanto a la edad de Juana, declaró creer que ella tenía veinte años. Y ella era bastante ingenua por creer que los ingleses deberían liberarla mediante un rescate, y que no se esforzarían por hacerla morir. Sobre la prisión declaró que los ingleses la detuvieron en una prisión privada, laica, encadenada, y nadie le hablaba; al contrario, ella estaba vigilada por algunos ingleses que no permitían a nadie hablarle.

No sabe, sin embargo, si tenía grilletes de hierro.

Sobre el contenido del décimo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los decimoprimero, decimosegundo, decimotercero y decimocuarto artículos, no sabe nada más que lo que testificó antes.

Sobre el contenido del decimoquinto, declaró recordar bien que Juana muchas veces declaró remitirse a nuestro señor el Papa para sus palabras y sus acciones.

Sobre el contenido del decimoséptimo artículo, declaró haber escuchado muchas veces a Juana afirmar y declarar, durante el juicio en el curso de los interrogatorios, que ella no quería sostener nada contrario a la fe católica y, si en sus palabras y actos había cosa desviada de la fe, ella quería separarse de ella. Proclamó muchas veces expresamente que ella sometía sus dichos y sus hechos al juicio de la Iglesia y de nuestro señor el Papa.

Sobre el contenido de los vigésimo y vigesimoprimer artículos, los otros siendo omitidos, se remitió a las declaraciones de Juana y a los artículos fabricados, como se puede constatar.

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, declaró haber escuchado decir que, en el curso del juicio, había personas escondidas detrás de las cortinas para, se decía, escribir ciertas cosas sobre las palabras y declaraciones de Juana. Pero quién lo hizo, no sabe nada. Y escuchó esto del maestro Guillaume Manchon, notario de ese juicio junto con otros dos. El testigo mismo se quejó a los jueces, diciendo que esto no le parecía una buena manera de proceder. Sea como fuere con respecto a esos notarios escondidos, cree verdaderamente que los notarios que firmaron el juicio fueron fieles y que redactaron fielmente lo que ocurrió en el curso del juicio.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró verdadero que fueron pronunciadas contra ella dos sentencias, como está mencionado en el proceso, y que luego fue liberada a la justicia secular. Ignora si alguna sentencia fue pronunciada por la justicia secular, pero tan pronto se pronunció la sentencia por el obispo, Juana fue abandonada por él, agarrada por los soldados ingleses y conducida al suplicio con gran furia. En cuanto a la abjuración, mencionada en un artículo, declaró que Juana la pronunció. Estaba redactada por escrito y duró tanto o casi tanto como un “Padre Nuestro”.

Sobre el contenido del vigesimosexto artículo, sabe solamente lo que escuchó decir, a saber, que un hombre fue de noche a verla, vestido de prisionero y fingiendo ser un prisionero del bando del rey de Francia, para persuadir a Juana de persistir en sus declaraciones y que los ingleses no osarían hacerle mal. Como aprendió de Guillaume Manchon, uno de los notarios, ese fue un tal maestro Jean Loyselleur quien fingió ser el prisionero. No sabe nada sobre los hábitos de hombre que le fueron traídos, de lo cual se hace mención en el artículo. No le parece que por haber vestido una vestimenta de hombre ella debiera ser juzgada herética. Al contrario, le parece que aquel quien por esta sola razón la hubiera juzgado herética, debería ser castigado con la pena del talión.

Sobre el contenido del vigesimoséptimo artículo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los vigesimoctavo, vigesimonoveno, trigésimo, trigésimo primero, trigésimo segundo, y trigésimo tercer artículos, además de su deposición, declaró que muchos de aquellos presentes en el juicio estaban fuertemente irritados, juzgando la ejecución como muy rigurosa y malvada. Y era voz pública que el juicio era malvado.

El testigo dijo, además, que hace un tiempo, en un viejo libro donde se relataba la profecía de Merlin, encontró escrito que una tal Doncella debía venir de Bois Chenu, la región de Lorraine.

Sobre todos y cada uno de los artículos, a él leídos y expuestos, sobre su contenido, el testigo no sabe nada más que su deposición anterior.

Deposición de Guillaume Manchon en 1456

El maestro Guillaume Manchon, sacerdote, notario de la corte arzobispal de Rouen y cura de la iglesia parroquial de Saint-Nicolas de Rouen, de sesenta años aproximadamente, anteriormente, según dice, el día diecisiete de diciembre del año del Señor mil cuatrocientos cincuenta y cinco, citado como testigo futuro y enfermo por los señores arzobispo de Reims y obispo de París, y por el hermano Jean Bréhal, a solicitud del procurador de los demandantes, y posteriormente, el miércoles doce del mes de mayo, presentado como testigo, recibido y escuchado.

Y, para comenzar, sobre el contenido de los segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber tenido conocimiento alguno de los padres y parientes de Juana. En cuanto a Juana, la conoció solamente cuando fue conducida a la ciudad de Rouen. Se decía que ella había sido capturada en la diócesis de Beauvais, por lo que el señor Pierre Cauchon, entonces obispo de Beauvais, pretendía ser su juez y empleaba todas sus fuerzas para que ella le fuera traída, escribiendo al rey de Inglaterra y al duque de Borgoña. Y finalmente la obtuvo. Esto fue, no obstante, por medio de un pago de mil libras o escudos y trescientas libras de renta anual que el rey de Inglaterra dio a un soldado del duque de Borgoña que había capturado a Juana. Luego fue comenzado el juicio en materia de fe contra Juana, y el testigo fue tomado como notario para la conducción de ese juicio junto con un tal Guillaume Boisguillaume. De esta manera, obtuvo conocimiento de Juana. Ella le parecía que era muy simple, aunque respondía a veces con mucha prudencia y a veces con bastante simplicidad, como se puede verlo en el proceso. Cree que en una causa tan difícil, ella no habría podido defenderse por si misma contra tantos doctores si no hubiera estado inspirada.

El juicio, obtenido de él en virtud de un mandato judicial, él estando presente, el testigo afirmó que era el verdadero juicio, redactado entonces para proseguir la causa. Reconoce que lo firmado por él y sus colegas contiene la verdad y que lo había redactado con otros dos ejemplares, el cual uno fue dado al señor inquisidor, otro al rey de Inglaterra, y otro al señor obispo de Beauvais. Esos procesos fueron redactados a partir de una minuta en francés, minuta que dice haber enviado a los señores jueces y que estaba escrita de su propia mano. Ese juicio fue traducido del francés al latín por el maestro Thomas de Courcelles y el testigo, en la forma en que se encuentra actualmente, lo mejor posible, siguiendo la verdad, mucho tiempo después de la muerte y la ejecución de Juana. El testigo dijo también que el maestro Thomas no hizo casi nada en ese juicio, en lo referente al libelo y al resto, ni intervino mucho.

El testigo, interrogado sobre el juicio hecho en francés, que se le ha mostrado y en el cual se encuentran al principio de algunos artículos muchos “Nota”, respondió lo que sigue sobre el sentido de esos “Nota”: en el curso de los primeros interrogatorios de Juana, y el primer día, en la capilla del castillo de Rouen, hubo un gran tumulto, y Juana era interrumpida casi en cada palabra cuando ella hablaba de sus apariciones. Había allí, en efecto, algunos secretarios del rey de Inglaterra, dos o tres, quienes registraron a su parecer las palabras y deposiciones de Juana, omitiendo sus motivos de excusa y lo que valía para su defensa. El testigo se quejó de ello entonces diciendo que si no se ponía orden, no conservaría más el cargo de redactar en este asunto. Por esta razón, al día siguiente, se cambió de lugar y se reunieron en una sala del castillo próxima a la gran sala. Y había dos ingleses para vigilar la entrada. Y, a veces, porque había dificultades en cuanto a las respuestas de Juana y de sus palabras, y ya que algunos decían que ella no había respondido como el testigo había escrito, donde le parecía haber una dificultad ponía esas “Nota”, al principio.

Si esta Juana vivió como católica, el testigo lo ignora, salvo que seguido, durante el juicio, la escuchó solicitar escuchar la Misa los domingos de Ramos y de Pascua, solicitando también confesarse y recibir el Cuerpo del Señor durante el día de Pascua. Y, sin embargo, no se le permitió confesarse, si no era con un tal maestro Nicolas Loyselleur, y ella se quejaba mucho de ese rechazo.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró que los jueces pretendían, como está contenido en el proceso, haber mandado a hacer informaciones. Pero no recuerda haberlas visto ni leído, y sabe solamente que, si hubiesen sido producidas, las habría insertado en el proceso. En cuanto a saber si los jueces procedían por odio o de otra manera, se remite a sus conciencias. Sabe, no obstante, y cree firmemente que si hubiera sido del partido de los ingleses, no habría tratado a Juan así ni habría convocado un tal juicio contra ella. En efecto, ella fue conducida a la ciudad de Rouen y no a Paris porque, cree él, el rey de Inglaterra estaba en esta ciudad de Rouen con los principales de su consejo. Y ella fue colocada en la prisión del castillo de Rouen. Y el testigo fue forzado a participar en este caso como notario, haciéndolo contra su voluntad, porque no osaba ir contra la orden de los señores del consejo del rey. Eran los ingleses que perseguían ese juicio y él fue llevado a expensas de ellos. Cree, sin embargo, que el obispo de Beauvais no estaba forzado a llevar ese juicio contra Juana ni el promotor, sino que ambos lo hicieron voluntariamente. En cuanto a los asesores y otros consejeros, cree que no habrían osado rechazar ir y no había ninguno que no tuviera miedo porque, al principio del juicio, hubo una reunión en una casa cerca del castillo, donde se encontraba el señor obispo de Beauvais, el abad de Fécamp, el maestro Nicolas Loyseleur y muchos otros, quienes convocaron al testigo. Y a este último, el obispo le dijo que era necesario servir al rey, que tenía la intención de hacer un bello juicio contra Juana y que se designaría otro notario para asistirlo, quien se llamaba entonces Boisguillaume.

El testigo declaró también que muchas veces antes del inicio del juicio, y seguido durante el proceso, Juana solicitó ser conducida a una prisión episcopal o eclesiástica. Sin embargo, sobre ese punto no se la escuchó y no se aceptó su pedido ya que, como dijo y cree el testigo, los ingleses no la habrían liberado y el obispo no habría querido que ella fuera colocada fuera del castillo.

Dijo también que ningún consejero habría osado hablar de esto porque todos temían disgustar al obispo y a los ingleses. Al momento del juicio, en efecto, vino a Rouen el difunto maestro Jean Lohier. Convocado por el obispo, y requerido de dar su opinión sobre el juicio de Juana, hizo algunas respuestas que el testigo ignora porque no estaba presente. Pero al día siguiente, fue ante este Lohier en la iglesia y le preguntó si había visto el proceso. Este Lohier respondió que lo había visto y que era nulo, que no podía ser sostenido porque se hacia en el castillo, lugar que no era seguro para los jueces, consejeros y expertos. Además, porque el juicio concernía a muchas personas que no habían sido citadas; asimismo, porque no había consejo [de abogado], y por muchas otras razones. Finalmente, Lohier dijo al testigo que no permanecería en la ciudad de Rouen y que partiría ya que tenían la intención de hacer morir a Juana. Partió entonces, y el testigo estaba persuadido de que, después de ese día, no habría osado permanecer en la ciudad y bajo la dominación inglesa. Aproximadamente dos días después de estos hechos, el señor obispo, interrogado por doctores y consejeros que preguntaban si había hablado con el mencionado Lohier, respondió afirmativamente, agregado que Lohier había querido colocar el juicio en interlocutorio y combatirlo y que no haría nada por él.

Declaró también que un tal maestro Jean de La Fontaine había sido enviado para proceder en los interrogatorios de Juana en lugar del señor obispo de Beauvais. Por esta razón, en la semana santa, junto con dos religiosos de la Orden de los hermanos Predicadores, a saber, Isambert de La Pierre y Martin Ladvenu, fueron a ver a Juana y quisieron incitarla a someterse a la Iglesia. Cuando el señor de Warwick y el señor obispo de Beauvais tuvieron conocimiento de esto, se enojaron y, por miedo, el mencionado La Fontaine abandonó esta ciudad y no volvió más. Y los otros dos hermanos estuvieron también en gran peligro.

Declaró también que un tal maestro Nicolas de Houppeville fue requerido de participar en el juicio y, por haberse rehusado, estuvo en gran peligro. Agregó que el maestro Jean Le Maistre, subinquisidor, evitó, tanto como pudo, participar porque esto le disgustaba mucho.

Declaró también que una vez, el maestro Jean de Châtillon, durante los interrogatorios de Juana, como la favorecía de cierta manera, diciendo que puede ser que ella no está obligada a responder, o diciendo otras palabras que no recuerda, no agradó al señor obispo de Beauvais y a algunos partidarios: por estas palabras, hubo un gran tumulto y el obispo dijo entonces a este Châtillon que se callara y dejara hablar a los jueces.

Declaró también recordar que a otro que hablaba a Juana e intentaba dirigirla y advertirla en cuanto a su sumisión a la Iglesia, en una sesión, el obispo le dijo: “¡Cállese en el nombre del diablo!”. No recuerda el nombre de aquel.

Declaró también que una vez un hombre, cuyo nombre se le escapa, dijo sobre Juana algo que disgustó al señor de Stafford. Este último persiguió a aquel que había hablado con la espada desenvainada hasta un cierto lugar de inmunidad, y lo habría golpeado si no se le hubiera dicho que se encontraba en un lugar sagrado y de inmunidad.

Declaró también, interrogado sobre eso, que aquellos que le parecieron de espíritu partidario eran Beaupère, Midi y de Touraine.

Interrogado sobre lo que podría decir en deposición en cuanto a los séptimo y octavo artículos, declaró no saber nada fuera de su deposición anteriormente hecha.

Asimismo, interrogado sobre el contenido del noveno artículo, respondió saber en cuanto a ello que una vez el obispo de Beauvais, el conde de Warwick y él, testigo, charlaron en la prisión donde estaba Juana, y allí la encontraron con cadenas de hierro. Escuchó decir que en la noche ella tenía el cuerpo atado por una cadena de hierro, pero no la vio así atada. No había en esta prisión ni cama, ni nada para dormir. Pero había allí cuatro o cinco guardianes, hombres de poca importancia.

Asimismo, interrogado sobre el contenido del décimo artículo, respondió no saber nada.

Sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró que, tras la nominación del testigo y de Boisguillaume como notarios para redactar el juicio de Juana, el señor de Warwick, el obispo de Beauvais y el maestro Nicolas Loyseleur dijeron al testigo y al notario asociado lo que sigue: como Juana hablaba admirablemente de sus apariciones, decidieron, para saber más plenamente la verdad, que el maestro Nicolas se haría pasar por ser de la región de Lorraine, como Juana, y en la obediencia del rey de Francia. El entraría en la prisión con hábito corto, los guardias se retirarían, y Juana y él permanecerían solos en la prisión. En una pieza contigua a la prisión, había una abertura hecha especialmente, y se ordenó al testigo y a su asociado meterse allí para escuchar lo que diría Juana. Allí, se encontraba también el obispo y el conde, y no podían ser vistos por Juana. Loyseleur comenzó entonces a interrogar a Juana, haciendo parecer que daba algunas noticias sobre el estado del reino y sobre sus revelaciones. Juana le respondía creyendo que era de su país y en la obediencia del rey de Francia. Pero como el obispo y el conde habían dicho al testigo y a su asociado que registraran las respuestas, el testigo respondió que no debía hacerlo y que no era honesto comenzar así el juicio. Sin embargo, si ella decía las mismas cosas en las formas de justicia, lo registrarían voluntariamente. Agregó que luego Juana tuvo siempre gran confianza en este Loyseleur, de modo que la escuchó varias veces en confesión después de esos engaños, y generalmente no se llevaba a Juana ante la justicia sin que antes hubiera hablado con ese Loyseleur.

Declaró también que durante el juicio ella se fatigó por las preguntas numerosas y diversas. Casi cada día había un interrogatorio en la mañana que proseguía durante tres o cuatro horas aproximadamente. Y, a veces, sobre las deposiciones de Juana, escogían algunas preguntas difíciles y sutiles para interrogarla de nuevo tras la comida, durante dos o tres horas. Frecuentemente se pasaba de una pregunta a otra cambiando el tema. Y, a pesar de esos cambios, ella respondía con sabiduría y conservando la mayor memoria porque decía seguido: “Yo os he respondido de otra manera sobre esto”. Agregando: “Yo me remito al clérigo”, es decir, al testigo que habla.

Sobre el contenido de los decimoquinto, decimosexto, y decimoséptimo artículos, no sabe nada y se remite a su proceso.

Sobre el contenido de los vigésimo y vigesimoprimer artículos, el testigo fue hace un tiempo interrogado.

¿Cómo fue que el promotor constituido en la causa, habiendo presentado setenta y siete artículos contra Juana, fueron reducidos a solamente doce artículos? ¿Quién hizo esos últimos artículos? ¿Por qué los artículos del promotor no fueron insertados en el instrumento de sentencia, como lo fue en su demanda? ¿Y por qué fueron insertados estos doce artículos, considerando la diferencia existente entre aquellos y estos? Sobre esos puntos el testigo hizo la deposición siguiente: Mucho tiempo antes de la redacción de los artículos contenidos en el juicio, Juana había sido interrogada muchas veces y había hecho muchas respuestas. En base a esas preguntas y respuestas fueron redactadas, por consejo de los asistentes, los artículos que presentó el promotor para que los puntos estuviesen presentados en orden. Posteriormente, se interrogó a Juana sobre todos ellos, pero los consejeros (especialmente los enviados desde París) determinaron que, siguiendo la práctica habitual, convenía condensar los artículos principales en una síntesis más breve para agilizar las deliberaciones. Fue así como se elaboraron esos doce artículos; aunque el testigo participó muy poco en este proceso, y desconoce quién compuso o extrajo dichos artículos.

Asimismo, interrogado para saber cómo ha podido hacerse para que una tan grande cantidad de artículos y de respuestas fuesen reducidas a doce artículos, sobre todo en una forma tan alejada de las declaraciones de Juana, y cómo hombres tan eminentes pudieron querer fabricar tales artículos, declaró esto: cree que en el juicio original, redactado en francés, él insertó fielmente los interrogatorios, los artículos presentados por el promotor y por los jueces, y las respuestas de Juana. Pero en cuanto a los doce artículos, se remite a los que lo fabricaron, pues ni él ni su asociado habrían osado contradecirlos.

Interrogado sobre la fecha en que esos doce artículos fueron presentados y si cotejó esos artículos con las respuestas de Juana para ver si había concordancia, declaró no tener recuerdos.

Se leyó entonces y se le mostró esos artículos y se reconoció con evidencia una notable diferencia. Se mostró también al testigo una pequeña nota escrita de su mano, como él lo reconoció. Se requirió también a Guillaume Colles, llamado Boisguillaume, y a Nicolas Taquel, notarios en esta causa, para reconocer esta pequeña nota, con fecha cuarto día de abril del año del Señor 1431. En esta pequeña nota en francés, insertada en el proceso, está dicho expresamente que esos doce artículos no están bien redactados, sino que estaban, al menos en parte, sin correspondencia con las declaraciones de Juana, por ende debían ser corregidas. Al parecer, correcciones fueron agregadas y ciertas cosas eliminadas, pero, no obstante, los artículos no fueron corregidos conforme a esta pequeña nota.

También se preguntó a los tres notarios por qué los artículos no fueron corregidos y por quién fue decidido así, cómo se los insertó en el proceso y la sentencia sin corrección, cómo fueron enviados a aquellos que deliberaron a partir de ellos, si fue con o sin corrección. Respondieron, el testigo y los otros dos notarios, que esta pequeña nota fue escrita de la mano de Manchon. Pero quién hizo esos doce artículos, no saben nada. Declararon, sin embargo, que se dijo entonces que era la costumbre hacer artículos similares, de extraerlos de las declaraciones de los acusados en materia de herejía, como tienen el hábito de hacerlo en Paris, en materia de fe, los maestros y doctores en teología. Asimismo, creen que para la corrección de los artículos, se decidió como aparece en la mencionada pequeña nota, a ellos exhibida y por ellos reconocida. Pero ignoran si esta corrección fue puesta en los artículos enviados a los opinantes, tanto en Paris como en otros lados. Creen, sin embargo, que no fue así por como parece evidente en otra pequeña nota escrita de la mano del maestro Guillaume d’Estivet, promotor en esta causa, indicando que los artículos fueron enviados el día siguiente por ese mismo Estivet sin corrección. En cuanto al resto, se remite al juicio.

Asimismo, Manchon, a quien se le preguntó si los artículos habían sido fabricados conforme a la verdad, y si había una gran diferencia entre ellos y las respuestas de Juana, dijo que todo lo que se encuentra en su proceso es verdadero. Sobre los artículos se remite a aquellos que los fabricaron ya que él no los hizo.

Asimismo, como se le preguntó si las deliberaciones fueron sobre todo el proceso o sobre esos doce artículos, respondió creer que las deliberaciones no fueron a partir de todo el proceso, no estando este aún redactado en forma, porque no estaba redactado en su forma actual tras la muerte de Juana. Pero las deliberaciones se basaron sobre esos doce artículos.

Interrogado para saber si esos doce artículos fueron leídos a Juana, respondió negativamente.

Interrogado para saber si nunca percibió una diferencia entre esos artículos y las declaraciones de Juana, dijo no recordarlo porque aquellos que presentaron esos artículos pretendieron que era habitual hacer así una elección. El testigo no prestó atención entonces a esto y además no habría osado reprender a hombres tan importantes.

Asimismo, tras haberle sido mostrado el instrumento de la sentencia, firmado de su mano y por la de otros, en la cual se encuentran insertados esos artículos, se le preguntó si había firmado verdaderamente esto y por qué están ahí los doce artículos y no la demanda del promotor, respondió que firmó ese instrumento al igual que sus colegas. Para las enunciaciones de la sentencia, se remite a la enunciación de los jueces. Finalmente, en cuanto a los artículos, dijo que así plugo hacerlo a los jueces y así lo quisieron.

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, declaró que al principio del juicio, cuando Juana era interrogada, había algunos notarios escondidos en una ventana cubierta por tapices. Con ellos cree que se encontraba escondido el maestro Nicolas Loyseleur, quien miraba lo que escribían esos notarios. Y escribieron lo que quisieron, omitiendo las justificaciones de Juana. Él, el testigo, estaba a los pies de los jueces, con Guillaume Colles y el clérigo del maestro Guillaume Beaupère, y escribían. Pero en las escrituras había una gran diferencia, al punto que hubo entre ellos una fuerte querella. Por esta razón, como ha dicho anteriormente, sobre los puntos que veía una diferencia, ponía una “Nota”, con el fin de que Juana fuese luego interrogada nuevamente.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto, vigesimoquinto y vigesimosexto artículos, declaró que una vez concluido el procedimiento, se solicitaron las deliberaciones y un cotejo fue hecho. Después, se decidió que Juana sería sermoneada. Ella fue conducida a una pequeña puerta con el maestro Nicolas Loyseleur como consejero, quien la acompañaba y le decía: "Juana, creedme, pues si queréis, seréis salvada. Tomad vuestro hábito [de mujer] y haced todo lo que os sea ordenado; de lo contrario, estáis en peligro de muerte. Y si hacéis lo que os digo, seréis salvada; obtendréis mucho bien, sin ningún mal, y seréis devuelta a la Iglesia”. Fue conducida sobre un estrado o tribuna. Dos sentencias habían sido redactadas, una de abjuración y la otra de condenación, que el obispo tenía en su poder. Mientras que el obispo pronunciaba la sentencia de condenación y leía hasta la condenación, el maestro Nicolas Loyseleur decía a Juana que hiciera lo que le había indicado y retomara la vestimenta femenina. Hubo entonces una pequeña interrupción, y uno de los ingleses presentes dijo al obispo que él era un traidor. El obispo le respondió que él mentía. Tras este intermedio, Juana respondió que ella estaba pronta para obedecer a la Iglesia. Entonces, se le hizo pronunciar esta abjuración que le fue leída. Pero el testigo ignora si ella repitió después del lector o si tras la lectura ella declaró que estaba de acuerdo. Sin embargo, ella sonreía. El verdugo estaba sobre el lugar con una carreta, esperando que se la entregaran para quemarla. El testigo declaró también que no vio hacer la carta de abjuración, pero que fue hecha después de las conclusiones de los opinantes y antes de ir a ese lugar. No recuerda que esta cedula de abjuración haya sido explicada a Juana ni dada para comprender, ni leída, antes de que hiciera esta abjuración. La primera predicación, la sentencia, y la abjuración tuvieron lugar el jueves después de Pentecostés. En esta sentencia, ella fue condenada a la prisión perpetua.

Interrogado sobre lo que movió a los jueces a condenarla a prisión perpetua, considerando que habían prometido que no le ocurriría nada malo, declaró creer que esto ocurrió a causa de la diversidad de obediencias. Y temían que ella se escapara. Pero si estuvo bien o mal juzgado, el testigo se remite al derecho y a la consciencia de los jueces.

Interrogado sobre el contenido de los vigesimosexto y vigesimoséptimo artículos, declaró haber escuchado durante el juicio a Juana quejarse ante el obispo y ante el conde de Warwick, cuando se le preguntaba por qué no quería tener vestimentas de mujer ya que no era decente para una mujer tener una túnica de hombre y calzas, atadas con muchos cordones fuertemente unidos. Ella respondió que no osaría quitarse las calzas ni tenerlas de otra manera que no sea fuertemente atadas porque ellos sabían bien, el obispo y el conde, que sus guardianes habían intentado muchas veces violarla. Y una vez que ella gritaba, ese conde vino por sus gritos a su auxilio y, si no hubiera venido, sus guardias la habrían violado. De esto ella se quejaba.

Sobre el contenido de los otros artículos, además de lo que ha dicho en su deposición, el testigo declaró lo que sigue. El domingo siguiente, en la fiesta de la Santa Trinidad, fue con los otros notarios ordenado por el obispo y el conde de Warwick, a ir al castillo de Rouen porque se decía que Juana reincidió y retomó las vestimentas de hombre. Ordenados, fueron al castillo. Al llegar a la corte del castillo, los ingleses que se encontraban allí, alrededor de cincuenta aproximadamente, en armas, maltrataron al testigo y sus colegas diciéndoles que eran traidores y que se condujeron mal durante el juicio. Con gran dificultad y temor, pudieron escapar de sus manos. Ellos estaban irritados, cree él, porque, tras la primera predicación y la sentencia, Juana no había sido quemada. El lunes, además, ordenado por el obispo y el conde, el testigo se dirigió al castillo, donde no habría osado entrar a causa del temor que recientemente él y sus colegas habían experimentado si no hubiera tenido la salvaguarda del conde de Warwick, quien lo condujo hasta la prisión. Allí encontró a los jueces y algunos otros de pequeño número. En presencia del testigo, se preguntó a Juana por qué ella había retomado el hábito de hombre. Ella respondió que lo había hecho para proteger su castidad porque no estaba segura en sus vestimentas femeninas con sus guardias, quienes querían atentar contra su pudor. Ella se quejó muchas veces al obispo y al conde que los jueces le habían prometido que ella estaría en las manos y en las prisiones de la Iglesia, que ella tendría una mujer con ella. Ella agregó que si le placía a los señores jueces de colocarla en un lugar seguro, donde no tuviera nada que temer, entonces estaría pronta para retomar el hábito femenino, todo esto, según los dichos del testigo, estando contenido en el proceso. Para las otras cosas que se pretendía haber sido abjuradas por ella, Juana declaraba no haber comprendido nada de lo que estaba contenido en la abjuración. Y todo lo que había hecho, lo había hecho por miedo al fuego, viendo al verdugo listo con su carroza. El testigo dijo que entonces los señores jueces deliberaron con los consejeros sobre esos puntos hasta que el obispo pronunció otra sentencia, el miércoles siguiente, como está indicado más profundamente en el proceso.

Interrogado para saber si el sacramento de la Eucaristía fue administrado a Juana, respondió afirmativamente, en la mañana de ese mismo día de miércoles, antes de pronunciarse la sentencia contra ella.

Interrogado para saber cómo le administraron el sacramento de la Eucaristía, considerando que la habían declarado excomulgada y herética, y si la habían absuelto según las formas de la Iglesia, declaró que los jueces y los consejeros deliberaron para saber si el sacramento de la Eucaristía debía serle dado por su solicitud y para absolverla en el tribunal de la penitencia. No vio, sin embargo, que se le hubiese dado otra absolución.

Declaró, además, que tras la sentencia dada por el obispo, quien la liberó y abandonó a la justicia secular, el bailío dijo solamente, sin otra forma de juicio o sentencia: “¡Llevadla! ¡Llevadla!”. Ante esas palabras, Juana hizo tan piadosas lamentaciones que casi todos estaban movidos hasta las lágrimas e incluso los jueces.

El testigo dice haber quedado tan conmovido que permaneció horrorizado durante un mes. Sabe bien que su final y su muerte fueron, como a todos les pareció, muy católicos; y ella nunca quiso retractarse de sus revelaciones, sino que persistió en ellas hasta el final.

Dijo también que con el dinero que recibió por su pena y su trabajo al ocuparse con ese juicio, compró un misal para tener memoria de ella y rogar a Dios por ella.

No sabe nada más. Sobre el resto, se remite al contenido del juicio y a su deposición anterior ante el maestro Philippe de Rose, tesorero de Rouen, comisionado y diputado por el señor cardenal d’Estouteville, legado en Francia. La tal deposición, habiendo sido leída, persistió en ella enteramente.

Deposición de Jean Massieu en 1456

El maestro Jean Massieu, sacerdote, párroco de la iglesia parroquial de Saint-Cande-le-Vieux en Rouen, de cincuenta años aproximadamente, como el precedente fue anteriormente citado, jurado y escuchado el decimoséptimo día del mes de diciembre y luego el decimosegundo día del mes de mayo, jurado de nuevo y escuchado sobre los artículos de los demandantes.

Y, para iniciar, interrogado sobre lo que sabía para testificar y testimoniar sobre los artículos anteriormente mencionados, los otros artículos siendo omitidos debido a su longitud, o por consentimiento de las partes, dijo y declaró bajo juramento saber solamente lo que sigue del contenido de los segundo, tercer y cuarto artículos de los demandantes. Sobre el padre y la madre, los parientes, la vida y la conducta de Juana, antes del inicio del juicio hecho contra ella, no sabría decir nada excepto en base a las respuestas de Juana que fue interrogada sobre ello durante el juicio convocado contra ella. Por lo demás, él conoció a Juana solamente luego de que fuera conducida a Rouen y detenida en la prisión del castillo para un cierto juicio que se convocó entonces contra ella. En ese juicio, el testigo, que era entonces decano de la cristiandad en Rouen, fue ejecutor de los mandatos dirigidos contra ella. Estaba encargado de convocar los consejeros, de conducir a Juana ante sus jueces y regresarla. La condujo muchas veces de la prisión al tribunal y viceversa. Ejecutó muchos mandatos contra ella, citándola en justicia. Por esta razón, tenía una relación muy familiar con ella. Opina que era una muchacha buena, simple y piadosa porque cuando él llegaba, una vez que la conducía delante de sus jueces, ella le preguntó al testigo si había alguna capilla o iglesia en el camino en que estuviese el Cuerpo de Cristo. Y el testigo respondió afirmativamente, mostrándole una capilla situada bajo el castillo donde estaba el Cuerpo de Cristo. Juana, entonces, con mucha insistencia, solicitó que se la condujera pasando delante de esta capilla para que pudiera reverenciar a Dios y rezar; lo cual el testigo hizo gustosamente y dejó ante esta capilla a Juana rezar arrodillada. Ella hizo allí, arrodillada, una oración muy devota. De esto, no obstante, el señor obispo de Beauvais se disgustó y ordenó al testigo no permitirle más en el futuro rezar así.

Asimismo, sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, interrogado, respondió ignorar si se hizo alguna información contra ella ya que no vio jamás ninguna. Sabe, sin embargo, que muchas personas le tenían un gran odio y, sobre todo, los ingleses, quienes la temían mucho y que, antes de su captura, no habrían osado ir a un lugar donde la habrían creído presente. Escuchó decir que el obispo de Beauvais hacia todo por instigación del rey de Inglaterra y de su consejo establecido entonces en Rouen. Y cree que este obispo actuaba no movido por un celo de justicia, sino por la voluntad de esos ingleses de gran número en aquella época en la ciudad de Rouen, en la cual se encontraba el rey de Inglaterra. Algunos consejeros decían, en efecto, que Juana debía ser puesta en las manos de la Iglesia. El obispo, sin embargo, no le importó y la entregó a las manos de los ingleses. Ya que este obispo estaba muy apegado al partido de los ingleses y muchos consejeros tenían mucho miedo, no gozaban de su libre albedrio, como el maestro Nicolas de Houppeville quien, habiéndose dado cuenta, no quiso participar de las deliberaciones y fue desterrado junto con muchos otros, de los cuales no recuerda los nombres.

Dijo también que el maestro Jean Le Fèvre de la Orden de los hermanos ermitaños de San Agustin, actualmente obispo de Démétriade, percibió que se atormentaba mucho a Juana preguntándole si ella estaba en estado de gracia. Y aunque opinaba que ella hizo respuestas satisfactorias, no obstante, los interrogadores la acosaron sobre ese punto. Declaró que se la perseguía demasiado. Entonces, los interrogadores le dijeron que se callara, pero no recuerda sus nombres. Sabe que el abad de Fécamp, según opina, procedía más por odio contra Juana y parcialidad en favor de los ingleses que por celo de justicia. Dijo, además, que el maestro Jean de Châtillon, entonces archidiácono de Évreux, declaró a los dichos obispo y asesores que el juicio, tal como se hacía, le parecía nulo, pero no recuerda más por qué razón. Se prohibió entonces al testigo, quien convocaba, como se dijo, a los asesores y los consejeros, de volver a convocar a este Châtillon para el juicio. Y desde entonces, Châtillon no estuvo más presente.

Dijo también similarmente que el maestro Jean de La Fontaine fue designado para interrogarla durante algunos días. Y, tras haber asistido al procedimiento, se fue porque denunció cosas en el juicio que no le parecía que debieran ser hechas. Sabe también que el maestro Jean Le Maistre, introducido en el juicio como inquisidor, se excusó varias veces para no participar en el procedimiento e hizo todo lo posible para no estar presente en el juicio. Pero se le hizo saber a través de ciertas personas que él conocía que si no asistía, estaría en peligro de muerte. Fue obligado por los ingleses y el testigo escuchó muchas veces a este Le Maistre decirle: “Veo que si no procedemos en esta materia según la voluntad de los ingleses, la muerte está próxima”. Y el testigo mismo estuvo en gran peligro porque cuando conducía a Juana, para ir o regresar, se encontró a un inglés, cantor de la capilla del rey de Inglaterra, llamado Anquetil que le preguntó qué pensaba de esta Juana. Habiendo el testigo respondido que no veía en ella nada más que cosas buenas y que ella le parecía ser una mujer de bien, el cantor reportó esto al conde de Warwick, y este último se disgustó mucho con el testigo, quien tuvo que preocuparse mucho por el asunto y debió finalmente salir de este pidiendo disculpas.

Interrogado sobre lo que pudiera afirmar o declarar sobre el contenido del séptimo artículo, dijo y declaró, además de lo que ya dijo, recordar que un día, durante el juicio y hacia el inicio, Juana reprochó al obispo de Beauvais ser su adversario. Y el obispo le respondió: “El rey me ha ordenado hacer vuestro juicio y lo haré”.

Asimismo, interrogado sobre lo que puede afirmar o declarar sobre el contenido de los octavo y noveno artículos, declaró, en cuanto a la prisión, saber verdaderamente que Juana se encontraba en el castillo de Rouen, en una habitación en entrepiso, donde se subía por ocho escalones. Había una cama donde ella dormía. Había una gruesa pieza de madera en la cual estaba fijada una cadena de hierro que servía para atar a Juana, colocada en los grilletes, y que se cerraba con una cerradura fijada a la pieza de madera. También había para custodiarla cinco ingleses de la más miserable condición, houssepaillers en francés, que deseaban mucho su muerte y muy a menudo se burlaban de ella; y ella se los reprochaba.

Declaró también haber escuchado a Étienne Castille, herrero, decir que había construido para ella una jaula de hierro, en la que Juana estaba detenida de pie, atada por el cuello, las manos y los pies, y que ella estaba en esta situación desde el momento en que fue traída a la ciudad de Rouen hasta el inicio del juicio convocado contra ella. No obstante, no la vio en esta situación porque cuando la llevaba o la devolvía, ella estaba siempre sin cadenas.

Asimismo, interrogado sobre lo que podía declarar o afirmar sobre el contenido del décimo artículo, dijo y declaró saber bien que ella fue examinada para saber si era virgen o no por matronas o comadronas bajo la orden de la duquesa de Bedford, en particular por Anne Bavon y otra matrona, de quien no recuerda el nombre. Tras el examen, reportaron que ella era virgen e intacta. Y esto lo escuchó contar por la dicha Anne. Por esta razón, la duquesa de Bedford prohibió a los guardias y a otros de hacerle violencia.

Interrogado sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, dijo y declaró que, durante los interrogatorios de Juana, había seis asesores con los jueces para interrogarla. Y, a veces, cuando uno la interrogaba y ella respondía su pregunta, otro interrumpía su respuesta, aunque ella dijo muchas veces a quienes la interrogaban estas palabras: “Nobles señores, hacedlo uno después del otro”.

Sobre el contenido de los decimoquinto y decimosexto artículos, no sabe nada más que lo que ha declarado más arriba.

Sobre el contenido del decimoséptimo artículo, declaró haber escuchado que se preguntaba a Juana si ella quería someterse a la Iglesia triunfante o militante. Ella respondió que ella quería someterse a las decisiones del Papa. Declaró también que se rumoreaba que un tal maestro Nicolas Loiseleur fingió ser un prisionero y entró en su prisión. Por este medio, movió a Juana a decir y a hacer cosas que le eran dañinas sobre la mencionada sumisión.

Asimismo, interrogado sobre el contenido del vigésimo y vigesimoprimer artículos, declaró no saber nada e ignorar quién presentó los [doce] artículos.

Interrogado entonces sobre lo que podía declarar o afirmar en cuanto al contenido de los vigesimosegundo, vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró lo que sigue sobre la abjuración mencionada en esos artículos. Durante la predicación hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Érard, aquel tenía una cierta cédula de abjuración y dijo a Juana: “¡Abjuraras y firmaras esta cédula!”. La cédula fue entonces dada al testigo para la lectura y la leyó ante Juana. En esta cédula, recuerda bien, estaba previsto para el futuro que ella no llevaría más las armas ni la vestimenta de hombre ni los cabellos cortos, junto con muchas otras cosas que no recuerda más. Sabe bien también que la cédula contenía aproximadamente ocho líneas y no más. Y sabe con certeza que no era la que está mencionada en el proceso, ya que el testigo leyó una diferente a la que está insertada allí y que Juana firmó.

Dijo, además, que, cuando Juana fue requerida de firmar la dicha cédula, comenzó un gran murmuro en la asistencia, hasta el punto en que escuchó al obispo decir a alguien: “¡Me pedirás disculpas!”, asegurando que se le había insultado, que no continuaría con el procedimiento sino le pedían disculpas. Durante ese tiempo, el testigo advirtió a Juana del peligro que la amenazaba con respecto a firmar la cédula, ya que se daba cuenta que Juana no comprendía la cédula ni el peligro que la amenazaba. Entonces, Juana, presionada para firmar la cédula, respondió: “Que esta cédula sea examinada por la Iglesia y los clérigos, entre las manos de quienes debo estar colocada. Si me aconsejan firmar y hacer lo que se me dice, lo haré con gusto”. Al instante, el maestro Guillaume Érard declaró: “¡Hacedlo ahora! Si no, morirás por el fuego hoy”. Juana respondió que prefería firmar antes que ser quemada. En ese momento hubo un gran tumulto en la asistencia y muchas piedras fueron lanzadas, pero no sabe por quién. Una vez la cédula fue firmada, Juana preguntó al promotor si ella iba a ser colocada en las manos de la Iglesia y a cuál lugar debía ser llevada. El promotor respondió: al castillo de Rouen. Ella fue conducida allí y revestida de vestimenta femenina.

Interrogado, además, sobre el contenido del vigesimosexto artículo, declaró que, el día de la Santa Trinidad, Juana, acusada de relapso, respondió que, estando acostada en su cama, los guardias le quitaron los hábitos femeninos que se encontraban sobre la cama y pusieron su hábito de hombre. Y aunque ella solicitó a sus guardias que le devolvieran sus hábitos de mujer para poder levantarse y aliviar su vientre, ellos rechazaron devolvérselos diciendo que no tendría nada más que el mencionado hábito de hombre. Y, como ella agregaba que sus guardias debían saber bien sobre la prohibición hecha por los jueces en cuanto a portar ese hábito, sin embargo, esos guardias rechazaron devolverle el hábito de mujer que le habían quitado. Movida entonces por una necesidad natural, se puso el hábito de hombre y no pudo obtener en toda la jornada de esos guardias otro hábito, al punto en que muchas personas la vieron vestida de hombre y por ello fue juzgada reincidente. En efecto, ese día de la Santa Trinidad, muchas personas fueron enviadas para verla en este estado, a los cuales Juana exponía sus motivos de excusa. Entre otros, ella vio al maestro André Marguerie, quien estuvo en gran peligro cuando, habiendo declarado: “Sería bueno saber de ella por qué razón retomó el hábito de hombre”, un inglés levantó la lanza que tenía y quiso golpear al mencionado maestro André. Por ende, este último y muchos otros, aterrorizados, se retiraron.

Interrogado sobre el contenido de los otros artículos, declaró, en cuanto a la abjuración, no sabe nada que pudiese agregar algo a la deposición anterior. En cuanto a la sentencia y a la muerte de Juana, sabe lo que sigue: el miércoles en la mañana, día de la muerte de Juana, el hermano Martin Ladvenu escuchó a Juana en confesión, y luego envió al testigo quien habla al señor obispo de Beauvais para hacerle saber cómo ella había sido escuchada en confesión y que ella solicitaba recibir el sacramento de la Eucaristía. El obispo reunió algunas personas para discutir esto y tras deliberar, declaró al testigo que le dijera al hermano Martin de que llevase el sacramento de la Eucaristía y todo lo que ella solicitaba. El testigo volvió al castillo y reportó esto al hermano Martin. El hermano Martin administró a Juana, en presencia del testigo, el sacramento de la Eucaristía. Hecho esto, fue llevada en hábito femenino y conducida por el testigo y el hermano Martin hasta el lugar donde fue quemada. En el camino, Juana hacía tan piadosas lamentaciones que el testigo y el hermano Martin no podían retener sus lágrimas. Ella encomendaba, en efecto, su alma tan devotamente a Dios y a los santos que provocaba lágrimas en aquellos que la escuchaban. Fue llevada al Vieux Marché donde se encontraba el maestro Nicolas Midi, quien debía hacer la predicación. Esto terminado, Midi declaró a Juana: “¡Juana, ve en paz! La iglesia no puede defenderte más y te pone en manos seculares”. Ante estas palabras, Juana, arrodillada, hizo a Dios oraciones tan devotas y solicitó al testigo tener una cruz. Entonces, un inglés que se encontraba en el lugar hizo una pequeña cruz con un bastón, el cual ella besó y posó sobre su pecho con la más grande devoción.

Sin embargo, ella quiso tener una cruz de la Iglesia. La obtuvo, la besaba, apretándola con sus brazos y llorando se encomendaba a Dios, a San Miguel, a Santa Catalina y a todos los santos. Finalmente, abrazó la cruz saludando a los asistentes. Después, descendió del estrado en compañía del hermano Martin y fue hasta el lugar del suplicio, donde murió muy piadosamente.

Escuchó también a Jean Fleury, en la época clérigo del bailío y secretario, decir que, según reportó el verdugo, una vez su cuerpo fue quemado y reducido a cenizas, su corazón permaneció intacto y lleno de sangre. Y se ordenó al verdugo que reuniese las cenizas y todo lo que restaba de ella y que lo tirase al Sena; lo cual él hizo. No sabe nada más.

Deposición de Guillaume Colles

El señor Guillaume Colles, llamado Boisguillaume, sacerdote, notario público, de sesenta y seis años aproximadamente, ya citado, jurado e interrogado el decimoctavo día del mes de diciembre, y luego interrogado y vuelto a escuchar el decimosegundo día del mes de mayo.

Interrogado, para comenzar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber tenido conocimiento en lo absoluto de la mencionada Juana antes que fuese llevada a la ciudad de Rouen para el juicio convocado contra ella, juicio en el que el testigo fue uno de los notarios.

Siéndole presentado ese juicio, reconoció que la firma al final del texto era la suya y que era el verdadero juicio llevado a cabo contra Juana. Se hizo, según dice, cinco ejemplares similares, el cual uno es aquel que le fue presentado. Había también, según dice, notarios asociados: el maestro Guillaume Manchon y el maestro Pierre Tasquel, quienes redactaron fielmente las preguntas y las respuestas, y luego del desayuno las comparaban entre ellos. Y esos notarios no habrían hecho nada en favor de nadie porque no temían a nadie en cuanto a esto. Recuerda bien que Juana respondía muy prudentemente porque ella decía a veces, si se la interrogaba sobre un punto sobre el cual ella había sido ya interrogada, que había respondido de otra manera y que no respondería más. Y entonces hacía leer por los notarios sus deposiciones.

Interrogado asimismo sobre lo que puede declarar en cuanto a los quinto, sexto y séptimo artículos, declaró saber bien que el señor obispo de Beauvais convocó el juicio contra ella porque pretendía que había sido capturada en los límites de la diócesis de Beauvais. Pero si actuaba por odio o de otra manera, se remite a su consciencia. Sabe, no obstante, que todo se hacía a expensas del rey de Inglaterra y bajo persecución de los ingleses. Y sabe bien que el obispo y los otros que se involucraron en el juicio obtuvieron cartas de garantía del rey de Inglaterra, pues él las vio. Y como algunas cartas de garantía le fueron mostradas al testigo, afirmó que estas eran aquellas que había visto hace un tiempo, porque conocía bien la firma del maestro Laurent Calot, colocada sobre ellas.

Sobre las informaciones mencionadas en los artículos, no sabe nada, porque no las vio y no cree que hayan sido jamás hechas.

Interrogado asimismo sobre el contenido de los octavo y noveno artículos, declaró que Juana estaba en una prisión dura con grilletes de hierro. Ella tenía, no obstante, según dice, una cama. Tenía también guardias ingleses, de los cuales se quejaba frecuentemente, diciendo que la hostigaban mucho y la maltrataban.

Declaró también que el maestro Nicolas Loiseleuer, haciéndose pasar por compatriota y prisionero del partido del rey de Francia y de la región de Lorraine, entraba a veces en la prisión de Juana y le decía que no creyera en esos hombres eclesiásticos “porque si les creer, serás condenada”. Él piensa que el obispo de Beauvais estaba al corriente de esto ya que, de otra manera, este Loiseleur no habría osado hacer tales cosas. Por esta razón, muchos asesores en el juicio murmuraban contra el mencionado Loiseleur. Agregó que Loiseleur murió súbitamente en Basilea. Y escuchó decir que Loiseleur, cuando vio a Juana condenada a muerte, le movió el corazón y montó sobre el carro, queriendo pedirle perdón a Juana. Muchos ingleses que se encontraban allí se indignaron y, si no hubiera estado el conde de Warwick, este Loiseleur habría sido asesinado. Pero el conde le ordenó abandonar la ciudad de Rouen lo más rápido posible, si él quería salvar su vida.

Declaró, además, que el maestro Guillaume d’Estivet entró igualmente a la prisión haciéndose pasar por un prisionero como lo había hecho Loiseleur. Este Estivet, dice él, era el promotor y en este asunto estaba muy apegado a los ingleses, a los cuales él quería complacer absolutamente. Era también un hombre malvado, buscando siempre durante el juicio acusar falsamente a los notarios y a aquellos que querían proceder con justicia. Injuriaba mucho a Juana, llamándola ramera, basura. Cree que Dios le castigó al final de su vida porque terminó sus días miserablemente. Fue, en efecto, encontrado muerto en un palomar a las afueras de una de las puertas de Rouen.

Sobre el contenido del décimo artículo, declaró haber escuchado muchas personas, de las cuales no recuerda sus nombres, decir que Juana había sido examinada por matronas y que se la había encontrado virgen. Fue la dama duquesa de Bedford la que mandó a hacer el examen y el duque de Bedford se encontraba en un lugar escondido donde veía el examen.

Interrogado entonces sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, dijo y declaró que, durante el juicio, Juana se quejaba muy seguido de que se le hacían preguntas sutiles y fuera de contexto. Recuerda bien que una vez se le preguntó si ella estaba en estado de gracia. Ella respondió que era un asunto muy serio responder tales preguntas, pero terminó por responder: “Si lo estoy, que Dios me mantenga en ella; y si no lo estoy, ¡que Dios quiera ponerme en ella! Porque preferiría morir antes que no estar en el amor de Dios”. Ante esta pregunta, aquellos que la interrogaban quedaron estupefactos y la dejaron entonces, sin interrogarla más por esa vez.

Declaró también, interrogado sobre ese punto contenido en los artículos, ignorar si alguna presión fue hecha sobre algunos para proceder en particular por odio en el dicho proceso, o de otra manera, o bien si algunos fueron forzados de participar en el dicho juicio. Sabe solamente que el maestro Nicolas de Houppeville rechazó participar. Abandonó la ciudad de Rouen y esto, según cree, para no ser forzado.

Interrogado sobre el contenido de los decimoquinto y decimosexto artículos, declaró que sobre su contenido se remite al juicio, no sabe nada más.

Interrogado sobre el contenido del vigésimo y vigesimoprimer artículos, los otros siendo omitidos porque no sabía nada sobre ellos, declaró saber bien que en el juicio había doce artículos. Pero en cuanto a saber quiénes los redactó y si son diferentes a las deposiciones de Juana, se remite al juicio. Sabe, no obstante, que ni él, ni los otros notarios los redactaron.

Sobre el contenido de los vigesimosegundo, vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, en cuanto a la cédula de abjuración que fue hecha en la primera sentencia, sabe que fue leída en público. Pero por quién no lo recuerda. Cree que Juana no la comprendía en lo absoluto y que ella no fue explicada porque por largo tiempo rechazó firmar la cédula de abjuración. Pero, finalmente, movida por el miedo, firmó e hizo alguna cruz. Si tras esta abjuración recibió un hábito de mujer o no, no lo recuerda, remitiéndose sobre eso al juicio y a lo que contiene.

Interrogado sobre todos los otros artículos a él expuestos juntos, declaró, en cuanto a la vuelta al hábito [de hombre] que, el domingo siguiente a la primera sentencia, él, testigo, fue mandado al castillo de Rouen. Allí fue con los otros notarios para ver a Juana vestida de hombre. Llegados al castillo, entraron en la prisión y la vieron vestida con vestimentas masculinas. Se le preguntó por qué había retomado esas vestimentas. Ella dio ciertas excusas que están contenidas en el juicio. No sabe nada más, pero cree más bien que ella fue obligada a actuar así, ya que algunos de aquellos que participaron en el juicio aplaudían muchos y se regocijaban de que ella había retomado esta vestimenta. No obstante, muchos otros estuvieron afligidos, entre los cuales vio al maestro Pierre Morice, muy triste, y muchos otros.

Declaró también que el miércoles siguiente, Juana fue conducida al Vieux Marché de Rouen. Allí hubo una predicación hecha por el maestro Nicolas Midi y la sentencia de relapso fue pronunciada por el señor obispo de Beauvais. Tras la proclamación de la sentencia, ella fue pronto capturada por laicos y conducida, sin otra sentencia ni juicio, al verdugo para ser quemada. Mientras ella era conducida, hacía muchas piadosas lamentaciones, invocando el nombre de Jesús, y casi todos los que estaban presentes no podían retener sus lágrimas. Y el testigo sabe en verdad que los jueces y aquellos que participaron en el juicio, incurrieron en la gran reprobación del pueblo porque, después de que Juana fuese quemada, la gente del pueblo señalaba con horror a quienes habían participado en el juicio. Escuchó también sostener que todos aquellos que fueron responsables de su muerte murieron de manera muy vergonzosa. El maestro Nicolas Midi fue golpeado con la lepra pocos días después y el obispo murió súbitamente mientras se hacía hacer la barba.

No sabe nada más sobre el contenido de los dichos artículos.

Deposición de Martin Ladvenu en 1456

El hermano Martin Ladvenu, sacerdote, religioso de la Orden de los hermanos Predicadores en el convento de Rouen, de cincuenta y seis años aproximadamente, citado, jurado e interrogado anteriormente el decimonoveno día del mes de diciembre, y de nuevo, el decimotercer día del mes de mayo, interrogado sobre los artículos contenidos en el juicio, y sobre lo que puede declarar o testificar sobre sus contenidos, dejando de lado odio, afecto, parcialidad.

Para comenzar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no poder afirmar ni decir nada sobre sus padres, parientes o aliados. Vio a esta Juana en la ciudad de Rouen cuando fue traída y entregada al señor obispo de Beauvais. Ella era muy simple, de veinte años aproximadamente, y sabía solo el “Padre Nuestro”, aunque a veces, cuando se la interrogaba, respondía con sabiduría.

Interrogado sobre lo que puede decir o afirmar del contenido de los quinto y sexto artículos, declaró saber bien que Juana fue llevada a la ciudad de Rouen y detenida en la prisión del castillo. Un juicio en materia de fe fue hecho y conducido contra ella, bajo persecución y a expensas de los ingleses. Sin embargo, como ha escuchado decir, el obispo y los otros que se ocuparon del juicio, quisieron tener cartas de garantía del rey de Inglaterra y las obtuvieron. El testigo las había visto en manos de los señores jueces. Le fueron mostradas las cartas con la firma manual del maestro Laurent Calot, que el testigo ha reconocido bien.

Declaró, además, que, en su opinión, algunos asesores del juicio estaban por temor a los ingleses y otros porque eran favorables a ellos. El testigo sabe porque el maestro Nicolas de Houppeville fue puesto en la prisión real tras haberse rehusado a participar del juicio. Sabe también que Juana no tuvo ni guía ni consejo durante el juicio, excepto hacia el final, y que ninguno habría osado aconsejar a Juana o dirigirla de alguna manera por temor a los ingleses. Esto debido a que una vez, durante el juicio, algunas personas fueron enviadas por orden de los jueces para aconsejar a Juana. Pero estos fueron expulsados por los ingleses y amenazados. Sabe también que el hermano Jean Le Maistre, subinquisidor, quien participó en el juicio, y con el cual el testigo iba muy seguido allí, había sido forzado a venir. Además, según él dijo, un tal hermano Ysambert de La Pierre, quien era el compañero del dicho subinquisidor, habiendo querido aconsejarla una vez, de alguna suerte, fue intimado a callarse y abstenerse de tales practicas en el futuro, o sería ahogado en el Sena.

Sobre los séptimo, octavo y noveno artículos, no sabe nada.

Sobre el noveno, sabe solamente que Juana estaba en una prisión laica, con grilletes y atada con cadenas, y nadie podía hablarle sin la autorización de los ingleses que la vigilaban día y noche.

Interrogado sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró que en varias ocasiones se le hacían preguntas difíciles a Juana, que no convenían a una mujer tan simple. Se la atormentaba mucho en interrogatorios porque a veces no se cesaba de interrogarla durante tres horas por la mañana y otro tanto por la tarde. Pero cuál era la intención de aquellos que la interrogaban, lo ignora.

Sobre el contenido del decimoquinto artículo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los decimosexto y decimoséptimo artículos, declaró haber escuchado muchas veces interrogar a Juana para saber si ella quería someterse al juicio de la Iglesia y ella preguntaba lo que era la Iglesia. Como se le respondía que era el Papa y los prelados que representaban a la Iglesia, ella replicaba que se sometía al juicio del soberano Pontífice, solicitando ser conducida cerca de él. Escuchó una vez de la boca de Juana, no obstante fuera del juicio, que ella no quería sostener nada contrario a la fe católica. Y si, en sus dichos o sus hechos, había alguna cosa desviada de la fe, ella quería rechazarla y remitirse al juicio de los clérigos.

Sobre el contenido de los decimoctavo, decimonoveno, vigésimo, vigesimoprimer y vigesimosegundo artículos, no sabe nada excepto lo que se encuentra en lo que declaró.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró que estuvo presente durante la primera sentencia y predicación hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Érard. Cree firmemente que todo lo que fue hecho, lo fue por odio al rey muy cristiano de Francia y para difamarlo. Esto porque, en la predicación, el maestro Guillaume Érard exclamó en un momento y dijo realmente estas palabras: “¡Oh, casa de Francia! Habéis estado siempre exenta de monstruos hasta ahora. Pero en este momento, apegándote a esta mujer hechicera, herética, supersticiosa, ¡te has deshonrado!”. A esto Juana respondió: “No habléis de mi rey, él es buen cristiano”.

Sobre el contenido de los vigesimosexto y vigesimoséptimo artículos, declaró haber aprendido de Juana que un gran señor ingles vino hacia ella, en la prisión, e intentó tomarla por la fuerza. Ella dijo al testigo que esta era la razón por la cual había retomado el hábito de hombre tras la primera sentencia.

Sobre el conjunto de los otros artículos, interrogado sobre lo que ocurrió realmente, declaró que, en la mañana del día en que murió Juana, bajo autorización y orden de los jueces, y antes del pronunciamiento de la sentencia, él, testigo, escuchó a Juana en confesión y le administró el Cuerpo de Cristo. Ella lo recibió humildemente, con gran devoción y muchas lágrimas, al punto en que él testigo no tiene palabras. Desde esa hora, él no la abandonó hasta que entregó su alma. Y casi todos los asistentes lloraron de compasión, sobre todo, el obispo de Thérouanne. Y no duda que ella murió católica. Él querría, en efecto, según él dice, que su alma vaya a donde cree estar el alma de Juana.

Declaró que tras el pronunciamiento de la sentencia, ella descendió del estrado sobre el cual había escuchado la predicación, y fue conducida por el verdugo sin otra sentencia de un juez laico hasta el lugar donde estaba amontonada la leña para quemarla. Esa leña estaba sobre un estrado y el verdugo la prendió fuego por debajo. Cuando Juana percibió el fuego, ella dijo al testigo que descienda y levantara alto la cruz del Señor para que ella pudiera verla, lo cual hizo.

Declaró también que, estando cerca de ella para hablarle de su salvación, el obispo de Beauvais y algunos canónigos de la iglesia de Rouen llegaron para verla. Cuando Juana percibió al obispo, le dijo que él era la causa de su muerte, que él le había prometido colocarla en las manos de su Iglesia, pero que él la puso en las manos de sus enemigos mortales.

Declara también, interrogado sobre esto, que se procedió mal contra Juana, pues no hubo sentencia dictada por los laicos, sino solo una sentencia del obispo. Y por esta razón, dos años más tarde, un tal Georget Folenfant fue entregado por la justicia eclesiástica a la justicia secular; antes de su entrega, el testigo fue enviado ante el bailío por el arzobispo y el inquisidor, para notificar que dicho Georges debía ser entregado a la justicia secular, y que no se actuaría como se hizo con la Doncella, sino que se lo llevaría al tribunal del bailío; este debía proceder según la justicia; no se actuaría con la misma rapidez que en el caso de Juana, sino que se procedería con prudencia.

Declaró también y afirmó, sobre lo interrogado, que ella sostuvo siempre y afirmó hasta el final de su vida que las voces escuchadas venían de Dios, que todas sus acciones habían sido hechas por orden de Dios, y que ella no creía haber sido engañada por esas voces, sino que las revelaciones que tuvo venían de Dios.

No sabe nada más.

Deposición de Nicolas de Houppeville

El maestro Nicolas de Houppeville, maestro de artes y bachiller en teología, de sesenta y cinco años aproximadamente, precedentemente interrogado como testigo a presentar, y de nuevo interrogado sobre los artículos, el decimotercer día del mes de mayo.

Para iniciar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber tenido conocimiento de Juana, de su padre, de su madre, de sus parientes solamente después de que esta Juana fuese traída a la ciudad de Rouen, donde el juicio fue llevado a cabo contra ella. Le parece que tenía la edad de veinte años aproximadamente. Ella era simple, ignorante del derecho y no estaba en estado de defenderse ella misma en ese juicio. Ella conservaba, no obstante, una gran firmeza y muchos dedujeron que tenía un apoyo espiritual.

Interrogado sobre lo que puede afirmar a propósito del contenido de los quinto y sexto artículos, declaró jamás haber considerado que el obispo que convocó el juicio en materia de fe contra Juana lo haya hecho por el bien de la fe o por celo de justicia ni para devolver a Juana al buen camino. Fue a causa del odio concebido contra ella debido a que favorecía al bando del rey de Francia. No cree que el obispo actuó por temor o bajo una presión, sino que lo hizo voluntariamente, aunque algunos hubieran participado para complacer a los ingleses y otros por temor. Escuchó, en efecto, al maestro Pierre Minier decir que había dado por escrito una opinión que no había agradado al obispo de Beauvais.

Declaró también que se profirieron amenazas de parte del conde de Warwick contra el hermano Ysambert de La Pierre de la Orden de los hermanos Predicadores, quien intervino en el juicio. Se le dijo que se lo ahogaría en el Sena si no se callaba. Esto debido a que aconsejaba a Juana y reportaba sus palabras a los notarios. Aprendió esto por el hermano Jean Le Maistre, subinquisidor.

El testigo declaró también que hacia el inicio del juicio participó en algunas deliberaciones, en las cuales fue de la opinión de que ni el obispo ni aquellos que querían encargarse del juicio podían ser jueces. No le parece un buen procedimiento que aquellos del partido opuesto fuesen jueces y considerando que ella había sido ya interrogada por el clero de Poitiers y por el arzobispo de Reims, metropolitano del obispo de Beauvais. En consecuencia de esta opinión, el testigo incurrió en la indignación violenta del obispo, al punto en que fue citando ante él. Compareció ante él, afirmando que no le estaba sometido y que su juez era, no el obispo, sino el oficial de Rouen. Y así, se retiró. Después, no obstante, como decidió comparecer por este asunto ante el oficial de Rouen, fue capturado, conducido al castillo, y luego a la prisión real. Y porque preguntaba por qué razón se lo apresaba, se le respondió que era por pedido del obispo de Beauvais. El testigo cree que era a causa de las palabras pronunciadas en su opinión ya que, dice él, el maestro Jean de La Fontaine, su amigo, le hizo llegar una nota para advertirle que el era detenido debido a esas palabras, que indignaron muchísimo al obispo. Sin embargo, por insistencia del señor abad de Fécamp, el testigo fue sacado de prisión. Escuchó decir que, siguiendo la opinión de algunas personas reunidas por el obispo, él debía ser exiliado a Inglaterra u otros lugares alejados de la ciudad de Rouen. Lo cual impidieron, no obstante, el señor abad de Fécamp y algunos amigos del testigo.

Declaró también que el hermano Jean Le Maistre, subinquisidor, no intervino en ese juicio más que forzado y colmado de miedo; lo vio extremadamente avergonzado durante ese juicio.

Sobre los séptimo, octavo y noveno artículos, sabe solamente que Juana estaba en prisión, en el castillo de Rouen, y allí estaba vigilada por los ingleses.

Sobre los décimo, decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró que no asistió al juicio. Pero escuchó decir al maestro Jean Le Maistre, subinquisidor, que Juana se quejó una vez de las preguntas difíciles que se le hacían, que se la acosaba demasiado sobre esas preguntas y, sobre todo, sobre algunas que no concernían al juicio, según ella decía. Y entonces, corrió el rumor de que se prohibía a los notarios escribir ciertas palabras de Juana.

Sobre el contenido de los decimoquinto, decimosexto y decimoséptimo artículos, se remite al juicio. Y lo mismo sobre el contenido de los decimoctavo, decimonoveno, vigésimo y vigesimoprimer artículos. 

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, declaró y afirmó, en cuanto a los rumores corrientes en la ciudad de Rouen, que algunas personas se hicieron pasar por soldados partisanos del rey de Francia, fueron introducidos secretamente ante ella para persuadirla de no someterse a la Iglesia, sino ellos proseguirían el juicio contra ella. Era voz popular también que, a causa de esos consejos, ella había variado muchas veces sobre la sumisión. Escuchó entonces decir que el maestro Nicolas Loyseleur era uno de esos engañadores que fingió ser del partido del rey de Francia.

Sobre el contenido de los otros artículos, declaró y cree que Juana fue buena católica. Sabe que ella recibió el Cuerpo de Cristo el día de su muerte y la vio salir del castillo para ir al lugar del suplicio, llena de lágrimas. Más de ciento veinte soldados la condujeron, los cuales unos llevaban lanzas, otros espadas. Por ende, el testigo, movido por la compasión, no tuvo la fuerza para ir hasta el lugar del suplicio. Y cree que todo lo que fue hecho contra Juana fue por odio al rey de Francia y para difamarlo. Siguiendo la opinión común, todo lo que había sido hecho por ellos en el juicio era nulo y Juana había sido victima de una muy grande injusticia.

Declara también haber oído decir al maestro Pierre Minier que su parecer, así como el de los maestros Richard de Grouchet y Pierre Pigache, no había sido aceptado, porque no agradaba, y porque ellos alegaban el Decreto*. No sabe nada más.

*Decreto de Graciano

Deposición de Monseñor Jean Lefèvre

Reverendo padre en Cristo y señor, monseñor Jean Lefèvre, profesor de teología sagrada, de la Orden de los hermanos ermitaños de San Agustin, obispo de Démétriade, de setenta años aproximadamente, hace un tiempo interrogado y jurado, y de nuevo interrogado el decimosegundo día del mes de mayo sobre el contenido de los artículos producidos en este juicio de nulidad.

Interrogado, para comenzar, sobre lo que podía testificar a propósito del contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber tenido conocimiento de Juana, de sus padres o de sus parientes, solamente a partir de que esta Juana fue llevada a la ciudad de Rouen, y en el momento en el que fue convocado contra ella el juicio en materia de fe por el obispo de Beauvais y el subinquisidor. El testigo estuvo presente en ese juicio hasta la primera predicación hecha en Saint-Ouen, pero no luego. Le parece que Juana tenía alrededor de veinte años, era muy simple y respondía con sabiduría al punto en que durante tres semanas la creía inspirada, aunque, en su opinión, ella insistía mucho, y demasiado, sobre sus visiones.

Interrogado entonces sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró y afirmó que, según su impresión, los ingleses procedían contra ella por el odio que le tenían debido a que le temían mucho. Pero si los jueces procedieron por odio o para complacer, no lo sabe. No obstante, el juicio fue llevado a cabo con gastos de los ingleses. Sabe bien que todos aquellos que participaron del juicio no tenían plena libertad porque ninguno habría osado decir algo por miedo a ser mal considerado. En efecto, alguien, habiendo preguntado una vez si Juana estaba en estado de gracia, el testigo declaró que la pregunta era muy difícil, a la cual Juana no debía responder. Pero fue reprendido por el obispo de Beauvais: “Sería preferible para vos que callaseis”.

Interrogado sobre lo que puede afirmar sobre el contenido de los séptimo, octavo y noveno artículos, dijo y declaró que Juana estaba en la prisión del castillo de Rouen. Pero en qué condiciones, lo ignora. Dijo, no obstante, que algunos asesores estaban muy disgustados de que Juana no fuese colocada en una prisión de la Iglesia. Y él mismo, testigo, murmuró muchas veces porque no le parecía un buen procedimiento tenerla entre las manos de laicos, sobre todo de ingleses, en virtud de que ella había sido liberada a las manos de la Iglesia. Muchos eran de esta opinión, pero nadie osaba hablar.

Sobre el décimo artículo, no sabe si ella fue examinada o no. Pero sabe bien que una vez, como se le preguntó por qué se apodaba “La Doncella”, y si ella lo era verdaderamente, respondió: “Puedo bien decir que soy así; y si no me creéis, hacedme visitar por mujeres”. Ella se mostraba dispuesta a aceptar un examen, provisto de que fuese hecho por mujeres honestas, como es la costumbre.

Sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró que se hacían a Juana muchas preguntas profundas, de las cuales ella salía, no obstante, bastante bien. Y a veces aquellos que la interrogaban interrumpían su interrogatorio, pasando de una pregunta a otra, para ver si ella iba a modificar sus comentarios. La fatigaron tanto por tan largos interrogatorios, estando allí durante dos o tres horas, al punto en que los doctores que asistían estaban ellos mismos muy fatigados. A veces, aquellos que la interrogaban le cortaban la palabra en el curso de las preguntas, al punto de que ella apenas podía responder. Incluso el hombre más sabio del mundo difícilmente habría podido responder.

Declaró recordar que una vez, durante el juicio, Juana era interrogada sobre sus apariciones y se le leía algún artículo de sus respuestas. Le pareció entonces al testigo que se había registrado mal y que ella no había respondido de esa manera; por ende, le dijo a Juana de prestar atención. Ella preguntó entonces al notario que redactaba que releyera. Tras esta lectura, ella dijo al notario que había dicho lo contrario y que no había redactado bien. Su respuesta fue corregida. El maestro Guillaume Manchon dijo entonces a Juana que, de ahí en más, prestase atención.

Sobre el contenido de los decimoquinto, decimosexto y decimoséptimo artículos, declaró no recordar que Juana hubiese rehusado someterse a la Iglesia. Pero escuchó muchas veces decir que ella no quería sostener o hacer, en la medida de lo que pudiera, nada que fuese contra Dios.

Interrogado sobre el contenido de los decimoctavo, decimonoveno, vigésimo y vigesimoprimer artículos, declaró no saber nada sobre esto. Sabe solamente que algunos artículos fueron redactados para ser enviados a los opinantes, pero si fueron bien y fielmente redactados, no lo sabe.

Interrogado sobre el contenido de los otros artículos, a él leídos y expuestos todos juntos, declaró y afirmó que, tras la primera predicación hecha en Saint-Ouen, como lo ha dicho, no asistió más al juicio hasta el día de la última sentencia. Estuvo presente en la predicación hecha en el Vieux Marché por el maestro Nicolas Midi y le parece que Juana terminó sus días como católica, gritando: “¡Jesús! ¡Jesús!”. Ella lloraba tanto, haciendo piadosas lamentaciones, que, en su opinión, ningún hombre, si hubiera estado presente, habría tenido el corazón duro al punto de no ser movido a las lágrimas. Y, en efecto, monseñor de Thérouanne y todos los señores asistentes lloraron por tanta piedad. El testigo recuerda bien que, en la última predicación hecha en el Vieux Marché, Juana solicitó a todos los sacerdotes presentes que digan cada uno una misa por ella. Pero no permaneció hasta el final, se fue, porque no habría podido soportar la vista.

No sabría, interrogado, declarar nada más sobre esos artículos.

Deposición de Jean Lemaire

El señor Jean Lemaire, sacerdote, párroco de la iglesia parroquial de Saint-Vincent de Rouen, de cuarenta y cinco años aproximadamente, interrogado ya el decimonoveno día del mes de diciembre, como testigo a presentar, y luego escuchado de nuevo, el decimosegundo día del mes de mayo.

Interrogado sobre lo que puede declarar o afirmar a propósito del contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no tener más que poco conocimiento sobre esta Juana. Esto debido a que, cuando fue conducida a la ciudad de Rouen, él era estudiante de la Universidad de Paris. Y llegó a la ciudad de Rouen solamente eldía en que fue pronunciado en Saint-Ouen el sermón del maestro Guillaume Évrard, y allí fue que vio a Juana.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró que, según los rumores corrientes entonces en Rouen, los ingleses habían mandado a hacer el juicio contra Juana a causa del odio y del temor que le tenían. Declaró que, sin ninguna duda, tanto en la forma como en la manera de proceder, y luego al dar las sentencias, la justicia fue muy ofendida. Escuchó decir que muchos de los señores asesores en el juicio estaban disgustados por el juicio y desencantados con el procedimiento. Algunos estuvieron en gran peligro de muerte y, sobre todo, según dice, el difunto maestro Pierre Morice, abad de Fécamp, el maestro Nicolas Loiseleur, y muchos otros.

No sabe nada más sobre el contenido de los otros artículos.

Deposición de Nicolas Caval

El maestro Nicolas Caval, licenciado de leyes, canónigo de Rouen, de setenta años aproximadamente, interrogado ya el decimonoveno día de diciembre, y luego escuchado nuevamente el decimosegundo día de mayo, jurado e interrogado sobre el contenido de los artículos presentados en el juicio.

Y, para iniciar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber tenido conocimiento de Juana solamente cuando fue conducida a la ciudad de Rouen. La vio durante el juicio, en el cual asistió durante algunos días, no obstante, sin haber sido requerido, según él decía. Y la vio una vez en la corte de justicia, donde respondía con suficiente sabiduría. Tenía una muy buena memoria porque a algunas preguntas ella replicaba: “Yo he respondido de otra manera y de tal manera”. Hacia entonces buscar al notario el día de la respuesta y se lo encontraba conforme a lo que ella declaraba, sin la menor adicción o sustracción, lo cual sorprendida en virtud de su joven edad.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, cree que los ingleses no tenían un gran amor por ella; pero en cuanto a los jueces, no sabría decir nada. De los notarios cree que escribieron fielmente, sin temor alguno.

Sobre el contenido de los otros artículos, declaró solamente haber escuchado decir que ella murió católica y que en su última hora, ella invocaba el nombre de Jesús. No estuvo presente durante la condenación.

No sabe nada más.

Deposición de Pierre Cusquel

Pierre Cusquel, laico, burgués de Rouen, de cincuenta y tres años aproximadamente, ya recibido, jurado e interrogado hace un tiempo, y de nuevo escuchado el decimosegundo día del mes de mayo sobre los artículos producidos en el presente juicio.

Y, para comenzar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber tenido conocimiento en lo absoluto de su padre, de su madre, de sus parientes. En cuanto a Juana, tuvo, no obstante, conocimiento cuando ella fue traída a la ciudad de Rouen. La vio en prisión porque, por solicitud y gracias a la complicidad del maestro Jean Son, maestro de obras del castillo de Rouen, entró dos veces en su prisión. Charló con ella y le aconsejó hablar con prudencia, tratándose de su vida o de su muerte. Según opina el testigo, Juana tenía casi veinte años, era absolutamente simple y, cree él, ignorante del derecho, aunque respondía con prudencia.

Interrogado sobre el contenido de los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, declaró que el juicio hecho contra ella en materia de fe, lo fue no por apego a la fe o por celo de justicia, sino por odio y a causa del temor que inspiraba Juana a los ingleses. Cree que los jueces y los asesores procedieron contra ella con parcialidad y por insistencia de los ingleses, a quienes no habrían osado contradecir. En efecto, según lo que escuchó entonces, como había tenido rumores confusos sobre la vuelta a la vestimenta [de hombre], el maestro André Marguerie, le parece a él, declaró que era necesario investigar la verdad sobre el cambio de hábito de Juana antes de proseguir con el procedimiento. Pero alguien le dijo que se callara en el nombre del diablo. Y cree que nadie habría osado dar consejo a Juana o defenderla, o dirigirla.

Interrogado sobre el contenido del noveno artículo, declaró y afirmó que Juana, tras haber sido traída a la ciudad de Rouen, fue colocada en el castillo de Rouen, en la prisión del castillo, en una habitación situada bajo una escalera, al lado del campo. La vio allí y le habló dos veces, como ya ha dicho. Agregó que se mandó a hacer una jaula de hierro para detenerla de pie, jaula que el testigo vio pesar en su propia casa. No vio, sin embargo, a Juana encerrada en ella.

Sobre el contenido del décimo artículo, afirmó haber escuchado decir que la dama duquesa de Bedford había hecho examinar a Juana para saber si ella era virgen o no. Y se la encontró virgen. Y esto lo escuchó decir por muchas personas, de los cuales no recuerda sus nombres.

Asimismo, interrogado sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró y afirmó jamás haber asistido al juicio. Pero el rumor corriente era que se la acosaba mucho con diversas preguntas, con aquellos que la interrogaban esforzándose por hacerla caer en palabras porque había hecho la guerra contra los ingleses.

Interrogado sobre el contenido de los decimoquinto, decimosexto y decimoséptimo artículos, declaró haber escuchado decir que Juana estaba sometida a la Iglesia y a nuestro señor el Papa. Y escuchó de la boca misma de Juana, en medio del sermón hecho en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Érard, que ella no quería sostener nada contra la fe católica. Y si en sus palabras o actos había un error contra la fe, ella quería rechazarlo y someterse al juicio de los clérigos.

Interrogado sobre el contenido de los decimoctavo, decimonoveno, vigésimo y vigesimoprimer artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido del vigesimosegundo artículo, declaró haber escuchado decir, por algunos de quienes no recuerda más los nombres, que el maestro Nicolas Loiseleur fingía ser Santa Catalina e incitaba a Juana a decir lo que él quería.

Asimismo, sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto, vigesimoquinto, vigesimosexto, vigesimoséptimo y vigesimoctavo artículos, interrogado y escuchado, sabe solamente que una predicación fue hecha en Saint-Ouen por el maestro Guillaume Érard, a la cual asistió el testigo. Pero sobre lo que pasó allí, no sabe nada más que lo que ha declarado anteriormente.

Interrogado sobre el contenido de los otros artículos y especialmente de los vigesimonoveno, trigésimo, trigésimo primer, trigésimo segundo, y trigésimo tercer artículos, declaró saber bien que una predicación fue hecha en el Vieux Marché y que Juana fue quemada allí. Pero no quiso asistir, su corazón no habría podido soportarlo por compasión por Juana. Esto debido a que era de reputación pública, y casi todo el mundo lo decía, que Juana había sufrido un grane escándalo y una injusticia. Escuchó, en efecto, al maestro Jean Tressart, secretario del rey de Inglaterra, volviendo del lugar del suplicio de Juana, triste y muy afligido, quien relataba y deploraba lamentándose de todo lo que había pasado y lo que había visto en ese lugar. Él decía esto: “Estamos todos perdidos porque una santa ha sido quemada”. Y cree que su alma estaba en las manos de Dios porque en medio de las llamas, decía él, ella gritaba siempre el nombre de Jesús. Declaró, además, que tras la muerte de Juana, los ingleses hicieron recolectar sus cenizas y las hicieron tirar en el Sena porque [porque temían] su fuga y temían que se creyera en una evasión. No sabe nada más.

Deposición de André Marguerie

El venerable y prudente maestro André Marguerie, archidiácono de Petit Caux en la Iglesia de Rouen, licenciado en uno y otro derecho, de setenta y seis años aproximadamente, anteriormente interrogado como testigo a presentar el decimonoveno día del mes de diciembre, y luego sobre los artículos de este juicio escuchado el decimosegundo día del mes de mayo.

Interrogado, para empezar, sobre lo que puede declarar o afirmar a propósito del contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró no haber tenido conocimiento de Juana hasta el inicio del juicio llevado a cabo contra ella. Era joven, según dice, algo prudente en sus respuestas. Pero no asistió muy seguido a ese juicio.

Asimismo, sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró haber escuchado que Juana fue capturada dentro de los límites del obispado de Beauvais, en Compiègne, conducida a la ciudad de Rouen y detenida en el castillo de Rouen, donde fue convocado ese juicio en materia de fe por el obispo de Beauvais y el subinquisidor, impulsado por los ingleses. Dijo también que muchos de los asesores en el juicio sufrieron reproches porque no habían hablado con la contundencia suficiente como habían deseado los ingleses. Pero ignora si uno de ellos estuvo en peligro de muerte por esta razón. Escuchó, no obstante, que el maestro Nicolas de Houppeville rehusó dar su opinión. Agregó que algunos ingleses procedieron contra ella por odio, pero los hombres notables actuaban con buen espíritu.

Sobre los séptimo y octavo artículos, no sabe nada.

Sobre el noveno, declaró que ella estaba en la prisión del castillo de Rouen donde él la vio. Cree que estaba vigilada por los ingleses, ya que aquellos tenían la guardia del castillo donde estaba encarcelada. Sobre ese punto, el testigo siempre pensó que se procedía mal, manteniéndola en las manos de laicos durante un juicio en materia de fe, sobre todo tras la primera sentencia, cuando fue condenada a la prisión perpetua.

Interrogado sobre el contenido del décimo artículo, declaró creer que ella fue examinada para saber si era virgen o no. Pero, en verdad, no osa afirmarlo. Sabe, no obstante, que durante el juicio se la tenía por virgen.

Sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer, decimocuarto y decimoquinto artículos, no sabe nada, porque no asistió mucho al juicio.

Sobre el contenido de los decimosexto y decimoséptimo artículos, declaró haber escuchado de la boca misma de Juana, interrogada para saber si ella quería someterse a la Iglesia, que para ciertas cosas ella no creería ni a su obispo, ni al papa, ni a nadie, porque las obtenía de Dios. Y esa fue una de las razones por las cuales se procedió contra ella, a fin de obtener una retractación.

Sobre el contenido de los decimoctavo, decimonoveno, vigésimo, vigesimoprimer y vigesimosegundo artículos, no sabe nada.

Interrogado sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró que estuvo presente durante la primera predicación. Y recuerda bien que, en el intervalo en que se hacía la abjuración, un capellán del cardenal de Inglaterra, presente en esta primera predicación, dijo al obispo de Beauvais que él favorecía demasiado a Juana. Entonces, el obispo de Beauvais le respondió que mentía porque él, obispo, no pretendía querer favorecer a nadie en una causa semejante. Por esto, el capellán fue reprendido por el cardenal de Inglaterra, quien le dijo que se callara.

Asimismo, sobre el contenido del vigesimosexto artículo, declaró haber ido al castillo un día después de haber aprendido que Juana había retomado el hábito de hombre. Preguntó entonces cómo y en qué circunstancias ella había retomado este hábito. Pero los ingleses, furiosos con esta pregunta, hicieron un gran tumulto, al punto de que el testigo y muchos otros que habían venido al castillo por este asunto, fueron obligados a partir rápidamente, estando sus cuerpos en peligro.

Sobre el contenido de los vigesimoséptimo y vigesimoctavo artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido de los vigesimonoveno, trigésimo, trigésimo primer, trigésimo segundo y trigésimo tercer artículos, declaró y afirmó que estuvo presente durante la última predicación. Pero, colmado de compasión, no asistió a la ejecución de la sentencia. Sabe, no obstante, que muchos lloraron, sobre todo, el señor obispo de Thérouanne, entonces canciller.

Sobre la piedad de Juana al momento de su muerte, no sabe nada, porque no estuvo presente. Pero ella parecía muy preocupada, porque decía: “Rouen, Rouen, ¿Moriré aquí?”. Declaró también que, según le parece, por orden del cardenal de Inglaterra, las cenizas de Juana tras su muerte fueron reunidas y tiradas en el Sena. No sabe nada más.

Deposición de Maugier Leparmentier

Honrada persona Maugier Leparmentier, clérigo no casado, ujier del tribunal arzobispal de Rouen, de unos cincuenta y seis años, previamente escuchado y, el día doce de mayo, escuchado e interrogado sobre los artículos.

Y, para iniciar, sobre los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber conocido a esta Juana solamente luego de que ella fuera traída a la ciudad de Rouen. La vio en el castillo de la ciudad, donde el testigo fue enviado con su ayudante, para someter a Juana a la tortura. Ella fue interrogada algún tiempo. Se comportaba con mucha sabiduría en sus respuestas, al punto de que los asistentes se maravillaban. No obstante, el testigo y su ayudante se retiraron sin haber atentado contra su persona.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, declaró que el juicio contra Juana fue llevado a cabo por pedido de los ingleses y por el obispo de Beauvais. Esto debido a que, según se decía, ella había sido capturada en el territorio de Beauvais. Dijo, sin embargo, que este obispo estaba muy apegado al partido inglés. Agregó que los hermanos de la Orden de los Predicadores tuvieron mucho trabajo ya que aconsejaron a Juana someterse a la Iglesia, como lo escuchó decir. Y la reputación pública era que todo lo que se hacía contra Juana era hecho por odio al rey de Francia y su bando, y que Juana había sufrido una gran injusticia.

Sobre el contenido de los séptimo, octavo y noveno artículos, sabe solamente que ella estaba en el castillo en la gran torre. La vio allí cuando fue mandado, como ha dicho, para someterla a la tortura, a pesar de que nada fue hecho.

Interrogado, además, sobre el contenido del vigesimotercer al trigésimo tercer artículo, los otros siendo omitidos porque no tiene nada para decir, declaró que estuvo presente durante la primer predicación hecha en Saint-Ouen y de la misma manera en la última, hecha en el Vieux Marché, el día en que Juana fue quemada. Y la leña para quemarla había sido colocada allí incluso antes de que la predicación terminara y hubiera sido pronunciada la sentencia. Y tan pronto fue dada la sentencia por el obispo, sin ningún intervalo, ella fue conducida al fuego. No notó que sentencia alguna fuese dada por un juez laico porque ella fue conducida al fuego al instante. En las llamas, ella gritó más de seis veces “Jesús” y, sobre todo, en su último suspiro gritó a alta voz “Jesús”, al punto en que todos los asistentes pudieron escucharlo. Agregó que casi todos los asistentes lloraron por compasión.

Declaró, finalmente, haber escuchado decir que las cenizas, tras la cremación, fueron recogidas y tiradas al Sena.

No sabe nada más sobre el contenido de los dichos artículos.

Deposición de Laurent Guesdon

La honrada persona de Laurent Guesdon, burgués de Rouen y abogado en la corte laica, clérigo casado, escuchado el decimosegundo día de mayo.

Sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró haber conocido a esta Juana solamente luego de que fuese traída a la ciudad de Rouen, donde la vio por primera vez. No la vio más hasta la predicación en Saint-Ouen.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, ignora con qué celo los jueces procedieron, pero cree que si Juana hubiera sido del bando inglés, no se habría procedido de esta manera contra ella.

Sobre los otros artículos hasta el vigesimotercero, sabe solamente que ella estaba en la prisión del castillo de Rouen, y no en una prisión ordinaria. Pero ignora cómo y por qué.

Interrogado sobre lo que sabe del contenido de los artículos vigesimotercero, vigesimocuarto, vigesimoquinto, vigesimosexto, vigesimoséptimo y vigesimoctavo, declaró y afirmó, como lo ha dicho ya, que estuvo presente en la primera predicación hecha en Saint-Ouen. Tras esta predicación, el testigo sabe bien que se recomendaba a Juana hacer ciertas cosas que ella rechazaba. Pero ignora de qué se trataba.

Interrogado sobre el contenido de los vigesimonoveno, trigésimo, trigésimo primer, trigésimo segundo y trigésimo tercer artículos, declaró que estuvo presente en la última predicación hecha en el Vieux Marché de Rouen, y se encontraba allí con el bailío porque el testigo era entonces el lugarteniente de él. Y fue pronunciada una sentencia en la cual Juana era abandonada a la justicia secular. Tras el pronunciamiento de esta sentencia, inmediatamente y sin intervalo, fue puesta en las manos del bailío. Sin más y sin esperar que el bailío o el testigo, a los cuales pertenecía el dar una sentencia, lo hubiesen hecho, el verdugo capturó a Juana y la condujo al lugar donde la leña había sido preparada y donde fue quemada. Y le pareció que no era un buen procedimiento, pues poco después un malhecho llamado Georges Folenfant fue, de igual manera y tras la sentencia de la justicia eclesiástica, llevado a la justicia secular. Entonces, ese Georges fue conducido a la cohue. Allí fue condenado por la justicia secular y no fue llevado tan rápidamente al suplicio.

El testigo cree también que Juana murió católica porque murió gritando el nombre del Señor Jesús. Y era una lástima. Casi todos los hombres presentes fueron movidos a las lágrimas. Declaró, además, que tras la muerte de Juana, las cenizas que quedaban fueron recogidas por el verdugo y tiradas en el Sena. No sabe nada más, debidamente interrogado, sobre el contenido de esos artículos.

Deposición de Jean Riquier

La venerable persona del señor Jean Riquier, sacerdote, capellán de la Iglesia de Rouen y párroco de la iglesia parroquial de Heudicourt, en la diócesis de Rouen, de cuarenta y siete años aproximadamente, testigo citado, producido, jurado e interrogado.

Sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró y afirmó, bajo juramento, saber lo siguiente: que el vio a Juana por primera vez durante la predicación hecha en Saint-Ouen, y otra vez durante la predicación hecha en el Vieux Marché. Era una muchacha joven de veinte años aproximadamente. Ella era, cree él, fiel católica porque en su último día solicitó recibir el sacramento de la Eucaristía, y lo recibió. El testigo no tiene más conocimiento de ella.

Sobre el contenido de los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, declaró verdadero que Juana fue traída a la ciudad de Rouen y que un juicio fue convocado contra ella en materia de fe. El testigo era entonces corista de la Iglesia de Rouen y a veces escuchaba a los sacerdotes de la Iglesia hablar de este juicio. Escuchó de esta forma al maestro Pierre Morice y a Nicolas Loiseleur, junto a otros que no recuerda, decir que los ingleses la temían hasta el punto de no osar, durante su vida y hasta su muerte, hacer un sitio ante la ciudad de Louviers. Era necesario, para complacer a los ingleses, hacer rápidamente su juicio con el fin de encontrar la ocasión de hacerla morir. Cree que todo lo que fue hecho, lo fue por solicitud y pagos de los ingleses. El rumor que corría entonces era que muchos asesores de ese juicio se habrían ausentado voluntariamente y que venían al juicio movidos por el temor y no por otra cosa.

Sobre el contenido del noveno artículo, declaró que no vio a Juana en su prisión porque se decía que nadie osaba hablarle. Sabe, no obstante, que ella estaba en el castillo, encadenada, se decía, con grilletes de hierro, y los ingleses la vigilaban.

Sobre el contenido del décimo artículo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró y afirmó no haber estado presente en el curso del juicio, pero la voz pública era que se hacían preguntas muy difíciles a Juana, y que ella solicitaba un plazo cuando no osaba responder. Agregó que el juicio fue conducido según la voluntad de los ingleses, pero fue muy largo. Y escuchó decir que los ingleses estaban disgustados por lo largo que era y reprochaban a algunas personas por no ir más rápido. Declaró también saber que, según oyó, Juana respondía con sabiduría al punto de que ninguno de los doctores que la interrogaban habrían respondido mejor.

Sobre el contenido de los decimoquinto y decimosexto artículos, declaró haber escuchado de algunas personas que Juana pretendía no querer decir ni afirmar nada contra la fe católica.

Sobre el contenido de los decimoséptimo, decimoctavo, decimonoveno, vigésimo, vigesimoprimer y vigesimosegundo artículos, no sabe decir nada en su deposición.

Pero sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró haber estado presente en la primera predicación hecha en Saint-Ouen, en la cual escuchó, entre otros, al maestro Guillaume Érard hacer comentarios negativos sobre el rey de Francia, que no recuerda más exactamente. Entonces Juana intervino para defender al rey: “No habléis del rey porque es un buen católico. Hablad de mí”.

Interrogado sobre el contenido de los otros artículos, declaró bajo juramento que asistió a la predicación hecha en el Vieux Marché el día en que murió Juana y cree que ella murió católica, como ya lo dijo. Sabe que ella fue abandonada por los clérigos y, al momento, vio a los sargentos y soldados ingleses tomarla y conducirla directamente al lugar del suplicio. No vio que sentencia alguna fuese dada por un juez secular.

Declaró también y afirmó que el maestro Pierre Morice vino a verla en la mañana antes de que fuese conducida a la predicación en el Vieux Marché. Juana le dijo: “Maestro Pierre, ¿Dónde estaré esta tarde?”. Y el maestro Pierre respondió: “¿No tenéis confianza en Dios?”. Ella dijo que si y que con la ayuda de Dios ella estaría en el Paraíso. Esto el testigo lo aprendió del mencionado maestro Pierre. Y agregó que cuando Juana vio al verdugo prender el fuego, ella se puso a gritar en alta voz “Jesús” y siempre, hasta su muerte, gritó “Jesús”. Tras su muerte, los ingleses, temiendo que se hablara de evasión, dijeron al verdugo que apagara un poco el fuego, para que los asistentes pudieran verla muerta y no se contara que se escapó.

Declaró también que el maestro Jean Alépée, en esa época canónigo de Rouen, quien se encontraba al lado de él, testigo, pronunció estas palabras, llorando mucho: “¡Si mi alma pudiera estar allí donde creo que se encuentra el alma de esta mujer!”.

No sabe nada más sobre el contenido de esos artículos.

Deposición de Jean Moreau

La honrada persona Jean Moreau, habitante de la ciudad de Rouen, de cincuenta y dos años aproximadamente, testigo citado, producido, jurado e interrogado el décimo día del mes de mayo sobre el contenido de los artículos presentados en esta causa.

Y, para iniciar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró y afirmó que él, testigo, es nativo de Viéville, cerca de Lamothe en Bassigny, no lejos de Domrémy, lugar de origen de Juana. No obstante, no conoció a Juana ni sus padres. Pero la verdad es que, en la época en que Juana se encontraba ante el rey de Francia, vinieron a la ciudad de Rouen Nicolas Sussart y Jean Chando, mercaderes caldederos, de los cuales aprendió cómo Juana había partido de la región de Lorraine. Relataron que Juana se dirigió a Vaucouleurs para ver a Jean de Baudricourt, asegurándole que era necesario conducirla o hacerla conducir ante el rey de Francia, tanto y tan insistentemente que Baudricourt accedió a que la condujeran ante el rey, entonces en Chinon. Cuando ella llegó allí, la esperó otra persona y no el rey, que ella nunca había visto. Pero ella dijo que él no era el rey. Finalmente, tras el examen de los clérigos y los doctores, ella habló con el rey. El testigo no tuvo más conocimiento de ella hasta que la vio en las dos predicaciones hechas contra ella, una en Saint-Ouen y la otra en el Vieux Marché de Rouen.

Sobre el contenido de los quinto y sexto artículos, sabe solamente que en el momento en que Juana se encontraba en la ciudad de Rouen y se hacía su juicio, un hombre notable vino de la región de Lorraine a Rouen. Se encontró con el testigo porque era de su misma región y le dijo que venía de la región de Lorraine hasta esta ciudad de Rouen porque había sido comisionado especialmente para hacer una información en el lugar de origen de Juana y saber cuál era su reputación. Lo cual hizo y transmitió al señor obispo de Beauvais, creyendo recibir una compensación por su trabajo y sus gastos. Pero el obispo de Beauvais le dijo que él era un traidor y un hombre malvado, y que no había hecho lo que debía ni lo que le había ordenado hacer. El hombre se quejó al testigo el no haber podido tener su salario debido a que esas informaciones no parecían útiles para el obispo. Declaró al testigo no haber encontrado nada, por esta información sobre Juana, que no hubiese deseado encontrar sobre su propia hermana. Y, no obstante, él había hecho las informaciones en cinco o seis parroquias cercanas a la ciudad de Domrémy y también esa ciudad. Según este hombre, había encontrado que Juana era muy piadosa, que ella frecuentaba seguido una pequeña capilla donde tenía la costumbre de llevar guirnaldas a una estatua de la Santa Virgen que se encontraba allí. Y, a veces, vigilaba los animales de su padre.

Sobre el contenido de los séptimo, octavo y noveno artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido del décimo artículo, escuchó decir, en los tiempos del juicio, que ella había sido examinada para saber si era virgen o no y que se la había encontrado intacta. Interrogado y escuchado sobre lo que podía declarar o afirmar a propósito del contenido de los decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró haber escuchado solamente lo siguiente: ella suplicaba seguido a quienes la interrogaban para que tuviese que responder solamente a uno o dos de entre ellos porque la confundían mucho por la cantidad de preguntas que le hacían al mismo tiempo.

Sobre el contenido de los vigesimotercer, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, los otros siendo omitidos debido a que no sabe nada en cuanto a ellos, declaró bajo juramento que estuvo presente en Saint-Ouen durante la predicación hecha sobre Juana. En esta predicación, aquel que hablaba ultrajaba mucho a Juana diciéndole que había actuado contra la majestad real, contra Dios y contra la fe católica, que ella había errado en la fe y que, si no se apartaba de ahora en delante de tales actos, sería quemada. Y escuchó en particular a Juana responder al predicador que ella había tomado un hábito de hombre porque tenía que vivir entre soldados con los cuales era más seguro y conveniente encontrarse con vestimenta masculina en vez de femenina, [agregando] que ella había hecho bien al actuar así. El testigo vio también que se leía a Juana una cierta cédula, pero ignora el contenido. Recuerda, no obstante, que se decía que Juana había cometido el crimen de lesa majestad y que había engañado al pueblo. Sabe también que tras la predicación, ella fue entregada a un sargento el cual, en el mismo lugar, la entregó al verdugo sin que sentencia alguna fuese pronunciada por el bailío. Ella fue conducida por el verdugo al fuego y en el fuego la escuchó pedir agua bendita. Ella gritaba “Jesús” en voz alta. Ella solicitó una cruz. Escuchó decir que ese día allí, o la vigilia, ella había recibido el Cuerpo de Cristo.

No sabe nada más.

Deposición de Nicolas Taquel

El venerable señor Nicolas Taquel, sacerdote, párroco de la Iglesia parroquial de Bacqueville-le-Martel, notario imperial y de la corte de Rouen, de cincuenta y ocho años aproximadamente, testigo producido en esta causa, recibido, jurado e interrogado el decimoprimer día del mes de mayo, el año del Señor susodicho 1456.

Y, para iniciar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, declaró que tuvo conocimiento de esta Juana durante el juicio intentado contra ella en materia de fe porque fue uno de los notarios de ese juicio, aunque no estuvo presente al principio, como aclaró en su subscripción. No asistió tampoco al procedimiento en la gran sala, sino que estuvo presente solamente cuando el juicio se desarrolló en la prisión. Y, le parece a él, que comenzó a tomar parte del proceso el decimocuarto día del mes de marzo del año del Señor 1430 [y uno], como lo prueban sus cartas de comisión, las cuales se refiere. Y, desde este día hasta el final del juicio, estuvo presente como notario en los interrogatorios y respuestas de Juana, aunque no redactó. Él escuchaba y relataba a los otros dos notarios, a saber, Boisguillaume y Manchon, quienes escribían, sobre todo Manchon.

Y cuando se le mostró el juicio firmado con su firma manual, reconoció su firma. Confesó haber firmado ese volumen y haber certificado todos los actos en los cuales había formado parte. Certificó también y reconoció las otras firmas de Manchon y Boisguillaume. Dijo también que ese juicio fue redactado en su forma actual muchísimo tiempo después de la muerte de Juana, pero ignora cuándo. El testigo recibió por su pena y por su trabajo diez francos, a pesar de que se dijo que tendría veinte. Y esos diez francos le fueron entregados de manos de un tal Benedicite, pero de donde venía esta suma, lo ignora.

Interrogado sobre el contenido de los otros artículos hasta el vigésimo, declaró que en lo que concierne al juicio y por el tiempo en que fue notario, se remite al juicio. Sobre el resto, no sabe nada.

Interrogado sobre el contenido de los vigésimo y vigesimoprimer artículos, en lo que concierne a los artículos [fabricados] de los cuales se hace mención, declaró y afirmó bajo juramento haber escuchado a los notarios hablar entre ellos de algunos artículos que debían ser fabricados. Pero quién los hizo, no sabe nada. Sabe también que esos artículos fueron enviados a Paris, pero no recuerda si fueron firmados o no. Cree no haberlos firmados. No tiene memoria de haber firmado jamás otra cosa que el juicio y la sentencia.

Interrogado, además, en cuanto a esos artículos extraídos [del juicio] y vistos por los jueces, [para saber] si fue decidido que se los corrigiera, dijo y declaró no recordarlo.

Y como se le mostró una pequeña nota del cuarto día del mes de abril del año del Señor 1431, en la cual se prevenía que los artículos en la forma en que habían sido enviados debían ser corregidos, y en el reverso de la cual se consignaban estas correcciones, confiesa que dicha nota fue escrita de la mano de maestro Guillaume Manchon, y cree haber estado presente. Cree, no obstante, que ninguna corrección fue hecha, aunque esto había sido decidido, según le parece. Pero luego, por qué razón no fue así y quién se opuso, ya no lo recuerda, dado el tiempo transcurrido.

Sobre el contenido de todos los artículos siguientes, a él leídos conjuntamente, declaró y afirmó que estuvo presente en Saint-Ouen durante la primera predicación. Pero no se encontraba con los otros notarios sobre el estrado. Él estaba, no obstante, suficientemente cerca y en un lugar donde podía escuchar lo que se hacía y lo que se decía. Y recuerda bien haber visto a Juana cuando la cédula de abjuración le fue leída. Fue leída por el señor Jean Massieu y tenía alrededor de seis líneas de una gran escritura. Juana repetía luego del dicho Massieu. Esta carta de abjuración estaba en francés y comenzaba por “Yo, Juana, etc.”. Tras esta abjuración, ella fue condenada a la prisión perpetua y conducida al castillo. Declara que después fue llamado para interrogarla, según se decía; pero entonces se produjo algún tumulto y el testigo no sabe lo que sucedió a continuación. Sabe, no obstante, que más tarde hubo otra predicación, el día mismo de la muerte de Juana. En la mañana de ese día, Juana recibió el Cuerpo de Cristo. Durante esta predicación, el testigo estuvo presente hasta el final. Una vez finalizada, Juana fue abandonada a la justicia secular. Luego el testigo se fue y no asistió a lo que ocurrió.

No sabe nada más sobre lo debidamente interrogado.

Deposición de Husson Lemaistre

La honrada persona Husson Lemaistre, laico, de oficio calderero, habitante de la ciudad de Rouen, de cincuenta y ocho años aproximadamente, nativo de Viéville, cerca de Lamothe en Bassingy, a tres leguas de distancia de Domremy, producido, recibido, jurado y escuchado por los mencionados señores jueces y comisarios el decimoprimer día del mes de mayo.

Para iniciar, interrogado sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto artículos, entre aquellos producidos en esta causa, todos los otros siendo omitidos porque no sabe nada en cuanto a ellos, declaró y afirmó bajo juramento haber conocido bien al padre y a la madre de esta Juana. Eran buenas y simples personas, viviendo como católicos. Sabe esto ya que, como él ha dicho, es nativo de Viéville, a tres leguas de distancia de la ciudad de Domremy de donde nació Juana y sus padres habitaban. No vio, sin embargo, a Juana y no tuvo conocimiento de ella hasta que vino a Reims por la coronoación del rey. El testigo habitaba entonces en esa ciudad. Y estaba también allí el padre y el señor Pierre, su hermano, con el testigo y su esposa. Tenían una gran familiaridad porque eran compatriotas y llamaban a su esposa “vecina”.

También declaró el testigo que se encontraba en su país natal cuando Juana se dirigió a Vaucouleurs ante el señor Robert de Baudricourt para que la dirigiera o la hiciera conducir hasta el rey de Francia. Y se decía entonces que era una gracia de Dios y que Juana era conducida por el espíritu de Dios.

Declaró también que Juana solicitó al mencionado señor Robert que le diera hombres para conducirla ante el señor delfín, según escuchó reportar. Esta Juana era reputada en la región como una muchacha buena y honrada. Ella había residido anteriormente en casa de una mujer virtuosa, llamada la Rousse, que vivía en Neufchâteau. Se confesaba con gusto y muy seguido, y recibía el Cuerpo de Cristo. Oyó decir que, en la época en que era conducida desde Vaucouleurs hasta el rey, algunos hombres de armas que la escoltaban fingían pertenecer al partido adverso; y como los que iban con ella simulaban querer huir, ella les decía: “¡No huyáis, en nombre de Dios!”. Y, según se contaba, cuando llegó ante el rey, ella lo reconoció aunque no lo había visto jamás. Finalmente, ella condujo al rey sin impedimentos hasta Reims, donde el testigo vio a Juana. Y el rey vino de la ciudad de Reims hasta Corbigny, después a Château-Thierry, que se rindió ante el rey. Y allí, vino el rumor de que los ingleses llegaban para batallar contra el rey. Juana, no obstante, dijo a los soldados del rey que no temieran nada, que los ingleses no vendrían.

No sabe nada más sobre lo debidamente interrogado.

Deposición de Pierre Daron

La honrada persona de Pierre Daron, lugarteniente del señor bailío de Rouen, testigo producido, recibido, jurado y escuchado por el señor inquisidor en presencia de los notarios de esta causa, y bajo mandato de los otros señores jueces, el decimotercer día del mes de mayo, diciendo ser de sesenta años aproximadamente.

Y, para iniciar, interrogado sobre lo que puede declarar o afirmar a propósito del contenido de los primer, segundo, tercer artículos, dijo y declaró bajo juramento haber tenido conocimiento de Juana solamente cuando ella fue traída a la ciudad de Rouen. El testigo, por ese entonces, era el procurador de la ciudad de Rouen. Tenía una gran curiosidad por ver a Juana y buscaba un medio favorable para verla. Se encontró a Pierre Manuel, un representante legal del rey de Inglaterra, que deseaba mucho, al igual que él, verla, y partieron juntos para ello. La encontraron en el castillo, en una torre, encadenada con grilletes, con un grueso pedazo de madera en los pies. Y ella tenía muchos guardias ingleses. Este Manuel charló con Juana, en presencia del testigo, diciéndole, en tono de broma, que no habría venido aquí, si ella no hubiera sido traída. Y le preguntó si sabía bien, antes de su captura, que sería capturada. Ella respondió que bien lo sospechaba. Y como se le preguntó entonces por qué, si ella preveía su captura, no estaba en guardia el día en que fue apresada. Ella respondió que ella no conocía ni el día, ni la hora, ni cuando esto ocurriría. No hablaron mucho más con ella. Declaró también haberla visto otra vez, durante el juicio convocado contra ella, cuando se la conducía de la prisión a la gran sala del castillo.

Sobre el contenido de los quinto, sexto, séptimo y octavo artículos, no sabe nada, excepto que algunos fueron culpados por los ingleses porque rechazaban participar del juicio, en especial el maestro Nicolas de Houppeville.

Sobre el contenido del noveno artículo, no sabe nada, excepto, como dijo más arriba, que la vio en su prisión, en una torre, atada con una gruesa pieza de madera por los pies.

Sobre el contenido de los décimo, decimoprimer, decimosegundo, decimotercer y decimocuarto artículos, declaró recordar bien que muchos clérigos fueron reunidos para el juicio. Y los notarios de ese juicio eran el maestro Pierre Manchon y el señor Guillaume Colles, hace un tiempo llamado Boisguillaume. Pero en qué espíritu actuaron ellos, no sabe nada. Declaró, no obstante, haber escuchado decir por algunos, en el curso del juicio, que Juana en sus respuestas hacia maravillas y que tenía una memoria sorprendente. En efecto, interrogada una vez sobre un punto ya tratado, incluso ocho días después, ella respondía: “He sido interrogada tal día” o “Hace ocho días que fui interrogada sobre eso y he respondido así”. Boisguillaume, uno de los notarios, al declarar que ella no había respondido, algunos de los asesores pretendían que Juana decía la verdad e hicieron lectura de la respuesta del día indicado, encontrando que Juana tenía razón. Juana se regocijaba y le dijo a Boisguillaume que, si se equivocaba una vez más, ella le tiraría de la oreja.

Sobre los artículos siguientes, del decimoquinto al vigesimosegundo, no sabe nada.

Sobre el contenido de los vigesimotercero, vigesimocuarto y vigesimoquinto artículos, declaró que estuvo presente en el sermón hecho en Saint-Ouen, pero no sabría decir nada ya que estaba muy alejado y por ende no podía escuchar nada.

Sobre el contenido del vigesimosexto artículo, declaró, siguiendo el rumor que corría entonces, que ella fue amenazada tras la primera sentencia para que retomara las vestimentas de hombre.

Sobre el contenido del vigesimoséptimo y vigesimoctavo artículos, no sabe nada.

Sobre el contenido de los otros artículos, declaró y afirmó que estuvo presente en el sermón hecho en el Vieux Marché, el día en que Juana murió. La vio ser liberada y entregada a la justicia secular y, tras haber sido así entregada, sin ninguna demora ni sentencia de un juez laico, fue llevada al verdugo y conducida sobre un estrado donde estaba preparado la hoguera para quemarla. Cree que ella terminó su vida como católica, porque hacia muchas piadosas lamentaciones y exclamaciones, invocando el nombre del Señor Jesús. Y escuchó decir, entre otras palabras: “¡Ah, Rouen, Rouen! ¿Serás tu mi casa?”. Se tenía gran pena por ella y muchos estaban movidos a las lágrimas. Y muchos estaban enojados de que fuera ejecutada en la ciudad de Rouen. Sabe también que Juana, hasta su último momento, gritó siempre: “¡Jesús!”. Agregó que luego sus cenizas y sus restos fueron juntados y tirados al Sena.

No sabe nada más.

Deposición del hermano Seguin

El hermano Seguin de Seguin, profesor de teología sagrada, de la Orden de los hermanos Predicadores, decano de la facultad de teología en la Universidad de Poitiers, de setenta años aproximadamente, jurado, interrogado y escuchado de oficio por los señores jueces y para su más completa información el decimocuarto día del mes de mayo.

Y, para iniciar, sobre el contenido de los primer, segundo, tercer y cuarto de los artículos producidos en esta causa, en especial sobre el conocimiento que tenía el testigo de la mencionada Juana, dijo y declaró bajo juramento lo que sigue:

Incluso antes de haber visto a Juana, había escuchado hablar de ella por el maestro Pierre de Versailles, profesor de teología sagrada, quien falleció como obispo de Meaux. Este último había oído decir a algunos hombres de armas que habían salido al encuentro de Juana, quien se dirigía hacia el rey, y que se habían apostado en emboscada para capturarla y despojarla a ella y a sus compañeros; pero, cuando pensaban hacerlo, no pudieron moverse del lugar en el que se encontraban, y así Juana se alejó con sus compañeros sin sufrir daño alguno.

Declaró que la vio por primera vez en la ciudad de Poitiers. El consejo del rey estaba entonces reunido en la casa de una tal La Macée, en la ciudad de Poitiers, y entre aquellos del consejo se encontraba el señor arzobispo de Reims, entonces canciller de Francia. Hicieron venir al testigo, a los maestros Jean Lombart, profesor de teología sagrada en la Universidad de Paris, Guillaume Le Marié, canónigo de Poitiers, bachiller en teología, Guillaume Aymeri, profesor de teología sagrada de la Orden de los hermanos Predicadores, el hermano Pierre Turelure, el maestro Jacques Maledon, y muchos otros de quienes no recuerda más sus nombres. Le dijeron que ellos estaban delegados por el rey para interrogar a Juana y para relatar al consejo del rey sus impresiones sobre ella. Y los enviaron a la casa del maestro Jean Rabateau, en la ciudad de Poitiers, donde estaba hospedada Juana, con el fin de examinarla. Una vez llegado allí, los delegados hicieron muchas preguntas a Juana. Y entre otras preguntas, el maestro Jean Lombart le preguntó por qué ella había venido, ya que el rey quería conocer bien que la había movido para venir a verlo. Ella respondió de bella manera que, vigilando a los animales, una voz le vino y dijo que Dios tenía gran compasión por el pueblo de Francia y que era necesario que ella fuera a Francia. Habiendo escuchado esto, ella se puso a llorar. Entonces, la voz le dijo de ir a Vaucouleurs y allí encontraría un capitan que la conduciría con seguridad a Francia y hacia el rey, y que no dudara. Así ella había hecho y llegó ante al rey sin ningún impedimento. Después, el maestro Guillaume Aymeri la interrogó: “Habéis declarado que la voz te ha dicho la voluntad de Dios de librar al pueblo de Francia de la desgracia en que se encuentra. Si Él lo quiere liberar, no es necesario tener soldados”. Juana respondió entonces: “En nombre de Dios, los soldados batallarán y Dios dará la victoria”. Esta respuesta plació al maestro Guillaume.

El testigo le preguntó qué lenguaje hablaba la voz al dirigirse a ella. Ella le respondió que era un mejor lenguaje que el suyo, pues el testigo hablaba en limosín. Le hizo otra pregunta, a saber, si ella creía en Dios. Ella respondió que si y mejor que el testigo. Entonces, el testigo dijo a Juana que Dios no quería que se creyera en ella, si nada mostraba que se le debiera darle crédito y que ellos, consejeros, no recomendarían al rey que le confiara a ella soldados por simples afirmaciones, poniéndolos en riesgo a ellos, a menos que tuviese otra cosa para avanzar. Ella respondió: “En nombre de Dios, no he venido a Poitiers para hacer signos. Pero llevadme a Orléans y os mostraré los signos que probarán que soy enviada”. Ella solicitó que le fuesen confiados hombres, el número que pareciera conveniente, y ella iría a Orléans. Anunció entonces al testigo y a los demás presentes cuatro acontecimientos que aún estaban por venir, y que sucedieron poco después. Primero, que los ingleses serían derrotados, el sitio impuesto ante Orleans levantado, y la ciudad liberada de los ingleses; aunque antes les haría una advertencia. En segundo lugar, declaró que el rey sería consagrado en Reims. En tercer lugar, que la ciudad de París volvería a la obediencia del rey de Francia; y por último, que el duque de Orleans regresaría de Inglaterra. Todas cosas que el testigo vio cumplirse. Los delegados reportaron todo esto al consejo del rey y fueron de la opinión, dada la necesidad presionante y el peligro en que se encontraba la ciudad de Orléans, de que el rey podía apoyarse en Juana y enviarla a Orléans.

El testigo y los otros delegados investigaron igualmente sobre la vida y las costumbres de Juana y encontraron que era una buena cristiana, que vivía como católica y que jamás se la encontraba ociosa. E incluso, para estar mejor informados sobre su comportamiento, se le asignaron mujeres que informaban al consejo sobre sus actos y gestos.

Y el testigo cree que esta Juana fue enviada por Dios, dado que el rey y los súbditos en su obediencia no tenían más esperanza alguna. Todos, al contrario, creían que estaban derrotados. Recuerda bien también que se preguntó a Juana por qué tenía un estandarte. Ella respondió que no quería servirse de su espada ni matar a alguien.

El testigo declaró también que Juana se ponía muy irritada cuando escuchaba jurar el nombre de Dios en vano, y que ella tenía horror de aquellos que juraban así. Ella decía a La Hire, quien tenía la costumbre de decir muchos juramentos y de renegar a Dios, que renegara su bastón. Y entonces, este La Hire, en presencia de Juana, tenía la costumbre de renegar su bastón.

El testigo no sabe nada más.

V-5 Deposición de M. Jean d’Aulon, recibido en Lyon

V-5 Rescripto del hermano Jean des Prés, subdelegado en el interrogatorio del testigo y carta directamente dirigida a Jean d’Aulon por Monseñor el Arzobispo de Reims

A continuación sigue la deposición del noble hombre el señor Jean d’Aulon, caballero, escuchado por orden del reverendísimo padre en Cristo el arzobispo de Reims, por el religioso hermano Jean des Prés, maestro de Santas Escrituras, de la Orden de los hermanos Predicadores de Lyon, y viceinquisidor general de la perversidad herética en el reino de Francia.

“A los reverendísimos padres en Cristo y señores, los señores arzobispo de Reims y el obispo de Paris, comisarios delegados en este asunto por la autoridad apostólica, el hermano Jean des Prés, maestro en teología sagrada, de la Orden de los Predicadores de Lyon y viceinquisidor general de la perversidad herética en el reino de Francia, debida reverencia y honor. Sabed, mis señores reverendísimos, y sabed todos que, el año del Señor 1456, indicción cuarta comenzada este año, el vigesimoctavo día del mes de mayo, delante de mí y de los dos notarios públicos que suscribieron sus firmas, se presentó en nuestro convento de Lyon, noble y poderosa persona, el señor Jean d’Aulon, caballero, consejero y maestro del palacio de nuestro señor el rey de Francia y su senescal de Beaucaire. Me ha expuesto oralmente lo que vos, reverendísimo padre en Cristo, señor arzobispo de Reims, habéis mandado por vuestras cartas misivas: a saber, que este señor senescal, habiendo estado algún tiempo, como lo sabéis, en la compañía de la difunta Juana, llamada habitualmente la Doncella, en este reino de Francia, fue a decir, declarar y testificar delante de mi y de dos notarios públicos lo que había aprendido y visto sobre la vida, las costumbres, del comportamiento y los actos de esta Juana, para informaros, reverendísimas paternidades, como está indicado más profundamente en las cartas misivas susodichas del reverendísimo señor el arzobispo de Reims, presentadas por el señor senescal, cuyo contenido sigue:

“A mi muy querido señor y hermano, señor Jehan d’Aulon, caballero del rey y senescal de Beaucaire.

Muy querido señor y hermano, me encomiendo a usted con todo cuanto puedo. Y es verdad que, desde que estaba en Saint-Pourçain con el rey, le escribí acerca del proceso hecho contra Juana la Doncella por los ingleses, por el cual ellos quieren sostener que ella fue bruja y herética e invocadora de demonios, y que por ese medio el rey había recuperado su reino; y así, ellos consideraban al rey y a quienes lo habían servido como heréticos. Y dado que usted conoce bien y ampliamente su vida, conducta y también su proceder, le ruego que lo que sepa al respecto lo quiera enviar por escrito, firmado por dos notarios apostólicos y un inquisidor de la fe; pues tengo unas bulas aquí para revocar todo lo que los enemigos han hecho en relación con dicho proceso. Escrito en París, el día veinte de abril”.

Así firmado: el Arzobispo y duque de Reims.

Y tan pronto el señor senescal, habiendo prestado primero juramento en mis manos de decir y afirmar la verdad sobre lo que sigue, declaró y afirmó bajo juramento, en presencia de mí, viceinquisidor y de los dichos maestros notarios, lo que está escrito aquí en lengua vulgar.

[Sigue la carta enviada de Lyon por Jean d’Aulon]

Deposición de Jean d’Aulon

Y primeramente, dice que hace veintiocho años, o aproximadamente, el rey nuestro señor estando entonces en la ciudad de Poitiers, le fue dicho que la dicha Doncella, la cual era de las partes de Lorraine, había sido llevada al dicho señor por dos hombres nobles, ellos diciendo ser el señor Robert de Baudricourt, caballero, uno llamado Bertrand, y el otro Jehan de Mes, [y a ella] presentada; por lo cual verla, él que habla fue al dicho lugar de Poitiers.

Dijo que tras la dicha presentación, habló la dicha Doncella al rey nuestro señor secretamente y le dijo algunas cosas secretas. Cuáles, no lo sabe, salvo que, poco tiempo después, el dicho señor mandó llamar a algunos de los hombres de su consejo, entre los cuales estaba el dicho declarante. Entonces les dijo que la dicha Doncella le había dicho que ella le era enviada de parte de Dios para ayudarle a recobrar su reino, que por entonces, en su mayor parte, estaba ocupado por los ingleses, sus antiguos enemigos.

Dice que, tras haber pronunciado el dicho señor estas palabras ante los miembros de su consejo, se decidió interrogar a la dicha Doncella, que en aquel entonces tenía alrededor de dieciséis años, sobre ciertos puntos relativos a la fe. Añade que, para ello, el señor hizo llamar a algunos maestros en teología, juristas y otras personas expertas, quienes la examinaron e interrogaron detenidamente sobre dichos puntos. Afirma que estuvo presente en ese consejo cuando los maestros presentaron su informe acerca de la dicha Doncella, en el cual uno de ellos declaró públicamente que no veían, sabían ni conocían en ella nada que no fuese propio de una buena cristiana y verdadera católica; y que así la tenían por tal, siendo su parecer que se trataba de una persona de gran virtud.

Dice también que, tras haber hecho dicho informe al señor por parte de los mencionados maestros, la Doncella fue luego confiada a la reina de Sicilia, madre de nuestra soberana señora la reina, y a ciertas damas que se encontraban con ella. Estas damas vieron, examinaron y observaron en privado a la Doncella, incluso en las partes más reservadas de su cuerpo; pero, después de haber visto y revisado todo lo que convenía revisar en tal caso, la mencionada dama declaró y comunicó al rey que ella y sus damas hallaban con certeza que se trataba de una doncella verdadera e íntegra, en la cual no aparecía señal alguna de corrupción o violencia.

Dice que él se hallaba presente cuando la mencionada dama presentó dicho informe.
Añade además que, después de oídas estas cosas, el rey, considerando la gran virtud que había en la dicha Doncella y lo que ella le había manifestado, es decir, que había sido enviada por Dios, decidió en su consejo que en adelante se valdría de su ayuda en el asunto de sus guerras, dado que había sido enviada para ello.

Afirma que entonces se resolvió enviarla a la ciudad de Orleans, que en aquel momento estaba asediada por los mencionados enemigos.

Dice que para ello se le asignaron personas al servicio de su persona, y otras encargadas de escoltarla.

Declara que él mismo fue designado por nuestro mencionado señor el rey para la guarda y conducción de la Doncella.

Añade también que, para la protección de su cuerpo, el dicho señor mandó hacer para la Doncella una armadura hecha a medida, y que, una vez terminada, le asignó un cierto número de hombres de armas para acompañarla y conducirla con seguridad al mencionado lugar de Orleans.

Dice que inmediatamente después se puso en camino con los dichos hombres para dirigirse a aquel lugar.

Dice que poco después que llegó a conocimiento de monseñor de Dunois, a quien en ese momento se llamaba monseñor el bastardo de Orleans, el cual estaba en dicha ciudad para preservarla y guardarla de los dichos enemigos, que la dicha Doncella venía hacia ese lugar, inmediatamente hizo reunir cierta cantidad de gente de guerra para ir a su encuentro, como La Hire y otros. Y para hacerlo y conducirla con más seguridad a la dicha ciudad, el dicho señor y sus mencionados hombres se embarcaron en un bote, y por el río Lorraine fueron a su encuentro, como a un cuarto de legua, y allí la encontraron.

Dice que inmediatamente la dicha Doncella y él que habla entraron en el dicho bote, y el resto de su gente de guerra se volvió hacia Blois. Y con el mencionado señor de Dunois y sus hombres entraron en la dicha ciudad, segura y saludablemente; en la cual el mencionado señor de Dunois la hizo alojar bien y honestamente en la casa de uno de los notables burgueses de dicha ciudad, el cual había desposado a una de las mujeres notables de la misma.

Dice que después que el mencionado señor de Dunois, La Hire y ciertos otros capitanes del partido del rey, nuestro dicho señor, hubieron conferenciado con la dicha Doncella sobre lo que era oportuno hacer para la protección, guarda y defensa de dicha ciudad, y también sobre por qué medio se podría dañar mejor a los dichos enemigos: fue entre ellos decidido y concluido que era necesario hacer venir cierto número de hombres de armas de su mencionado partido, que estaban entonces en las regiones de Blois, y que era necesario ir a buscarlos. Para poner esta cosa en ejecución y para llevarlos a la dicha ciudad, fueron comisionados el mencionado señor de Dunois, él que habla y ciertos otros capitanes con sus hombres; los cuales fueron al dicho país de Blois para traerlos y hacerlos venir.

Dice que así como estaban listos para partir a buscar a aquellos que estaban en el dicho país de Blois, y que esto llegó a conocimiento de la dicha Doncella, inmediatamente ella montó a caballo, y La Hire con ella, y con cierta cantidad de sus hombres salió al campo para evitar que los dichos enemigos les causaran algún daño. Y para hacerlo, se puso la dicha Doncella con sus mencionados hombres entre el campamento de los dichos enemigos y la dicha ciudad de Orleans, y actuó de tal modo que, no obstante el gran poder y número de gente de guerra que había en el campamento de los dichos enemigos, sin embargo, gracias a la misericordia de Dios, pasaron los dichos señores de Dunois y él que habla con todos sus hombres, y continuaron su camino con seguridad; y de igual manera volvió la dicha Doncella con sus mencionados hombres a la dicha ciudad.

Dice también que tan pronto como supo de la llegada de los ya mencionados, y que traían a los otros que habían ido a buscar para el refuerzo de la dicha ciudad, inmediatamente montó a caballo la dicha Doncella, y con una parte de sus hombres fue a su encuentro, para socorrerlos y asistirlos si hubiese sido necesario.

Dice que a la vista y conocimiento de los dichos enemigos entraron la dicha Doncella, de Dunois, el mariscal, La Hire, él que habla y sus mencionados hombres en la dicha ciudad, sin contradicción alguna.

Dice además que ese mismo día, después de comer, vino el mencionado señor de Dunois al alojamiento de la dicha Doncella; en el cual él que habla y ella habían comido juntos. Y hablando con ella, le dijo el dicho señor de Dunois que había sabido con certeza por gente de bien que un llamado Fastolf, capitán de los dichos enemigos, debía venir pronto hacia los mencionados enemigos que estaban en el citado sitio, tanto para darles socorro y reforzar su ejército, como también para abastecerlos; y que ya se encontraba en Jenville. De estas palabras la dicha Doncella se alegró mucho, según pareció a él que habla; y dijo al mencionado señor de Dunois estas palabras o semejantes: «¡Bastardo, Bastardo, en nombre de Dios, te mando que tan pronto sepas de la llegada del dicho Fastolf, me lo hagas saber; porque si pasa sin que yo lo sepa, te prometo que haré que te corten la cabeza!». A lo que le respondió el dicho señor de Dunois que no dudase de eso, pues bien se lo haría saber.

Dice que después de estas palabras, él que habla, que estaba cansado y fatigado, se recostó en un lecho en la habitación de la dicha Doncella, para descansar un poco, y también se recostó ella con su anfitriona en otra cama para igualmente dormir y descansar; pero mientras el dicho declarante comenzaba a tomar su descanso, de repente la dicha Doncella se levantó del dicho lecho, y haciendo gran ruido lo despertó. Entonces él que habla le preguntó qué deseaba; a lo cual ella respondió: “En nombre de Dios, mi consejo me ha dicho que vaya contra los ingleses; pero no sé si debo ir a sus bastillas o contra Fastolf, que los debe abastecer”. Ante eso se levantó inmediatamente el dicho declarante, y tan pronto como pudo, armó a la dicha Doncella.

Dice que mientras la estaba armando, oyeron gran ruido y gran griterío que hacían los de la dicha ciudad, diciendo que los enemigos estaban causando gran daño a los franceses. Entonces él que habla también hizo que lo armaran; y mientras esto hacía, sin que él lo supiera, la dicha Doncella salió de la habitación, y salió a la calle, donde encontró un paje montado en un caballo, al cual de inmediato hizo bajar del dicho caballo, y enseguida montó sobre él; y tan directamente y con tanta diligencia como pudo, se dirigió hacia la puerta de Borgoña, donde era mayor el ruido.

Dice que de inmediato él que habla siguió a la dicha Doncella; pero no pudo ir tan rápido como para que no llegara ella ya a dicha puerta.

Dice que al llegar a dicha puerta, vieron que traían a uno de los hombres de dicha ciudad, el cual estaba muy gravemente herido; y entonces la dicha Doncella preguntó a los que lo llevaban quién era aquel hombre; y ellos le respondieron que era un francés. Y entonces ella dijo que nunca había visto sangre de francés sin que se le erizaran los cabellos.

Dice que en ese momento, la dicha Doncella, él que habla, y muchos otros hombres de guerra de su compañía, salieron de la dicha ciudad para socorrer a los dichos franceses y dañar a los dichos enemigos según su poder; pero al estar ya fuera de la dicha ciudad, le pareció a él que habla que nunca había visto tanta gente de armas de su bando como en aquel momento.

Dice que sin más, se dirigieron hacia una bastilla muy fuerte de los dichos enemigos, llamada la bastilla Saint-Loup; la cual fue de inmediato asaltada por los dichos franceses, y con muy poca pérdida de estos, tomada por asalto; y todos los enemigos que estaban en ella muertos o hechos prisioneros, y quedó la dicha bastilla en manos de los dichos franceses.

Dice que hecho esto, se retiraron la dicha Doncella y los de su mencionada compañía a la dicha ciudad de Orleans, en la cual se refrescaron y descansaron por aquel día.

El día siguiente, la dicha Doncella y sus dichos hombres, viendo la gran victoria obtenida por ellos el día anterior sobre sus dichos enemigos, salieron de la dicha ciudad en buena orden, para ir a asediar cierta otra bastilla que estaba frente a la dicha ciudad, llamada la bastilla de Saint-Jean-le-Blanc; para lo cual, como vieron que no podían ir de manera segura por tierra a dicha bastilla, a pesar de que los dichos enemigos habían hecho otra muy fuerte al pie del puente de la dicha ciudad, de modo que les era imposible pasar, se resolvió entre ellos cruzar a una isla que estaba en el río Loira, y allí harían su reunión para ir a tomar la dicha bastilla de Saint-Jean-le-Blanc; y para cruzar el otro brazo del dicho río Loira, hicieron llevar dos botes, con los cuales hicieron un puente, para llegar a dicha bastilla.

Dijo que, hecho esto, fueron hacia la dicha bastilla, la cual encontraron toda desamparada, porque los ingleses que estaban en ella, tan pronto como vieron la llegada de los dichos franceses, se fueron y se retiraron a otra más fuerte y grande bastilla, llamada la bastilla de los Agustinianos.

Dijo que, viendo los dichos franceses que no eran fuertes para tomar dicha bastilla, se resolvió que se regresarían sin hacer nada.

Dijo que, para regresar con más seguridad y pasar, se ordenó que quedaran atrás algunos de los más notables y valientes hombres de guerra del bando de los dichos franceses, para asegurarse de que los dichos enemigos no pudieran atacarlos al regresar; y para esto fueron ordenados los señores de Gaucourt, de Villars, entonces senescal de Beaucaire, y él que habla.

Dijo que, así como los dichos franceses regresaban de la dicha bastilla de Saint-Jean-le-Blanc para entrar en la dicha isla, entonces la dicha Doncella y La Hire pasaron ambos a caballo, en un bote al otro lado de dicha isla, sobre los cuales caballos se montaron en cuanto estuvieron cruzados, cada uno con su lanza en la mano. Y cuando vieron que los dichos enemigos salían de la dicha bastilla para correr hacia sus hombres, inmediatamente la dicha Doncella y La Hire, que siempre estaban al frente de ellos para protegerlos, agacharon sus lanzas y fueron los primeros en atacar a los dichos enemigos; y entonces cada uno los siguió y comenzó a golpear a los enemigos de tal manera que, a la fuerza, los obligaron a retirarse y entrar en la dicha bastilla de los Agustinianos. Y mientras hacían esto, él que habla, estando a la guardia de un paso con algunos otros establecidos y ordenados, entre los cuales estaba un muy valiente hombre de armas del país de España, llamado Arphonse de Partada, vio pasar por delante de ellos a otro hombre de armas de su compañía, un hombre bien hecho, grande y bien armado, al cual, por ser que pasaba más allá, él que habla dijo que permaneciera un poco con los otros, para hacer resistencia a los dichos enemigos, en caso de que fuera necesario; a lo cual le fue respondido que no haría nada. Entonces, el dicho Arphonse le dijo que también podría quedarse allí como los demás, y que había otros igualmente valientes que se quedaban sin problema. El cual respondió a Arphonse que él no lo haría. Tras lo cual tuvieron algunas palabras arrogantes entre ellos, y decidieron ir ambos, uno detrás del otro, hacia los dichos enemigos, y entonces se vería quién sería el más valiente, y quién de ellos dos haría mejor su deber. Y ellos, tomados de la mano, dieron el mayor curso que pudieron, y fueron hasta el pie del palacio de dicha bastilla.

Dijo que, así como llegaron al palacio de dicha bastilla, él que habla vio dentro del dicho palacio a un gran, fuerte y poderoso inglés, bien armado, que les resistía de tal manera que no podían entrar en el dicho palacio. Y entonces él que habla mostró al dicho inglés a un tal maestro Jehan el Canónigo, diciéndole que disparara hacia el dicho inglés; porque estaba causando mucho daño, y hacía mucho mal a aquellos que querían acercarse a la dicha bastilla: lo cual hizo el dicho maestro Jehan; porque, tan pronto como lo vio, dirigió su proyectil hacia él, de tal forma que lo derribó muerto por el suelo; y entonces los dichos dos hombres de armas ganaron el paso, por el cual todos los demás de su compañía pasaron y entraron en la dicha bastilla; la cual, con gran dureza y diligencia, asediaron por todos lados, de tal manera que en poco tiempo la tomaron y la ganaron por asalto. Y allí fueron asesinados y capturados la mayoría de los dichos enemigos; y aquellos que pudieron salvarse, se retiraron a la dicha bastilla de las Tournelles, que estaba al pie del puente. Así, la dicha Doncella y los que estaban con ella obtuvieron victoria sobre los dichos enemigos por ese día. Y la dicha gran bastilla fue tomada, y permanecieron frente a ella los dichos señores y sus hombres, junto con la dicha Doncella, toda esa noche.

Dijo más que al día siguiente por la mañana, la dicha Doncella envió a llamar a todos los señores y capitanes que estaban frente a la dicha bastilla tomada, para consultar qué más hacer: por el consejo de los cuales se concluyó y decidió asediar ese día un gran bolardo que los dichos ingleses habían hecho frente a la dicha bastilla de las Tournelles, y que era conveniente tomarlo y ganarlo antes de hacer otra cosa. Para realizar esta tarea y ponerla en ejecución, los dichos Doncella, capitanes y sus hombres fueron de una parte y de otra, ese día, bien temprano, frente al dicho bolardo, al cual asediaron por todas partes, y pusieron todo su esfuerzo en tomarlo, y de tal manera que estuvieron frente al dicho bolardo desde la mañana hasta el atardecer, sin poder tomarlo ni ganarlo. Y viendo los dichos señores y capitanes que no podían ganarlo ese día, dado lo tarde que era, y también que todos estaban muy cansados y agotados, se concluyó entre ellos hacer sonar la retirada de dicho ejército; lo cual fue hecho, y al sonido de la trompeta se ordenó que cada uno se retirara por ese día. Al hacer dicha retirada, a pesar de que el que llevaba el estandarte de la dicha Doncella y lo mantenía aún en pie frente al dicho bolardo, estaba cansado y agotado, entregó dicho estandarte a un tal llamado el Vasco, que estaba al servicio del señor de Villars; y porque él que habla conocía al dicho Vasco como un hombre valiente, y temía que debido a la retirada pudiera haber malas consecuencias, y que la dicha bastilla y bolardo quedaran en manos de los dichos enemigos, tuvo la idea de que, si el dicho estandarte era llevado hacia adelante, debido a la gran confianza que conocía que tenían en los hombres de armas que estaban allí, podrían, por este medio, ganar el dicho bolardo. Y entonces le preguntó él que habla al Vasco si él entraba y se dirigía hacia el pie del dicho bolardo, si lo seguiría: a lo cual le respondió y prometió que lo haría. Y entonces él que habla entró en el dicho foso y fue hasta el pie de la dársena de dicho bolardo, cubriéndose con su escudo para protegerse de las piedras, y dejó a su compañero al otro lado, al cual pensaba que debía seguir paso a paso; pero como cuando la dicha Doncella vio que su estandarte estaba en manos del dicho Vasco, y creía que lo había perdido, así como el que lo portaba había entrado en el dicho foso, vino la dicha Doncella, quien tomó el dicho estandarte por la punta, de tal forma que él no lo podía tomar, gritando: “¡Ah! ¡Mi estandarte! ¡Mi estandarte!” y movía el dicho estandarte, de manera que la imaginación del dicho testigo era que al hacer esto los otros pudieran pensar que ella les hacía alguna señal; y entonces él que habla gritó: “¡Ah, Vasco! ¿Es esto lo que me prometiste?”. Y entonces el dicho Vasco tiró tan fuertemente del dicho estandarte que lo arrancó de las manos de la dicha Doncella, y hecho esto, fue a él que habla y llevó el dicho estandarte. A raíz de esto, todos los de la hueste de la dicha Doncella se agruparon, y de nuevo se reunieron, y con tal rapidez asediaron el dicho bolardo que, en poco tiempo después, el dicho bolardo y la dicha bastilla fueron tomados por ellos, y abandonados por los dichos enemigos; y los dichos franceses entraron en la dicha ciudad de Orléans por encima del puente.

Y dice el que habla que ese mismo día había oído decir a la dicha Doncella: "Por nombre de Dios, o entraremos de noche en la ciudad por el puente". Y al decir esto, se retiraron la Doncella y sus gentes a la ciudad de Orleans, en la cual él la hizo vestir, ya que había sido herida por una flecha durante el asalto.

También dice que al día siguiente, todos los ingleses que aún estaban frente a la ciudad, al otro lado de la dicha bastilla de las Tournelles, levantaron su sitio y se marcharon, como todos confundidos y derrotados. Así, con la ayuda de nuestro Señor y de la dicha Doncella, la ciudad fue liberada de las manos de los mencionados enemigos.

Dice además que, un tiempo después del regreso de la unción del rey, el consejo del rey, que estaba entonces en Mehun-sur-Yèvre, decidió que era muy necesario recuperar la ciudad de La Chérité, que los enemigos ocupaban, pero que antes debían tomar la ciudad de Saint-Pierre-le-Moustier, que también estaba en manos de los enemigos.

Para tal fin y para reunir tropas, la dicha Doncella fue a la ciudad de Bourges, donde hizo su reunión, y desde allí, con una cierta cantidad de hombres de armas, al mando de monseñor de Elbret, fueron a sitiar la ciudad de Saint-Pierre-le-Moustier.

Y dice que después de que la dicha Doncella y sus gentes hubieran tenido el sitio frente a la ciudad durante algún tiempo, se decidió dar el asalto a la ciudad; y así se hizo, y de tomarla hicieron su deber los que allí estaban; pero, a pesar del gran número de hombres de armas que estaban en la ciudad, la gran fuerza de esta y también la gran resistencia que los de dentro ofrecían, los franceses se vieron obligados a retirarse, por las razones antes mencionadas. En ese momento, el que habla, que estaba herido por una flecha en el talón, de tal forma que no podía mantenerse ni andar sin muletas, vio que la dicha Doncella había quedado muy poco acompañada por sus hombres y otros; y temiendo que pudiera suceder algo negativo, montó a caballo e inmediatamente se dirigió hacia ella, y le preguntó qué hacía allí tan sola, y por qué no se retiraba como los demás. Ella, después de haberse quitado su yelmo, le respondió que no estaba sola y que aún tenía en su compañía a cincuenta mil de sus hombres, y que no se apartaría de allí hasta haber tomado la ciudad.

Y dice el que habla que en ese momento, aunque ella dijo eso, no tenía con ella más de cuatro o cinco hombres, y esto lo sabe ciertamente, como lo sabían muchos otros que también la vieron. Por lo cual, le dijo nuevamente que se fuera de allí y se retirara como lo hacían los demás. Entonces ella le dijo que le trajeran materiales y vigas para hacer un puente sobre los fosos de la ciudad, para que pudieran acercarse mejor. Y al decirle estas palabras, gritó en voz alta: "¡A las vigas y a las tablones todo el mundo, para hacer el puente!" Y enseguida se hizo y levantó el puente. Ante lo cual el que habla se sorprendió mucho, porque de inmediato la ciudad fue tomada por asalto, sin encontrar una gran resistencia en ese momento.

Y dice el que habla que todas las acciones de la dicha Doncella le parecían más divinas y milagrosas que de otro modo, y que era imposible que una joven doncella pudiera hacer tales obras sin la voluntad y guía de nuestro Señor.

También dice el que habla, quien durante un año entero, por mandato del rey nuestro Señor, permaneció en compañía de la dicha Doncella, que durante ese tiempo no vio ni conoció en ella nada que no fuera propio de una buena cristiana; y que siempre la vio y conoció de muy buena vida y de conducta honesta en todos y cada uno de sus actos.

También dice que conoció a la dicha Doncella como una criatura muy devota, y que se mantenía muy devotamente oyendo el servicio divino de nuestro Señor, el cual continuamente quería escuchar, especialmente en los días solemnes, la gran misa del lugar donde estaba, con las horas subsecuentes, y en los otros días una misa baja; y que estaba acostumbrada a escuchar misa todos los días, si le era posible.

También dice que en varias ocasiones la vio y supo que se confesaba y recibía a nuestro Señor, y hacía todo lo que a buen cristiano y cristiana le corresponde hacer, y sin que jamás, durante todo el tiempo que estuvo con ella, él la oyera jurar, blasfemar o perjurar el nombre de nuestro Señor ni de sus Santos, por cualquier causa u ocasión que fuera.

Dice también que, a pesar de ser joven, hermosa y bien formada, y que en varias ocasiones, tanto ayudándola a armarse como de otra manera, él vio sus pechos y, algunas veces, sus piernas completamente desnudas, al ayudarla a tratar sus heridas; y que él se acercaba con frecuencia, y también era muy joven y fuerte en su buena salud; sin embargo, nunca, por ninguna vista o contacto que tuviera con la dicha Doncella, su cuerpo se despertó con ningún deseo carnal hacia ella, ni de igual manera lo hizo ningún otro de sus hombres o escuderos, como el que habla lo ha oído decir y relatar varias veces.

Y dice que, a su parecer, ella era una muy buena cristiana y que debía ser inspirada, porque amaba todo lo que debe amar un buen cristiano, y en especial amaba mucho a un buen hombre justo que sabía que era de vida castísima.

Dice además que ha oído decir a varias mujeres que han visto a la dicha Doncella varias veces desnuda y sabían sus secretos, que nunca había tenido la enfermedad secreta de las mujeres y que nunca nadie pudo notar o percibir nada por sus ropas ni de ninguna otra manera.

Dice también que cuando la dicha Doncella tenía algo que hacer para la guerra, le decía al que habla que su consejo le había dicho lo que debía hacer.

Dice que el que preguntó quiénes eran sus consejeros, y ella le respondió que eran tres sus consejeros, de los cuales uno siempre estaba con ella, otro iba y venía a menudo, y el tercero era el que deliberaba con los dos otros. Y sucedió que una vez, entre los otros, el que habla le pidió y le rogó que le dejara ver a esos consejeros; y ella le respondió que no era lo suficientemente digno ni virtuoso para verlos. Y con esto el que habla desistió de seguir preguntando o indagando más.

Y el que habla cree firmemente, como ha dicho antes, que, viendo los hechos, gestos y grandes conductas de la dicha Doncella, ella estaba llena de todos los bienes que pueden y deben estar en una buena cristiana. Y así lo ha dicho y declarado, sin amor, favor, odio ni soborno de ningún tipo, sino únicamente por la verdad del hecho, y tal como él lo vio y conoció en la dicha Doncella.

Subscripción de los notarios en Lyon

Que la presente deposición haya sido así hecha en testimonio por el susodicho señor senescal delante de mí, viceinquisidor, y en presencia de dos notarios suscritos, yo, viceinquisidor, lo afirmo y lo certifico por este instrumento, recibido de las propias manos de los dos notarios subscritos, seguido de sus firmas manuales, con las firmas manuscritas de ellos, como prueba la aplicación de mi propio sello, que utilizo en mis funciones de viceinquisidor; el día, el año, la indicción y el pontificado antes mencionados.

[Siguen las subscripciones de los notarios]

Como está contenido anteriormente, ha testificado y testimoniado el antes mencionado Jean d’Aulon ante el señor viceinquisidor, en presencia de mí, Hugues Belièvre, clérigo, ciudadano de Lyon, notario público por la autoridad apostólica y jurado de la corte de la oficialidad de Lyon, con la impresión aquí como testimonio de mi firma manual, que es la siguiente. Así firmado: H. BELIÈVRE

Asimismo, como está escrito, ha testificado y testimoniado el anteriormente mencionado Jean d’Aulon, delante del señor viceinquisidor, en presencia de mi Bartholomé Bellièvre, ciudadano de Lyon, notario público por la autoridad apostólica y jurado de la corte de oficialidad de Lyon, y, además, en presencia del mencionado Hugon Belièvre, por la misma autoridad notario y jurado. Con el testimonio de mi firma manual, la cual utilizo en tales precedentes. Así firmado: B. BELLIÈVRE.

Colación hecha: LECOMTE. FERREBOUC.


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