Devoción al Sagrado Corazón de Jesús

 


Devoción al Santísimo Corazón de Jesús

"Estando, dice esta alma santa, delante del Santísimo Sacramento, un día de su Octava, recibí de mi Dios excesivas gracias de su amor. Movida del deseo de usar de algún retorno, y devolver amor por amor, me dijo: No me puedes devolver nada mayor que hacer lo que tantas veces te tengo pedido, y descubriéndose su Sagrado Corazón, ves aquí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha reservado hasta agotarse, y consumirse en testimonio de su amor: y en reconocimiento, yo no recibo de la mayor parte de ellos más que ingratitudes, desprecios, irreverencias, sacrilegios, y sequedades que usan conmigo en este Sacramento de amor; pero lo que me es aún más sensible es que hagan esto los corazones que me son consagrados. Por eso te pido que el primer Viernes después de la Octava de el Santísimo Sacramento sea dedicado a una fiesta particular para honrar mi Corazón, reparando de algún modo tantos ultrajes por un sentimiento honorifico, comulgando este día para reparar las indignidades que ha recibido en el tiempo que ha estado patente en los Altares: y yo te prometo que mi Corazón se dilatará para franquear con abundancia las influencias de su Divino amor a los que le hicieren honra.

Más, Señor mío, ¿de quién os valéis?, le dijo esta persona, ¿de una tan vil criatura y de una tan pobre pecadora que quizás su misma indignidad será capaz de embarazar el cumplimiento de vuestra voluntad, teniendo Vos tantas almas generosas para ejecutar vuestros designios?

¿No sabes, respondió el Señor, que yo me sirvo de los instrumentos más débiles para confundir a los fuertes? Esto es lo que ordinariamente ejecuto yo con los pequeñuelos y pobres de espíritu, en quienes manifiesto mi poder más claramente, a fin de que nada se atribuyan a si mismos.

Dadme pues, le dice, el medio de hacer lo que Vos me ordenáis.

Entonces le respondió Jesús: Encaminate a mi Siervo Claudio de la Colombiere y dile de mi parte que haga todo lo posible para establecer esta devoción y dar gusto a mi Sagrado Corazón: que no se desanime por las dificultades que hallare en ello, que no le faltarán; pues debe saber que es todo poderoso quien, desconfiando enteramente de sí mismo, pone toda su confianza en mí.”

Fragmento de "La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús" por el R.P. Jean Croiset, S.J., traducido en 1744 por R.P. Pedro de Peñalossa, S.J. 

Es imposible encontrar algo bueno en una criatura que no se encuentre en Nuestro Señor Jesucristo. Todo lo que hay de bello, amable, dulce, gentil, inteligente, y atractivo se encuentra, en términos infinitamente superiores, en Nuestro Señor Jesucristo y aún más específicamente en su Sagrado Corazón. Hemos sido llamados a venerar y adorar este Sagrado Corazón desde la primera venida de Nuestro Señor Jesucristo: “Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (San Mateo 11:28-30). No hay nada pesado en Jesucristo y lo que hay, es decir, los sufrimientos y tribulaciones que el Señor permite para aumentar nuestros méritos y acercarnos a Él, se vuelven miel dulce en nuestra alma, un consuelo inmenso de paz, no como la da el mundo, sino como la da quién creó el mundo y el mundo rechazó. El Sagrado Corazón de Jesús es un recuerdo para aquellos que enfriaron su fervor espiritual y detuvieron su conversión: “Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo” (Apocalipsis 2:4). Un recuerdo dulce, agradable y bueno para nuestra salvación. Nuestro Señor corrige y reprende a aquellos que ama: “Por eso, te aconsejo: cómprame oro purificado en el fuego para enriquecerte, vestidos blancos para revestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y un colirio para ungir tus ojos y recobrar la vista. Yo corrijo y reprendo a los que amo. ¡Reanima tu fervor y arrepiéntete!” (Apocalipsis 3:18-19). El Señor te aconseja, con caridad, que compres de Él (porque solo Él puede dar) con la oración y las buenas obras, oro purificado en el fuego, es decir, méritos y gracia en los momentos de tribulación, para enriquecerte con los tesoros del cielo, “donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben” (San Mateo 6:20). Con este amor se nos cubrirá con los vestidos de la caridad nuestra vergonzosa desnudez provocada por nuestros múltiples pecados y recobraremos la vista espiritual. ¿Y qué mejor manera de comprar del Señor los tesoros del cielo que adorar y venerar su Sacratísimo Corazón? Este Sagrado Corazón es la fuente de toda riqueza. “Te amo, Dios mío, infinitamente amable, prefiero morir a no amarte” oraban los seminaristas uruguayos hace poco tiempo. El Señor viene a nosotros para recordarnos que Él es “el Camino, la Verdad, y la Vida” (Juan 14:6) y que su Corazón Sagrado, tan lastimado por nuestras irreverencias (y especialmente en estos tiempos donde la fe disminuye y la confusión se engrandece), es negocio seguro para todo Cristiano, es un refugio de pecadores y medicina verdadera. Nuestro Señor viene a recordarnos que Él está verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar: “En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido”, dicta la bellísima oración de Santo Tomás de Aquino. Cristo es el Pelícano bueno, que da la vida y alimenta a sus crías con su propia carne. Hagamos como San Juan: “Él se recostó sobre el pecho de Jesús…” (Juan 13:25). Tú que pasas por aquí, contempla las llagas del Señor, medita el amor que ha tenido por ti, sufriendo en la Cruz. Recostémonos en el Corazón de Jesús y reparemos las tantas blasfemias, errores, herejías, cismas, sacrilegios y desprecios que generan tanto dolor al Corazón de Jesús. He aquí las oraciones y devociones para el Corazón que tanto amó al mundo que se entregó para que el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Amén.

"Por medio de esta devoción, recibieron tan grandes favores de Jesucristo: Santa Gertrudis, y santa Matilde, Santa Clara aseguraba ordinariamente que a la tierna devoción que le tenía al Sagrado Corazón de Jesús debía todas las extraordinarias gracias con las que se llenaba su alma, siempre que se ponía delante del Santísimo Sacramento; y Santa Catalina de Siena se sentía toda abrazada de amor de Jesucristo desde que comenzaba a contemplar este adorable Corazón. Y habiéndosele aparecido Jesucristo a Santa Matilde, le dijo estas admirables palabras: Hija mía, si quieres conseguir el perdón de tus negligencias en mi servicio, ten una tierna Devoción a mi Corazón, porque él es el tesoro de todas las gracias que te hago continuamente y el mismo es el manantial de todos los consuelos interiores, y de aquellas dulzuras inefables con las que lleno a mis fieles amigos". 

Los Santos que amaron al Sagrado Corazón de Jesús

Santa Clara: Santa Clara encontró en el Sagrado Corazón de Jesús la mejor manera de retornar el amor que Jesús le daba. Para manifestar este reconocimiento de las gracias que recibía, saludó y adoró muchas veces cada día al Sagrado Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento: "No hubo un solo día en que el Corazón de Cristo no fuera saludado y venerado; y en esto, el ejercicio de la impiedad no dejaba de ser rociado con no pocas voluptuosidades". 

Santa Gertrudis: Santa Gertrudis, se dice, voló hasta el Cielo y se retiró al Corazón adorado de Cristo durante su muerte. 

Santa Matilde: Se encontraba tan amable con esta devoción que a todas horas hablaba del adorable Corazón de Jesús. Se dice que encontró refugio en el Corazón de Jesús durante toda su vida y que falleció con una consolación y paz indecible a la hora de la muerte.

Santa Catalina de Siena: Hizo una entera donación de su corazón a su Divino Esposo y, en cambio, consiguió el Santísimo Corazón de Jesús, asegurando que solamente quería vivir y obrar acorde a los movimientos y a las inclinaciones del Corazón de Jesús. 

San Elzearo: Escribió a su esposa diciendo: "Si os halláis con cuidado de mi salud y deseáis saber de mí, ve muchas veces a cortejar a nuestro amable Jesús en el Santísimo Sacramento: entrad, entrad en su Sagrado Corazón, y tendréis noticias de mí, allí me hallaréis todos los días, porque esta es mi morada ordinaria."

San Bernardo: San Bernardo exclamó con mucho amor: "Oh muy dulce Jesús, ¡que de riquezas no encerráis en vuestro corazón! ¿Será bien que los hombres estén poco sentidos de la perdida que causa el olvido y la indiferencia que tienen para con este amable corazón? Por mí, nada quiero omitir por ganarle y por poseerle: yo le consagraré todos mis pensamientos, sus sentimientos y sus deseos serán los míos; en fin, daré cuanto tengo por comprar este precioso tesoro. ¿Pero qué necesidad hay de comprarlo cuando verdaderamente es mío? Digo con toda seguridad que es mío el Corazón de Jesús, pues lo es de mi cabeza y lo que es de la cabeza, ¿no pertenecerá a los demás miembros? Este Sagrado Corazón será, pues, en adelante, el Templo donde yo no cesaré de adorarle, la Victima, que continuamente ofreceré, y el Altar, donde haré mis Sacrificios, sobre el cual las mismas llamas del Divino Amor, con que arde el suyo, consumirán también el mío. En este Sagrado Corazón hallaré yo un modelo para arreglar los movimientos del mío, y un caudal exorbitante para pagar todo lo que debo a la Divina Justicia, y un lugar seguro, donde estando a cubierto de tempestades y naufragios, diré con David: Yo he hallado mi corazón para rogar a mi Dios. Es así, yo le he hallado en la adorable Eucaristía, hallando allí el de mi Soberano, de mi buen Amigo, y de mi Hermano, es a saber, el de mi amable Redentor; y después de esto, ¿como podrá ser que no pida yo con confianza y que no consiga lo que pidiere? Vamos, hermanos míos, entremos en este amable Corazón, para nunca salir de Él". 

Lanspergio, el Cartujo: Lanspergio fue un gran Cartujo, aún no canonizado, muy conocido por sus obras de piedad y prácticas de devoción. Nos dejó esta gran práctica para ejercitarnos en la piedad del Sagrado Corazón de Jesús: "Tened un gran cuidado de ejercitaros continuamente con actos frecuentes de una constante Devoción, en honrar al adorable Corazón de Jesús, todo lleno de amor y misericordia para con nosotros: por el habéis de pedir lo que queréis conseguir: por Él y con Él debéis ofrecer todo, cuanto hiciereis, al Padre Eterno; porque este Sagrado Corazón es el tesoro de todos los dones sobrenaturales, y de todas las gracias; es, digamoslo así, el camino por donde más estrechamente nos unimos con Dios, y por donde el mismo Dios se nos comunica más liberalmente: por esto, pues, os aconsejo, que pongáis en los parajes, por donde más frecuentemente paráis, alguna devota Imagen, que represente al Sagrado Corazón de Jesús, cuya vista os haga acordar continuamente de vuestras santas practicas en la Devoción de este Sagrado Corazón, y os mueva siempre a amarle más. Cuando se sientan movidos a una devoción más tierna, podréis besar esta Imagen con los mismos sentimientos, que si besaran verdaderamente a Jesucristo, Nuestro Señor; a este debéis continuamente esforzaros a unir el vuestro, no queriendo tener otros deseos, ni sentimientos, que los de Jesucristo, persuadiendoos que su Espíritu y Sagrado Corazón se pasan al vuestro y que de los dos corazones se hace un solo Corazón. Bebed, bebed despacio en este amable Corazón todos los bienes imaginables, que jamás le agotaréis. En adelante conviene, y aún es necesario, honrar con una singular devoción el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, que debe ser vuestro asilo, en el cual os debéis refugiar en vuestras necesidades para sacar el consuelo y todos los socorros que necesitáis; porque aún cuando todos los hombres os abandonaren y olvidaren, Jesús es solamente el Amigo fiel, Él os conservará siempre en su Corazón, fiad en Él, poend vuestras esperanzas en Él, los demás os pueden engañar, y efectivamente os engañan; solo el Sagrado Corazón de Jesús os ama sinceramente, y Él solo es quien jamás os engañará".

Armilla Nicolasa: En su vida titulada "El triunfo del Amor Divino", escribió lo siguiente: "Luego que me sucedía alguna aflicción de parte de las criaturas, recurría a mi amable Salvador, quien inmediatamente me llenaba de los más dulces consuelos: tanto cuidaba de consolarme en todas mis penas que diríais que parece temía el que yo tuviese algún disgusto, y las más veces me mostraba su Corazón abierto, a fin de que yo me escondiese en Él, y me hallaba al mismo instante encerrada en este Sagrado Corazón, con una tan grande seguridad que todos los esfuerzos del infierno me parecían verdaderas flaquezas, y muchísimo tiempo pasó en que no me podía hallar en otra alguna parte que en este Sagrado Corazón de calidad que decía a mis amigas: Si queréis hallarme, no me busquéis en otra parte sino en el Corazón de mi Divino Salvador; porque yo no he de salir de Él, ni de día, ni de noche, Él es mi asilo y el lugar de mi refugio contra todos mis enemigos".

Disposiciones para una tierna devoción

1. Un horror grande al pecado: Es menester estar en gracia y detestar todo aquello que es incompatible y nos separa de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, debemos detestar todo tipo de pecado y desear fervientemente no pecar en ningún momento. Dice San Cirilo que San Juan era amado, muy amado, por su gran castidad y por su enorme pureza e inocencia. Esta práctica está hecha para alcanzar esta pureza deseada por Jesucristo, pues nada impuro entra al Reino de los Cielos. Aunque no seamos perfectos, detestemos el pecado y deseemos serlo a fin de que podamos disfrutar de las gracias inestimables y preciosísimas de Nuestro Señor y de su Sagrado Corazón.

2. Una fe viva: La fe es el fundamento de nuestra vida. Nada lástima más al Señor que aquellos que profesan la fe en Él y, sin embargo, no le visitan, le ultrajan, lo blasfeman y lo ignoran constantemente en el Santísimo Sacramento del Altar. Es menester repetir los actos de fe varias veces durante el día, recibir al Señor con suma reverencia en el Sacramento de la Eucaristía, pues es verdaderamente su Cuerpo y su Sangre. Se nos da como victima inmaculada, con la naturaleza divina y humana escondida en los accidentes del pan y el vino, para que creamos con los ojos del espíritu y no con nuestros sentidos. No vemos las heridas como Santo Tomás el Apóstol, pero confesamos la divinidad y la humanidad de Jesucristo en la Eucaristía. Recibamos a Nuestro Redentor de rodillas, como Rey que És, y en la boca, como Alimento verdadero que És. 
 
3. Un deseo grande de amar a Jesucristo: No da Jesucristo su amor a aquellos que no lo desean ardientemente. Es necesario amarle con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra alma o, por lo menos, desearlo con todo nuestro ser. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados. Justicia en las Santas Escrituras significa santidad. Nuestro Señor promete que quienes desean enormemente la santidad, la obtendrán. 

4. El recogimiento interior: Nuestro Señor habla a nuestra alma en la soledad. Es un Dios silencioso, siempre presente, que rechaza el ruido y el bullicio de nuestra alma y del mundo. Es solo en el encuentro interior, en el silencio y la meditación, en que Jesucristo se presenta a su amada esposa, el alma del fiel. San Gregorio afirma que una de las primeras gracias que da Nuestro Señor Jesucristo a las almas que Él desea abrazar con su amor, es el del amor y devoción al recogimiento interno. La mayor parte de nuestras faltas provienen de la falta de recogimiento. La falta de recogimiento es lo que provoca que hablemos sin consideración, que nos dejemos llevar por nuestras pasiones, etc. Este es el camino por el que caminaron San Francisco de Asis, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo, Santa Juana de Arco, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa de Avila, etc. Es menester que cuando nuestro cuerpo trabaja en el mundo, nuestra alma esté en reposo, en la paz y en la voluntad de Nuestro Señor. Este recogimiento interior es una gracia de Dios, fácilmente rechazable por nosotros, débiles pecadores, que desvíamos la mirada hacia cosas vanas y exteriores, incluso cuando meditamos interiormente. Fácilmente buscamos el consuelo sensible en vez de la escucha interior, fácilmente nos distraemos con las cosas del mundo, y fácilmente creemos estar haciendo algo para Dios sin realmente hacerlo para Él, sino para nosotros mismos. Es necesario que cada vez que iniciamos una acción, pensemos antes para qué la hacemos, si agrada a Dios, y si la hacemos para Él. Cada tanto, levantemos la mirada del espíritu y purifiquemos nuestra intención, buscando a Dios en las cosas que hacemos. Cuando hacemos una acción para Dios, la señal más clara de que es para Dios es que no sentimos disgusto ni pena cuando somos interrumpidos en ella, sino que la continuamos más tarde sin disgusto. Representemonos a Jesucristo y a la Virgen María haciendo la acción que estamos realizando o dispuestos a realizar: ¿Es realmente algo que harían ambos? Si la respuesta es no, evidentemente debemos dejarla de lado. Pero si la respuesta es sí, pensemos la dulzura y perfección con que la harían, el amor que pondrían en esta acción. ¡Imaginemos a Jesucristo aprendiendo con suma atención la carpintería de San José!

Medios para adquirir el recogimiento interior

1. Tener gran cuidado y evitar la prisa. No debemos comenzar nada, que nos impida con entera libertad de espíritu, cumplir con nuestros ejercicios de devoción. 

2. No poner nuestro corazón en las cosas vanas e innecesarias. Cuando hacemos esto, se nos seca la oración.

3. Velar continuamente sobre nosotros mismos y buscar estar siempre en estado de orar.

4. Hacernos dueños de nuestras acciones, teniendo un corazón libre de temores y turbaciones, aplicarnos al estudio, el cuidado de la familia y demás empleos de nuestro estado como medios para llegar a Dios, y no ver en estos empleos nuestro último fin. 

5. El retiro y el silencio son medios eficaces para el recogimiento. Una persona que habla mucho es difícil que se conserve en recogimiento.

6. El recogimiento interior no es solamente señal de una gran pureza, sino que muchas veces es recompensa de ella: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

7. Utilizar señales como imágenes u objetos de devoción que nos hagan acordar que debemos estar en presencia de Dios. 

8. La moderación y sosiego en todo lo que se hace. Para esto, es ideal proponernos la modestia y dulzura de Jesucristo y la Santísima Virgen María.

9. Reflexionar frequentemente que Dios está en medio de nosotros (o que nosotros estamos en medio de Él), que todo lo oye, lo ve, y nos toca en la oración, en el trabajo, en la conversación. Es importante hacer muchos actos de fe, ser modestos. El recogimiento interior es un don de Dios. 

10. La devoción a los santos que nos aventajaron mucho, muchísimo en la vida interior, sirve de mucho provecho: San José, San Luis Gonzaga, San Ignacio de Loyola, Santa Juana de Arco, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa de Avila, etc.

Obstáculos que impiden los frutos de esta devoción

1. Una tibieza grande: Nuestro Señor Jesucristo ama al pecador, aborrece el pecado, pero sobre todas las cosas, detesta enormemente la tibieza. El Corazón de Jesús pide almas puras y capaces de su amor, que estén siempre dispuestas a recibir sus favores y llegar al grado de perfección destinado a cada uno. Las almas tibias se encuentran en estado de ceguera, no son capaces de entrar en sí mismos. Se resisten a recibir las gracias divinas de Nuestro Salvador que con tanto amor nos la da. Muchos hay que se dicen siervos del Señor que esconden sus faltas, mantienen una soberbia interna, esconden su envidia contra sus superiores, murmuras contra los demás... ¡Yo el primero! La tibieza es bien difícil de curar. Las almas tibias no suelen cometer pecados escandalosos o que horrorizan a muchos, sino que el pecado está en el corazón: "Por mucho que miran, no ven; por más que oyen no entienden; de otro modo se convertirían y recibirían el perdón".Estos pecados interiores son el fruto de una conciencia no muy delicada, un alma que no presta atención a su salud, de alguien que no conoce la gravedad de su mal. Nuestro Señor nos dice que es mejor ser fríos o calientes que tibios. En este sentido, el Señor prefiere un gran pecador que conoce sus defectos y concibe el desastre interior y exterior que ha provocado el pecado en él, y está dispuesto a enmendarse y confesarse, que aquel que no conoce nada de sí mismo, que justifica su pecado y no se fatiga en remediar sus vicios.

Los signos de un alma tibia son los siguientes: 

a. Negligencia grande en todos los ejercicios espirituales, oración sin atención, confesiones sin enmienda, comuniones sin preparación, sin fervor, y sin fruto. 

b. Distracción continua, nunca atentos a Dios ni a sí mismo, ocupado en miles de impertinencias.

c. Un mal hábito de hacer sus acciones sin ningún espíritu, solo por inclinación o costumbre, siempre haciendo todo por amor propio, por la pasión y por los respetos humanos. 

d. Pereza en adquirir las grandes virtudes necesarias de su estado de vida.

e. No hallar gusto en ejercicios espirituales, encontrar el yugo suave de Jesús muy pesado, no se comprenden las máximas de los Evangelios: odiarse a sí mismos, amar los desprecios, amar los trabajos, hacerse violencia a sí mismo, etc. La vida de los santos se ven tristes y despreciables.

f. Desprecio de las cosas pequeñas, no hacer caso de las faltas ordinarias, cometer pecados veniales sin darles importancia. 

2. Una gran parte de amor propio. Pocos son los que no obran por amor propio, y es esto lo que diferencia a los santos de los demás. Las prácticas de piedad que practicamos, muchas veces las adaptamos a lo que nos acomoda a nosotros. Las penitencias, las devociones, las demás practicas de piedad, las vemos como estorbos para ciertas cosas, como por ejemplo la salud o nuestro estado. A veces nos excusamos con el tiempo, diciendo que aún hay para practicar estas cosas o que no es el tiempo debido. Rechazamos las inspiraciones y deseos que Dios nos manifiesta de tiempo en tiempo, para trabajar nuestra perfección. Dios desea y se manifiesta en lo intimo de nuestro corazón, a través de Directores Espirituales, de un Padre espiritual, por las reflexiones buenas que hacemos, por los ejemplos que vemos. Sin embargo, aseveramos que no escuchamos a Dios, que Dios no nos habla. ¡Mentira! Tomamos nuestra inclinación y nuestro deseo, e intentamos que la voluntad de Dios se adapte a la nuestra. Muchas veces nos preciamos de una virtud aparente, que es más efecto de la educación que de la gracia. Estamos tan llenos de amor propio que buscamos nuestras propias comodidades en todas partes. No tenemos dulzura, excepto con aquellos que nos caen simpáticos. Queremos hacer buenas obras, pero escogemos cuales hacer. La enfermedad de otros tenemos por don de Dios, pero cuando Dios nos regala esa enfermedad, nos ponemos inquietos, impacientes, tristes. En ese don nos conocemos a nosotros mismos. Estamos persuadidos de que las cruces son necesarias para ser santos, pero las rechazamos cuando se nos presentan, con el pretexto de que son pequeñas. En vano somos llamados discípulos de Jesucristo si no dejamos a nosotros mismos en el camino para convertirnos en verdaderos amigos de Él. No hay verdadero amor de Jesucristo, si no hay verdadera mortificación.

3. Una soberbia secreta. Es uno de los mayores males que tenemos. Incluso cuando vencemos, el demonio utiliza esa victoria para volvernos soberbios. Ningún defecto ha dejado en el camino a las almas más que este: nos hace tibios, nos debilita incluso en la victoria. De este deseo vanidoso nace la voluntad de ser alabado por todos, de volvernos santos para tener buen nombre y buena fama, no para ser partícipes de los bienes eternos que Nuestro Señor Jesucristo nos tiene prometidos a quienes le demos gloria a su Nombre. Nos dejamos llevar por la idea de un inmerecido mérito, de un mérito fingido. Nos entristecemos cuando no nos alaban la limosna, cuando somos educados, honrados, corteses, y caritativos con el prójimo. Queremos poseer la estima del mundo, el mundo que odió y odia a Nuestro Señor. ¿Cómo vamos a querer agradar a Dios y a los hombres al mismo tiempo? Logramos ni agradar a Dios ni a los hombres, quienes tienen poca memoria y rápidamente olvidan. ¡Tonto! ¿No sabes que nadie se acordará de ti cuando no estés? ¡Alaba a Dios que se acuerda siempre de ti y te provee constantemente! Esta soberbia secreta agota las gracias que Dios nos da, nos vuelve frutos secos. ¿Cómo vas a recibir gracias sensibles, consolaciones, y demás de Dios, cuando lo rechazas? Es evidente que el amor de Cristo es contrario a la soberbia. ¿Cuál fue la primer bienaventuranza, principio de la vida espiritual? La humildad de espíritu. 

4. Pasiones que no se han mortificado. Muchas personas, a pesar de tener la disposición y voluntad de luchar contra los vicios, se portan como Saul en el Antiguo Testamento: Dios pidió a Saul que exterminase todos los Amalecitas, y que arruinase todas sus posesiones. Saul tuvo compasión y no sacrificó todo lo que encontró de precioso en el campo. Esta desobediencia le costó a Saul su reino y fue reprobado por ella. Esto ocurre con muchos: declaran la guerra a sus vicios, pero con el pretexto de una excusa "buena", se reservan alguno. Procuramos desterrar de sí el espíritu del mundo, pero nos da placer verlo en los hijos. Vestimos modestamente, pero queremos que nuestra hija se adorne con suntuosidad. Moderamos la cólera, pero damos lugar a envidias y ambiciones secretas. Recuerda que una sola pequeña atadura puede derribar todo lo que construiste en años. He aquí que muchos religiosos, a pesar de haber dejado absolutamente todo por Cristo, aún están estancados en la devoción y en la piedad, incluso a veces parece que perdieron esta. Una sola chispa puede causar un incendio grande, un pequeño agujero puede hundir un gran barco. 

¿Cómo vencer estos obstáculos?

"Es de extrañar cuantos enemigos nos combaten desde el momento mismo en que se forma la resolución de hacerse verdaderamente Siervo de Dios. Parece que todo se desencadena; el demonio por sus artificios, la naturaleza por su resistencia con que se opone a nuestros buenos deseos, las alabanzas de los buenos, las burlas de los malos, las solicitaciones de los tibios, los ejemplos de aquellos que se tienen por devotos y no lo son. Si Dios nos visita, es de temer la vanidad; si se retira, el desaliento; la desesperación puede suceder al mayor fervor; nuestros amigos nos tientan con la complacencia que acostumbramos tener con ellos; los extraños con el miedo de desagradarlos; la indiferencia es de temer en el fervor; la sensualidad en la moderación, y el amor propio en todo".

Primer Medio: Una verdadera mortificación

Sin la verdadera mortificación, no podemos esperar ser discípulos de Jesucristo: "Si alguno quiere venir en pos de mi, renunciese a sí mismo, tome su cruz, y sigame: y el que no lleva su cruz, y no se aborrece a sí mismo, no puede ser mi discípulo, ni es digno de mi". Siempre que San Ignacio escuchaba a alguien alabar a una persona aparentemente virtuosa, pregunta si esta era muy mortificada, dando a entender que la verdadera mortificación era inseparable de la verdadera virtud. 

Existen dos formas de mortificación: la externa, que consiste en las moderaciones del cuerpo; y la interna, que es la mortificación del espíritu y del corazón. Ambas son necesarias. Veamos el ejemplo de los fariseos: hacían mucho ayuno, mucha mortificación exterior, pero la intención nunca fue pura. ¡Como se enojaba Nuestro Señor con la hipocresía de los fariseos! Los ayunos, las vigilias, las disciplinas, cuando se usan con discreción, sirven de maravilla para fortificar la naturaleza y obtener de Nuestro Señor las gracias, misericordias, socorros, que son necesarios para todos los justos, especialmente aquellos que comienzan a serlo.

Aunque ambas mortificaciones son necesarias, es más necesaria la interna, ya que esta es señal clara de la verdadera virtud: es la violencia que debemos hacernos para ganar el Reino de los Cielos. No todos somos capaces de ayunar como ayunaban los grandes santos, pero todos somos capaces de callarnos cuando la vanidad y soberbia nos inducen a hablar, todos somos capaces de mortificar nuestro natural, nuestros deseos, nuestras pasiones. 

No basta simplemente mortificarse en una cosa, es necesario mortificarse en todo en todo momento, con las debidas prudencias y discreciones. No hay que relajarse: San Bernardo asegura que lo que está cortado, vuelve a crecer, lo que está apagado, vuelve a encenderse. No dejemos que las pasiones vuelvan una vez controladas. 

A todas horas tenemos motivos y excusas para mortificarnos: una palabra oída de una conversación que parece entretenida puede darnos la posibilidad de mortificarnos al callar. El deseo de saber cosas nuevas o lo que pasa, puede ser un sacrificio al apagar esa curiosidad. Cuanto más ordinaria es la mortificación (y por tanto, más discreta), más agradable puede llegar a ser para Nuestro Señor, pues solo Él la ve. Si cien veces somos interrumpidos, cien veces podremos responder con dulzura. El mal humor de una persona, la ingratitud de otra, las imperfecciones de nuestros familiares, en fin... ¿Aún piensas que no hay ocasión para mortificarse? La santidad pende de estas generosidades que parecen pequeñas pero son muy grandes.

Segundo Medio: Una sincera humildad

San Agustín nos dice: "Jesucristo no nos dijo: Aprended de mí a hacer milagros; sino aprended de mí, que soy dulce y humilde de corazón". Sin la humildad no hay verdadera virtud. La humildad no es sentir bajamente de sí mismo. Muchos piensan que es ello, pero luego se entristecen cuando otros piensan bajo de ellos. No basta reconocer que no tenemos ninguna virtud, ni méritos; es menester creerlo y no disgustar que otros también lo crean. El primer paso es pedir la humildad con insistencia a Dios. Después debemos convencernos a nosotros mismos con serías y frecuentes reflexiones de nuestra pobreza. La memoria de lo que hemos sido y el considerar lo que podíamos ser, sirve mucho para humillar nuestra soberbia. Los que son sólidamente virtuosos piensan poco en los demás y mucho en sus propias imperfecciones. Las personas humildes se ven tan cerca del precipicio, que no se espantan ni escandalizan cuando otros caen. 

Muchas veces, los discursos sobre cuan bajo somos y que poco nos estimamos tienen como intención que otros nos alaben, nos digan que somos buenos, que nos estimen mucho. Eso no es verdadera humildad, una sincera humildad es amar singularmente a los que nos desprecian, no complacernos con los pensamientos vanos, el no hablar nunca de nosotros mismos con estima ni hablar de nosotros en frente de otros, el no quejarnos jamás de todo lo que Dios permite que nos suceda ni desear que otros se compadezcan de nosotros. Disimular las faltas del prójimo, no turbarnos con nuestras propias caídas: en preferir en todo a los demás, estimar en poco lo que hacemos. Todo esto se puede resumir en orar mucho y hablar poco.

Cuando uno se considera bajamente, no se lleva a mal cuando los demás lo consideran bajo y miserable, puesto que entiende que es justo que así sea despreciado. Un hombre que ha merecido el infierno, ¿cómo va a esperar alabanzas? Uno no está obligado a sentirse feliz y contento con los desprecios que son naturalmente desagradables, pero el no quejarse, el tolerarlos, agradecerle a Dios por ellos y rogar por aquellos de quienes se sirve para humillarnos es señal cierta de humildad.

La Alegría: Signo inseparable de la humildad

La mortificación puede atemorizar a las almas más débiles. En efecto, ¿quién puede sentirse atraído a un estilo de vida tan incómodo? La contradicción de las inclinaciones naturales, negar todos los gustos a tus sentidos, vivir en silencio, sin solicitar los elogios de los hombres... ¿No es esto vivir triste? ¡NO! Todos los que han vivido de esta forma, se han sentido dichosos, libres, tranquilos y alegres. El mundo dice que es complejo, que es una manera de vivir difícil, incluso antinatural. Pero Jesucristo nos dice que su yugo es suave, que esta forma de vivir es dulce, fácil y está llena de alegría y consuelo:

San Francisco de Sales llama a esta suerte de vida la dulzura de las dulzuras. San Efrén oraba de esta manera:

"Basta, Dios mio, basta: no me oprimáis con vuestros beneficios, moderad vuestra liberalidad, si no queréis que yo muera; porque las dulzuras inefables que gusto en vuestro servicio son capaces de hacerme morir".

San Francisco Xavier, desde Japón, escribía a los Jesuitas diciendo: "Me hallo en un país donde falta un todo para las comodidades de la vida; en lo demás siento tantas consolaciones interiores, que me veo en peligro de perder la vista, por las lágrimas que derramo continuamente de puro consuelo."

Sería ser terco negar lo que los santos, los más sabios y cercanos a Dios, nos enseñan. ¿Acaso pueden tantos santos de tantas épocas distintas y de tan distintos lugares conspirar para decir lo contrario a lo que realmente sienten? Y si acaso no es esta vida de mortificación la que les ha dado el gozo y consuelo para vivirla, ¿qué es? ¿Cuál es el camino? Dice San Agustín que es la virtud sola, por más austera que parezca, la que hace gustar los verdaderos placeres. Solo hay felicidad verdadera para aquellos que trabajan seriamente en santificarse. 

Cuanto más se une uno a Dios, más gusta de Él. Y cuanto más gusta de Él, tanto más recibirá esta alegría. Estas delicias y dulzuras interiores son misterios insondables, misterios del alma enamorada de Nuestro Señor. Es un lenguaje extraño, irreconocible para nuestros oídos mundanos, para aquel que no se mortificó. Las desgracias pueden causarle agitación, incluso al más santo de todos, puesto que nadie está exento de los temores de la vida y de los accidentes que puedan ocurrir. Pero las desgracias no serán capaces de atormentar o confundir siempre al justo, pues este halla el camino en el refugio que es la virtud. No hay mayor ejemplo de esto que la muerte. La muerte es la frontera que divide a los virtuosos de los que aún no han alcanzado cierto grado de virtud. La muerte atemoriza a todos, es señal de contradicción para muchos. Pero aquellos que crecieron en la gracia del Señor, no le temen. Al contrario, la desean, pues es el camino que todos debemos tomar para ver al Señor. 

La vía de la mortificación consiste en empezar: en dar el primer paso. A veces dudamos de las promesas de los Santos o, incluso, de lo que Nuestro Señor dice. Este primer paso lo damos con Jesús mismo. Él nos guiará, nos ayudará. Demos ese primer paso con generosidad. El Profeta dice: "Gustad y luego veréis que suave es el Señor". Hagamos el sacrificio por un corto período de tiempo si es que no estamos seguros. Probemos y luego veremos: "Por sus frutos los conoceréis" dice el Señor. Si hay tantas personas que con tantos placeres y diversiones se sienten desgraciados e infelices, ¿por qué no habría de existir personas que con tanta mortificación se sientan llenos de gracia y alegría? ¿No es esto señal clara de que la felicidad no consiste en posesiones materiales o en placeres mundanos? Y si existen los males invisibles en aquellos que degustan todo tipo de placer del mundo... ¿no habrá bienes invisibles para aquellos que se mortifican y rechazan esos placeres mundanos?

Medios para conseguir una tierna devoción

Primer Medio: La Oración. Es evidente que la oración es uno de los medios principales para conseguir una tierna devoción. En cientos de ocasiones, Nuestro Señor Jesucristo alienta a la oración e incluso nos enseña a orar con el Pater Noster. Nada hay que guste más al Señor que las oraciones de sus devotos cuando las hacen como deben y le piden su amor. Jesucristo ha hecho todo lo que podemos concebir y más para que lo amemos con todas nuestras fuerzas. Pero este amor es un don de Dios, un regalo gratuito que nos hace el Señor. ¿Puede alguien dudar que si se lo pide con sinceridad y humildad, el Señor lo dará? ¡Debería avergonzarnos que, siendo el Amor el mayor de todos los regalos de Cristo, apenas lo pedimos! 

"Pero, Dios mío, ¿no es esto lo que tememos? Tememos que nosotros infelices, nos obligará vuestro amor a hacernos más buenos, más recogidos, y más santos de lo que querríamos ser. Tememos, que si os amamos ardientemente, no tendremos sino disgusto en todo lo que hemos amado, y en todo lo que aún amamos; y, por decirlo de una vez, parece que aprehendemos que no podremos excusarnos de amarte: Pero no miréis, oh Salvador mío, a estos primeros sentimientos, que detestamos al punto mismo que los percibimos; dadnos solamente vuestro amor con vuestra gracia, y seremos bastantemente ricos. Bien presto nos disgustará todo lo demás si abriéndonos vuestro corazón, nos hacéis gustar solo una vez las dulzuras que se hallan en amarte."

¡No teman en pedir cosas excesivas o apretantes! No molestamos a Jesucristo ni un poco cuando le pedimos cosas, al contrario, le agradamos enormemente como un padre cuando su hijo o hija le pide con amor algo. La razón por la cual se consigue poco de tan liberal Padre es porque no lo pedimos lo suficiente, somos escasos en nuestros deseos o directamente confiamos poco y nada en su misericordia. Pidámosle que nos permita tenerle un amor puro, ardiente, perfecto y generoso. Hagamos este pedido con ansia y con importunidad. Nuestro Señor deseaba que el fuego de la caridad inundara el mundo: Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Concédenos, Señor, que este fuego de la Caridad nos abrase y nos purifique. 

Segundo Medio: La Comunión Frecuente. La Comunión, es decir, el Cuerpo y Sangre de Nuestro Salvador, es medio eficaz para conseguir una devoción bella y pura. No hay santo que no se haya enamorado perdidamente de este Sacramento. Este Sacramento, el Sacramento del Amor, tan blasfemado, maltratado y dejado de lado por tantos malos pastores y fieles... ¡Ay, dolor! Podría el mundo vivir un día sin sol, pero no podría vivir un día sin el santo Sacrificio de la Misa. Si realmente supiéramos que es Cristo quien está allí... ¡Cuanto más asistiríamos a la confesión para recibirlo devotamente y puramente! Sin embargo, tantos pastores que desprecian el Sacramento de la Confesión, tantos pastores que permiten que el Cuerpo de Cristo sea una y otra vez crucificado... Nunca exhortan a la confesión, nunca exhortan a una vida pura y casta, nunca exhortan a vivir por y para Cristo, nunca están disponibles para la Confesión. Hermanos, confesemos nuestros pecados, arrepentidos, dolidos, y vayamos a recibir a Nuestro Salvador, Rey de Reyes, en la boca y de rodillas como la Tradición de la Iglesia nos ha enseñado. El Sacramento del Altar es el amor de los amores, la fuente de caridad y gracia. San Francisco de Sales nos dice en su Introducción a la Vida Devota que la primera intención que debemos tener al comulgar es el de adelantarse y fortalecerse en el amor de Dios. Comulgar muchas veces es provechoso, mas hay que hacerlo con las disposiciones correctas, sabiendo lo que se recibe y estando en gracia de Dios. Muchos hay que comulgan todos los días y mantienen las mismas faltas de siempre, sin avanzar en la gracia. ¿Quiere decir esto que hay que comulgar poco? ¡No! Sino que un paciente enfermo debe comer con las precauciones y prudencia necesarias. Sino comiera, moriría por debilidad. Lo mismo ocurre con la Sagrada Eucaristía, alimento por excelencia, alimento espiritual. "Si sois, pues, malos, enmendaos cuanto antes, para comulgar a menudo; y si sois imperfectos, comulgad muchas veces, para enmendaos".

Tercer Medio: La visitas al Santísimo Sacramento. Así como las visitas a un amigo aumentan la felicidad, gracia y amor entre ambos, así también aumenta la relación entre Jesucristo y los hombres cuando estos lo van a visitar al Sagrado Sacramento. Son las conversaciones frecuentes las que logran conectar a los seres humanos, y es también la conversación frecuente la que logra conectar a Dios con los hombres. Existen visitas de cortesía y visitas de amistad y es claro que las visitas de amistad son aquellas que se hacen a las horas en que Jesucristo nunca es visitado o en pocas ocasiones lo es. Es en esos momentos en que Jesucristo conversa más familiarmente con sus escogidos, les abre su corazón y les comunica sus gracias. Basta con que quien visita a Jesucristo sepa que lo visita y lo haga con fe viva para conseguir en poco tiempo un perfecto amor a Jesucristo. 

Cuarto Medio: Ser fieles a las prácticas de esta Devoción. Este cuarto medio se reduce a la fidelidad a cada uno de las prácticas que Jesucristo ha revelado ser muy agradables para Él. Todas estas prácticas son las visitas del Santísimo Sacramento, ciertas oraciones, y ciertas Comuniones más frecuentes y devotas. Aunque estas prácticas no contengan nada extraordinario o extravagante, no hay que rechazarlas de ninguna manera. ¡Al contrario! ¡Cuanta misericordia tiene Jesucristo con nosotros que promete cosas tan extraordinarias a aquellos que hagan cosas pequeñas! Aquellos que piensan mal y desean cosas grandes para recibir favores grandes, deberían leer las Sagradas Escrituras:

"Naamán era el jefe del ejército del rey de Aram. Este hombre era muy estimado. Gozaba del favor del rey porque Yavé se había valido de él para conducir a la victoria el ejército de los arameos. Pero este valiente estaba enfermo de lepra. Un día, unos soldados arameos entraron al país de Israel y se llevaron cautiva a una muchachita, que quedó al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo a su patrona: «Ojalá mi señor se presentara al profeta que hay en Samaria, pues él le sanaría la lepra.»Fue entonces Naamán ante el rey y le dijo: «Esto dice la muchachita que me trajeron de Israel.»Le dijo el rey de Aram: «Anda donde el profeta y además mandaré una carta al rey de Israel.» Naamán, pues, se fue tomando diez barras de oro, seis mil monedas de plata y diez vestiduras. Al llegar entregó al rey de Israel la carta, que decía: «Te presento a mi servidor Naamán para que lo sanes de su lepra.» Al leer la carta el rey, rasgó sus vestidos para manifestar su indignación: «Yo no soy Dios para dar muerte o vida. ¡Y el rey de Aram me manda a este hombre para que lo sane! Reconozcan y vean que busca pretextos de guerra.» El hombre de Dios, Eliseo, supo que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, y le mandó a decir: «¿Por qué has rasgado tus vestidos? Que el hombre venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel.» Naamán, pues, llegó con su carro y sus caballos, y se detuvo ante la casa de Eliseo. Eliseo mandó un mensajero a decirle: «Anda al río Jordán y lávate siete veces, y tu carne se volverá como antes y serás purificado.» Naamán se enojó y se retiró. Había pensado: «A mi llegada saldrá personalmente a encontrarme, se detendrá y rogará a Yavé. Con su mano tocará la parte enferma y quedaré sano. ¿Acaso no son mejores el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, que todos los ríos del país de Israel? ¿No podría bañarme en los ríos de Damasco para mejorarme de la lepra?» Sus servidores se acercaron a él cuando se iba, y le dijeron: «Padre, si el profeta te hubiera mandado hacer una cosa difícil, ¿no la habrías hecho? Y ¡qué fácil es bañarte, como el profeta te ha ordenado!» Naamán aceptó bajar al Jordán y se bañó siete veces, como le había dicho Eliseo. Su piel se puso suave como la de un niño y quedó purificado." - 2 Reyes 5:1-14

Si se nos ofrece algo enorme por hacer algo grande, no lo rechazaríamos. Entonces, ¿por qué rechazar el hacer algo pequeño para recibir algo enorme? "El que es fiel en lo poco, también será fiel en lo mucho" nos dice Nuestro Señor. Es mejor hacer cosas pequeñas y ser perseverantes en ellas, que hacer una cosa grande una vez y nunca más. En esto consiste la perseverancia que nos pide Jesucristo y la más evidente prueba de un amor grande hacía Él. La perseverancia consiste en ser siempre el mismo con Jesucristo sin importar si uno está triste o feliz, enfermo o sano. 

Quinto Medio: Una tierna devoción a la Virgen Santísima. Es indudable que la Santísima Virgen María es la criatura que más amó a Jesucristo y la que más amada fue. Su Inmaculado Corazón estaba y está tan unido al Sagrado Corazón de Jesús que todos sus sufrimientos en la Cruz fueron sufridos también por la Virgen María: "y una espada traspasará tu alma misma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones". La única diferencia que hay entre ambos corazones es que uno admite solamente a las almas puras y el otro, el de María, purifica por las gracias que les consigue a las que no lo son y las pone en estado de ser recibidas en el Corazón de Jesús. "A Jesús por María" es uno de los grandes eslóganes de la devoción popular a la Virgen María. María es el refugio de los pecadores, el auxilio de los cristianos. No existe persona que tenga aversión a la Virgen María que no la tengo también para Jesucristo. Veamos los frutos de los protestantes quienes se caracterizan por un odio diabólico a la Virgen María: tienen una fe pervertida, son capaces de creer que Jesucristo es la Vida, pero que quienes mueren en Jesucristo están muertos; son capaces de creer que el Espíritu Santo da los dones de la profecía, de la curación, y muchos más grandes dones, pero que no es capaz de darles dones en la vida eterna y que los santos no son capaces de escuchar plegarias; son capaces de reconocer que hay un mandamiento que nos pide honrar a nuestros padres, pero que Jesucristo no lo cumplió con la Santísima Virgen María. Es claro que la Santísima Virgen María es señal clara de contradicción. Y como le fue profetizado en el templo, a María una espada le traspasó el alma para que sean reveladas las herejías y los falsos profetas que hay, los corazones mentirosos que se dicen cristianos y no lo son. Nosotros que pretendemos amar a su Hijo, nada dejemos de hacer por amar tiernamente a la Madre. Solo por medio de la Madre podemos hallar entrada fácil con Jesucristo y ser recibidos dentro de su Corazón adorable. Y por esta misma razón, debemos tener una adoración tierna y singular a toda la Sagrada Familia: San José, Santa Ana, y San Joaquín. 

Sexto Medio: Una devoción singular a San Luis Gonzaga. En el Cielo se interesan mucho los Santos por todos los que les aman y les honran particularmente sobre la tierra, y la gracia más ordinaria que les consiguen es aquella virtud en que ellos mismos más se aventajaron y que en algún modo fue como su distintivo y carácter. Así solía decirlo San Luis Gonzaga:

"Como los hombres en la tierra son más llevados naturalmente a favorecer a aquellos que tienen las mismas inclinaciones que ellos; de la misma suerte los Bienaventurados en el Cielo, los que se aventajaron en alguna virtud particular emplean con mayor gusto su interposición delante de Dios en favor de aquellos que tienen una inclinación más particular a la misma virtud y que trabajan eficazmente en conseguirla."

En este sexto medio se recomienda la devoción singular a San Luis Gonzaga porque este fue un santo muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús. Se puede llegar a decir que no es posible ser devoto de San Luis Gonzaga sin ser devoto del Sagrado Corazón de Jesús. No es casualidad sino signo infalible de la Providencia que este santo haya muerto el día destinado a la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. 

Séptimo Medio: Un día de retiro al mes. Este último medio, muchas veces dejado de lado por muchos, es muy necesario y útil para conseguir esta perfecta devoción. A veces resulta que nuestra voluntad se encuentra en llamas por el Señor tras un milagro obrado por la Providencia, tras escuchar las palabras de un santo predicador o por muchas otras razones, esta llama debemos alimentarla a través de retiros espirituales. Los tumultos del mundo, los negocios mundanos, los vicios y la disipación de nuestro corazón provocan un alejamiento de Dios. ¿Y qué mejor manera para retomar esta relación que a través de un retiro? Es conveniente retirarse, aunque sea unas horas, para imitar a Jesucristo quien se retiraba seguido para orar y estar más cerca del Padre. Este retiro solo requiere la soledad y la oración, no es necesario irse lejos de casa, ni omitir las obligaciones de su estado. Solo se requiere dejar tiempo para examinar sinceramente nuestra vida cristiana y hacer algunos sacrificios para Nuestro Señor. Jesucristo ha dado todo de sí en la Cruz, ¿no podemos dar todo de nosotros por un solo día? Sepan los sacerdotes que si se dignaran a predicar sobre este retiro mensual, el Señor les concedería la gracia y el don de herir con su predicación a los más duros y obstinados corazones. 

La práctica de esta Devoción

¿Cuál es el fin y los sentimientos con los que se debe practicar esta Devoción? Siendo que la santidad y mérito de todas nuestras acciones dependen del fin y del espíritu con que se ejercitan, la práctica del Sagrado Corazón de Jesús depende en gran medida de esto también. El fin de esta devoción es, ni más ni menos, que reparar todas las indignidades y ultrajes que Jesucristo ha sufrido y sufre aún todos los días en el Santísimo Sacramento del Altar. Debemos, pues, considerar el modo en que Jesucristo nos trata en la adorable Eucaristía para excitar los sentimientos de devoción en nuestras almas, y también el modo en que Jesucristo es tratado en este Misterio del Amor. Imaginémonos pues con cuánto amor nos está ofreciendo este Celestial Alimento y el disgusto con que le recibimos. Si le hubiéramos pedido a Dios señal clara de que nos ama, jamás nos habríamos imaginado semejante milagro como el de la Eucaristía. Después de haberlo hecho todo en la Cruz, después de habernos dado todo, para mostrarnos cuanto nos ama, nos da este buen Dios su propio Cuerpo, su propia Sangre, todo lo que Él es: sus Perfecciones, sus Atributos, su Divinidad, todo. Todo esto nos lo da en el pan y vino, para que quede claro que Él es verdadero Alimento y verdadera Bebida. En la cruz se escondía su Divinidad, aquí se esconde también su Humanidad. Si creemos esto, ¿cuánto más se aplicará a nosotros la frase de Jesús a Santo Tomás el Apostól? "Benditos aquellos que creyeron sin ver". 

Vivimos en tiempos duros, mis hermanos, en los que se cumple la palabra del Señor en Mateo 7:8. Los templos son quemados, los altares profanados, los Sacerdotes y Obispos llamados a ser guardianes de la Tradición, son los primeros en maltratar a Nuestro Señor... Se ha perdido todo respeto por Cristo. ¿Cuánto sufre Nuestro Señor? Tanto sufrió en la Cruz y sigue sufriendo en cada uno de los altares cuando sus fieles se burlan de Él como lo hacían los soldados romanos. Cuando sus fieles comulgan en pecado mortal y participan del ¡Crucifícalo! del pueblo judío. ¿No se compadece el hombre cuando un desconocido es maltratado? Pues cuanto más hay que compadecernos de Nuestro Señor, que dio todo por ti. Si no podemos reparar, al menos suframos con Él y no aceptemos que la irreverencia sea norma común. Más tristeza y dolor le da al Señor cuando un Católico es irreverente con Él que el hereje que ni cree en este Santísimo Sacramento tan amable. ¿No duele más la traición del familiar que la del desconocido? Asistimos a la Misa como si fuera un espectáculo, una especie de teatro donde el Cura debe entretener al pueblo. ¡NO! La Misa no es una diversión, no es una obra de teatro. ¡Sacerdotes! Despierten de una vez. Mediten la Sagrada Escritura, vean cuanto a Dios le desagrada la poca reverencia en la Misa:

"Los hijos de Helí eran unos pillos que no se preocupaban de Yavé ni de comportarse como sacerdotes frente al pueblo. Cuando alguien ofrecía un sacrificio, y mientras estaba cociendo la carne, venía el mozo del sacerdote con un tenedor de tres dientes en la mano, lo metía en el caldero o la olla, en la cacerola o la marmita, y todo lo que salía en el tenedor lo tomaba para sí el sacerdote; así hacían con todos los israelitas que venían a Silo. Incluso antes de que se hubiera quemado la grasa, el sirviente del sacerdote venía y decía al que sacrificaba: «Dame la carne para asársela a su gusto al sacerdote, ya que no aceptará carne cocida, sino solamente carne cruda.». Y si el hombre le decía: «Que primero se queme la grasa y después toma todo lo que desees», el sirviente le respondía: «No, me lo das inmediatamente o te lo quitaré por la fuerza.» El pecado de estos jóvenes era, pues, muy grande a los ojos de Yavé, ya que trataban sin respeto las ofrendas a Yavé."

¿Cómo respondió Dios ante la terquedad de los sacerdotes? Leamos juntos:

"Un hombre de Dios vino a Helí con este mensaje: «Así dice Yavé: Me di a conocer a la familia de Aarón, tu padre, cuando estaban en Egipto al servicio del Faraón, y escogí a tu familia entre todas las tribus de Israel, para que fuesen sacerdotes, subieran a mi altar, quemaran perfume y vistieran el efod en mi presencia, y concedí a la familia de tu padre que viviera de los sacrificios de los israelitas. ¿Por qué este desprecio de mis sacrificios y mis dones, que yo mandé se ofrecieran en mi casa? ¿Por qué te has preocupado más de tus hijos que de mí, dejándolos que engordaran con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo? Por eso Yavé, Dios de Israel, dice: Yo había prometido que tu familia y la familia de tu padre me servirían como sacerdotes para siempre. Pero ahora, lejos de mí tal cosa; porque a los que me honran, yo los honro, pero a los que me desprecian, yo los desprecio.Mira que vienen días en que te derribaré a ti y a tu familia. Ya no habrá ancianos en tu familia. Verán a sus rivales bendiciendo a Israel desde el Templo, y ellos no llegarán a ancianos. Los dejaré cerca del altar para que se llenen de envidia, pero todos morirán antes de tiempo. Te servirá de señal lo que va a pasar a tus dos hijos Jofni y Finjas: en el mismo día morirán los dos. Yo me elegiré un sacerdote fiel que obre según mi corazón y mis deseos, le daré una descendencia sólida y duradera y caminará siempre en presencia del rey que yo me haya elegido. Entonces los que queden de tu familia vendrán a humillarse ante este sacerdote para conseguir alguna moneda de plata o un trozo de pan, y dirán: Te pido que me admitas a cualquier función sacerdotal, para poder así tener un pedazo de pan.»".

Escucha a tu Señor, escucha a tu Dios. Vuelve a la llama de la Caridad, ama como Él te ama. Haces bajar todos los días a Jesucristo sobre los altares, lo tocas, lo distribuyes al pueblo... ¡Eres heredero del Sacerdocio de Cristo! Actúa como lo que eres: un mediador entre el Cielo y la tierra. 

Y tú, fiel. Comulgas en pecado mortal, te enojas si la música es sacra y no profana, cantas "Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros" como si fuera una canción de circo y no dándote golpes en el pecho, recibes a tu Señor en la mano como si fuera una galleta... ¿Y luego te preguntas cómo es que no tienes mucha fe? La disposición es importante, aprende lo que recibirás en tu pecho. ¿Cómo pretendes que Cristo te de sus dones si no los quieres aceptar? Dios regala, pero el hombre recibe, y si no lo quieres recibir, no los recibirás. ¿Dónde está la modestia? ¿Dónde está el amor a Cristo? 

¿Qué nos moverá a amar a Jesús? Lo vemos despreciado, ultrajado, y somos indiferentes. Vayamos a Confesión, hagamos uso de los medios que Cristo instituyó para darnos su gracia. Amemos a Jesús y su Sagrado Corazón. Esta es la razón de esta devoción, por ello la instituyó: para que los fieles, movidos por el maltrato al Señor, reparen con la oración y la penitencia cada una de las blasfemias y sacrilegios que se hacen contra Él. 

¿Cuando practicar esta devoción? Esta devoción se debe practicar todos los días, todos los meses, todos los años. Sin embargo, Nuestro Señor quiso que hubiera fiestas solemnes y especiales en el Antiguo Testamento y la Iglesia Católica, en toda su sabiduría y esplendor, siguiendo la autoridad de Cristo, las perfeccionó y propuesto festividades particulares que hacen que sobresalga cierta devoción o cierta practica de piedad en la Iglesia. En particular, el último día de la Octava del Santísimo Sacramento se podrá emplear parte del día en leer sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Después, se deberá ir a visitar al Santísimo Sacramento con un profundo respeto, en señal de adoración a Nuestro Señor, orando con las oraciones que se pondrán en este artículo. Es necesario intentar mantener el silencio durante el día, cuidando nuestra lengua y poniendo todo nuestro corazón en el Corazón de Jesús. Luego, en la noche, habrá que reflexionar sobre la fiesta del Santísimo Sacramento, su importancia, el amor con que Cristo se entrega a nosotros pecadores en el Sacramento del Altar. Se le puede pedir a nuestro Ángel de la Guarda que visite y pase toda la noche frente al altar por nosotros y debemos asistir rápidamente a Misa en la mañana siguiente, en señal de que querríamos pasar nosotros frente al altar. El día siguiente debe consagrarse por completo al Sagrado Corazón de Jesús. Al levantarnos, debemos postrarnos para adorar a Jesucristo y su Sagrado Corazón, ofreciéndole todo lo que haremos en ese día y dejando de lado toda ociosidad. La confesión ha de acompañarse de un dolor profundo por las heridas que provocamos en tan grato y amable Corazón. Debemos recibir la Sagrada Comunión con toda reverencia, amor, cariño y temor. La fe y devoción con la que debemos comulgar debe también suplir la tibieza, irreverencia y maltrato que se le hace a Jesucristo en este Sacramento. Después de la Comunión, debemos hacer el acto de desagravio con vivo deseo de reparar los ultrajes a Jesucristo. También debemos hacer un acto de consagración. Tras la Misa, debemos pasar el día en profundo recogimiento y haciendo buenas obras, como puede ser la limosna. Se hará también una meditación señalada para este día. 

Además, se recomienda visitar al Señor cinco veces en el día: la primera, para agradecer a Jesucristo por su amor infinito que nos manifestó a través de este misterio. La segunda, para agradecer todas las veces que hemos recibido la Sagrada Eucaristía. La tercera, para dolernos con Él por todos los ultrajes que recibe de los infieles, herejes y tibios. La cuarta, para reparar las irreverencias, las impiedades, y los sacrilegios que ha sufrido Nuestro Señor. La quinta, debe ser expresamente para adorar en espíritu a Jesucristo en todas las Iglesias del mundo, especialmente en aquellas donde es más maltratado y abandonado. 

La práctica de esta devoción para el primer Viernes de cada mes: Mucho se ha escrito y dicho sobre esta devoción particular, muy conocida por todos, pero muy abandonada. La práctica poco difiere de lo anteriormente dicho. Uno debe confesar sus pecados, en especial aquellos relativos al Sagrado Sacramento del Altar. Se ha de comulgar con una gran devoción y un gran amor a Jesucristo, con la misma preparación mencionada anteriormente. También se ha de consagrar a Jesucristo tras la Comunión y se deberá hacer un acto de reparación. Esta devoción obliga a tener un amor por el prójimo mucho más fuerte y grande: se deberá orar particularmente por cada uno de nuestros hermanos que practican esta devoción. Se recomienda mucho que los sacerdotes celebren una misa al mes por todos los fieles que practican esta devoción para que no les falte la perseverancia final y obtengan las gracias y promesas prometidas por Nuestro Señor Jesucristo. Y aquellos que no son sacerdotes, ofrezcan una Comunión por mes con este fin. Esta devoción debe también incluir aquellos devotos del Sagrado Corazón de Jesús que se encuentran en el Purgatorio sufriendo las santas penas para la entrada al Cielo. 

La práctica de esta devoción para cada semana: El viernes es un día para honrar singularmente el Sagrado Corazón de Jesús, sea primer viernes de mes o no. En cada viernes, es indispensable que sintamos un dolor grande de ver a Jesucristo olvidado y ultrajado en el Santísimo Sacramento del Altar. El segundo es visitar en este día el Santísimo Sacramento con más respeto y devoción que de costumbre. Si no podemos visitarlo, al menos visitemosle espiritualmente en el lugar donde nos encontremos. Es menester guardar un poco más de silencio, entrando con nuestro propio corazón al Sagrado Corazón de Jesús. El tercer punto es que debemos hacer alguna obra buena o mortificación. En estos tiempos en que nadie respeta la abstinencia de carne, quizás podría ser buena esa obra. 

Oraciones

Se debe hacer esta oración delante del Santísimo Sacramento, el viernes primero después de la Octava del Corpus, y se renueva todos los primeros Viernes de mes.

Acto de desagravio:

¡Oh, muy adorable y amantísimo Jesús, lleno siempre de amor para con nosotros, siempre herido de nuestras miserias, siempre ansioso de hacernos participantes de vuestros tesoros, y dárosnos todo a Vos mismo! Jesús, mi Salvador y mi Dios, que por el exceso del más ardiente amor y del más prodigioso de todos los amores os pusisteis en estado de victima en la adorable Eucaristía, donde os ofrecéis a Vos mismo en sacrificio por nosotros un millón de veces cada día. ¡Cuáles serán vuestros sentimientos en ese estado, no hallando por todo esto en el corazón de la mayor parte de los hombres sino dureza, olvido, ingratitud y desprecio! No bastaba, oh Salvador mío, haber tomado el más trabajoso medio para salvarnos, pudiendo habernos manifestado un amor excesivo a menos costa. No bastaba el haber sido una vez sola entregado a aquella triste agonía y mortal desfallecimiento que os causó el horrible espectáculo de nuestros pecados que quisisteis tomar a vuestra cuenta. ¿Por qué, pues, queréis exponeros aún todos los días a todas las indignidades y ultrajes que es capaz la más ingeniosa malicia de los hombres y aún de los demonios? ¡Ay mi Dios y mi amabilisimo y dulcisimo Redentor, cuáles fueron los sentimientos de vuestro sagrado corazón a vista de todas estas ingratitudes y de todos estos pecados! ¿Cuál, cuál sería aquella amargura en que tantos sacrilegios y tantos ultrajes anegaron vuestro divino Corazón? Herido de un intensísimo sentimiento de todas estas ingratitudes, veme aquí postrado y reducido al abismo de mi nada a vuestros pies para publicar mi dolor a vista de todo el cielo y de todo el mundo, por todas las irreverencias y ultrajes que habéis recibido sobre nuestros altares desde la institución de este adorable Sacramento. Pido con un corazón humilde y deshecho de dolor una y mil veces perdón de todas estas indignidades. ¡Que no pueda yo, Dios mío, bañar con mis lágrimas y lavar con mi sangre todos los lugares en que vuestro Sagrado Corazón ha sido tan horriblemente ultrajado, y recibidas las señales de vuestro divino amor con tan extraño desprecio! ¡Que no pueda yo por algún nuevo género de veneración, de sumisión, de humillación o aniquilamiento reparar tantos sacrilegios y profanaciones! ¡Que no pueda yo por un momento tener dominio en el corazón de todos los hombres para satisfacer en algún modo con el sacrificio que os haría de todos ellos, el olvido e insensibilidad de cuantos no os han querido hasta ahora conocer, o que habiéndoos conocido os han amado tan poco! Mas, ¡ay Salvador mío! lo que me cubre de confusión, lo que más me obliga a gemir es que yo mismo he sido del número de estos ingratos. Dios mío, que estáis viendo lo más escondido de mi corazón. Vos sabéis bien el dolor que yo siento de mis ingratitudes y el pesar que tengo de veros tan indignamente tratado. Vos sabéis la disposición en que me hallo para sufrir y hacer todo cuanto pudiere a fin de repararlas. Veme aquí, Señor, con el corazón atravesado de dolor, humillado y postrado, pronto para recibir de vuestra mano todo lo que quisiereis ejecutar conmigo para desagravio de tantos ultrajes. Castigadme, Señor, castigadme, que yo bendeciré y besaré cien veces la mano que ejecutare sobre mí tan justo castigo. ¡Ah, que no sea yo una victima proporcionada para satisfacer tantas injurias! ¡Que no pueda yo regar y lavar con mis lágrimas y aún con mi sangre todos los lugares por donde vuestro sagrado cuerpo ha sido arrastrado y aún pisado! Muy dichoso sería si pudiese por medio de todos los tormentos posibles desagraviaros de tantas impiedades. Y pues no merezco esta gracia, aceptadme siquiera este mi verdadero deseo. Recibid, oh Padre Eterno, esta protestación que os hago en unión de la que el Sagrado Corazón de mi dulce Jesús os hizo en el calvario, y de la que la amabilisima María os hizo también a los pies de su Hijo crucificado; y a vista de lo que os rogó su Sagrado Corazón, os ruego también yo que me perdonéis las irreverencias que he cometido, y que hagáis eficaz por vuestra gracia la voluntad que tengo, y la resolución que he tomado de nada dejar de hacer en adelante para amar ardientemente y para honrar por todos los medios posibles a mi Soberano, a mi Salvador y a mi Juez, a quien yo creo realmente presente en la adorable Eucaristía; y espero en adelante dar bien a conocer esta mi cierta y viva fe por el respeto con que he de estar en su presencia, y por la constante frecuencia que he detener en visitarle. Y así como hago profesión de honrar singularmente su Sagrado Corazón, así también es este mismo Corazón de donde solo deseo pasar el resto todo de mi vida. Concededme, Señor, esta gracia que os pido, de dar en este mismo Corazón el último suspiro en la hora de mi muerte. Amén. 

Acto de consagración: No es un voto.

Corazón adorable de mi amado Jesús, asiento de todas las virtudes, manantial inagotable de todas las gracias, ¿qué cosa habéis podido hallar en mi que sea capaz de empeñaros hasta el punto de amarme con tanto exceso mientras que, afeado con mil pecados, no ha tenido mi corazón para con Vos sino tibieza, insensibilidad, y dureza? Pues, Señor, estos testimonios tan evidentes de la ternura de vuestro amor para conmigo, aún cuando yo no os amaba, son los que me hacen ahora esperar, que habéis de aceptar las muestras por las cuales quiero dar testimonio de que os amo ya. Aceptadme, pues, de buena voluntad, oh mi amable Salvador, el deseo, que tengo de consagrarme enteramente a la honra y gloria de vuestro Sagrado Corazón: admitid la donación que os hago de todo lo que soy. Yo os consagro mi persona, y mi vida, mis acciones, mis trabajos, y sufrimientos, no queriendo ser en adelante sino una victima consagrada a vuestra Gloria, ahora abrazada y algún día todo consumida, siendo de vuestro agrado, en las llamas sagradas de vuestro Amor. Ofrezcoos, pues, oh mi Señor, y mi Dios, ofrezcoos mi corazón con todos los sentimientos que caben en él, deseando sean por toda mi vida perfectamente conformes del vuestro. Veme aquí, Señor, todo entregado a vuestro Corazón, y todo vuestro. ¡Oh mi Dios, que grandes son para conmigo vuestras Misericordias! Pero, oh Dios, de Majestad infinita, ¿quién soy yo para que así os dignéis de aceptar el sacrificio de mi corazón? Todo será vuestro en adelante este corazón y no tendrán parte en él las criaturas. Vos lo hicisteis para Vos solo, y solo vuestro será. Sed, pues, ya desde esta hora, Amable Jesús mío, mi Padre, mi amigo, mi Maestro, y todas mis cosas. Ya no quiero vivir más que para Vos. Recibid, Amable Salvador de los Hombres, el sacrificio, que el más ingrato de todos ellos hace a vuestro Sagrado Corazón, a fin de reparar los agravios que hasta esta hora no he cesado de hacerle correspondiendo tan mal a su Amor. Poco le doy; pero en fin le doy todo lo que puedo dar, y todo lo que sé que desea. Yo le consagro y le doy este mi corazón, jamás ya se lo volveré a quitar. Enseñadme, oh mi amable Salvador, el perfecto olvido de mi mismo, por ser este el único medio que me puede dar la entrada que deseo en vuestro Sagrado Corazón; y pues nada tengo de hacer en adelante que no sea por Vos, disponed que cuanto hiciere sea digno de Vos. Enseñadme lo que debo hacer para llegar a la pureza de vuestro Amor; dadme este mismo Amor, puro, ardiente, generoso: concededme aquella profunda humildad, sin la cual no es posible agradaros, y cúmplase en mi perfectamente vuestra santa voluntad en tiempo, y eternidad. Amén.

Ofrecimiento al Sagrado Corazón de Jesús del Padre de la Colombiere. 

Las principales virtudes que se desean honrar en él son un amor ardiente de Dios Padre, junto con un profundo respeto y la mayor humildad que se han visto; una paciencia infinita en los males, una contrición y dolor por los pecados; una compasión muy tierna de nuestras miserias y un amor inmenso en medio de estas miserias. 

En desagravio de tantos ultrajes y tan crueles ingratitudes, oh adorable y amabilisimo Corazón de mi dulce Jesús, y por evitar en cuanto pudiere el caer en semejante desdicha, yo os ofrezco mi corazón con todos los movimientos de que es capaz: yo me entrego todo a Vos, y desde esta hora protesto muy sinceramente que deseo olvidarme de mi mismo, y de todo lo que puede tener relación conmigo, para remover cualquier obstáculo, que pudiera impedirme la entrada en este Divino Corazón, que tenéis por bien de abrirme, y en que deseo entrar para vivir y morir en Él en compañía de vuestros más fieles Siervos: penetrado y abrazado de vuestro amor ofrezco a este Corazón Sagrado todo el mérito y toda la satisfacción de todas las Misas, de todas las Oraciones, de todas las acciones de mortificación, de todas las prácticas piadosas, de todas las acciones de celo, de humildad, de obediencia, y de todas las demás virtudes, que yo practicaré hasta el último momento de mi vida: no solamente todo esto será para honrar al Sagrado Corazón de Jesús, y sus admirables disposiciones; pero aún le ruego humildemente que acepte la entera donación que le hago de todo para que disponga en el modo que más le agradare, y en favor de quien fuere servido; y como ya lo tengo cedido a las benditas Almas que están en el Purgatorio todo cuanto haya en mis acciones capaz de satisfacer a la Divina Justicia, deseo que les sea distribuido según el beneplácito del Corazón de Jesús. No me impedirá esto el que pueda yo cumplir con las obligaciones que tengo de decir Misas y de rogar por ciertas intenciones que la obediencia me señala y que deje de aplicar por caridad algunas Misas a los pobres, o a mis hermanos y amigos que me lo pidieren; mas como yo he de valerme entonces de un bien que no me pertenece, quiero, como es justo, que la obediencia, la caridad y las demás virtudes que yo practicare en estas acciones sean todas de el Corazón de Jesús, donde hallare el valor para ejecutar estas virtudes, las cuales por consiguiente le pertenecerán sin reserva. Sagrado Corazón de Jesús, enseñadme este perfecto olvido de mi mismo, enseñadme lo que debo hacer para llegar a la pureza de vuestro Amor, cuyo deseo me habéis inspirado: siento en mi mismo una voluntad grande de agradaros; pero al mismo tiempo una imposibilidad grande de ejecutarlo sin una grande luz, y muy particular socorro, que de Vos solamente puedo esperar. Haced, Señor, en mi vuestra voluntad: bien conozco que yo me opongo a ella, pero también quisiera no resistarla ya no más. Todo lo podéis hacer Vos, Divino Corazón de mi amable Jesús, hacedlo Señor, que Vos solo tendréis toda la gloria de mi santificación, si es que yo me santifico: más claro me parece esto que la luz. ¡Ah! Que esto será para Vos de grande honra, y por esto solamente debo yo desear y deseo aún mi propia perfección. Amén.

Acto de amor al Sagrado Corazón de Jesús

Se puede hacer este año cuando se visite al Santísimo Sacramento y después de haber hecho alguna reflexión sobre el inmenso amor de Jesucristo. 

Permitid que me encamine a Vos, oh Corazón Divino y adorable de Jesús mi Salvador, abismo de amor y misericordia, y que os pregunte lleno de confusión y de asombro a vista de vuestras misericordias y mis ingratitudes ¿por qué motivo, oh Dios mío, habéis Vos inventado este nuevo modo de sacrificaros por mí en la Divina Eucaristía? ¿Tenéis en poco, Señor, el haberos una vez ofrecido a los cordeles, a los azotes, a los dolores, a los insultos, y a la muerte de Cruz? ¿Era preciso también que estando ya glorioso, e inmortal, os viese yo incesantemente expuesto a los oprobios en este vuestro Sacramento de amor, en que tan frecuentemente sois despreciado, injuriado, y ultrajado aún de aquellos mismos que os debieran amar con más arder? ¿Y será posible que, viéndome yo a mi mismo en el número de estos miserables ingratos, no muera de confusión y dolor? ¡Ay, mi Dios! Herid mi corazón con algún dardo de vuestro amor, y acabad con mis ingratitudes: acordaos que vuestro adorable Corazón, llevando el peso de mis pecados al Huerto de los Olivos, y hasta sobre la Cruz, fue por ellos afligido y que gimió a la vista de mis miserias. No permitáis que vuestra tristeza, vuestros dolores, vuestras lágrimas, vuestro sudor, y vuestra sangre se malogren en mí. Herid, herid eficazmente mi corazón, Divino Salvador mío. Por más ingrato e indigno que yo sea de vuestro amor, no por ello dejasteis Vos de amarme. Vos me habéis amado aún cuando yo nada os amaba, ni aún quería que me amaséis: ahora, pues, que lo deseo, no me neguéis vuestro amor. Haced que este momento sea el de mi verdadera conversión y que comience a amaros, para no cesar jamás de hacerlo, que ya me consagro todo a vuestro amor en calidad de esclavo perpetuo; que muera yo a mi mismo, para no tener más vida, ni más movimientos que por Vos y para Vos. Amén.

Acto de adoración al Sagrado Corazón de Jesús: Para hacer a cualquier hora y principalmente por la mañana.

Señor mío, Jesucristo, y mi Dios, que os creo real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar, recibid este acto de profundisima adoración para suplir el deseo que tengo de adoraros incesantemente; y en acción de gracias por los sentimientos de amor que vuestro Sagrado Corazón tiene para conmigo: les ofrezco todos los actos de adoración, de resignación, de paciencia y de amor que vuestro Sagrado Corazón hizo en la tierra, durante vuestra vida mortal, y todos los que aún hace y hará por toda la eternidad en el Cielo, a fin de adoraros, de amaros, y de alabaros, cuanto me sea posible, por ese mismo Corazón durante todo el tiempo de mi vida. Abridme, pues, ese Sagrado Corazón para que sea en adelante el lugar de mi refugio y descanso. Amén.

Acto de contrición:

Oh mi Salvador y mi Dios cuyo Corazón herido de amor y de dolor concibió tanta pena de todos los pecados del mundo; que no pueda yo sentir aquel mismo dolor que en Vos causaron mis pecados. Te ruego que supláis con este dolor que Vos tuvisteis el que a mi me falta: imprimid en mi corazón el horror y temor aún de las más leves faltas; trocad y reformad este infeliz corazón al modelo del vuestro infinitamente puro, soberanamente Santo y siempre abrazado de amor para con vuestro Celestial Padre; pues protesto que no quiero amar en adelante más que lo que Él ama y detesto todo lo que le desagrada. Amén. 

Ofrecimiento para hacer durante la Santa Misa:

Padre Eterno, tened a bien que yo os ofrezca el Sagrado Corazón de Jesucristo, vuestro muy amado Hijo, como Él se ofrece a sí mismo en sacrificio. Dignaos, Señor, de recibir por mi todos los deseos, todos los sentimientos, todos los afectos, todos los movimientos, y todos los actos de este Sagrado Corazón, que todos son míos, puesto que por mi se sacrifica; son también míos, pues, que no deseo tener otros en adelante que los suyos: recibidlos en satisfacción de todos mis pecados y en acción de gracias de todos vuestros beneficios: recibidlos para concederme por sus merecimientos todas las gracias que me son necesarias y, sobre todo, la gracia final: recibidlos finalmente junto con otros tantos actos de amor, de adoración y de alabanza que ofrezco a vuestra Divina Majestad, supuesto que solo por Él sois dignamente amado, honrado y glorificado. Amén.

Oración de Santa Gertrudis para todos los días:

Yo os saludo, oh Sagrado Corazón de Jesús, manantial vivo y vivificante de la vida eterna, tesoro infinito de la Divinidad, ardiente fragua del Divino Amor. Vos sois el lugar de mi descanso y mi asilo. ¡Oh mi amado Salvador! Abrazad mi corazón con aquel ardiente amor con que está abrazado siempre el vuestro; derramad sobre mi corazón las grandes gracias de que es manantial el vuestro y haced que mi corazón esté de tal suerte unido al vuestro que vuestra voluntad sea siempre la mía, y que esta se conforme con la vuestra por toda la eternidad; pues deseo que en adelante vuestra santa voluntad sea la regla de todos mis deseos y de todas mis acciones. Amén.

Post a Comment

Previous Post Next Post