Item, el miércoles siguiente, 23 de mayo, delante de
nosotros, jueces susodichos formados en el tribunal, Juana fue traída a cierta
habitación del dicho castillo de Rouen, cerca de su prisión. Había allí los
reverendos padres y señores, mis señores los obispos de Thérouanne y de Noyon,
así como los señores y maestros Jean de Châtillon, archidiácono de Evreux; Jean
Beaupère, Nicolas Midi, Guillaume Erart, Pierre Maurice, doctores en teología
sagrada; André Marguerie, licenciado en leyes; Nicolas de Venderès, licenciado
en decreto, archidiáconos y canónigos de la Iglesia de Rouen.
Entonces, hicimos exponer, delante de la dicha Juana,
ciertos puntos donde ella había errado y faltado siguiendo la deliberación de
la Facultad de Teología y de Decreto de la Universidad de Paris; declarar los
defectos, crímenes y errores que contenía cada uno de esos puntos, de acuerdo
con la dicha deliberación. Y la amonestamos y la hicimos amonestar de desistir
de esos vicios y errores, de corregirse y enmendarse, de querer someterse a la
corrección y determinación de nuestra Santa Madre la Iglesia. Es esto lo que
contiene más profundamente esta cedula, transcrita y adjunta abajo, expuesta a
Juana en francés por el maestro Pierre Maurice, canónigo de la Iglesia de
Rouen, insigne doctor en teología sagrada.
Sigue el contenido de la dicha cédula:
I.
En primer lugar, Juana, tu has dicho que, desde
la edad de trece años o aproximadamente, has tenido revelaciones y apariciones
de ángeles, de las santas Catarina y Margarita, que tu las has visto
frecuentemente con los ojos de tu cuerpo; que ellos hablaron seguido contigo y
te dijeron muchas cosas declaradas más profundamente en tu juicio. En cuanto a
este punto, los clérigos de la Universidad de Paris y otros han considerado la
manera y el fin de esas revelaciones y apariciones, la materia de las cosas reveladas,
la cualidad de tu persona. Y todas las cosas consideradas, dijeron que todo eso
es fingido, seductivo, pernicioso, que tales revelaciones y apariciones son
supersticiosas, que proceden de espíritus malvados y diabólicos.
II.
Item, tu has dicho que tu rey tuvo de ti un
signo por el cual ha conocido que habías sido enviada por Dios, a saber que San
Miguel acompañado de una multitud de ángeles, los cuales unos tenían alas y los
otros coronas (y con ellos estaban las santas Catarina y Margarita), vino a ti
en la ciudad y castillo de Chinon. Y todos ellos, contigo, subieron las
escaleras del castillo hasta la habitación de tu rey, el cual un ángel se le
inclinó, aquel que llevaba la corona. Y en otra vez, tu has dicho que esta corona,
que tu llamas signo, fue traída al arzobispo de Reims, quien la transmitió a tu
rey, en presencia de muchos príncipes y señores que tu has nombrado. En cuanto
a este artículo, los clérigos dicen que eso no es verdadero, sino una mentira
presuntuosa, seductora, perniciosa, trabajo contrario e indigno para la
dignidad angélica.
III.
Item, tu has dicho que reconocías los ángeles y
los santos por el buen consejo, el consuelo y la doctrina que te dieron; también
porque ellos se nombraron ante ti y los santos te saludaron; que tu creías,
además, que era San Miguel quien se te apareció; que sus hechos y dichos son
buenos, y eso lo creías tan firmemente como crees en la fe de Jesucristo. En
cuanto a este artículo, los clérigos dicen que esos no son signos suficientes
para reconocer a estos ángeles y a estas santas; que tú has creído y afirmado
temerariamente; que, además, con relación a la comparación que tu diste de
creer tan firmemente como, etc. Tu erras en la fe.
IV.
Item, tu has dicho estar cierta de cosas
contingentes y del futuro, que tu has sabido que objetos estaban escondidos;
que tu has reconocido hombres que tu no has visto jamás, y ello por las voces
de las santas Catarina y Margarita. En cuanto a este artículo, los clérigos
dicen que hay superstición, adivinación, afirmación presuntuosa y vana
jactancia.
V.
Item, tu has dicho que, por el mandamiento de
Dios y por su voluntad, tu vestiste y vistes continuamente el hábito de hombre;
porque tu tenías mandamiento de Dios de llevar ese hábito; y así tu tomaste un
vestido corto, un jubón, y tus zapatos estaban atados con muchas agujas; tu
llevas también los cabellos cortos, cortados en forma de circulo, arriba de las
orejas, no dejando nada sobre ti que mostrara y acusara el sexo femenino,
excepto aquel signo presente de la naturaleza. Y seguido tú has recibido el
cuerpo de Nuestro Señor en este hábito; y aunque muchas veces tu has sido
amonestada de rechazarlo, jamás lo has querido hacer, diciendo que tu preferías
morir que dejar este hábito, a menos que eso fuese el mandamiento de Dios: y
que si tu estabas aún en este hábito, con los otros de tu partido, eso sería
uno de los más grandes bienes para el Reino de Francia. Y tu has dicho que por
nada en el mundo tu harías juramento de no llevar este hábito y las armas; y,
en todo eso, tu dices haber hecho bien, y seguir el mandamiento de Dios. En
cuanto a este punto, los clérigos dicen que tu blasfemas a Dios y lo
menosprecias en sus sacramentos; tu transgredes la ley divina, las santas
Escrituras, las sanciones canónicas; tu piensas mal y erras en la fe; tu te
vanaglorias vanamente y te vuelves sospechosa de idolatría, de desprecio de ti
misma y de tus vestimentas, y tu imitas la costumbre de los gentiles.
VI.
Item, tu has dicho que seguido en tus letras has
puesto los nombres de JHESUS MARIA, y el signo de la cruz advirtiendo así
aquellos a quienes tu escribías que no hiciesen el contenido de tus letras. En
otras, tu te jactaste de hacer matar a todos aquellos que no obedecieran, y que
se vería “a los golpes” quien tiene mejor derecho de parte del Dios del cielo.
Y seguido tu has dicho que tu no has hecho nada que no fuera por revelación y
mandamiento de Dios. En cuanto a este artículo, los clérigos dicen que tu eres
traidora, astuta, cruel, cruelmente deseos de la efusión de sangre humana,
sediciosa, provocadora de la tiranía, blasfema de Dios, de sus mandamientos y
de sus revelaciones.
VII.
Item, tu has dicho que por las revelaciones que
tu has tenido a la edad de diecisiete años, tu abandonaste la casa de tus
padres contra la voluntad de ellos, lo que los volvió como dementes; y tu
fuiste con Robert de Baudricourt, quien, bajo tu pedido, te trajo un hábito de
hombre, una espada y personas para conducirte a tu rey. Y, cuando tu fuiste a
él, tu le has dicho que tu venías para echar fuera sus adversarios; y tu le
hiciste la promesa de ponerle en gran dominación, que tendría la victoria sobre
sus adversarios y que Dios te enviaba con este fin. Y has dicho también que
hiciste bien así, obedeciendo a Dios, y por revelación. En cuanto a este punto,
los clérigos dicen que has sido impía contra tus padres, transgrediendo el
mandamiento de Dios de honrar nuestro padre y nuestra madre, escandalosa,
blasfema contra Dios, equivocada en la fe, y que has hecho una promesa
presuntuosa y temeraria.
VIII.
Item, tu has dicho que espontáneamente saltaste
de la torre de Beaurevoir, prefiriendo morir que estar en las manos de los
ingleses y de vivir después de la destrucción de Compiègne; y aunque las santas
Catarina y Margarita te habían prohibido saltar, sin embargo, tu no pudiste
impedirlo; y aunque ese fue un gran pecado el ofender a esas santas, sin
embargo pretendes saber por parte de tus voces que Dios te había remitido ese
pecado, después que tu te confesaste. En cuanto a este punto, los clérigos
dicen que eso fue pusilanimidad tendiendo a desesperación, es decir, a tu
suicidio; además tu has dado una afirmación temeraria y presuntuosa sobre el
tema del perdón que tu pretendes tener de ese pecado; y tu piensas mal sobre el
tema del libre albedrío del hombre.
IX.
Item, tú has dicho que las santas Catarina y
Margarita han prometido conducirte al paraíso, siempre y cuando protejas la
virginidad que tú les has hecho voto y prometido; que estás cierta de ello como
si estuvieras ya en la gloria de los bienaventurados. No cree haber cometido
nunca un pecado mortal, y te parece que si estuvieras en pecado mortal, las
santas no te visitarían cada día como ellas lo hacen. En cuanto a este
artículo, los clérigos dicen que tu has hecho allí una afirmación presuntuosa y
temeraria, una mentira perniciosa, que eso va en contra de lo que dijiste
antes; además de que es pensar mal la fe cristiana.
X.
Item, has dicho que sabes bien que Dios ama
ciertas personas vivientes más que a ti misma, y que tu lo sabes por revelación
de las santas Catarina y Margarita; que esas santas hablan la lengua francesa y
no la de los ingleses, dado que ellas no son de su partido; y que, desde que tú
has sabido que esas voces estaban a favor de tu rey, no has querido a los
Borgoñones. En cuanto a este artículo, los clérigos dicen que hay allí una
afirmación temeraria y presuntuosa, adivinación supersticiosa, blasfema contra las
santas Catarina y Margarita, transgresión al mandamiento de amar a nuestro
prójimo.
XI.
Item, tú has dicho que a aquellos que llamas San
Miguel, santas Catarina y Margarita, les has hecho muchas reverencias,
arrodillándote, quitándote el chaperón, besando la tierra sobre la cual ellos
caminaban, y haciéndoles voto de virginidad. Y has besado y abrazado a las
dichas santas, y las has invocado. Has creído los mandamientos que venían de
ellas de primeras, sin pedir consejo a tu cura ni a otro hombre de la Iglesia;
y, sin embargo, has creído que esas voces venían de Dios tan firmemente como crees
en la fe cristiana y que Nuestro Señor Jesucristo sufrió la pasión. Además, has
dicho que si algún espíritu maligno se te aparecía bajo la figura de San
Miguel, sabrías bien reconocerle y distinguirlo. Has dicho también que, de tu
voluntad, has jurado que no dirías el signo dado a tu rey, y finalmente
agregaste “si eso no es el mandamiento de Dios”. En cuanto a este artículo, los
clérigos dicen que, suponiendo que hayas tenido las revelaciones y apariciones
que te jactas de tener, la manera en la cual las has dicho, eres idolatra,
invocadora de diablos, equivocada en la fe, afirmando con temeridad, y has
hecho un juramento ilícito.
XII.
Item, has dicho que, si la Iglesia quería que
hicieses algo contrario al mandamiento que pretendes tener de Dios, no lo
harías por nada en el mundo; que sabes bien que lo que es contenido en tu
juicio vino del mandamiento de Dios, y que te sería imposible hacer lo
contrario. Y sobre todo esto, no quieres remitirte al juicio de la Iglesia que
está sobre la tierra, ni de ningún hombre viviente, sino de Dios solo. Y
dijiste además que no hiciste respuestas de tu mente, sino del mandamiento de
Dios, aunque el artículo: Unam sanctam Ecclesiam catholicam, etc., te
fue muchas veces explicado, y que todo cristiano debe someter sus hechos y
dichos a la Iglesia militante, principalmente en lo que toca las revelaciones y
materias similares. En cuanto al artículo, los clérigos dicen que eres
cismática, piensas mal sobre la unidad y autoridad de la Iglesia, apostata, y
hasta hoy en día, perniciosamente equivocada en la fe.
Entonces, después de que estas dichas afirmaciones junto con
las cualificaciones dadas por la Universidad de Paris fueron así compartidas y
explicadas a Juana, fue finalmente amonestada por el mismo doctor, en francés,
de meditar sobre sus dichos y sus hechos, sobre todo en lo que se comparte en
el último artículo. El habló de esta manera:
“Juana, amiga muy querida, es tiempo ahora, para
finalizar vuestro juicio, de pesar bien lo que ha sido dicho. Aunque, de parte
de monseñor de Beauvais y de parte de monseñor el vicario del Inquisidor, de
parte de otros doctores, has sido amonestada muy diligentemente para el honor y
la reverencia de Dios, la fe y la ley de Jesucristo, el descanso de las
conciencias, para apaciguar el escandalo causado, y la salvación de vuestra
alma y de vuestro cuerpo; aunque se te ha declarado los daños en que incurres, tanto
en vuestra alma como en vuestro cuerpo, si no quieres corregirte, vos y
vuestros dichos, y no los enmiendas sometiendo vuestros hechos y dichos a la
Iglesia, y aceptando su juicio, sin embargo, hasta el día de hoy no has querido
entender esto.
Entonces, aunque muchos entre vuestros jueces habrían
podido contentarse con los hechos recibidos a vuestro cargo, esos mismos jueces
en su celo por la salvación de vuestra alma y de vuestro cuerpo, transmitieron
vuestros dichos a la Universidad de Paris, que es la luz de todas las ciencias
y la extirpadora de los errores, con el fin de que las examinaran. Después de
haber recibido sus deliberaciones, los señores jueces ordenaron que vos seas
amonestado nuevamente, que se te advirtiera de los errores, escándalos, y otros
defectos cometidos por vos, rogándote, exhortándote, advirtiéndote, por las
entrañas de Nuestro Señor Jesucristo, que ha querido sufrir tan cruel muerte
para redimir el linaje humano, que corrigieras vuestros dichos y los sometas al
juicio de la Iglesia, como todo leal cristiano está requerido y obligado de
hacerlo. No permitas que seas separada de Nuestro Señor Jesucristo, quien te ha
creado para tener una parte de su gloria; no quieras elegir el camino de la
eterna condenación, con los enemigos de Dios quienes, cada día, buscan
inquietar a los hombres, tomando a veces la figura de Cristo, de un ángel y de
los santos, diciendo y afirmando que ellos son tales, así como está contenido
más profundamente en las “Vidas de los Padres” y en las Escrituras.
En consecuencia, si tales apariciones te han surgido, no
las quieras creer; aún más, hazlas a un lado tales credulidades e
imaginaciones; adquiere los dichos y opiniones de la Universidad de Paris y de
otros doctores, que entienden bien la ley de Dios y la Escritura santa. Pues,
les ha parecido que no se debe dar crédito a tales apariciones, ni a ninguna
aparición inusual, o a cualquier novedad prohibida, si la Sagrada Escritura no
ofrece un signo o milagro suficiente. No has tenido ni lo uno ni lo otro. Has
creído ligeramente a estas apariciones, en lugar de recurrir a Dios a través de
la oración devota, con el fin de que estés segura; no has recurrido a ningún
prelado o eclesiástico instruido que podría haberte asegurado. Sin embargo,
deberías haberlo hecho, en atención a vuestro estado y la simplicidad de
vuestros conocimientos.
Toma este ejemplo: supongo que vuestro rey, de su autoridad,
te otorga la guarda de algún lugar, prohibiéndote dejar entrar allí a ningún recién
llegado. He aquí que alguien dice venir por la autoridad del rey, sin traerte
cartas ni signos ciertos: ¡Y bien! ¿Le debes de creer y recibir? Del mismo modo,
cuando Nuestro señor Jesucristo ascendió al cielo, dejó el gobierno de su
Iglesia a San Pedro el apóstol y sus sucesores, y le prohibió en el futuro
aceptar a quién sea que se presentara en su nombre, si no estaba establecido
suficientemente más que por sus propios dichos. Así, no habrías debido creer aquellos
que dices haberse presentado ante vos: y nosotros no debemos creer en vos ya
que Dios nos ha prescrito lo contrario.
En primer lugar, Juana, debes considerar esto: en la señoría
de vuestro rey, cuando vos estabas allí, si algún caballero u otro, nacido en
su dominio u obediencia, se hubiese levantado diciendo: “No obedeceré al rey y
no me someteré a ninguno de sus oficiales”, ¿no habrías dicho que debía ser
condenado? ¿Qué dirás entonces de vos misma que fuiste engendrada en la fe de
Cristo, por el sacramento del Bautismo, vos que te volviste hija de la Iglesia
y la esposa de Cristo, si no obedeces a los oficiales de Cristo, a saber los
prelados de la Iglesia? ¿Qué juicio darás de vos misma? Desiste, te ruego, de
vuestros dichos, si amas a Dios, vuestro Creador, vuestro precioso esposo y
vuestra salvación; y obedece a la Iglesia, sometiéndote a su juicio. Sabes que,
si no lo haces y perseveras en el este error, vuestra alma será condenada al
suplicio eterno, y perpetuamente atormentada; y, sobre el cuerpo, no dudo de
que irá a la perdición.
Que el respeto humano y una inútil vergüenza, que puede estar
dominándote, no te retenga más, debido a que has estado con grandes honores que
estimas perder actuando como yo te digo. Porque es necesario preferir el honor
de Dios, la salvación de vuestra alma y de vuestro cuerpo: perderás todo si no
haces lo que yo te digo, porque te separas así de la Iglesia y de la fe que has
prometido en el santo sacramento del bautismo, separas la autoridad de Nuestro
Señor de aquella de la Iglesia que, sin embargo, es conducida, regida, gobernada
por su espíritu y autoridad. Porque Él ha dicho a los prelados de la Iglesia: “Quien
los oye, me oye a mí, y quien los rechaza, me rechaza a mí”. Entonces, si no
quieres someterte a la Iglesia, te separas de hecho; y si no quieres someterte
a ella, rechazas someterte a Dios; y vos erras en este artículo: Unam
sanctam Ecclesiam; lo que es este artículo, y su autoridad, todo eso se te
ha sido suficientemente declarado hace poco en las precedentes moniciones.
Entonces, considerando atentamente estas cosas, en el
nombre de mis señores, monseñor de Beauvais y monseñor el vicario de la inquisición,
de vuestros jueces, te amonesto, te ruego, te exhorto, que por esta piedad que
tienes a la pasión de vuestro Creador, por esta dilección que debes tener para la
salvación de vuestra alma y de vuestro cuerpo, te corrijas y enmiendes los
errores susodichos, que retornes al camino de la verdad, obedeciendo a la
Iglesia y sometiéndolos a su juicio y a su determinación. Haciendo esto, salvarás
vuestra alma, y redimirás, como lo espero, vuestro cuerpo de la muerte. Pero si
no lo haces y si te obstinas, sabed que vuestra alma será engullida en el
abismo de la condenación; en cuanto a la destrucción de vuestro cuerpo, la
temo. ¡Que Jesucristo se digne preservaros de ello!
Después que Juana fue amonestada de esta manera, después de
haber oído estas exhortaciones, ella las respondió en consecuencia y bajo esta
forma:
- En cuanto a mis hechos y a mis dichos que he dicho en el
juicio, me remito a ellos y los quiero sostener.
Item, interrogada si ella cree que no está obligada a
someter sus dichos y sus hechos a la Iglesia militante, o a otro más que a
Dios, respondió:
- La manera en que siempre lo he dicho y sostenido en el
juicio, la quiero seguir diciendo y manteniendo.
Item, dijo que si ella estuviera en juicio y viera el fuego encendido,
y encendidas las piras y al verdugo listo para encender el fuego, sostendría lo
que ha dicho en el juicio, hasta la muerte.
Entonces, nosotros, los jueces susodichos, pedimos al
promotor de la causa y a Juana si querían decir alguna cosa más. Nos dijeron
que no había nada para agregar. Entonces, procedimos a la conclusión del asunto,
siguiendo la forma de cierta cedula que nosotros, el obispo susodicho, teníamos
entre nuestras manos y cuyo contenido sigue:
“Nosotros, jueces competentes en esta causa, nos estimamos
y tenemos por jueces competentes, en tanto que sea necesario, siguiendo vuestra
renuncia y teniéndolo por renunciado, CONCLUIMOS LA CAUSA; y la causa concluida,
los citamos mañana para oír la justicia que dictaremos y pronunciar sentencia,
y también para hacer y proceder ulteriormente, así como demanda el derecho y la
razón”.
Presentes el hermano Ysambard de la Pierre, el maestro
Mathieu le Bateur, padres, y Louis Orsel, clérigo, de las diócesis de Rouen, de
Londres y de Noyon, testigos requeridos.
