Juicio de Condena - Abjuración (24 de mayo de 1431)

 



Item, el dicho año, el jueves después de Pentecostés, 24 del mes de mayo, nosotros, los jueces susodichos, nos dirigimos por la mañana a un lugar público en el cementerio de la abadía de Saint-Ouen en Rouen, donde la dicha Juana se encontraba presente delante de nosotros, sobre un cadalso o púlpito. Allí, para empezar, hicimos pronunciar una solemne predicación por el maestro Guillaume Erart, persona insigne, doctor en teología sagrada, para la admonición saludable de la dicha Juana y de todo el pueblo, del cual había una gran multitud.

Nos asistían: el muy reverendo, padre y señor en Cristo, Henri, por la permisión divina cardenal presbítero del título de San Eusebio de la sacrosanta iglesia de Roma, vulgarmente llamado el cardenal de Inglaterra; los reverendos padres en Cristo, mis señores los obispos de Thérouanne, de Noyon, de Norwich; mis señores los abades de la Sainte-Trinité de Fécamp, de Saint-Ouen de Rouen, de Jumièges, de Bec-Hellouin, de Cormeilles, de Saint-Michel-au-péril-de-la-mer, de Mortemer, de Prélaux; los priores de Longueville-Giffard y de Saint-Laud de Rouen; los maestros Jean de Châtillon, Jean Beaupère, Nicolas Midi, Maurice du Quesnay, Guillaume Le Boucher, Jean Le Fèvre, Pierre de Houdenc, Pierre Maurice, Jean Fouchier, doctores; Guillaume Haiton, Nicolas Couppequesne, Thomas de Courcelles, Raoul Le Sauvage, Richard de Grouchet, Pierre Minier, Jean Pigache, bachilleres en teología sagrada, Raoul Roussel, doctor en ambos derechos, Jean Garin, doctor en derecho canónico; Nicolas de Venderès, Jean Pinchon, JeanLe Doulx, Robert Le Barbier, licenciados en derecho canónico; André Marguerie, Jean Alespée, licenciados en derecho civil, Aubert Morel, Jean Colombel, Jean Duchemin, licenciados en derecho canónico; y muchos otros.

El doctor nombrado comenzó su predicación tomando por temática la palabra de Dios, narrando el capitulo XV de San Juan: “La rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece unida a la vid…”. Y entonces, solemnemente, dedujo que todo católico debe permanecer en la verdadera vid de nuestra santa madre la Iglesia, que el Cristo plantó de su derecha; mostró que esta Juana se separó por numerosos errores y crímenes graves de la unidad de nuestra santa madre la Iglesia, que ella había muchas veces escandalizado al pueblo cristiano: y la amonestó y exhortó, así como a todo el pueblo, a seguir las sanas doctrinas.

Esta predicación terminada, el doctor habló a Juana en estos términos:

“He aquí mis señores los jueces, quienes muchas veces te han requerido y pedido de querer someter todos tus hechos y dichos a nuestra madre la Iglesia; ellos quieren hacerte ver y mostrar que en tus dichos y hechos, como les parece a los clérigos, había muchas cosas que no eran buenas para decir ni sostener”.

A lo que Juana respondió:

- Te responderé. En cuanto a la sumisión a la Iglesia, les he respondido sobre ese punto. Que todas las obras que yo he hecho y dicho sean enviadas a Roma, a nuestro Santo Padre el Papa, a quién, y a Dios primero, me remito. Y en cuanto a los dichos y hechos que yo hice, los he hecho de parte de Dios.

Item dijo que, de sus hechos y de sus dichos, no culpa a nadie, ni a su rey, ni a otro; y que si hay alguna falta, es de ella y no de otro.

Interrogada si los hechos y dichos que ella ha hecho, que son reprobados, ella los quiere revocar, respondió:

- Me remito a Dios y a nuestro Santo Padre el Papa.

Entonces, le fue dicho que eso no sería suficiente; que no se podía ir a buscar a nuestro Santo Padre el Papa, tan lejos; también que los Ordinarios eran jueces, cada uno en sus diócesis. Por esto era necesario que ella se remitiera a nuestra santa madre la Iglesia; que ella se ciñera a lo que los clérigos y los expertos habían dicho y determinado de sus dichos y hechos. Sobre esto ella fue amonestada por nosotros a través de tres moniciones.

Entonces, como esta mujer no quiso decir otra cosa, nosotros, el obispo susodicho, comenzamos a leer la sentencia definitiva. Como nosotros ya la habíamos leído en gran parte, Juana se puso a hablar, y dijo que ella quería cumplir todo lo que la Iglesia le ordenara, lo que nosotros, los jueces, queríamos decir y sentenciar, y obedecer en todo a nuestras órdenes. Y ella dijo muchas veces que, ya que los hombres de la Iglesia decían que sus apariciones y revelaciones que ella pretendía haber tenido no debían ni sostenerse ni creerse, ella no las quería sostener; sino, en todo, se remitía a nuestra madre santa Iglesia y a los jueces.

Entonces, en presencia de los ya nombrados, a la vista de una multitud de clérigos y del pueblo, ella hizo y pronunció su revocación y la abjuración, siguiendo la forma de una cierta cedula que fue leída entonces, redactada en francés. Ella pronunció esta abjuración de su boca y firmó de su propia mano la cedula cuyo texto sigue:

"Toda persona que ha errado y fallado en la fe cristiana y que después, por la gracia de Dios, ha retornado a la luz de la verdad y a la unión de nuestra madre santa Iglesia, debe guardarse muy bien de que el enemigo del infierno no la rechace y la haga recaer en el error y en la condenación. Por esta causa, yo, Jeanne, comúnmente llamada La Doncella, miserable pecadora, después de haber conocido las trampas del error por las que estaba atrapada, y, por la gracia de Dios, tras haber retornado a nuestra madre santa Iglesia, para que se vea que, no por fingimiento, sino de buen corazón y buena voluntad he vuelto a ella, confieso que he pecado gravemente al fingir falsamente haber tenido revelaciones y apariciones de parte de Dios, de los ángeles, y de santa Catarina y santa Margarita, al seducir a otros, creyendo necia y ligeramente, al hacer adivinaciones supersticiosas, al blasfemar contra Dios, sus santos y santas, al sobrepasar la ley divina, la sagrada Escritura, los derechos canónicos; al llevar un hábito disoluto, deforme y deshonesto, contrario a la decencia natural, y al cortar mi cabello en redondo al estilo de los hombres, en contra de toda honestidad del sexo femenino; al llevar también armaduras por gran presunción; al desear cruelmente el derramamiento de sangre humana; al decir que todas estas cosas las hice por mandato de Dios, de los ángeles y de las santas antes mencionadas, y que en estas cosas obré bien y no fallé en nada; al despreciar a Dios y sus sacramentos; al causar sedición e idolatría, al adorar malos espíritus y al invocarlos. Confieso también que fui cismática, y que de muchas maneras erré en la fe. Todos estos crímenes y errores, de buen corazón y sin fingimiento, por la gracia de Nuestro Señor, habiendo retornado al camino de la verdad, por la santa doctrina y por vuestro buen consejo, el de los doctores y maestros que me habéis enviado, los abjuro y reniego, y en todo renuncio a ellos y me separo. Y en todas estas cosas antes dichas, me someto a la corrección, disposición, enmienda y total determinación de nuestra madre santa Iglesia y de vuestra buena justicia. Así también prometo, juro y ofrezco a monseñor san Pedro, príncipe de los apóstoles, a nuestro Santo Padre, el papa de Roma, su vicario y a sus sucesores, a vosotros, mis señores, monseñor el obispo de Beauvais y a la persona religiosa, hermano Jean Le Maistre, vicario de monseñor el inquisidor de la fe, como a mis jueces, que jamás, por alguna exhortación o de cualquier otra manera, volveré a los errores antes mencionados, de los cuales le ha placido a Nuestro Señor liberarme y apartarme; sino que, para siempre, permaneceré en la unión de nuestra madre santa Iglesia y en la obediencia de nuestro Santo Padre el papa de Roma. Y esto lo digo, afirmo y juro por Dios todopoderoso, y por estos santos Evangelios. Y al firmar esto, he firmado este documento con mi firma".

Así firmada: JEHANNE †

En fin, después de que nosotros, los jueces, hemos recibido su revocación y abjuración, como es dicho más alto, nosotros el obispo nombrado, dirigimos nuestra sentencia definitiva en estos términos:

Sentencia después de la abjuración:

“En el nombre del Señor, amen. Todos los pastores de la Iglesia que desean y tienen el deber de conducir fielmente el rebaño del Señor deben reunir todas sus fuerzas cuando el pérfido sembrador de errores trabaja laboriosamente para infectar con tantas artimañas y venenos virulentos el rebaño de Cristo, para así oponerse con tanto más vigilancia y solícita insistencia, a los ataques del Maligno. Es una necesidad, sobre todo en estos tiempos peligrosos donde la sentencia del apóstol anuncia que muchos pseudo profetas vendrían al mundo y que introducirían sectas de perdición y de error; los cuales podrían seducir por sus doctrinas variadas y extrañas a los fieles de Cristo, si nuestra madre santa la Iglesia, con los seguros de la sana doctrina y de las sanciones canónicas, no se esforzara por rechazar con diligencia sus invenciones erróneas.

Es por esto por lo que delante de nosotros, Pierre, por la misericordia divina obispo de Beauvais, y delante del hermano Jean Le Maistre, vicario en esta diócesis y en esta ciudad del insigne doctor el maestro Jean Graverent, inquisidor de la perversidad herética en el Reino de Francia, y especialmente comisionado por él en esta causa, los dos jueces competentes en este partido, tú, Juana, vulgarmente llamada la Doncella, has sido acusada debido a varios crímenes perniciosos y fuiste citada en materia de fe. Habiendo visto y examinado diligentemente el desarrollo de tu proceso y todo lo que en él se llevó a cabo, principalmente las respuestas, confesiones y afirmaciones que diste; considerando también la muy notable deliberación de los maestros de la Facultad de Teología y de Derecho en la Universidad de París, y más aún la de la asamblea general de la Universidad; finalmente, la de los prelados, doctores y sabios, tanto en teología como en derecho civil y canónico, que se reunieron en esta ciudad de Rouen, y en otros lugares, en gran número para calificar y apreciar tus aseveraciones, dichos y hechos; tras haber tomado consejo y una meditada deliberación de los celosos defensores de la fe cristiana; habiendo considerado y retenido todo lo que debía ser considerado y retenido por nosotros en esta materia, todo lo que nosotros, y cualquier hombre de juicio recto, pudimos y debimos notar:

Nosotros, teniendo ante nuestros ojos a Cristo y el honor de la fe ortodoxa, para que nuestro juicio parezca emanar del rostro del Señor, hemos dicho y decretado, y pronunciamos que tú has delinquido gravemente, simulando falsamente revelaciones y apariciones, seduciendo a otros, creyendo de manera ligera y temeraria, profetizando supersticiosamente, blasfemando a Dios y a los santos, prevaricando la ley, la Sagrada Escritura y las sanciones canónicas, despreciando a Dios en sus sacramentos, incitando sediciones, apostatando, cayendo en el cisma y errando en tantos puntos en la fe católica.

Sin embargo, después de haber sido amonestada caritativamente en tantas ocasiones, tras una espera tan prolongada, finalmente, con la ayuda de Dios, volviste al seno de nuestra santa madre la Iglesia, y, como nos complace creer, con un corazón contrito y una fe sincera, revocaste de viva voz tus errores, justo después de que fueran reprobados en una prédica pública, y, con tus propias palabras, los abjuraste de viva voz, así como toda herejía. Siguiendo la forma prescrita por las sanciones eclesiásticas, te liberamos por las presentes de los lazos de la excomunión en los que estabas encadenada; siempre que, sin embargo, regreses a la Iglesia con un corazón sincero y una fe no fingida, y que cumplas lo que te ha sido y te será ordenado.

Pero, aun así, porque has delinquido temerariamente contra Dios y la santa Iglesia, como se dijo anteriormente, para que hagas una penitencia saludable, finalmente y de manera definitiva, te condenamos a prisión perpetua, con pan de dolor y agua de tristeza, para que llores allí tus faltas y no cometas en adelante más que lamentar, salvando nuestra gracia y moderación".

El mismo día en la tarde:

Item, ese mismo día en la tarde, nosotros, el hermano Jean Le Maistre, vicario susodicho, asistido de los nobles señores y maestros Nicolas Midi, Nicolas Loiseleur, Thomas de Courcelles y el hermano Ysambard de La Pierre, y de muchos otros, nos reunimos en la prisión donde Juana estaba entonces. Le fue expuesto por nosotros y por nuestros asesores cómo este día Dios le había hecho una gran gracia y también que los hombres eclesiásticos le habían mostrado gran misericordia recibiéndola en la gracia y perdón de nuestra santa madre la Iglesia; es por esto por lo que convenía que la dicha Juana se sometiera humildemente y obedeciera la sentencia y ordenanza de mis señores los jueces y de los hombres eclesiásticos, que ella abandonara enteramente sus errores y sus invenciones antiguas, y no retornara a ellas jamás; y le expusieron que en el caso en que ella retornara a sus antiguos errores, nunca más en el futuro la Iglesia la recibiría con clemencia, y que ella sería abandonada completamente. Además, le fue dicho que ella se quitara sus hábitos de hombre y tomara aquellos de mujer, como le había sido comandado por la Iglesia.

Entonces, Juana respondió que con gusto tomaría esos hábitos de mujer, y que ella obedecería y se sometería en todo a los hombres eclesiásticos.

Ropa de mujer le fue presentada, y se la puso, habiéndose quitado inmediatamente su ropa de hombre; además, quiso y permitió que le afeitaran y le cortaran el cabello, que anteriormente llevaba cortado en redondo.

Sentencia pronunciada en parte antes de la abjuración:

“En el nombre del Señor, amén. Todos los pastores de la Iglesia, que desean y tienen el cuidado de conducir fielmente el rebaño del Señor, deben reunir todas sus fuerzas cuando el pérfido sembrador de errores trabaja laboriosamente para infectar con tantas artimañas y venenos virulentos el rebaño de Cristo, con el fin de oponerse con mayor vigilancia y solicitud constante a los asaltos del Maligno. Es una necesidad, especialmente en estos tiempos peligrosos, en los que la sentencia del apóstol anunció que muchos falsos profetas vendrían al mundo e introducirían sectas de perdición y error; los cuales podrían seducir, con sus doctrinas diversas y extrañas, a los fieles de Cristo, si nuestra madre la Santa Iglesia, con la ayuda de una doctrina sana y sanciones canónicas, no se esforzara en repeler con diligencia sus erróneas invenciones.

Por tanto, ante nosotros, Pierre, por la misericordia divina obispo de Beauvais, y ante el hermano Jean Le Maistre, vicario en este diócesis y en esta ciudad del insigne doctor, maestro Jean Graverent, inquisidor de la perversidad herética en el reino de Francia, y especialmente delegado por él en esta causa, ambos jueces competentes en esta parte, tú, Juana, llamada vulgarmente la Doncella, has sido acusada por varios crímenes perniciosos, y fuiste citada por cuestiones de fe. Y, visto y examinado diligentemente el curso de tu proceso y todo lo que en él se ha hecho, principalmente las respuestas, confesiones y afirmaciones que diste; considerado también el insigne consejo de los maestros de la Facultad de Teología y de Decretos de la Universidad de París, así como el de la asamblea general de la Universidad; finalmente, el de los prelados, doctores y sabios, tanto en teología como en derecho civil y canónico, que se reunieron en esta ciudad de Rouen y en otros lugares, en gran número, para calificar y valorar tus afirmaciones, dichos y hechos; después de haber tomado consejo y deliberado con los celosos practicantes de la fe cristiana; habiendo considerado y retenido todo lo que debía ser considerado y retenido en esta materia, todo lo que nosotros, y cualquier hombre de juicio recto, podíamos y debíamos observar:

Nosotros, teniendo ante los ojos a Cristo y el honor de la fe ortodoxa, para que nuestro juicio parezca emanar del rostro del Señor, hemos dicho y decretado que has mentido al simular tus revelaciones y apariciones, has sido perniciosa, seductora, presuntuosa, demasiado crédula, temeraria, supersticiosa, adivinadora, blasfema contra Dios, los santos y las santas, despreciadora de Dios en sus sacramentos, transgresora de la doctrina sagrada y de las sanciones eclesiásticas, sediciosa, cruel, apóstata, cismática, y que has errado en muchos puntos de nuestra fe, y que has delinquido temerariamente contra Dios y la Santa Iglesia por los medios ya mencionados. Sin embargo, aunque debida y suficientemente, tanto por nosotros como de nuestra parte, has sido advertida en múltiples ocasiones por ciertos maestros y doctores competentes y celosos por la salvación de tu alma, de que te corrigieras, te enmendaras y te sometieras a la disposición, determinación y corrección de la santa madre Iglesia. No quisiste hacerlo ni te importó. Más aún, con un corazón obstinado y tenazmente endurecido, dijiste que no lo harías, y en varias ocasiones rechazaste expresamente someterte a nuestro Santo Padre el Papa y al santo concilio general.

Por eso, te declaramos excomulgada de derecho y hereje, por ser obstinada y tenaz en estos delitos, excesos y errores, y pronunciamos que corresponde entregarte a la justicia secular, como miembro de Satanás, separado de la Iglesia, infectado con la lepra de la herejía, y te dejamos en sus manos: rogando, no obstante, que esta autoridad modere su juicio hacia ti, alejándose de la muerte y la mutilación de los miembros; y si verdaderos signos de arrepentimiento aparecen en ti, que se te administre el sacramento de la penitencia.”

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