Asimismo, el mismo año, miércoles 9 de mayo, Juana fue
llevada a la gran torre del castillo de Rouen, delante de nosotros los jueces
susodichos que nos encontrábamos allí: el reverendo padre el señor abad de
Saint-Corneille de Compiègne; los maestros Jean de Châtillon y Guillaume Érart,
doctores en teología sagrada; André Marguerie y Nicolas de Venderès,
archidiácono de la Iglesia de Rouen; Guillaume Haiton, licenciado en teología
sagrada; Aubert Morel, licenciado en derecho canónico; Nicolas Loiseleur, canónigo
de la catedral de Rouen y el maestro Jean Massieu.
Y Juana fue requerida y amonestada de responder la verdad
sobre los numerosos y diversos puntos contenidos en su juicio, que ella había
negado, o sobre aquellos que ella había mentirosamente respondido, cuando
nosotros teníamos sobre ellos informaciones certeras, pruebas, y presunciones
vehementes. Muchos de esos puntos le fueron leídos y expuestos; y le fue dicho
que, si ella no afirmaba la verdad de esos temas, ella sería puesta bajo
tortura, cuyos instrumentos le fueron mostrados en la torre. Y allí también se
encontraban los hombres de nuestro oficio quienes, por nuestra orden, estaban listos
para someterla a tortura con el fin de traerla devuelta a la vía y conocimiento
de la verdad, y así procurarle la salvación de su alma y de su cuerpo que, por
sus mentirosas invenciones, ella se exponía a tan graves peligros.
A lo cual la dicha Juana respondió de esta manera:
- En verdad, si ustedes aunque me hicierais despedazar los
miembros y separar el alma del cuerpo, no os diría otra cosa; y si os dijera
algo, después siempre diría que me lo han hecho decir por la fuerza.
Asimismo, dijo que durante la fiesta de la Santa Cruz, ella
había sido consolada por San Gabriel:
- Y creed bien que ese fue San Gabriel.
Y ella lo ha sabido por sus voces que era San Gabriel.
Asimismo, dijo que ella pidió consejo a sus voces si ella se
sometería a la Iglesia, porque las personas eclesiásticas la presionaban
fuertemente de someterse a la Iglesia: y sus voces le dijeron que si ella quería
que Nuestro Señor la ayudara, ella se remitiera a Él en todos sus hechos.
Asimismo, dijo que ella sabía bien que Nuestro Señor ha sido
siempre el maestro de sus hechos, y que el diablo no tuvo jamás poder sobre sus
hechos.
Asimismo, dijo que ella ha preguntado a sus voces si ella
sería quemada y que esas dichas voces le han respondido que esperara a Nuestro
Señor, y que Él la ayudaría.
Interrogada sobre el signo de la corona que ella dijo haber
sido traída al arzobispo de Reims, y si ella quiere remitirse al dicho
arzobispo, respondió:
- Háganlo venir y entonces les responderé; ¡él no osaría
decir lo contrario de lo que les he dicho aquí!
Entonces, viendo el endurecimiento de su alma, sus maneras
de responder, nosotros, los jueces susodichos, temiendo que los tormentos de la
tortura fuesen para ella de poco beneficio, decidimos posponer su aplicación hasta
tener una opinión más completa sobre eso.
