Como un memorial
perpetuo
14 de abril de 1482
d.C.
La patria celestial,
la Ciudad de Jerusalén, cuya propia participación es en sí misma, se regocija
tanto en la salvación de todos los elegidos, que cuanto más destacados son los
méritos de estos, más abundantes son también los gozos de las recompensas que
recibe. Esto parece haber entendido el Profeta Isaías, cuando dijo (Is. 12:6)
“Exulta y regocíjate, moradora de Sion, porque grande es en medio de ti el
Santo.” Por lo tanto, exultan los coros de todos los Ángeles, quienes, ansiosos
por habitar los tronos vacíos, comienzan a conducir (almas) de virtud en
virtud, hacia aquellas mansiones benditas, de las cuales los espíritus
orgullosos fueron arrojados, mediante la humildad. También exultan todas las
almas de los justos, que han seguido los pasos de Cristo y también todos los
fieles amigos de Dios tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, quienes,
habiendo despreciado las vanidades de esta época, se regocijan juntos en la
multitud de conciudadanos. Que el cielo exulte en alabanza, que la tierra
resuene con gozos, ya que la generación de los Santos ha traído alegría a
muchos. Pues la piedad de la fe demanda poderosamente que lo que se realiza
para la salvación de muchos, se celebre en todas partes con gozos comunes. En
verdad se regocija especialmente el Pontífice de la unión de los
bienaventurados, y la sagrada asamblea de los Doctores, que brillan en el Cielo
como estrellas por eternidades perpetuas, entre los cuales San Buenaventura,
como un nuevo luminar, desde este valle de lágrimas hacia el lugar celestial,
que es Jerusalén en lo alto, con Dios llamándolo, ha saltado hacia adelante.
- Sin embargo, nosotros, que, con la
disposición de Dios, hemos sido elevados al ápice del Apostolado,
ejercemos el cuidado del rebaño cristiano, que debido a la dulce deuda del
oficio pastoral, aspiramos con intenso deseo a formar en el colegio de los
Santos, como debemos, a la Iglesia Militante, para cuya edificación e
incremento, hemos hecho que el mismo Buenaventura sea registrado en el
catálogo de los Santos, no podemos hablar de manera inadecuada: Exulta hoy
y alaba, moradora de Sion, que es la religión cristiana, en la cual como
en el Monte Sion habita por medio de la Verdadera Fe el Verdadero Dios,
pues grande en medio de ti es el Santo. Ciertamente: “En medio de la
Iglesia abrió su boca, y el Señor lo llenó con el espíritu de sabiduría y
entendimiento y lo vistió con el manto de la gloria” (Eccli. 15:5), y lo
coronó en las puertas del Paraíso, en el cual con los Ángeles se regocija
en la misma gloria y felicidad.
- Alegrémonos y exultemos, pues esa Curia
celestial nos tiene, a quien le corresponde el cuidado de nosotros, quien
nos protege con sus propios méritos, nos instruye con sus ejemplos, nos
ilumina con sus doctrinas y nos confirma con sus milagros; a quien Dios
dio a todos los pueblos como gloria y honor, cuya memoria se mantiene en
bendición.
- Porque escribió tales cosas sobre las
cosas divinas, que parecía que el Espíritu Santo hablaba en él. Tan
piadosa, religiosa y santamente vivió, que su vida se reunió en estos
escritos, y lo que escribió lo enseñaba con el ejemplo. En los cuales la
virtud de la moral y la claridad de los signos han sido tan probadas, que,
con los mayores méritos y milagros adecuados, a él le corresponde el
testimonio de verdadera santidad por la Iglesia Militante.
- Pues cuando en la fuerte flor de la
juventud, cuando las cosas humanas no son valoradas como cosas para ser
desechadas, se dedicó al servicio divino, habiendo ingresado en la
religión del Beato Francisco, a la cual se esforzó a través de obras
arduas, avanzó tanto en la lectura diligente y la oración asidua, que con
razón se podría decir con Sabiduría: “He deseado, y se me ha dado
entendimiento.” (Sab. 7:7)
- Pues habiendo sido iluminado por Él, quien
ilumina cada sentido, quien es Luz, Camino, Verdad e incluso Vida, obtuvo
en el espacio de unos pocos años un conocimiento increíble (scientia), y
no ató el talento confiado a él por el Señor en un pañuelo, ni lo enterró
en la tierra, sino que como un dispensador sapientísimo lo convirtió en
utilidad común. Pues en los concurridos salones de conferencias de París
reinó desde una cátedra, donde explicando en detalle las cosas ocultas de
las Escrituras, no solo benefició a muchos con su propia voz, sino que
incluso dejó muchísimos de los mejores libros, tanto en letras sagradas
como en las principales ciencias, como monumentos, que serían para el
beneficio de todos los tiempos posteriores.
- Grande en doctrina, no menos en humildad y
en los méritos de la vida, a quien Alejandro de Hales, el Doctor
Clarísimo, a quien se entregó para ser formado, experimentó ser de tal
inocencia y simplicidad de paloma, como solía decir, que le parecía a él
mismo, que en él Adán nunca había pecado.
- Grande también en la Orden de Frailes
Menores, de la cual como uno de los muy muchos después del beato Francisco
se benefició. Pues habiendo sido llamado a su timón y creado Ministro
General, con Dios inspirándolos, se mostró tal a sus propios súbditos, que
en él esa palabra del Señor parecía cumplirse: “El que es mayor entre
vosotros, sea vuestro siervo.” (Mt 20:26; 23:11).
- Pues mayor en sabiduría y en la integridad
de la moral, ejerció el oficio de prelado con tal caridad, que
voluntariamente humilde, llenó sus manos sirviendo a sus inferiores, como
un buen soldado de Cristo, ahora con doctrina, ahora con amonestaciones, ahora
con exhortación fraterna, ahora incluso con servicio corporal. No solo
guardó aquellas cosas que habían sido piadosa y santamente instituidas por
el propio Beato Francisco, sino que incluso agregó muchas otras
disposiciones, que, con el creciente número de frailes, parecían ser
necesarias. También dividió su propia Orden en provincias y custodias.
- Grande también fue en dignidad en la
Iglesia Romana. Pues fortalecido en la fama de su inocencia, doctrina y
prudencia, por el Papa Gregorio X, Nuestro predecesor de feliz memoria,
fue llamado al honor del Cardenalato, para que pudiera emplear sus obras en
las cosas más grandes y difíciles que ocurrían en esos tiempos, respecto
de quienes Gregorio mismo empleó un nuevo ejemplo debido a los vastos
méritos del hombre. Pues inmediatamente le confió la Iglesia de Alba, que
no estaba acostumbrada a ser encomendada a ningún cardenal, excepto a los
mayores.
- Este mejor de los hombres y más amado por Dios no decepcionó la expectativa del Sumo Pontífice y del Sagrado Colegio. Sino que presidiendo en el Concilio de Lyon y dirigiendo todas las cosas a la alabanza de Dios, habiendo calmado discordias y superado dificultades, fue de la mayor utilidad y ornamento para la misma Iglesia.
- Reconoció abiertamente que el Señor lo estableció como un testamento de paz y lo hizo príncipe, para que la dignidad de su sacerdocio fuera para siempre; a quien la vana gloria no infló, ni las riquezas lo desviaron a la izquierda (es decir, entre los cabritos en el día del juicio); pero perseverando en la fe y la lenidad, fiel a Dios, misericordioso con los pobres, justo para con todos, despojó así este cuerpo corruptible, que con el Apóstol puede decir: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe, por lo demás me está reservada la corona de justicia." (2 Tm 4:7).
- Quien, incluso si solo por su perseverancia se podría haber creído que era un Santo, según aquello que dice: "Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida" (Apoc. 2:10), sin embargo, después de su muerte siguieron muchos y muy grandes milagros, que ofrecen evidencia cierta de su santidad y nos inducen a venerarlo, a quien Dios manifestó por sus méritos precedentes para ser venerado. Pues el mismo Dios Omnipotente, para manifestar el poder de Su propia virtud y revelar la causa de nuestra salvación, a menudo honra incluso a Sus fieles elegidos, a quienes corona en el Cielo, en el mundo, obrando signos y prodigios en su memoria, por lo cual la depravación herética es confundida y la fe ortodoxa resguardada.
- Damos gracias, por tanto, a Dios tanto como podemos, porque nos ha considerado dignos, a través de quienes se celebra esta canonización, que aunque, con los monumentos divinos, las letras existentes y los milagros temblorosos, ya podría haberse (celebrado) en la debida forma hace mucho tiempo, sin embargo, nunca antes se había solicitado con tal diligencia, ya sea por príncipes u otros. En nuestro tiempo, nuestros más queridos hijos en Cristo, Federico, el siempre augusto Emperador de los Romanos, los ilustres reyes: el más cristiano Luis de los Francos, Fernando de Sicilia y Mateo de Hungría; y también los amados hijos, los nobles Alfonso de Calabria, Juan Mazencio de los Venecianos, Juan Hacam (quien en italiano es llamado Giovanni Galeazzo Sforza) de Milán, y Juan Burbon, (todos) distinguidos duques; además los ciudadanos de Florencia, Siena, Lyon, París y, aquella que dio a luz una luz tan brillante, Bagnoregio, con tal fervor y tal perseverancia nos lo solicitaron que nos parecería duro e impío resistirles en una cosa tan piadosa, que incluso parecía que solicitaban como movidos por Dios. Se sumaron las oraciones asiduas de nuestro venerable hermano Julián, Obispo de Savina, Protector de la Orden misma, y también (las) de nuestros amados hijos Francisco Sansón, el Ministro General, y Pedro de Rudolf, el Procurador de dicha Orden, profesor de Teología Sagrada, quienes en nombre de su Capítulo General lo solicitaron como algo justo y debido. Habíamos leído con sumo estudio los escritos divinos de este Santo, por los cuales, después de que se nos permitió entender algo después de toda una vida, siempre nos deleitamos. También habíamos escuchado de los frailes más antiguos de la mencionada Religión e incluso de hombres serios, que incluso aquellos de mayor edad habían sabido que la fama de la santidad de su vida era constante; Solíamos conocer los muchos y grandes milagros, ni había por ello alguna duda en nuestra mente, sino que él había triunfado en la Iglesia Triunfante en el Cielo y merecía veneración en la tierra.
- Pero siendo conscientes de que habíamos entrado en la misma Orden de los Menores por voto, en la cual, con la ayuda de la gracia divina, habíamos progresado tanto en las letras sagradas como en las costumbres religiosas y habíamos ejercido los mismos oficios de ministerio, y de allí a la dignidad del Cardinalato, para que pudiéramos reconocer que a través de pasos similares habíamos sido elevados al ápice del pontificado, con el Señor disponiendo, a través del cual el mismo San Buenaventura fue llevado a la gloria imperecedera de la Iglesia Triunfante, para no parecer más hábilmente movidos por nuestro propio afecto que en la debida devoción, aplicamos esa diligencia y gravedad que la magnitud del asunto exigía. Porque encomendamos a tres de nuestros venerables hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, ordenar una investigación sobre la veracidad de los milagros. Y dado que uno de estos, con el proceso comenzado, como quiso Dios, había pasado de esta vida, sugerimos otro Cardenal en lugar del difunto, para quien, cuando ya estaba fallecido, sustituimos a otro.
- No contentos con esto, cuando el proceso mismo ya casi había sido completado, y aquellos que habían sido delegados lo informaron con la mayor fidelidad; sin embargo, nosotros, a quienes no nos pareció que en el proceder se había observado tal solemnidad, como se requiere, ordenamos que se comenzara de nuevo.
- Por último, cuando se hubo demostrado a fondo por reportes más abundantes y la fe de testigos más dignos sobre esta empresa, que muchos y grandes milagros fueron obrados por Dios a través de este Santo, los cuales a la vista de la multitud se habían determinado, nosotros, para no parecer resistir al Espíritu Santo, quien a través de la boca del Profeta ordena que Dios sea alabado en Sus Santos, en un consistorio secreto nuestro, habiendo considerado el caso de este asunto, examinamos los votos de nuestros venerables hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, sobre una canonización de este tipo. Y dado que una y la misma había sido la opinión de todos, es decir, que debía ser registrado entre el número de los Santos:
- Por lo tanto, celebramos un consistorio público, en el cual, con una gran multitud de asistentes, proclamamos públicamente un triduo de oraciones y ayuno, para que Dios Omnipotente se digne manifestarnos cuál sería el mejor curso de acción en este asunto, ni permita que su Iglesia Militante yerre, quien se esfuerza por conformarse con la Triunfante.
- Luego, con el triduo transcurrido, ordenamos que todos los prelados en la Curia Romana se reunieran, quienes unánimemente, al ser cuestionados, sobre lo que parecía que debía hacerse, coincidieron en una opinión, y determinaron que el Beato Buenaventura debía ser canonizado.
- Por lo tanto, siguiendo el mandato y la voluntad de Dios y atentos a que es justo y debido que Dios honre en el Cielo a aquellos a quienes alabamos con un oficio de veneración y glorificamos en la tierra, puesto que Él mismo es más poderosamente alabado y glorificado en ellos, quien es digno de alabanza y gloria por los siglos, establecimos este día para ser celebrado por la canonización del mismo San Buenaventura en medio de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles en la Ciudad, en la cual se reunió la mayor multitud de todo tipo y orden. Allí, con todas las demás cosas legítimamente tratadas, el mencionado Procurador de la Orden de los Menores, de pie en el medio, proclamando la palabra del bienaventurado Juan el Apóstol con voz clara, a saber: "Hay tres que dan testimonio en el Cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo" (I Juan 5:7), también probó, con el proceso sobre las cosas antes mencionadas llevado a cabo, que las mismas Personas de la Santísima Trinidad habían dado testimonio: es decir, el Padre en el poder de sus milagros, el Hijo en la sabiduría de su doctrina, y el Espíritu Santo en la bondad de su vida. Y por eso, no solo en nombre de todos, quienes rogaban que esta canonización se llevara a cabo, sino incluso por parte de cada miembro de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pidió que nos dignáramos proclamar al mismo Beato Buenaventura como Santo, urgente, más urgente y urgentísimo. Confiados, por lo tanto, en que en esta canonización Dios no nos permitirá errar, quien requirió que todas las cosas necesarias en esto de cualquier tipo fueran observadas en abundancia, y las observamos tal, habiendo sido asegurados del consentimiento unánime de nuestros mismos hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y los prelados en la Curia Romana que estaban presentes, y con el maduro consejo del Dios omnipotente y la autoridad de Sus bienaventurados Apóstoles, Pedro y Pablo, determinamos que Buenaventura de Bagnoregio, de bendita memoria, profesor de teología sagrada, del seno de la sagrada Orden de los Menores y llamado del oficio de Generalato al Cardinalato Episcopal, debía ser un Santo y será inscrito, agregado y entrado en el catálogo de los otros Santos de Dios, y fielmente y firmemente considerado (como tal); y según estos presentes documentos, solemnemente inscribimos al mismo en la compañía de los santos Confesores, Pontífices y Doctores, a quienes la santa Iglesia de Dios venera, y según estas presentes letras lo agregamos a su número.
- Estableciendo también y mandando a nuestros venerables hermanos, los Patriarcas, Arzobispos, Obispos y los amados hijos de los mismos y también a los Capítulos de las iglesias patriarcales, metropolitanas y catedrales, y a los profesores de cualquier Orden, tanto de Mendicantes como de no Mendicantes, no sin cualquier tipo de personas eclesiásticas, a celebrar la fiesta de este mismo San Buenaventura solemnemente y devotamente en el segundo domingo del mes de julio, cada año, y resolviendo que el oficio divino tal como para un Confesor, Pontífice y Doctor, tanto en la Ciudad como en otros lugares, en todo el Orbe de la Iglesia, se cantará y rezará devotamente en su honor y en la misma solemnidad, como lo que se hace en las fiestas de los otros santos Confesores y Doctores.
- A través de nuestras presentes letras apostólicas perpetuas y decretos, así lo establecemos y mandamos bajo el dolor de la excomunión 'latae sententiae', para que nadie lo pueda desdeñar, infringir o oponerse temerariamente a estas cosas establecidas por nosotros, que se mandan estrictamente cumplir.
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