Pío XII - Discurso a los Peregrinos Franceses Venidos Para La Canonización de Juana de Arco

 

DISCURSO DEL PAPA PÍO XII
A LOS PEREGRINOS FRANCESES VENIDOS PARA LA CANONIZACIÓN DE JUANA DE FRANCIA*

Lunes 29 de mayo de 1950

¡Pentecostés! Pentecostés del año Santo, año de efusión extraordinariamente abundante de la unción divina: ¡Spiritalis unctio! ¡Que fiesta! ¡Que alegría para el universo cristiano, para los peregrinos reunidos de los cuatros puntos cardinales en la Ciudad eterna, al lado de la Silla del sucesor de Pedro!

Pero que fiesta y que alegría especiales para ustedes, queridos hijos e hijas de Francia, de la nación que viene de ver coronar de la diadema luminosa e imperecedero de la santidad a una de sus reinas, una reina que, con una majestad incomparable de humildad y de una incomparable dignidad, se dejó privar de la corona terrestre, de la cual Bossuet, citando las palabras mismas de San Gregorio el Grande, decía que ella estaba “tanto por encima de las otras coronas del mundo como la dignidad real sobrepasaba las fortunas particulares” (Oración fúnebre de Enriqueta María de Francia – Cf. S. Gregorius I Childeberto, regi Francorum, 595 sept. 1. VI ep. 6 – Monum. Germaniae hist. Epist. T. I pag. 384). 

Esta afluencia, este imponente rio de peregrinos, después de tantos otros ya venidos este año de vuestra patria, portan hoy sus oleadas, en un impulso de gratitud, los pies de aquel que ha tenido el honor y la consolación de elevar a rango de los santos de la Iglesia, tras medio milenio desde su nacimiento, esta hija de sangre real, Juana de Francia. ¿No puede verse en ello como un plebiscito de la fe de un pueblo orgulloso de la galería de santos que difícilmente en amplitud y en magnificencia a aquellos de todos los otros países del mundo?

¿Quién es, entonces, esta nueva santa que, de todas las provincias y diócesis, peregrinos de todas las edades, de todas las condiciones, de todas las profesiones, padres, religiosos, laicos, han venido a honrar y venerar aquí, en la capital de la Cristiandad? Ella es una de esas heroínas silenciosas, cuya figura, de una grandeza moral excepcional, lejos de desvanecerse al pasar de los años, parece comenzar solamente a tomar a la luz de la historia, de contornos más nítidos, un colorido más claro. 

Tal es Juana de Francia. Ella está en el número de esos santos, cuya luz, naciente y creciente en los márgenes del mundo, permaneció, en el curso de su vida aquí abajo, casi enteramente escondida bajo el celemín. Pero esta luz, hoy, elevada sobre el candelero, irradia los ojos de todos los fieles; ella avanza, asciende, arrastrando en su estela de claridad todos aquellos que saben aún mirar, comprender, apreciar los verdaderos valores de la vida. Juana toma lugar como reina gloriosa en un trono que jamás sus contemporáneos habrían pensado asignarle. He aquí que en este templo mismo, donde vienen de celebrarse las ceremonias solemnes de su canonización, es, en este momento, testimonio del afectuoso reencuentro del Padre de la gran familia cristiana con su hija mayor, ¡la Francia católica!

También, aún repletos de la emoción de esta inolvidable mañana, Nosotros sentimos Nuestro corazón dilatarse y Nuestros labios abrirse para un paternal deseo de bienvenida, que espontáneamente se muda rápidamente en una oración ardiente y en una tierna exhortación. Nosotros les decimos a todos ustedes: escuchen y sigan el llamado interior de esta santa de la tierra de Francia, el mensaje que ella dirige al alma y a la consciencia de todos aquellos que, viviendo en un ambiente (¡demasiado a menudo!) muy alejado de Cristo, tomen en serio su dignidad de cristianos. 

Nos parece ver la vida y la obra de Juana de Francia marcada de un triple sello divino: dones interiores, los cuales el Espíritu Santo enriqueció durante su juventud temprana -inteligencia excepcionalmente penetrante de la vida y de la acción eficaz de la Virgen Madre del Redentor- y, fruto de la unión de esa vida con la vida de la Madre de Dios, una unión aún más estrecha con Cristo, sin limite ni reserva, elevada con un ímpetu generoso por encima de todas las pruebas y humillaciones, victoriosa sobre todas las amarguras y dolores. 

Queridos hijos y queridas hijas, de regreso a vuestra patria, tan bella y, al mismo tiempo, sacudida por las tribulaciones de la hora presente, manténganse imperturbablemente fieles a la herencia que Cristo les ha confiado y transmitido a través de la larga cadena de vuestros santos. Permanezcan fieles al Espíritu que la Iglesia invoca en esta fiesta de Pentecostés: sin el auxilio de tu divino poder, el hombre no tiene nada en él, nada que no sea para su mal y perdición: sine tuo nomine, nihil est in homine, nihil est innoxium. 

Miren nuestro tiempo, con sus miserias y sus angustias, con sus errores y sus extravíos, con sus levantamientos y sus injusticias: ¿no les ofrece una pintura demasiado fiel del horror que amenaza a la humanidad entera y a cada uno de los individuos que lo componen, desde que pretenden sustraerse al amable yugo del Espíritu de Dios? Solo una Francia dócil a este Espíritu divino, purificada, obediente a su vocación esencial, aplicada a valorizar siempre más sus más bellos recursos, será capaz de traer a la humanidad, a la cristiandad, en toda su plenitud, una contribución digna de ella para la obra de reconciliación y de restauración. 

La profunda penetración de Juana de Francia en la vida de la bienaventurada Madre de Dios, la totalidad absoluta de su consagración a María, el reflejo resplandeciente de los sentimientos y las virtudes marianas en su propia vida y en su Orden de “la Anunciada”, confiere en nuestros días sus ejemplos y sus reglas el aspecto de un nuevo Mensaje para Francia. En las grandes luchas espirituales de estos tiempos, donde los defensores de Cristo y sus negadores se encuentran confundidos en la multitud, la devoción a la Madre de Jesús es una piedra de tacto infalible para discernir los unos de los otros. Católicos de Francia, vuestra historia, cuya trama total es tejida de gracias y de favores de María, les impone un deber especial de velar sobre la integridad y sobre la pureza de vuestra herencia mariana. Defendedla contra aquellos que rompieron sus lazos con las antiguas y gloriosas tradiciones, a través de vuestra valiente perseverancia en el proseguir de vuestros intereses más sagrados, unidos al ejemplo del respeto a las justas leyes y al orden legitimo del Estado. Se marcharán de estos lugares, donde vienen de asistir al triunfo de vuestra santa; irán de nuevo a la tierra, que tantas veces ha sentidos los efectos de la protección y la intercesión poderosa de María: hagan entonces subir hacia el cielo azur y luminoso el gran deseo de su corazón, la ferviente oración de su alma: ¡Virgen santa, haznos fuertes en el combate contra sus enemigos: Virgo sacrata, da mihi virtute in contra hostes tuos!

La vida de Juana lleva, en fin, el sello de su unión con el Cristo. Esta unión la impregna, hasta las profundidades de su alma, de grandeza heroica. Su nacimiento de sangre real, su destino de reina, hija, hermana, esposa, de reyes, reservada a la pobre creatura desgraciada a los ojos del mundo, pero llena de gracias divinas, un destino de los más dolorosos. Muy raros destellos de alegría y honor harían descender un poco de luz en la noche de una vida dolorosa y de humillación; a penas algunas gotas de dulzor atenuarían un poco la amargura de su cáliz de aflicción. ¿Qué corazón se mantendría impasible al medir la distancia de la felicidad que debería haber sido suya, al abismo de tribulaciones en que transcurrió su existencia mortal? Ella atraviesa el valle de lagrimas y escala las cumbres con la serenidad de aquellos que, formados en la sublime escuela de la locura de la Cruz, han sabido templar y afinar sus espíritus. 

En el corazón de las mujeres de Francia, a quienes en las circunstancias actuales, incumbe una misión de soberana importancia, que Dios, el Señor todopoderoso, infunda en una medida rica y desbordante, el coraje en el sufrimiento y en la lucha, por donde es señalada heroicamente la vida interior de Juana de Francia. 

Es admirable la parte de las mujeres en la historia de Francia. Clotilde la liberó de la infidelidad y la herejía, ¡y por el bautismo de Clodoveo ella es dada a Cristo! Blanca de Castilla es la educadora de San Luis, “el buen siervo de Cristo”. Juana de Arco lleva a la Francia a su lugar en el mundo, ¡y su estandarte lleva los nombres de Jesús y de María! ¿No es, hoy, la glorificación de Juana de Francia un presagio de su mensaje de paz, que ha permanecido mucho tiempo, como el grano, enterrado en la tierra y estéril en apariencia, va a germinar al fin y crecer sus espigas doradas, cuyas gavillas llevarán gozosamente, para Francia y el mundo, aquellos que lo sembraron en lágrimas y en su sangre?

¡Con una condición! Que la mujer francesa continúe respondiendo a su vocación, cumpliendo su misión. Estas heroínas providenciales cumplieron la suya por la sabiduría de su espíritu, la fuerza de su voluntad, la santidad de su vida, la generosidad en el sacrificio total de sí mismas, en resumen, por la imitación de las virtudes de María, trono de la Sabiduría, mujer fuerte, servidora del Señor, Virgen compasiva de corazón traspasado por la espada, Madre del Autor de la Paz y Reina de la Paz. Sean así, mujeres de Francia. Con su juventud virginal, con su devoción filial y conyugal, con su solicitud maternal, con la dignidad de su vida cristiana, privada y social, harán más aún por la verdadera, la gran paz que lo que podrían hacer, sin ustedes, los conquistadores, los legisladores, los genios.

Es con este pensamiento y con esta esperanza que invocamos sobre Francia, por la intercesión de santa Juana, las más bellas gracias de Dios, en prenda de las cuales les damos de todo corazón nuestra Bendición apostólica.

*Discursos y mensajes radiofónicos de S.S. Pío XII, XII, duodécimo año de Pontificado, 2 de marzo de 1950 - 1 de marzo de 1951, pp. 91-95. Tipografía Políglota Vaticana.

A.A.S., vol. XXXXII (1950), n. 5-6, pp. 481-484.

Traducido de: https://www.vatican.va/content/pius-xii/fr/speeches/1950/documents/hf_p-xii_spe_19500529_beata-giovanna-francia.html

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