Pío XII - Mensaje de Radio sobre Juana de Arco (1956)


MENSAJE RADIAL DEL PAPA PÍO XII
PARA EL QUINTO CENTENARIO DE LA REHABILITACIÓN DE SANTA JUANA DE ARCO

Lunes 25 de junio de 1956

En esta hora solemne, en la cual toda una nación cristiana, representada por sus personalidades más eminentes, ofrece al Señor una Misa de Acción de Gracias bajo las bóvedas de una maravillosa catedral, que renace a la vida, como un enfermo que sobrepasa una crisis grave a fuerza de energía y resiliencia; en esta hora que celebráis el quinto centenario de la rehabilitación de Santa Juana de Arco, como una gran familia que reencuentra en uno de sus hijos la encarnación de sus valores más altos y más representativos, para Nosotros es una gran consolación manifestar Nosotros también la alegría que llena Nuestra alma y felicitarlos, hijos bien amados, por esta fiesta de una casa de Dios y de una heroína de la santidad, que son vuestras legitimas glorias.

¿Quién, entonces, en aquella triste jornada de primavera de 1431, regresando a su hogar con la mirada agachada y el corazón abatido, después de haber asistido a la tragedia de la Plaza del Viejo Mercado, si él hubiese fijado sus ojos sobre el edificio grandioso de vuestra catedral para encontrar allí confort, habría jamás pensado que aquella jornada histórica reuniría a Juana y ese templo, como si sobre ellos hubiese pesado un común destino de vocación divina, de sufrimiento y de martirio, de muerte aparente y de gloriosa resurrección, para vestirse frente al mundo como símbolo tangible de virtudes de una raza, como autentica expresión del alma nacional?

Sería necesario retroceder hasta los siglos en los que la historia se confunde con la leyenda para rastrear las vicisitudes sufridas por vuestra catedral, evocando los nombres de santos y hombres ilustres, quienes han ocupado la Sede, y para seguirla a través de las edades como una viva imagen del pueblo, de la ciudad y de la región, cuyos gozos y penas han compartido. Es en ella, como en una biblia de piedra, que vuestros antepasados han leído las verdades de la fe, siguiendo con admiración los grandes hechos de vuestros ancestros, admirando las bellezas más puras puestas al servicio del ideal más elevado, aprendieron a rezar y, al mismo tiempo, se sintieron más hermanos bajo el abrazo de sus grandes bóvedas. Sus líneas esbeltas les mostraban el camino del cielo y la ligereza de sus masas les enseñaban el desapego del mundo. En el cielo claro de Normandía iban a pasar las luces de incendio, las nubes de guerra cargadas de desolación y de espanto, y mismo las tinieblas creadas por el abandono de los hombres y los excesos sacrilegios de la Revolución. Pero la catedral se mantendrá en pie, ella encontrará siempre la mano y el corazón que le dieron una vida nueva porque ella expresa las realidades inmortales y que sus fundamentos se apoyan en la roca de la fe, de una fe sentida y transformada en substancia de vida hasta formar para un pueblo su carácter más esencial.

He aquí que, once años apenas después de la última tormenta, ustedes regresáis a admirarla en todo su esplendor. Vuestra constancia, vuestra generosidad y vuestro entusiasmo merecen un elogio especial, que Nosotros somos felices de conceder; este elogio se dirige en particular a las autoridades públicas, gracias a los cuales la catedral ha podido ser levantada de sus ruinas; va también para aquellos que han levantado estas piedras con sus propias manos, y renovado entonces las tradiciones venerables de siglos pasados. Amadla, bienamados, porque ella es vuestra, porque ella los representa, porque ella es un regalo para vosotros o, como dice un himno:

“Ella es la barca que nos lleva sin peligro, el hogar cuyo techo nos abriga, la columna de la verdad y nuestro firme apoyo”.

¡Que contraste entre esta inalterable estabilidad y las frágiles apariencias de la humilde joven que debía tener para sí una gran parte dentro de la historia de Francia! Y, sin embargo, esta niña, a primera vista tan frágil, se volvió también un solido edificio; como una catedral arraigada en el suelo cimentaba sus fundamentos en el amor a la patria, con un deseo vehemente de paz y una sed de justicia que la arrastraron fuera de la sombra en la que parecía confinada, para lanzarla al violento curso de la historia. Elegida por Dios, una consciencia inquebrantable de su misión, un deseo ardiente de santidad alimentada por la voluntad de mejor corresponder a su muy alta vocación le permitió sobrepasar los obstáculos, ignorar los peligros, afrontar a los poderosos de la tierra, involucrarse en los problemas internacionales de aquel momento y transformarse en una capitana de hierro, para subirse al terrible asalto. Más de un año de campaña, sembrado de horrores y de victorias, la toma de Orleans, la consagración de Reims, las cabalgadas interminables, las lesiones y las prisiones, parecen ser las páginas magnificas de una leyenda dorada. Pero frente a la simplicidad ejemplar, el perfecto desinterés, el ideal inmaculado, se alzan la prudencia del mundo, la codicia, la incomprensión y la corrupción que tejerán sus redes para aislarla, inmovilizarla y hacerla morir como un enemigo peligroso. En el cielo de Normandía han proyectado sombras siniestras, la oscuridad vuelve a cubrir momentáneamente la Rouen luminosa. Y he aquí que una vez más las llamas de una hoguera reviven el incendio en una de sus plazas; en el silencio resuenan las palabras de una mártir fiel a su vocación, llena de fe en la Iglesia, a la cual ella llamaría, invocando el muy dulce nombre de Jesús, su única consolación. A través del humo que se eleva, ella se fija en la Cruz, por la cual ella obtendrá justicia un día. Más tarde, sobre las ruinas de la catedral, una Cruz también será la esperanza de la reconstrucción futura.

Vida larga o breve; triunfo o derrota aparente; solidez de la piedra o fragilidad de una pobre joven mortal: ¡poco importa! Si existe una verdad inmutable, una fe que no pasará, el amor a una patria inmortal, la espera de una paz que es una exigencia natural del corazón humano, la sed de una justicia que necesariamente llegará a la hora fijada por la historia, en la hora de la reconstrucción, de la rehabilitación, de la resurrección. Ley necesaria que une siempre el sacrificio al triunfo, la humillación a la gloria, el misterio del Calvario a la aurora luminosa de la mañana de la Resurrección. Dichoso el pueblo que recuerda esto, mismo para afrontar, si es necesario, el juicio de los hombres, como Juana lo ha sabido hacer con una admirable constancia y una inalterable serenidad; para no rechazar el sacrificio, que ella afrontó sin temor a nadie y con una energía maravillosa; para ser siempre fiel a su vocación, especialmente en los momentos más difíciles. Juana de Arco se presenta también a los cristianos de nuestro tiempo como un modelo de fe solida en acción, de docilidad a una misión muy alta, de fuerza en el lugar de las tribulaciones. Pero su ejemplo debe ser especialmente elocuente para ustedes, hijos bienamados, cuya patria a merecido, en virtud de un llamado divino, de renacer en un momento muy difícil; ustedes son los hermanos de una heroína, simple niña de vuestro pueblo. Por su vida ejemplar, su consagración a un ideal y su perfecto sacrificio, ella enseña a todos el camino seguro, en este siglo de sensualidad, de materialismo, de desidia, que quiere hacer olvidad el sentido trazado por los mejores héroes, y la vía que lleva a la gran puerta de las viejas catedrales.

No es raro que en los instantes más críticos, así como una ráfaga de viento rompe las nubes y deja ver la estrella que guiara al navegador al puerto, el Señor envía la inspiración sobrenatural que debe hacer de un alma la salvación de su pueblo. Levante, entonces, sus ojos, hijos bienamados, dignos representantes de una nación que se gloría con el titulo de hija mayor de la Iglesia, y mire los grandes ejemplos que los han precedido; levante los ojos, y admire esas esplendidas catedrales que permanecen entre ustedes como un símbolo vivo de la Iglesia Católica de la cual habéis crecido en su seno. Mejor aún, entren con paso firme en la catedral de Dios, veneren los santos que se encuentran sobre sus altares, arrodíllense ante el Dios que les espera en el tabernáculo, renueven vuestra profesión de fe, prométanle de nuevo vuestra fidelidad más perfecta, y estén seguros de que, haciendo eso, ustedes responderán a vuestra vocación de hombres, de cristianos, de franceses. Si sucede que sopla afuera el viento malo, si la mentira, la codicia, la incomprensión tejen el mal, si incluso les parece que ustedes mismos se volverán victimas a su vez, contemplen a sus héroes rehabilitados, sus catedrales reconstruidas y se convencerán una vez más que siempre la última victoria es aquella de la Fe, de la santa Fe, que nada puede abatir y la cual la Iglesia Católica es el único deposito.

¡Católicos franceses, dignos representantes de una nación que en su título de católico ha siempre encontrado la inspiración más fuerte para escribir las paginas más gloriosas de su historia! Desde las torres de sus catedrales caen las notas graves o alegres de las campanas, como el rocío que desciende sobre la tierra para refrescarla y fecundarla; del suelo generoso de este jardín de Europa que es Francia, germinan los héroes de la patria y de la fe, que, por amor a su madre, si su defensa lo exige, saben luchar y morir, en la certeza de que los laureles del triunfo nunca faltarán a quien acepte sacrificarse por una causa grande y justa. Y si en algún momento parece que triunfan la iniquidad, la mentira y la corrupción, bastará con guardar silencio por unos momentos y levantar los ojos al cielo, para imaginar las legiones de Juana de Arco que regresan, con sus banderas desplegadas, para salvar la patria y la fe.

Por la intercesión de tantos santos que han ocupado la Sede de Rouen, y especialmente por la intercesión de esta grandiosa figura cuya rehabilitación conmemoramos hoy, que la bendición del Altísimo descienda sobre todos ustedes aquí presentes, sobre nuestros hermanos en el Episcopado, el clero y los fieles, sobre las muy dignas autoridades que con su presencia y apoyo han contribuido tanto al esplendor de estas solemnidades y, sobre todo, sobre Francia, que nos es tan querida, a la cual deseamos paz y felicidad en la más perfecta adhesión a su destino como gran nación católica.

Discursos y mensajes radiales de S.S. Pío XII, XVIII,

Decimoctavo año de Pontificado, 2 de marzo de 1956 - 1 de marzo de 1957, pp. 299-303

Tipografía Políglota Vaticana

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