Juicio de Condena - Segunda Sesión Privada (12 de Marzo de 1431)

 

Asimismo, el lunes siguiente, duodécimo día del mes de marzo, compareció en nuestra casa de residencia en Rouen, la persona religiosa y discreta del hermano Jean Le Maistre, de la Orden de los hermanos Predicadores, mencionado anteriormente, vicario del mencionado señor inquisidor de la perversidad herética del reino de Francia; presentes las venerables y discretas personas, señores y maestros Thomas Fiesvet, Pasquier Vaulx, doctores en derecho canónico, Nicolas de Hubent, secretario apostólico, y el hermano Ysambard de La Pierre, de la Orden de los hermanos Predicadores. Y nosotros, el obispo susodicho, hemos expuesto a nuestro vicario que anteriormente, al comienzo del juicio comenzado por nosotros en materia de fe contra esta mujer vulgarmente llamada la Doncella, habíamos instado y requerido al mencionado vicario que se uniera al presente juicio, ofreciendo comunicarle las actas, las pruebas y algunas otras cosas que nosotros poseíamos concerniente a esta materia y al juicio. Pero, el mencionado vicario había mostrado ciertas reticencias para unirse al juicio, estando solamente delegado para la ciudad y la diócesis de Rouen; y el juicio estaba conducido por nosotros en razón de nuestra jurisdicción de Beauvais, en territorio concedido. Entonces, para mayor seguridad en este asunto, para mayor precaución, bajo el consejo de personas expertas, hemos concluido escribir al señor inquisidor mismo, requiriéndole de reunirse en esta ciudad de Rouen, o al menos que designara especialmente a su vicario para este asunto, quien tendría todo poder de parte del señor inquisidor para conducir y terminar este juicio, tal como se ha relatado anteriormente y de manera más extensa. Ahora, después de que el dicho señor inquisidor recibió nuestras cartas, accediendo benignamente a nuestra petición, por el honor y la exaltación de la fe ortodoxa, él designó y comisionó especialmente al mencionado hermano Jean Le Maistre, para conducir y liderar esta causa, mediante sus cartas patentes, firmadas y selladas, cuya disposición sigue:

Sigue el contenido de la carta de comisión dirigida por el señor inquisidor y mencionada anteriormente:

"A su querido hijo en Cristo, hermano Jean Le Maistre, de la orden de los Hermanos Predicadores, hermano Jean Graverent, de la misma orden, humilde profesor de sagrada teología e inquisidor de la perversidad herética, delegado en el reino de Francia por la autoridad apostólica, saludos en el autor y consumador de la fe, nuestro Señor Jesucristo. Como el reverendo padre en Cristo y señor, monseñor el obispo de Beauvais, nos había escrito sobre el caso de cierta mujer llamada Juana, vulgarmente conocida como La Doncella, por sus cartas patentes en los términos que siguen: 'Pierre, por la misericordia divina, obispo de Beauvais, al venerable hermano, maestro Jean Graverent, etc...' Y como, legítimamente impedido, no podemos presentarnos convenientemente en Rouen, confiando en su celo y discreción en todo lo que concierne a nuestro oficio, así como en el hecho y asunto de dicha mujer hasta la sentencia definitiva inclusive, le hemos comisionado especialmente y le comisionamos por la presente, esperando que, para la alabanza de Dios, la exaltación de la fe y la edificación del pueblo, procederá justamente y santamente. En testimonio de lo cual, el sello que usamos en este oficio se adjunta a la presente.

Dado en Coutances, en el año del Señor 1431, el cuarto día del mes de marzo. Firmado: N. OGIER”

Es por esto por lo que hemos citado y requerido al mencionado hermano Jean Le Maistre, siguiendo la disposición de su comisión, a que se uniera a nosotros en este mencionado juicio. A lo que el mencionado hermano nos respondió que con gusto vería la comisión dirigida a él, el juicio firmado por los notarios y todo aquello que nos gustaría comunicarle; estos documentos vistos y considerados, él nos daría una respuesta, y haría su deber para la oficina de la Santa Inquisición. Pero entonces le dijimos que él había estado presente en gran parte del juicio, donde había podido oír bien las respuestas de la mencionada Juana; y que, además, consentíamos y estábamos dispuestos a comunicarle el juicio, y todo aquello que se había hecho en esta materia, con el fin de que lo viera y tomara conocimiento de ellos.

Ese mismo lunes:

Asimismo, ese mismo día de lunes por la mañana, nosotros, el obispo susodicho, nos reunimos en la habitación asignada como celda para la mencionada Juana, en el castillo de Rouen, donde paralelamente se encontraban al mismo tiempo que nosotros, las venerables y discretas personas, los señores y maestros de La Fontaine, comisionado como nuestro comisario, como ha sido dicho; Nicolas Midi y Gérard Feuillet, doctores en teología sagrada; presentes Thomas Fiesvet y Pasquier de Vaulx, doctores en derecho canónico, y Nicolas de Hubent, secretario apostólico, anteriormente mencionados.

En vuestra presencia, hemos requerido a la mencionada Juana, jurar decir la verdad sobre lo que le será preguntado. Ella ha respondido:
- De lo que toque vuestro juicio, como otras veces les he dicho, diré con gusto la verdad; y entonces juró.

Entonces fue interrogada por el mencionado maestro Jean de La Fontaine, bajo nuestra orden: Y en primer lugar, si el ángel que trajo el signo a su rey, el cual se hizo mención anteriormente, no habló; respondió que sí, y que le dijo a su rey que la pusiera en acción y que el país sería instantáneamente aliviado.

Interrogada si el ángel que trajo el dicho signo a su rey fue el ángel que primeramente se le apareció, o si ese fue otro ángel, respondió que siempre es el mismo, y nunca le falló.

Interrogada si el ángel no le ha fallado, en cuanto a la buena fortuna, cuando ella fue capturada, respondió que cree, dado que le place a nuestro Señor, lo mejor era que ella fuera capturada. Interrogada si, en los bienes de gracia, el ángel no le ha fallado, respondió:
- ¿Cómo me fallaría, cuando él me consuela todos los días?

Y entiende, de acuerdo con lo que dice, que ese consuelo viene de Santa Catarina y Santa Margarita.

Interrogada si ella llama a estas santas Catarina o Margarita, o si ellas vienen sin que ella las llame, respondió que ellas vienen seguido sin ser llamadas; y a veces, si ellas no venían pronto, ella pedía a Nuestro Señor que se las enviara.

Interrogada si a veces las mencionadas santas no venían cuando ella las llamó, respondió que nunca tuvo necesidad sin que ellas estuvieran.

Interrogada si San Dionisio se le apareció, respondió que no, que ella sepa.

Interrogada si ella habló a Nuestro Señor, cuando ella le prometió guardar su virginidad, respondió que era suficiente prometerlo a aquellas que habían sido enviadas por Él, a saber, Santa Catarina y Santa Margarita.

Interrogada quién la movió a citar a un hombre en Toul, con causa matrimonial, respondió:

- Yo no lo hice citar; sino que fue él el que me hizo citar; y allí, juré ante el juez decir la verdad. Finalmente, dijo que no había hecho promesa alguna a este hombre.

Asimismo, dijo que la primera vez que oyó su voz, hizo voto de guardar su virginidad, tanto como le plazca a Dios; y estaba en la edad de trece años, o aproximadamente. Asimismo, dijo que sus voces le aseguraron que ella ganaría su juicio en Toul.

Interrogada si de esas visiones, que ella dice tener, no ha hablado con su cura u otro hombre de la Iglesia, respondió que no, sino solamente a Robert de Baudricourt y a su rey. Y dijo, por otro lado, que ella no era obligada por sus voces a guardarlas en secreto; pero temía mucho de revelarlas, por miedo a los Borgoñones y que ellos no permitieran su viaje; y especialmente temía mucho que su padre le prohibiera hacer su viaje.

Interrogada si ella creía haber hecho bien al partir sin permiso de su padre y de su madre ya que debemos honrar al padre y a la madre, respondió que todas las demás cosas ella les ha obedecido bien, excepto en su partida; pero desde entonces les ha escrito y ellos le han perdonado. Interrogada si, cuando ella partió de casa de su padre y madre, ella no creía pecar, respondió que si Dios lo mandaba, convenía de hacerlo. Y dijo, por otro lado, que si Dios lo mandaba, si ella tenía cien padres y cien madres, si ella hubiera sido hija del rey, aún así habría partido.

Interrogada si ella preguntó a sus voces si debía informar a su padre y a su madre de su partida, respondió que en aquello que concierne su padre y su madre, las voces estaban bastante contentas de que ella les dijera, si no hubiese sido por la pena que les causaría, si ella les hubiera dicho; pero, en cuanto a ella, no se lo habría dicho por ninguna razón. Además, dijo que sus voces le dejaban a ella decirle a su padre o a su madre, o dejarlo en secreto.

Interrogada si ella hacía reverencia a San Miguel y a los ángeles cuando ella los veía, respondió que sí; y besaba la tierra después de su partida, allí donde habían estado.

Interrogada si los ángeles permanecían mucho tiempo con ella, respondió que ellos vienen muchas veces entre los cristianos, pero no se les ve; y los ha visto muchas veces entre los cristianos.

Preguntada si de San Miguel o de sus voces no ha tenido cartas, respondió:

- No tengo permiso de decíroslo, y de aquí a ocho días, les responderé con gusto lo que yo sepa.

Interrogada si sus voces no la han llamado hija de Dios, hija de la Iglesia, la hija de gran corazón respondió que antes de que el sitio de Orleans fuera levantado, y todos los días desde entonces, cuando ellas le hablaban, la han llamado muchas veces Juana la Doncella, hija de Dios. Interrogada, ya que se dice hija de Dios, por qué no dijo el Pater Noster, respondió que ella lo dice con gusto; y, sin embargo, cuando ella rechazó decirlo, era con la intención de que el Monseñor de Beauvais la confesara.

El mismo día, lunes en la tarde:

Asimismo, ese mismo día, lunes en la tarde, comparecieron al lugar de la mencionada prisión de Juana, los mencionados señores y maestros, Jean de La Fontaine, nuestro comisario, Nicolas Midi y Gérard Feuillet, doctores en teología sagrada; Thomas Fiesvet y Pasquier de Vaulx, doctores en derecho canónico; y Nicolas de Hubent, notario apostólico. La mencionada Juana fue interrogada por el mencionado La Fontaine, bajo nuestro mandato.

Y en primer lugar, sobre los sueños que se decía que su padre tenía antes que ella se fuera de la casa. A lo que ella respondió que, en tanto que ella estaba aún con su padre y su madre, le fue dicho muchas veces que su padre decía haber soñado que la mencionada Juana, su hija, se iría con los hombres de armas; y su padre y su madre tenían gran preocupación por cuidarla y la tenían en gran sujeción. Y ella les obedecía en todo, excepto en el caso del matrimonio en el juicio de Toul.

Interrogada dijo que ella ha oído decir a su madre que su padre decía a sus hermanos: “Si creyera que la cosa que soñé de ella se hiciera realidad, quisiera que la ahogarán; y si ustedes no lo hacen, ¡yo mismo la ahogaré!; Y su padre y madre estuvieron a punto de perder la razón cuando ella partió para ir a Vaucouleurs.

Interrogada si aquellos pensamientos y sueños vinieron a su padre desde que ella tuvo estas visiones, respondió que sí, más de dos años desde que ella escuchó sus voces.

Interrogada si fue bajo orden de Robert de Baudricourt o de ella misma que tomara hábito de hombre, respondió que fue ella misma, y no de orden de ningún hombre del mundo.

Interrogada si la voz le ordenó que tomara hábito de hombre, respondió:
- Todo lo que hecho de bien, lo he hecho por orden de mis voces; y en cuanto al hábito, responderé en otro momento; en el presente, no estoy avisada; pero mañana lo responderé.

Interrogada si, tomando hábito de hombre, ella pensaba estar haciendo mal, respondió que no; y aún ahora, si ella estuviera en el otro bando en hábito de hombre, le parece que eso sería uno de los grandes bienes para Francia, hacer como ella hacía antes de su captura.

Interrogada sobre cómo habría liberado al duque de Orleans, respondió que habría capturada a suficientes ingleses al otro lado del mar para recuperarlo; y si ella no hubiera capturado suficientes por aquí, habría cruzado el mar para ir a buscarlo a la fuerza en Inglaterra.

Interrogada si Santa Margarita y Santa Catarina le habían dicho, sin condición y absolutamente, que tomaría suficientes hombres para liberar al duque de Orléans, que estaba en Inglaterra, o que de lo contrario cruzaría el mar para ir a buscarlo, respondió que sí; y que le dijo a su rey que la dejara hacer respecto a los señores ingleses que estaban entonces prisioneros.

Dijo, por otro lado, que si ella hubiera durado tres años sin impedimentos, habría liberado al mencionado duque.

Asimismo, dijo que para hacerlo había un plazo más breve que tres años y más largo que un año; pero en este momento no tenía memoria de ello.

Interrogada sobre el signo que bajó a su rey, respondió que sobre eso, ella tendrá consejo de Santa Catarina.

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