El miércoles siguiente, catorceavo día del mes de marzo, el ya mencionado hermano Jean Le Maistre, ya nombrado, vicario del señor inquisidor, confiado en la industria y honradez del venerable y discreto maestro Nicolas Taquel, padre de la diócesis de Rouen, notario público por la autoridad imperial, y notario jurado de la corte episcopal de Rouen, y teniendo plena confianza en Nuestro Señor, lo hemos retenido, elegido y ordenado como notario y escriba en esta causa, así como se encuentra contenido más profundamente en nuestras cartas patentes, selladas con nuestro sello, y que llevan las firmas manuales de nuestro notario público, cuya tenencia se transcribe aquí. Entonces, el día siguiente, el dicho maestro Nicolas prestó juramento ante nosotros en la prisión de la dicha Juana, donde nos habíamos reunido y donde le requerimos ejercer fielmente su oficio, en presencia del maestro Jean de La Fontaine, de Nicolas Midi, de Gérard Feuillet y de muchos otros.
Sigue la tenencia
de las cartas de establecimiento del mencionado notario:
"A todos
aquellos que verán estas presentes cartas, el hermano Jean Le Maistre, de la
orden de los hermanos Predicadores, etc., confiando plenamente en la probidad,
el celo, la capacidad y la aptitud de la discreta persona, maestro Nicolas
Taquel, sacerdote de la diócesis de Rouen, y teniendo plena confianza en
Nuestro Señor, hemos retenido, elegido y nombrado al mencionado maestro
Nicolas, nuestro notario jurado, y también el del mencionado señor inquisidor;
y lo hemos retenido, elegido y nombrado como nuestro notario y escriba en el
asunto y caso arriba mencionado, dándole licencia, facultad y autoridad para
acudir junto a la mencionada Juana, y a otros lugares, donde y tantas veces
como sea necesario; para interrogarla, o escuchar los interrogatorios, para
hacer prestar juramento a los testigos a ser presentados en este caso, para
examinar las confesiones y dichos de la mencionada Juana y de otros testigos,
para recoger las opiniones de los doctores y maestros expresadas verbalmente, y
para informárnoslas por escrito; para poner por escrito todos y cada uno de los
actos hechos y por hacer en este asunto; para dar la forma debida a todo el
proceso y redactarlo por escrito, y para hacer todo lo que corresponde por
derecho al oficio de notario, en cualquier lugar y cada vez que sea oportuno.
En testimonio de lo cual hemos hecho colocar nuestro sello en estas presentes
cartas. Dado y hecho en Rouen, el año del Señor 1431, el decimocuarto día de
marzo. Así firmado: BOISGUILLAUME. G. MANCHON."
Ese mismo día en la
prisión,
Asimismo, ese mismo
día, en presencia del maestro Jean de La Fontaine, comisario ordenado por
nosotros, el obispo susodicho, y de nosotros, el hermano Jean Le Maistre,
anteriormente mencionado, en la prisión de la dicha Juana en el castillo de
Rouen; y en presencia de los asesores, los venerables y discretos señores y
maestros Nicolas Midi y Gérard Feuillet, doctores en teología; y también de
Nicolas de Hubent, notario apostólico, y del hermano Ysambard de La Pierre,
testigos, Juana fue interrogada.
Y en primer lugar, cuál
fue la causa por la cual saltó de la torre de Beaurevoir. Respondió que había oído
decir que aquellos de Compiègne, todos hasta los de siete años, debían ser pasados
por fuego y sangre, y que ella prefería mejor morir que vivir después de tal
destrucción de buenas personas; y esa fue una de las causas de su salto. La
otra fue que ella supo que sería vendida a los ingleses, y que ella hubiese
preferido morir que estar en las manos de los ingleses, sus adversarios.
Interrogada si ese
salto fue hecho por consejo de sus voces, respondió que Santa Catarina le dijo casi
todos los días que no saltara y que Dios la ayudaría, y también a aquellos de Compiègne.
Y la mencionada Juana dijo a Santa Catarina que dado que Dios ayudaría a los de
Compiègne, ella querría estar allí. Y Santa Catarina le dijo: “Sin duda, debes
tomarlo en gracia; y no serás liberada hasta que hayas visto al rey de los
ingleses”. Y la mencionada Juana respondió: “Verdaderamente, no quiero verlo, ¡y
preferiría más morir que estar en las manos de los ingleses!”.
Interrogada si le
había dicho a Santa Catarina y a Santa Margarita: “¿Dios dejará morir tan malamente
a esas buenas personas de Compiègne, etc.…?”. Respondió que no ha dicho “tan malamente”;
pero que les dijo de esta manera: “¡Cómo Dios dejará morir a esas personas de Compiègne
que han sido y son tan leales a su Señor!”.
Asimismo, dijo que después
de que cayó de la torre, estuvo dos o tres días sin querer comer; y también de
ese salto quedó tan lastimada que no podía ni beber ni comer; y sin embargo,
fue consolada por Santa Catarina que le dijo que se confesara y pidiera perdón
a Dios por haber saltado; y que sin duda, aquellos de Compiègne tendrán ayuda
antes de San Martin en invierno. Y entonces ella volvió a si misma y comenzó a
comer; y pronto fue curada.
Interrogada si cuando
ella saltó, ella pensaba en suicidarse, respondió que no; pero saltando se
encomendó a Dios; y creía que por medio de ese salto, podía escaparse, y no ser
entregada a los ingleses.
Interrogada si, cuando
recuperó el habla, negó a Dios y a sus santos, como se encuentra marcado en la
información, respondió que no tiene memoria de haber renunciado jamás a Dios o
a sus santos; y que no maldijo, ni en ese lugar ni en ningún otro.
Interrogada si quiere remitirse con la información hecha o por hacer, respondió:
-Yo me remito a Dios y con ningún otro, y a una buena confesión
Interrogada si sus
voces le piden un plazo para responder, dijo que Santa Catarina le responde algunas
veces; y a veces no puede escucharla por causa del ruido de las prisiones y los
sonidos de sus guardias. Y cuando ella hace una petición a Santa Catarina,
entonces Santa Catarina y Santa Margarita hacen la petición a Nuestro Señor, y
por mandato de Nuestro Señor, ellas dan una respuesta a la mencionada Juana.
Interrogada si, cuando
sus santos vienen a ella, hay una luz con ellas y si ella no vio la luz la vez
que oyó la voz en este castillo, y si sabía que estaba en esa cámara, respondió
que no hay día que ellas no vengan a este castillo; y es cierto que ellas no
vienen sin luz. Y esa vez, ella oyó la voz; pero no tiene memoria si vio la
luz, si vio también a Santa Catarina.
Asimismo, dijo que les
pidió a sus voces tres cosas: una fue su liberación; otra, que Dios ayude a los
franceses y guarde bien las ciudades que le obedecen; y la tercera, la salud de
su alma.
Asimismo solicitó, en caso
de que sea llevada a París, que tuviera una copia de sus interrogatorios y
respuestas, para que pudiera traerla a aquellos de París y poder decirles: “He
aquí como fui interrogada en Rouen, y estas son mis respuestas”; y que no le
dieran más trabajo con tantas preguntas.
Y, dado que había
dicho que nosotros, el obispo susodicho, nos poníamos en gran peligro al procesarla,
fue interrogada sobre lo que quería decir eso, y en qué riesgo y peligro nos
poníamos, tanto nosotros como los otros; respondió que ella había dicho a
nosotros, el obispo: “Dices que eres mi juez; yo no sé si lo eres: pero le advierto
que no me juzgue mal porque te metes en gran peligro. Y eres advertido para que,
si Nuestro Señor te castiga, yo haya hecho mi deber de decírtelo”.
Interrogada qué es ese
riesgo y peligro, respondió que Santa Catarina le ha dicho que tendrá auxilio;
y que no sabe si eso será ser liberada de la prisión o, cuando ella estuviera
en juicio, si no vendría algún problema o medio por el cual podría ser
liberada. Y piensa que será uno u otro. Y, más seguido, sus voces le dicen que
será liberada a través de una gran victoria; y aún después sus voces le
dijeron: “Toma todo en gracia, no te preocupes por tu martirio; al final tu
vendrás con él al reino del Paraíso”. Eso sus voces le dijeron, simple y
absolutamente, sin ninguna duda. Y ella llama a esto martirio por la pena y
adversidad que sufre en prisión; y no sabe si una pena más grande sufrirá, pero
espera en Nuestro Señor.
Interrogada si, desde
que sus voces le han dicho que irá finalmente al reino del Paraíso, ella se
tiene por segura de que será salvada, y que ella no será condenada en el infierno,
respondió que ella cree firmemente que sus voces le han dicho que será salvada,
tan firmemente como si ella ya estuviera allí.
Y también cuando le
hemos dicho que esa respuesta tenía mucho peso, respondió ella que la tiene
como un gran tesoro.
Interrogada si, después de esta revelación, ella cree que no pueda cometer pecado mortal, respondió:
- De eso no sé nada; pero confío completamente en Nuestro Señor.
Mismo día, miércoles
en la tarde,
Asimismo, ese mismo día,
miércoles en la tarde, comparecieron al lugar susodicho los venerables y discretos
señores y maestros: Jean de La Fontaine, elegido por nosotros, el obispo
susodicho, y por Jean Le Maistre, vicario del señor inquisidor, los asesores
Nicolas Midi y Gérard Feuillet, doctores en teología, en presencia también del
hermano Ysambard de La Pierre y de Jean Manchon.
Y la mencionada Juana
dijo en primer lugar, sobre el tema del articulo inmediatamente precedente
relativo a la certeza de que había de ser salvada, sobre el cual la habíamos interrogado
en la mañana, quería decir así: siempre que ella mantenga el juramento y
promesa que le ha hecho a Nuestro Señor, a saber, que guardara bien su
virginidad, y de cuerpo y de alma.
Interrogada si tiene
necesidad de confesarse dado que creía, por revelación de sus voces, que será
salvada, respondió que no sabe si ha pecado mortalmente; pero si ella estaba en
pecado mortal, piensa que Santa Catarina y Santa Margarita la abandonarían de
inmediato. Y creía, respondiendo al articulo precedente, que no se puede limpiar
suficiente la conciencia.
Interrogada si, desde
que está en esta prisión, no ha renegado ni maldecido a Dios, respondió que no;
y a veces, cuando ella dijo “Dios lo quiera”, o “San Juan”, o “Nuestra Señora”,
aquellos que pueden haber reportado sus palabras han mal entendido.
Interrogada si no es
pecado mortal tomar un hombre a cambio de dinero y hacer que muera prisionero,
respondió que no lo ha hecho. Y, como le hablamos de alguien nombrado Franquet d'Arras que
lo hicieron morir en Lagny, respondió que fue consentidora de que muriera, ya
que lo había merecido, y porque él confesó ser asesino, ladrón y traidor. Y
dijo que su juicio duró quince días; y fueron jueces el bailío de Senlis y los hombres
de la justicia de Lagny. Y dijo que solicitó tener a franquet para tener a un
hombre de París, el señor de l'Ours; y cuando ella supo que ese señor estaba
muerto, y que el bailío le ha dicho que quería hacer gran error a la justicia liberando
a ese Franquet, ella le dijo entonces al bailío: “Dado que mi hombre está
muerto, que yo quería tener, ¡hagan de aquel lo que deben hacer por justicia!”.
Interrogada si ella trajo
dinero o hizo traer dinero para quien había capturado al tal Franquet,
respondió que no es monetaria ni tesorera de Francia como para dar dinero.
Y cuando le hemos
recordado que había asaltado Paris un día de fiesta; que ella había tenido el
caballo de monseñor el Obispo de Senlis; que se había dejado caer de la torre
de Beaurevoir, que portaba un hábito de hombre; que había consentido a la
muerte de Franquet d'Arras; le preguntamos si con ello creía no haber hecho
pecado mortal.
Respondió primeramente
sobre el asalto de Paris que ella creía no haber hecho pecado mortal; y si ella
lo ha hecho, eso corresponde a Dios conocerlo, y un sacerdote en confesión.
Segundo, sobre el tema
del caballo, respondió que ella creía firmemente no haber hecho en ello pecado
mortal ante Nuestro Señor; porque ese caballo estaba estimado en 200 saluts de
oro, de los cuales el mencionado obispo recibió asignación; y sin embargo, ese
caballo fue reenviado al señor de La Trémoille para que lo entregara al obispo
de Senlis, y no valía nada para ella. Y dijo que no le tomó el caballo del obispo,
y además dijo que no estaba contenta de haberlo guardado por lo que oyó de que
el obispo estaba enojado con que le habían agarrado su caballo, y también
porque no valía nada para los hombres de armas. Y, en conclusión, la mencionada
Juana no sabe si el mencionado obispo recibió la asignación que le fue hecho,
ni si le han restituido su caballo; y piensa que no.
En tercer lugar, sobre el tema de la torre de Beaurevoir, respondió:
- Yo lo hice no en la esperanza de desesperarme, sino con la esperanza de salvar mi cuerpo y de ir a socorrer los muchos buenos hombres que estaban en necesidad. Y después del salto, me confesé de ello, y le pedí perdón por eso a Nuestro Señor.
Y ella recibió perdón
de Nuestro Señor, y cree que ese salto no estuvo bien en hacer el salto, sino
que estuvo mal en hacer. Asimismo, dijo que sabe que ella ha sido perdonada por
revelación de Santa Catarina, después de que ella haya sido confesada; y que era
por consejo de Santa Catarina que se confesó.
Interrogada si tuvo
una gran penitencia por ello, dijo que soportó una gran parte del daño que se
hizo cayendo. Interrogada si cree que ese mal acto de hacer el salto es pecado
mortal, respondió que no sabe nada, pero que se encomienda a Nuestro Señor.
En cuarto lugar, sobre el tema de que lleva hábito de hombre, respondió:
- Dado que lo hago bajo orden de Nuestro Señor, y en su servicio, no creo hacer mal; y cuando a Él le plaza ordenarlo, será quitado de inmediato.
