Juicio de Condena - Cuarta Sesión (27 de Febrero de 1431)

Asimismo, el martes 27 de febrero, nosotros, el Obispo antedicho, nos reunimos, como lo habíamos hecho los días precedentes, en esta cámara del castillo de Rouen donde el tribunal había tomado asiento anteriormente. Al mismo tiempo que nosotros, tomaban lugar el maestro Gilles, abad de la Sainte Trinité de Fécamp; Pierre, prior de Longueville; Jean Beaupère, Jacques de Touraine, Nicolas Midi, Pierre Maurice, Gérard Feuillet, Jean de Nibat, Jacques Guesdon, Maurice du Quesnay, Jean Le Fèvre, Guillaume Le Boucher, Pierre Houdenc, Jean de Chastillon, Erard Emengart, Giovanni da Fano, Denis de Sabrevois, Nicolas Lemire y Jean Charpentier, doctores en Teología Sagrada; Nicolas de Jumièges, Guillaume de Sainte-Catherine, Guillaume de Cormeilles, abades; Jean Garin, doctor en derecho canónico; Raoul Roussel, doctor en uno y otro derecho; Guillaume Haiton, Nicolas Couppequesne, Guillaume de Baudribosc, Richard de Grouchet, Pierre Minier, Thomas de Courcelles, Jean Le Maistre, y Jean Le Vautier, licenciados en Teología Sagrada; el abad de Préaux, Guillaume Desjardins, doctor en medicina; Robert Le Barbier, Denis Gastinel, Jean Le Doulx, Nicolas de Venderès, Jean Pinchon, Jean Basset, Aubert Morel, Jean Duchemin, Jean de La Fontaine, Jean Colombel, Jean Bruillot, Raoul Anguy, licenciados en derecho canónico; Jean Alespée, Geoffroy du Crotay, Gilles Deschamps, Nicolas Caval, Pierre Carel, Nicolas Maulin, licenciados en derecho civil; Nicolas Loiseleur y Robert Morellet, canónigos de la Catedral de Rouen.

En su presencia, pedimos primeramente a la mencionada Juana de prestar juramento de decir la verdad sobre todo eso que tocase el juicio. A lo que ella respondió que gustosamente jurará responder la verdad sobre todo aquello concerniente al juicio, pero no sobre todo lo que ella sepa.

Entonces, por segunda vez, le hemos pedido que jurase responder la verdad sobre todo lo que le será preguntado. Respondió como antes, diciendo:

- Deben contentarse con eso, porque ya he jurado suficiente.

Entonces, bajo nuestra orden, el ya nombrado maestro Jean Beaupère, comienza a interrogarla. Y primeramente le pregunta como ella se sentía desde el sábado pasado. Ella respondió:

- Usted sabe bien como me siento. Me siento lo mejor que puedo.

Interrogada si ella ayunará todos los días de esta Cuaresma, respondió con esta pregunta:

- ¿Eso es parte de vuestro juicio?

Y como le dijimos que era parte de su juicio, respondió:

- Si, en verdad; He ayunado siempre durante esta Cuaresma.

Interrogada si, desde el sábado, ella había oído la voz que venía a ella, respondió:

- Si, en verdad, muchas veces la he oído.

Interrogada si el sábado la había escuchado dentro de esta sala, donde la interrogábamos, respondió:

- Eso no es parte de vuestro juicio. Y después dijo que la había oído.

Interrogada sobre aquello que esta voz le había dicho este sábado, respondió:

- Yo no la escuché bien, y no escuché nada que pudiera repetirles, hasta que volví a mi habitación.

Interrogada sobre aquello que la voz le había dicho en su habitación cuando ella había retornado, respondió:

- ¡Me dijo que respondiera con valentía!

Y dijo que le pidió consejo a esta voz sobre las preguntas que le serán preguntadas por nosotros. Dijo, por otro lado, que dirá gustosamente aquello que tenga permiso de Nuestro Señor de revelar; pero aquello que toque las revelaciones concernientes al rey de Francia, ella no dirá sin permiso de su voz.

Interrogada si la voz le ha prohibido decirlo todo, respondió que ella no escuchó bien eso.

Interrogada sobre lo que la voz le ha dicho en último lugar, respondió que ella le pidió consejo sobre ciertos puntos de nuestros interrogatorios.

Interrogada si la voz le había dado consejo sobre esos puntos, dijo que sobre ciertos puntos ella tuvo consejo, y sobre otros podemos pedirle respuesta que no responderá sin tener permiso. Y que si ella responde sin permiso, por ventura, no tendría las voces como “garantía”. Pero cuando ella tenga permiso de Nuestro Señor, no temerá hablar, porque tendrá buena garantía.

Interrogada si era la voz de un ángel que le hablaba, o si era la voz de un santo o de una santa, o si fue de Dios directamente, respondió que esta voz era de Santa Catalina [de Alejandría] y de Santa Margarita [de Antioquía]. Y sus figuras estaban coronadas de bellas coronas, muy ricas y preciosas. “Y de eso, dijo ella, tengo permiso de Nuestro Señor. Si tienen dudas al respecto, envíen a Poitiers y otros lugares donde fui interrogada”. 

Interrogada sobre cómo sabía que esas eran dos santas, y si ella reconocía bien una de la otra, respondió que sabía bien que esas son ellas, y que reconocía bien una de la otra.

Interrogada sobre como ella reconocía una de la otra, respondió que las reconocía por el saludo que le hacían. Dijo, por otro lado, que hace más de siete años la tomaron para guiarla. Dijo también que reconoce las santas porque se presentan ante ella y se nombran.

Interrogada si las mencionadas santas estaban vestidas con el mismo vestido, respondió:

- No les diré más ahora; Y no tengo permiso de revelárselos. Y si no me creen, ¡vayan a Poitiers! También dijo que había revelaciones que van al rey de Francia, y no a aquellos que la interrogan.

Asimismo, interrogada si esas santas son de la misma edad, respondió que no tenía permiso de decírnoslo. Interrogada si esas santas hablan juntas, o una después de la otra, respondió:

- No tengo permiso de decírselos; sin embargo, frecuentemente recibo consejo de las dos.

Interrogada sobre aquella que se le apareció primero, respondió:

- No las reconocí al principio; y lo supe en algún momento, pero lo he olvidado: y, si tuviera permiso, se los diría gustosamente. Y esto está registrado en los archivos de Poitiers.

Dijo también que recibió el consuelo de San Miguel.

Interrogada sobre cuál de las apariciones vino primero, respondió que San Miguel vino primero. Interrogada si hacía mucho tiempo desde la primera vez que oyó la voz de San Miguel, respondió:

- Yo no mencioné la voz de San Miguel; sino que hablé de un gran consuelo.

Interrogada sobre quién era la primera voz que vino a ella cuando tenía la edad de 13 años o aproximadamente, respondió que fue San Miguel quien vio delante de sus ojos; y no estaba solo, sino acompañado por los ángeles del cielo. Dijo, por otro lado, que no vino a Francia más que por mandato de Dios.

Interrogada si ella vio a San Miguel y los ángeles, corporal y realmente, respondió:

- Los vi con los ojos de mi cuerpo como los veo a ustedes; y cuando se fueron, lloré; ¡y mucho quería que me llevaran con ellos!

Interrogada con qué figura estaba San Miguel respondió:

- No hay respuesta sobre eso aún para usted; y no tengo permiso para decírselo.

Interrogada sobre aquello que San Miguel le dijo por primera vez, respondió: “No tendrás respuesta hoy”. Asimismo, dijo que las voces le dijeron que ella respondiera valientemente. Asimismo, dijo que una vez le contó al rey todo lo que le había sido revelado porque le concernía a él. Dijo, sin embargo, que aún no tiene permiso de revelar lo que San Miguel le ha dicho. Dijo, por otro lado, que ella quisiera que su interrogador tuviera una copia de aquel libro que está en Poitiers, siempre y cuando eso sea voluntad de Dios.

Interrogada si las voces le dijeron que no diga sus revelaciones sin permiso, respondió:

- Aún no les responderé; y sobre aquello que tengo permiso, les responderé con mucho gusto. Si las voces me lo prohibieron, no les he entendido bien.

Interrogada sobre qué signo ella da de que esta revelación viene de parte de Dios, y que esas que le hablaron son Santa Catalina y Santa Margarita, respondió:

- Ya les he dicho suficiente con que ellas son Santa Catalina y Santa Margarita; ¡y créanme si quieren!

Interrogada si tiene prohibido decirlo, respondió:

- No he escuchado aún si eso me está permitido o no.

Interrogada cómo ella sabe hacer la distinción sobre los puntos que ella responderá y sobre los que no, respondió que sobre ciertos puntos ella había pedido permiso, y lo había obtenido sobre algunos. Por otro lado, dijo que preferiría más ser tirada por los caballos que haber venido a Francia sin el permiso de Dios.

Interrogada si le han prescrito tomar hábito de hombre, respondió que el hábito es poca cosa, lo más mínimo. Pero no ha tomado habito de hombre por consejo de nadie; y ella no ha tomado este hábito, ni hizo nada, más que por mandato de Dios y de sus ángeles.

Interrogada si le parecía que ese mandato hecho a ella de tomar hábito de hombre fuese lícito, respondió:

- Todo lo que he hecho es por mandato de Dios; y si Él me hubiera ordenado tomar otro, lo habría tomado, ya que habría sido por mandato de Dios.

Interrogada si lo ha hecho por orden de Robert de Baudricourt, respondió que no. Interrogada si ella cree haber hecho bien en tomar el hábito de hombre, respondió que todo lo que ha hecho ha sido por mandato de Dios, cree haber hecho el bien, y espera una buena garantía y socorro. Interrogada si en este caso particular, tomando habito de hombre, ella cree haber hecho el bien, respondió que nada de lo que ha hecho en el mundo ha sido hecho sino por mandato de Dios.

Interrogada cuando ella vio la voz que venía a ella si había una luz, respondió que había mucha luz por todas partes como es bien conveniente. Dijo, por otro lado, al interrogador que toda la luz no venía hasta ella.

Interrogada si había un ángel sobre la cabeza de su rey, cuando ella le vio por primera vez, respondió:

- ¡Por Nuestra Señora! Si estaba, lo ignoré y no lo he visto.

Interrogada si había luz, respondió:

- Había más de trescientos caballeros, cincuenta antorchas, sin contar la luz espiritual. Y raramente he oído revelación sin que hubiera luz.

Interrogada cómo su rey dio fe a sus palabras, respondió que tenía buenos consejeros y por los clérigos. Interrogada sobre que revelaciones oyó su rey, respondió: “¡No las tendrán de mi este año!”. Asimismo, dijo que, durante tres semanas fue interrogada por los clérigos en Chinon y en Poitiers. Y su rey tuvo señal de esos hechos antes de creer en ella. Y los clérigos de su parte fueron de la opinión de que no veían nada más que bien en sus acciones.

Interrogada si fue a Santa Catalina de Fierbois, respondió que sí; y allí escuchó tres misas el mismo día; y después fue a Chinon. Asimismo, envió cartas a su rey donde se decía que las enviaba para saber si entraría en la ciudad donde estaba el dicho rey; y que ella había hecho 150 leguas para venir a su lado, para su auxilio, y que sabía muchas cosas buenas para él. Y recuerda que en esas mencionadas cartas contenía que ella reconocería bien al mencionado rey entre todos los demás. Asimismo, dijo que tenía una espada que había tomado en Vaucouleurs. Dijo, también, que cuando estaba en Tours o en Chinon, envió a buscar una espada que estaba en la Iglesia de Santa Catalina de Fierbois, detrás del altar; y que inmediatamente después fue encontrada toda oxidada.

Interrogada cómo ella sabía que esa espada estaba allí, respondió que esa espada estaba bajo tierra, oxidada, y que había sobre ella 5 cruces; y supo que estaba allí por sus voces y nunca vio al hombre que fue a buscar la mencionada espada. Y escribió a las personas de la Iglesia de ese lugar que era su buen deseo que ella tuviera esta espada; y ellos se la enviaron. A ella le parece que no estuvo mucho bajo tierra, detrás del altar; sin embargo, no sabe con certeza si estaba delante o detrás del altar: pero cree que ha escrito que la mencionada espada estaba detrás del altar. Dijo, también, que tan pronto la espada fue descubierta, las personas de la Iglesia del lugar la frotaron y pronto la oxidación cayó sin esfuerzo; y ese fue un comerciante, armero de Tours, quien la fue a buscar. Las personas de la Iglesia del lugar dieron a la mencionada Juana una funda; y aquellos de Tours también, junto con ellos, mandaron a hacer al mismo tiempo dos fundas, una de terciopelo rojo, y la otra de tela de oro. En cuanto a ella, se hizo hacer otra de cuero bien fuerte. Dijo también que cuando fue capturada no tenía esta espada. Agrega que continuamente portó la mencionada espada, desde que ella la tuvo, hasta la partida de Saint Denis, después del asalto de Paris.

Interrogada qué bendición ella hizo o hizo hacer sobre la mencionada espada, respondió que nunca hizo ni hizo hacer bendición alguna ni habría sabido hacerla. Asimismo, dijo que amaba mucho esta espada porque la había encontrado en la Iglesia de Santa Catalina, la cual amaba mucho.

Interrogada si ella fue a Coulange-la-Vineuse, respondió que no sabía. Interrogada si alguna vez posó su espada sobre el altar y que si posándola de esa manera ella sería más afortunada, respondió que no, que ella sepa. Interrogada sobre si hecha nunca hizo oración con el fin de que su espada fuese más afortunada, respondió:

- ¡Es bueno saber que me hubiera gustado que mi armadura fuera más afortunada!

Interrogada si ella tenía su espada cuando fue tomada, respondió que no; pero tenía cierta espada tomada de un Borgoñón. Interrogada donde está esa espada y en qué ciudad, respondió que ella ofreció una espada y armas a Saint Denis, pero no esa espada. Asimismo, dijo que tenía esta espada en Lagny; y desde Lagny hasta Compiegne portó la espada del Borgoñon, que era una buena espada de guerra, y muy buena para dar buenos golpes y buenos tajos. En cuanto a donde la perdió, eso no es parte del juicio y ella no responderá ahora. Dijo, por otro lado, que sus hermanos tienen sus bienes, caballos, espadas, le parece, y otras cosas que valen más de 12.000 escudos.

Interrogada si, cuando ella fue a Orléans, tenía estandarte o bandera, y de qué color, respondió que ella tenía estandarte de un campo sembrado de lirios; y en este figuraba el mundo y dos ángeles a sus costados. Era de color blanco, hecho tela de lino o bocacín. En él estaban escritos los nombres de Jhesus Maria, según recuerda; y tenía franjas de seda.

Interrogada si esos nombres Jhesus Maria estaban escritos o en lo alto o en lo bajo, o sobre el costado, respondió que le parecía que sobre el costado.

Interrogada si amaba más su estandarte o su espada, respondió que amaba mucho más, incluso cuarenta veces más, su estandarte que su espada.

Interrogada quién le hizo hacer esta pintura sobre el estandarte, respondió:

- ¡Yo les he dicho bastante que no hice nada más que por mandato de Dios!

Dijo también que portaba ella misma su estandarte, cuando cargaba los adversarios, para evitar matar a alguien; y dijo que nunca ha matado a un hombre.

Interrogada qué compañía le dio su rey cuando la puso manos a las obras, respondió que le dio 10,000 o 12,000 hombres; y que primero ella fue a Orleans, a la bastilla de Saint Loup y a continuación a la bastilla de Pont.

Interrogada a qué bastilla fue que hizo retirar a sus hombres, respondió que no tenía memoria de eso. Dijo también que ella estaba bien asegurada de hacer levantar el sitio de Orléans, por revelación hecha a ella; y de este modo le había dicho a su rey antes de venir allí.

Interrogada si, cuando tuvo que hacer el asalto, ella no dijo a sus hombres que ella recibiría flechas, lanzas, máquinas de piedra o de cañones, respondió que no; y hubo cientos de heridos, y más; pero les dijo que no tuvieran dudas, que ellos levantarían el sitio. Dijo también que, en el asalto dado en la batalla de Pont, fue herida con una flecha o lanza en el cuello, pero tuvo un gran consuelo de Santa Catalina, y fue curada a los quince días. Pero no dejó por eso de montar a caballo y de trabajar.

Interrogada si tenía premonición de que sería herida, respondió que lo sabía bien y que ella le había dicho a su rey; pero que, no obstante, ella no habría dejado de trabajar. Y aquello el fue revelado por las voces de sus santas, a saber, las bienaventuradas Catalina y Margarita. Dijo, por otro lado, que ella fue la primera en poner la escalera en lo alto, dentro de la bastilla de Pont; y cuando ella levantaba la mencionada escalera, fue herida en el cuello con una lanza, como ella ha dicho.

Interrogada por qué no aceptó un tratado con el capitán de Jargeau, respondió que los señores de su bando respondieron a los ingleses que no tendrán los quince días que pedían, sino que debían irse de allí, ellos y sus caballos, en ese instante. Dijo también que, en cuanto a ella, ha dicho a aquellos de Jargeau que, partiendo con sus pequeñas cotas, salvarían sus vidas, si lo querían; pero si no, serían tomados en el asalto. Interrogada si tuvo deliberación con su consejo, es decir, con sus voces, para saber si ella daría el mencionado plazo o no, respondió que no tenía memoria de eso.

Esto hecho, el interrogatorio fue pospuesto para una fecha posterior, y habíamos asignado el jueves siguiente para la comparecencia, para proceder con los exámenes e interrogatorios subsecuentes.

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