Entonces, el jueves,
primero de Marzo, nosotros, el Obispo susodicho, nos reunimos en el lugar
acostumbrado en el castillo de Rouen; la mencionada Juana compareció ante
nosotros en juicio, en presencia de los reverendos Padres, señores y maestros,
a saber, Gilles, abad de la Sainte-Trinité de Fécamp; Pierre, prior de Longueville-Giffard,
Jean de Chastillon, Érard Emengart, Jean Beaupère, Jacques de Tomaine, Nicolas
Midi, Denis de Sabrevois, Pierre Maurice, Gérard Feuillet, Maurice du Quesnay,
Guillaume Le Boucher, Pierre Houdenc, Jean de Nibat, Jean Le Fèvre, Jacques
Guesdon, doctores en Teología Sagrada; Nicolas de Jumièges, Guillaume de Sainte-Catherine,
Guillaume de Cormeilles, abades; Jean Garin, doctor en derecho canónico; Raoul
Roussel, doctor en uno y otro derecho; los abades de Saint-Ouen y de Préaux, y
el prior de Saint-Lô; Guillaume Haiton, Nicolas Couppequesne, Thomas de
Courcelles, Guillaume de Baudribosc, Jean Pigache, Raoul Le Sauvage, Richard de
Grouchet, Pierre Minier, Jean Le Maistre, Jean Le Vautier, licenciados en
Teología Sagrada; Nicolas de Venderès, Jean Bruillot, Jean Pinchon, Jean
Basset, Jean de La Fontaine, Raoul Anguy, Jean Colombel, Richard des Saulx,
Aubert Morel, Jean Duchemin, Laurent Du Busc, Philippe Le Maréchal, licenciados
en derecho canónico; Denis Gastinel, Jean Le Doulx, Robert Le Barbier,
licenciados en uno y otro derecho; André Marguerie, Jean Alespée, Gilles
Deschamps, Nicolas Caval, Geoffroy du Crotay, Pierre Cavé, Nicolas Maulin,
licenciados en derecho civil; Robert Morellet y Nicolas Loiseleur, canónigos de
la Catedral de Rouen.
En su presencia,
convocamos y pedimos a Juana hacer y prestar el juramento de decir la verdad
sobre aquello que le preguntaremos, pura y simplemente. Respondió que ella
estaba lista para jurar decir la verdad sobre todo aquello que sepa, tocante al
juicio, como ha dicho varias veces. Asimismo, dijo que ella sabe mucho de cosas
que no tocaban el juicio, y no tenía necesidad de decirlas. Después ella dijo:
- De todo aquello que
yo se verdaderamente, tocante al proceso, gustosamente lo diré.
Entonces la convocamos
de nuevo y pedimos, como antes, de hacer el juramento, respondió:
- Aquello que yo sepa
responder de verdad, yo lo diré con gusto respecto al juicio.
Y entonces jura,
tocando los Santos Evangelios. Después ella dijo:
- De aquello que sepa,
tocante al juicio, gustosamente diré la verdad, ¡y se los diré tanto como si lo
dijera si estuviera delante del Papa de Roma!
*Parte faltante del
juicio*
Interrogada sobre lo
que ella dijo tocante a nuestro Santo Padre el Papa, y quién ella creía ser el
verdadero Papa, respondió preguntando si había dos. Interrogada si ella no recibió
letras del Conde de Armañac para saber a cuál de los tres soberanos pontífices el
debía obedecer, respondió que el dicho conde le escribió cierta carta sobre ese
hecho, a la cual ella dio respuesta, entre otras, que le daría una respuesta
cuando ella estuviera en Paris, o en otros lugares de reposo. Y que iba a
montar a caballo cuando le diera respuesta. Entonces hicimos leer, en sesión,
una copia de las cartas de dicho conde y de la mencionada Juana;
“Mi muy querida
dama,
Me encomiendo humildemente
a ti, y te suplico por Dios que, atendiendo a la división presente en la Santa
Iglesia Universal sobre el hecho de los papas (porque hay tres contendientes al
papado, uno reside en Roma, que se hace llamar Martin V, al quien todos los
reyes cristianos obedecen; otro reside en Peñíscola, en el Reino de Valencia
que se hace llamar Papa Clemente VII, el tercero cuyo paradero se desconoce, es
conocido solo por el Cardenal de Saint-Estienne y pocas personas con él, y se
hace llamar papa Benedicto XIV. El primero, que se dice llamar Papa Martin, fue
elegido en Constanza con el consentimiento de todas las naciones cristianas;
aquel que se hace llamar Clemente fue elegido en Peñíscola, después de la
muerte del Papa Benedicto XIII, por tres de sus cardenales; el tercero que se
llama Benedicto XIV fue elegido secretamente en Peñíscola, incluso por el
cardenal de Saint-Etienne); ruego suplicar a Nuestro Señor Jesucristo que, por
su infinita misericordia, nos quiera por usted declarar quien de los tres
susodichos es verdaderamente Papa, y a quién quiere que obedezcamos de aquí en
adelante, o aquél que se dice Martin, o aquél que se dice Clemente, o a aquél
que se dice Benedicto; y a cuál debemos creer, si secretamente o por alguna manifestación
pública, porque nosotros estamos todos listos de hacer el deseo y voluntad de
Nuestro Señor Jesucristo.
Todo suyo,
El Conde de Armañac.”
Carta de Juana de
Arco
† JHESUS MARIA †
Mi muy buen querido
y amigo, Conde de Armañac,
Juana la Doncella
le hace saber que vuestro mensaje ha sido recibido por mí, el cual me ha dicho
que lo ha enviado para saber de mi cuál de los tres papas, mencionados en su
carta, debes creer. De aquello no puedo buena y verdaderamente hacerle saber
por el presente hasta que esté en Paris o en otro lugar, de reposo, porque estoy
por el presente muy ocupada con la guerra; pero cuando sepas que estoy en
Paris, envía un mensajero hacía mi y le haré saber todo en verdad de aquello
que debes creer, y que haya sabido por el consejo de mi justo y soberano Señor,
el Rey de todo el mundo, y le diré lo que debe hacer, con todo mi poder. A Dios
le encomiendo; Dios lo guarde.
Escrito en Compiègne,
el 22 de agosto”.
Y fue interrogada para
saber si estaba bien su respuesta que presentaba la mencionada copia. Respondió
que ella pensaba haber dado esta respuesta en parte, no en todo.
Interrogada si ella
dijo saber por consejo del Rey de Reyes lo que el conde debía adherir en esta
materia, respondió que no sabía nada. Interrogada si tenía duda sobre quién el
conde debía obedecer, respondió que no sabía que mandarle sobre esta
obediencia, porque el conde le pidió hacerle saber a quién Dios quería que el
obedeciera. Pero, en cuanto a ella, Juana, creía que debíamos obedecer a
nuestro Santo Padre el Papa que está en Roma. Dijo también que dijo otra cosa
al mensajero del conde, que no está contenido en la copia de la carta; y, si el
mencionado mensajero no se hubiera alejado tan pronto, lo habrían arrojado al
agua, pero no por culpa de la mencionada Juana. Asimismo, dijo que, sobre eso
que el conde pedía de hacerle saber a quién Dios quería que el obedezca,
respondió que ella no sabía; pero le mandó varias cosas que no fueron puestas
por escrito. Y en cuanto a ella, cree a nuestro Santo Padre el Papa que está en
Roma.
Entonces interrogada
por qué ella había escrito que daría la respuesta en otro lugar, dado que creía
en aquél de Roma, respondió que la respuesta que dio concernía a otra materia distinta
que el hecho de los tres soberanos pontífices. Interrogada si ella había dicho
que sobre el hecho de los tres soberanos tenía consejo, respondió que nunca
escribió ni hizo escribir sobre el hecho de los tres soberanos. Ella jura que eso
nunca había escrito ni hecho escribir.
Interrogada si ella tenía
el habito de poner en las cartas los nombres JHESUS MARIA, con una cruz,
respondió que los ponía en algunas y algunas veces. Algunas veces ponía una
cruz con el fin de que aquellos de su partido a quienes ella escribía no hagan
eso que escribía. El contenido de las cartas que el conde y Juana se
escribieron es insertado más abajo entre los artículos del promotor. A continuación,
se le dio lectura a Juana de las cartas que le envió a nuestro señor, monseñor
de Bedford y a otros, cuyo contenido se encuentra más abajo entre los artículos
del promotor.
† JHÉSUS MARIA †
Rey de Inglaterra,
y vos, duque de Bedfort, que os decís regente del reino de Francia, y vos
Guillaume de la Poule, conde de Sulfork, Jehan, señor de Talebot, y vos,
Thomas, señor de Escales, que os decís lugarteniente del susodicho duque de
Bedfort, haced caso al Rey del Cielo; entregad a la Doncella que es enviada de
parte de Dios, el Rey del Cielo, las llaves de todas las buenas ciudades que
habéis tomado y violado en Francia. Ella ha venido de parte de Dios para reclamar la
sangre Real. Ella está pronta para hacer la paz, si vosotros queréis hacer
justicia, con la condición de que dejéis Francia y paguéis por el tiempo que la
habéis tenido. Y entre vosotros, arqueros, compañeros de guerra, gentiles y otros
que estáis ante la ciudad de Orléans, idos a vuestro país, de parte de Dios;
y en caso de que no lo hagáis, esperad las noticias de la Doncella que ira a
veros pronto para vuestro gran daño. Rey de Inglaterra, si no lo hacéis, yo soy
jefe de guerra, y en cualquier lugar de Francia que alcance a tus hombres, los
haré irse, quieran o no, y si no quieren obedecer, los haré matar a todos. Yo
soy enviada de parte de Dios, el Rey del Cielo para que, cuerpo por cuerpo, os
expulse de toda Francia. Y si queréis obedecer, os tomaré en misericordia. Y
no tengáis en opinión que retendréis el Reino de Francia, pues Dios, Rey del Cielo, hijo
de Santa Maria, no lo quiere así; lo tendrá el rey Carlos, verdadero heredero; porque Dios, Rey
del Cielo, así lo quiere, y se lo ha revelado por la Doncella, que él entrara a Paris
con buena compañía. Si no queréis creer las noticias de parte de Dios y la
Doncella, en cualquier lugar que os encontremos, os atacaremos y haremos un
estruendo tan grande, que aún en mil años no se habrá visto en Francia, si no hacéis justicia. Y creed firmemente que el Rey del Cielo enviará más fuerzas a la
Doncella que las que tendréis en todos vuestros asaltos juntos contra ella y sus buenos hombres de armas; y en la batalla se verá quién tiene mejor justicia
del Dios del Cielo. Vos, duque de Bedfort, la Doncella os ruega y requiere
que vos no os hagáis destruir. Si hacéis justicia, aún podráis venir en su
compañía, donde los franceses harán la mayor hazaña jamás hecha por la
Cristiandad. Y responded si queréis hacer la paz en la ciudad de Orléans; y si
no lo hacéis, acordaos en breve de vuestros grandes daños.
Escrito este martes
de la semana santa.”
Y entonces fue
interrogada si ella reconocía estas cartas; respondió que sí, excepto tres
palabras: A saber, aquí, donde dice “rendez à la Pucelle” [entreguen a la
Doncella], debería decir “rendez au roi” [entreguen al rey]; no hay otra cosa
que jefe de guerra; tercero, se ha puesto “corps pour corps” [cuerpo por
cuerpo]. Estas palabras no estaban en las cartas enviadas. Dijo también que
nunca ningún señor dictó sus cartas; y ella misma quien las ha dictado antes
que las envíen; pero ellas fueron mostradas a algunos de su bando.
Asimismo, dijo que
antes de siete años, los ingleses perderán una garantía aún más grande que la
que perdieron ante Orléans, y que ellos perderán todo en Francia. Dijo también
que los mencionados ingleses tendrán las mayores pérdidas que nunca tuvieron en
Francia; y eso será por una gran victoria que Dios enviará a los franceses.
Interrogada cómo ella
lo sabía, respondió:
- Yo lo sé bien por
revelación que se me ha hecho, y antes de siete años eso sucederá; ¡y estoy
bien enojada que eso fuera tan tardío!
Dijo también que ella
sabía eso por revelación, tanto como sabía que nosotros (el Obispo) estábamos delante
de ella.
Interrogada cuándo eso
sucederá, respondió que no sabía ni el día ni la hora. Interrogada qué año eso
sucederá, respondió:
- No lo tendrán aún
eso; ¡bien querría que eso fuera antes de San Juan!
Interrogada si ella ha
dicho que eso sucederá antes que San Martin en el invierno, respondió que ella
había dicho que antes de San Martin en el invierno verán bien las cosas; y eso
podría ser que los ingleses serán echados bajo tierra.
Interrogada sobre eso
que ha dicho a John Grey, su guardia, tocante a esta fiesta de San Martin,
respondió: “Ya se lo he dicho”.
Interrogada por quién
ella sabía que eso sucedería, respondió que ella lo sabía por Santa Catarina y
Santa Margarita. Interrogada si San Gabriel estaba con San Miguel cuando el
vino a ella respondió que no tenía memoria de eso.
Interrogada si desde
el martes pasado ella no había hablado con las santas Catarina y Margarita,
respondió que sí; pero que no sabía la hora. Interrogada qué día; respondió:
ayer y hoy; no hay día que ella no las escuche.
Interrogada si ella
las ve siempre con el mismo hábito, respondió que las veía siempre bajo la
misma forma; y sus figuras son coronadas muy preciosamente. De sus otros hábitos,
ella no habla. Asimismo, dijo que, de sus vestidos, nada sabía.
Interrogada cómo ella
sabía que su aparición es hombre o mujer, respondió que bien lo sabía, y que les
reconocía por sus voces y que ellas le revelaban; y nada sabía que no sea por
revelación o mandato de Dios.
Interrogada cuál
figura ella veía, respondió que ella veía la sonrisa. Interrogada si las santas
que se le aparecía tenían cabellos. Respondió: “¡Es bueno saberlo!”.
Interrogada si había
alguna cosa entre sus coronas y sus cabellos, respondió que no. Interrogada si sus
cabellos eran largos y colgantes, respondió: “No lo sé”. Dijo también que no
sabía si tenían brazos u otros miembros figurados. Asimismo, dijo que ellas
hablaban muy bien y bellamente y las escuchaba muy bien.
Interrogada cómo ellas
hablaban, dado que no tenían miembros, respondió: “¡Me encomiendo a Dios!”.
Asimismo, dijo que esta voz era bella, dulce y humilde, y habla el idioma de
Francia. Interrogada si Santa Margarita habla la lengua inglesa, respondió:
- ¿Por qué hablaría
ella el inglés si no está a favor de los ingleses?
Interrogada si dentro
de sus cabellos, con las coronas, no había anillos de oro, u otras cosas,
respondió: “No sé”. Interrogada si ella misma no tenía algunos anillos
respondió a nosotros, el Obispo:
- ¡Tú, tú tienes uno
mío; entrégamelo!
Asimismo, dijo que los
Borgoñones tienen otro anillo: y nos requirió, si nosotros teníamos el dicho
anillo, que se lo mostráramos. Interrogada quién le dio el anillo que tienen
los Borgoñones respondió que era de su padre, o de su madre. Y le parecía que
tenía escrito los nombres JHESUS MARIA; no sabía quién los hizo escribir; y no
tenía piedra, eso recordaba; y el anillo le fue dado en Domrémy. Asimismo, dijo
que su hermano le había dado otro anillo que teníamos y que ella nos encargó dar
a la Iglesia. Asimismo, dijo que nunca curó a persona alguna a través de dichos
anillos.
Interrogada si las
santas Catarina y Margarita le hablaron sobre el árbol mencionado más arriba,
respondió: “No sé”. Interrogada si, en la fuente que está cerca del árbol, las
santas hablaron con ella, respondió que sí, y que allí las oía bien, pero eso
que le dijeron entonces, ella no lo sabía más.
Interrogada sobre eso
que las santas le prometieron algo, sea allí, sea en otro lugar, respondió que
ellas no le hicieron ninguna promesa, si no es por gracia de Dios. Interrogada
qué promesas ellas le hicieron, respondió: “¡Eso no es parte de su juicio!” Y,
entre otras cosas, le fue dicho que su rey será restituido en su reino, lo
quieran o no sus adversarios. Dijeron también que prometían conducir a la
mencionada Juana al Paraíso; como ella les había pedido. Interrogada si tuvo
otra promesa, respondió que hay otra promesa, pero no la dirá, y que eso no
concierne al juicio. Y dijo que, dentro de tres meses, dirá otra promesa.
Interrogada si las
voces le dijeron que dentro de tres ella será deliberada de su prisión,
respondió:
- Eso no es parte de su
juicio; Sin embargo, no sé cuándo seré liberada.
Y dijo que aquellos
que quieren quitarla de este mundo pueden bien irse antes que ella.
Interrogada si su
consejo no le ha dicho que será liberada del presente encarcelamiento,
respondió:
- Vuelvan a hablarme dentro
de tres meses; entonces les responderé.
Y dijo, por otro lado:
- ¡Pregúntenles a sus asesores,
sobre su juramento, si esto concierne a mi juicio!
Entonces después de la
deliberación de los asesores, quienes todos concluyeron que eso concernía al
juicio, ella dijo:
- Yo les he dicho
siempre que no sabrán todo. Será necesario que un día sea liberada. Pero yo
quiero tener permiso sobre si les diré: Es por eso que necesito un plazo.
Interrogada si las
voces le prohibieron decir la verdad, respondió:
- ¿Quieren que les
diga eso que concierne solo al rey de Francia? Hay cosas que no conciernen al
juicio.
Dijo también que sabía
que su rey ganará el reino de Francia; y lo sabía bien, como ella sabía que
nosotros estamos aquí delante de ella, como jueces. Dijo también que la matarán,
que no era la revelación que la reconfortaba todos los días.
Interrogada sobre qué
hizo con la mandrágora, respondió que no tiene una mandrágora y que nunca tuvo
una; pero oyó decir que cerca de su ciudad hay una: pero nunca la ha visto.
Dijo también que oyó decir que es una cosa peligrosa y malvada de guardar; no
sabe, sin embargo, para qué eso sirve.
Interrogada en qué
lugar está esta mandrágora que ella oyó hablar respondió que oyó decir que está
en la tierra, próximo al árbol mencionado anteriormente; pero no sabía el
lugar. Y dio que ella ha oído decir que sobre esta mandrágora crece un
avellano. Interrogada sobre para qué ha oído decir que esta mandrágora sirve,
respondió que ella ha oído decir que hace venir el dinero; pero no tiene
creencia en ello. Y dijo que las voces nunca le dijeron nada sobre ese tema.
Interrogada sobre cuál
figura tenía San Miguel cuando se le apareció, respondió que ella no vio una
corona; y de sus vestimentas no sabía nada. Interrogada si él estaba desnudo,
respondió:
- ¿Piensan que Nuestro
Señor no tiene con qué vestirlo?
Interrogada si tenía
cabellos, respondió:
- ¿Por qué se lo
habrían cortado?
Dijo también que ella
no vio al bienaventurado Miguel después que ella se fue del castillo de Crotoy,
y no le ve seguido, y finalmente dijo que no sabe si tiene cabello.
Interrogada si tenía
su balanza, respondió: “No sé nada”. Asimismo, dijo que tenía una gran
felicidad cuando le vio; y le parece que, cuando le veía, ella no estaba en
pecado mortal.
Asimismo, dijo que las
santas Catarina y Margarita la hacen confesarse con alegría a menudo y de
tiempo en tiempo. También dijo que, si ella estaba en pecado mortal, no lo
sabía. Interrogada si, cuando ella se confiesa, creía estar en pecado mortal,
respondió que no sabe si ella ha estado en pecado mortal, pero no cree haber
hecho las obras:
- ¡Que no quiera Dios,
dijo ella, que yo haya estado allí una vez, y que no quiera que haga las obras
o las haya hecho, por las cuales mi alma sea inculpada!
Interrogada sobre que
signo ella dio a su rey de que venía de parte de Dios, respondió:
- Les he respondido
siempre que no lo sacarán de mi boca. ¡Ve a preguntarle!
Interrogada si ella ha
jurado de no revelar eso que le será preguntado tocante al juicio, respondió:
- Les he dicho
recientemente que no les diré aquello que pueda tocar lo que afecta a nuestro
rey; y lo que concierne a él, no hablaré.
Interrogada si ella no
sabe el signo que le dio a su rey, respondió: “Ustedes no lo sabrán de mí”. Y
como le dijimos que eso tocaba el juicio, respondió:
- De aquello que he
prometido tener bien secreto, no les diré.
Y dijo, por otro lado:
- Lo he prometido en tal
lugar que no puedo decírselo sin perjurarme.
Interrogada a quién ha
prometido, respondió que a las santas Catarina y Margarita les ha prometido; y
eso fue mostrado a su rey. Asimismo, dijo que les ha prometido a esas dos
santas, sin que ellas lo pidieran, y no lo hizo por su propio deseo, sino
porque demasiadas personas le habrían preguntado, si ella no hubiera hecho esta
promesa a sus dos santas.
Interrogada si cuando
ella muestra el signo a su rey, había otra persona en su compañía, respondió
que cree que no había otra persona más que él, aunque, demasiado cerca, había
muchas personas.
Interrogada si ella ha
visto la corona sobre la cabeza de su rey, cuando ella le mostró el signo,
respondió:
- No se los puedo
decir sin perjurarme.
Interrogada si su rey
tenía una corona, cuando el fue a Reims, respondió hasta donde ella creía, su
rey tomó gustosamente la corona que encontró en Reims; pero una más rica fue traída
más tarde. Y eso fue para acelerar su coronación, por pedido de aquellos de Reims,
para evitar el agobio de sus hombres de armas. Y, si hubiera esperado, habría
tenido una corona mil veces más rica. Interrogada si vio esta corona, que es
más rica, respondió:
- No puedo decirle sin
perjurarme. Y si no lo he visto, he oído decir que es tremendamente rica y
opulenta.
Esto hecho, terminamos por ese día; y asignamos para proceder ulteriormente el sábado, a las ocho de la mañana, requiriendo a los asistentes de reunirse en el mismo lugar, el día y la hora dichas.
