Carta de Santa Catalina de Siena a Daniella de Orvieto
Tú ves, pues, que tales hombres gozan en esta vida de la prenda de la vida eterna. Reciben, no el pago, sino la prenda —sin esperar a recibirla hasta la vida perdurable, donde hay vida sin muerte, saciedad sin hastío y hambre sin dolor. Porque lejos está el dolor del hambre, puesto que tienen plenamente lo que desean; y lejos está el hastío de la saciedad, pues ese es el Alimento de la Vida sin ninguna carencia. Es cierto que en esta vida se comienza a gozar de la prenda, en el sentido de que el alma empieza a tener hambre del alimento del honor de Dios y de la salvación de las almas. Y así como tiene hambre, así se alimenta de ello; sí, el alma se nutre de la caridad para con el prójimo, por el cual tiene un deseoso anhelo. Ese es un alimento que nunca sacia a los que se nutren de él. Nunca satisface, y por eso el hambre perdura para siempre.
Como una prenda es un comienzo de garantía dada a un hombre, a través de la cual espera recibir el pago (no es que la prenda sea perfecta en sí misma, sino que da seguridad mediante la confianza de uno, de que llegará el cumplimiento), así el alma enamorada de Cristo, que ya ha recibido en esta vida la prenda del amor por Dios y por su prójimo, no es perfecta en sí misma, sino que espera la perfección de la vida inmortal. Digo que esta prenda no es perfecta —es decir, el alma que la disfruta no ha alcanzado aún una perfección tal que no sienta sufrimientos, en sí misma o en los demás: en sí misma, por el agravio que hace a Dios, a través de la ley perversa que está ligada a nuestros miembros; y en los demás, por el agravio del prójimo. Es, sin duda, perfecta en gracia, pero no tiene la perfección de los santos, que están en la vida eterna, como he dicho; puesto que sus deseos están libres de sufrimiento y los nuestros no.
¿Sabes cómo está el verdadero siervo de Dios, que lo alimenta en la mesa del santo deseo? Es bienaventurado y afligido, como lo fue el Hijo de Dios en el madero de la Santísima Cruz: pues la carne de Cristo estaba afligida y atormentada, y el alma era bienaventurada, por su unión con la Naturaleza Divina. Así, por la unión de nuestro deseo con Dios, debemos ser bienaventurados, y revestidos de Su dulce voluntad; y afligidos, por la compasión por nuestro prójimo, desechando de nosotros los goces y consuelos sensibles y mortificando nuestra carne.
Pero escucha, hija y queridísima hermana. Te he hablado a ti y a mí en general, pero ahora hablaré contigo y conmigo en particular. Quiero que hagamos dos cosas especiales, para que la ignorancia no impida nuestra perfección, a la cual Dios nos llama; para que el diablo, bajo capa de virtud y amor al prójimo, no alimente la raíz de la presunción dentro de nuestra alma. Pues por esto caeremos en falsos juicios; pareciéndonos juzgar rectamente, juzgaremos torcidamente: a menudo, si siguiéramos nuestras propias impresiones, el diablo nos haría ver muchas verdades para llevarnos a la falsedad; y esto, porque nos hacemos jueces de las mentes de nuestros semejantes, que solo a Dios le corresponde juzgar.
Esta es una de las dos cosas de las que deseo que nos liberemos por completo. Pero quiero que la lección se aprenda razonablemente. Esta es la manera razonable: si Dios expresa y manifiestamente, no solo una o dos veces, sino más a menudo, revela la falta de un prójimo a nuestra mente, nunca debemos decírsela en particular a la persona a quien concierne, sino corregir en común los vicios de todos aquellos a quienes nos corresponda juzgar, e implantar las virtudes, tierna y benignamente. Severidad en la benignidad, según pueda ser necesario. Y aunque pareciera que Dios nos mostrara repetidamente las faltas de otro, a menos que hubiera, como dije, una revelación especial, mantente en el lado más seguro, para que escapemos al engaño y la malicia del diablo; pues él nos atraparía con este anzuelo del deseo. En tus labios, pues, more el silencio, y la santa conversación sobre las virtudes, y el desdén hacia el vicio. Y cualquier vicio que pareciera que reconoces en otros, atribúyelo al instante a ellos y a ti mismo, usando siempre una verdadera humildad. Si ese vicio realmente existe en tal persona, se corregirá mejor, al verse tan gentilmente comprendido, y te dirá aquello que tú le habrías dicho a él. Y tú estarás a salvo, y cerrarás el camino al diablo, que no podrá engañarnos ni impedir la perfección de tu alma. Has de saber que no debemos confiar en ninguna apariencia, sino ponerlas a nuestras espaldas, y permanecer solo en la percepción y el conocimiento de nosotros mismos. Y si alguna vez sucediera que estuviéramos orando especialmente por algunos semejantes, y en la oración viéramos cierta luz de gracia en uno de aquellos por quienes orábamos, y ninguna en otro, que también fuera siervo de Dios — pero te pareciera verlo con su mente abatida y estéril— no asumas por ello juzgar que hay grave falta o carencia en él, pues bien podría ser que tu opinión fuera falsa. Porque sucede a veces que cuando uno ora por la misma persona, en una ocasión lo hallará en tal luz y santo deseo ante Dios que el alma parecerá engordar con su bienestar; y en otra ocasión lo hallarás cuando su alma parece tan lejos de Dios, y llena de sombras y tentaciones, que es una fatiga para quien ora por él el sostenerlo en la presencia de Dios. Esto puede suceder a veces por una falta de aquel por quien se ora, pero más a menudo no se debe a una falta, sino a que Dios Se ha retirado de esta alma —es decir, Se ha retirado en cuanto a cualquier sentimiento de dulzura y consuelo, aunque no en cuanto a la gracia. Así, el alma habrá permanecido estéril, seca y llena de dolor —lo cual Dios hace percibir a aquella alma que está orando por ella. Y Dios hace esto por misericordia para esa alma que recibe la oración, para que tú puedas ayudarle a dispersar la nube. Así ves, dulce hermana mía, cuán ignorante y digna de reproche sería nuestra opinión, si simplemente por estas apariencias juzgáramos que hay vicio en esta alma. Por lo tanto, si Dios nos lo mostró tan turbado y oscurecido, cuando ya hemos visto que no estaba privado de la gracia, sino solo de la dulzura de sentir la presencia de Dios— te ruego, pues, a ti y a mí y a todo siervo de Dios, que nos apliquemos a conocernos a nosotros mismos perfectamente, para que podamos conocer más perfectamente la bondad de Dios; de modo que, iluminados, abandonemos el juzgar a nuestro prójimo y adoptemos la verdadera compasión, hambrientos por proclamar las virtudes y reprobar el pecado tanto en nosotros como en ellos, de la manera de que hablamos antes.
Hemos hablado de una cosa, pero ahora te digo la otra, que ruego que reprendamos en nosotros mismos: si a veces el diablo o nuestra propia y muy mala interpretación de las cosas nos atormenta haciéndonos querer enviar o ver a todos los siervos de Dios caminando por el mismo camino por el que nosotros estamos caminando. Porque frecuentemente sucede que un alma que se ve a sí misma avanzar por el camino de la gran penitencia, querría enviar a todas las personas por ese mismo camino; y si ve que ellos no caminan por allí, se disgusta y se escandaliza, sintiendo que no están obrando bien: mientras que a veces sucederá que ese hombre está obrando mejor y siendo más virtuoso que su crítico, aunque no haga tanta penitencia. Porque la perfección no consiste en macerar o matar el cuerpo, sino en matar nuestra propia y perversa voluntad. Y de esta manera, con la voluntad destruida, sometida a la dulce Voluntad de Dios, ciertamente deberíamos desear que todos los hombres caminaran. Buena es la penitencia y la maceración del cuerpo; pero no me las muestres como una regla para todos, pues no todos los cuerpos son iguales, y también porque a menudo sucede que una penitencia comenzada tiene que ser abandonada debido a muchos accidentes que pueden ocurrir. Si, entonces, hiciéramos que nosotros u otros edificáramos sobre la penitencia como fundamento, podría llegar a la nada y ser tan imperfecta que el consuelo y la virtud le faltarían al alma; pues, privada de aquello que amaba y había hecho de importancia primordial, le parecería estar privada de Dios, y así caería en el desaliento y en una tristeza y amargura muy grandes, y perdería en la amargura la actividad y la oración ferviente a la que estaba acostumbrada. Así que ves qué mal seguiría de hacer de la penitencia sola nuestra principal preocupación: seríamos ignorantes, caeríamos en una actitud crítica, y nos volveríamos desalentados y muy amargados; nos esforzaríamos por darle a Dios solo una obra terminada, quien es el Bien Infinito que demanda de nosotros un deseo infinito. Debemos, pues, edificar nuestro fundamento en matar y destruir nuestra propia voluntad perversa; con esa voluntad sometida a la voluntad de Dios, dedicaremos un dulce, hambriento e infinito deseo al honor de Dios y a la salvación de las almas. Así nos alimentaremos en la mesa de ese santo deseo que nunca se ofende ni de sí mismo ni de su prójimo, sino que se regocija y halla fruto en todo. Mujer miserable que soy, lamento no haber seguido nunca esta verdadera doctrina; al contrario, he hecho lo contrario, y por eso siento que a menudo he caído en la irritación y en una actitud judicial hacia mi prójimo. Por lo cual te ruego, por el amor de Cristo Crucificado, que para esto y para toda mi demás infirmidad, se encuentre sanación; para que tú y yo podamos comenzar hoy a caminar por la vía de la verdad, iluminados para edificar nuestro verdadero fundamento sobre el santo deseo, y no confiando en apariencias e impresiones; para que no descuidemos ligeramente nosotros mismos y juzguemos las faltas de nuestro prójimo, a no ser por vía de compasión o de reprensión general.
Esto haremos si nos nutrimos en la mesa del santo deseo: de otro modo no podemos. Pues del dese tenemos luz, y la luz nos da deseo; así uno nutre al otro. Por eso dije que deseaba verte en la verdadera luz. Nada más digo. Permanece en la santa y dulce gracia de Dios. Dulce Jesús, Jesús Amor.
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