Primera Parte
En el año 1428, los ingleses reunieron su consejo en el país de Inglaterra, y allí fue ordenado que el conde de Salisbury descendería del país de Francia para conquistar los territorios de monseñor de Orléans, el cual tenían como prisionero desde el año 1415. Había sido capturado por ellos y hecho prisionero en aquella jornada de Azincourt, en la cual fue capturado con otros señores de Francia.
De seis a siete mil combatientes ingleses fueron llevados ante el dicho conde de Salisbury, y cuando mi señor de Orléans, advertido de estas cosas, considerando el daño y la destrucción que temía sobrevinieran en sus tierras y señoríos como consecuencia de la dicha empresa y misión del mencionado conde de Salisbury, queriendo impedirlo en cuanto pudiera, se dirigió a ese mismo conde y le encomendó su tierra. Salisbury le prometió que la perdonaría y, en compensación de esto, Monseñor de Orléans le prometió seis mil escudos de oro, a saber, darle en prenda una joya que tenía en Francia. Y a pesar de todo esto, el conde de Salisbury no cumplió nada; por lo tanto, le fue mal, como oiréis, pues Dios lo castigó.
El conde de Salisbury, para cumplir su malvada voluntad, no obstante la promesa hecha a Monseñor de Orléans, descendió al país de Normandía, tomó rumbo directo a Chartres, tomó Nogent-le-Roi, y fue hasta Yenville-en-Bauce, poniendo un sitio allí, y de hecho tomó por asalto aquel lugar de Yenville. Viendo esto, aquellos de Meung-sur-Loire negociaron y se rindieron sin contraatacar. Y durante esta expedición, aquel conde de Salisbury saqueó el lugar y la iglesia de Notre-Dame-de-Cléry, lo cual hizo muy mal, pues en ese tiempo no había hombre de armas que osara tomar allí nada sin ser castigado inmediatamente, como todo el mundo sabe.
Segunda Parte
El año anteriormente dicho, el tercer día de octubre, el conde de Salisbury llegó al Portereau de Orléans e impuso un sitio. En la noche fue quemado y destruido el monasterio de los Agustinos para que los ingleses no se instalaran allí. Aquel de Salisbury no tardó en dar asalto al dicho Portereau, a saber, en el baluarte del principio del puente, que no estaba hecho más que de fajinas. El asalto duró de cuatro a cinco horas; y allí fueron heridos Monseñor de Xaintrailles y Guillaume de La Chapelle, quienes eran capitanes. Y la defensa fue tal que los asaltantes no pudieron hacer nada ese día. Y después llegaron por debajo del dicho baluarte, y así fue resuelto que era mejor abandonarlo.
El domingo siguiente, el asalto fue realizado en Tourelles hacia la mañana, y a esa hora no hicieron nada. Y en ese mismo día, aproximadamente dos horas después del mediodía, Salisbury recomenzó el asalto y tomó las Tourelles porque no había soldado que osara mantenerse allí a causa de la fuerza de las bombardas y cañones que tiraban los ingleses. Las Tourelles capturadas, el conde de Salisbury subió al piso más alto y se puso ante una ventana que miraba hacia la ciudad para poder ver el puente que estaba muy bien armado. Y a esa hora, salió un cañón de la ciudad que le golpeó la cabeza, lo cual fue el comienzo de su muerte.
Algunos dicen que el cañón salió de Saint-Antoine, otros que salió de Notre-Dame, y que fue un joven paje el que lo disparó; y que así fue que el artillero que tenía a cargo la dicha torre encontró al paje que huía. Y también era justo y razonable que el dicho conde de Salisbury, habiendo, como fue dicho más arriba, saqueado la iglesia de Notre-Dame-de-Cléry, fuese castigado por ella. Así golpeado y herido, el conde de Salisbury fue llevado a Meung-sur-Loire por algunos ingleses, y allí murió.
Viendo esto, los capitanes levantaron en parte su sitio, dejaron cinco a seis mil combatientes en las Tourelles y se retiraron a Paris, que por entonces era ingles, y ordenaron a un tal Talbot para que fuera su jefe. En las ferias de Navidad, volvieron hacia Saint-Loup para imponer de nuevo su sitio. Durante este tiempo, aquellos de la ciudad abatieron todas las iglesias y casas de los suburbios, lo que fue un gran punto de conservación para la ciudad de Orléans contra los ingleses.
Hacia la Cuaresma, llegaron noticias de que Monseñor de Borbón venía para auxiliar la ciudad. Llegado aquel Monseñor, y con él Monseñor de Thouars y muchos otros señores, tuvieron consejo entre ellos y fueron de la opinión de que se iría al encuentro de los víveres de los ingleses que habían partido de París. Y así partieron los nuestros de Orléans y se encontraron a los ingleses cerca de Rouvray-Saint-Denis que está en Beauce. Nuestros hombres estaban contra aquellos ingleses seis contra uno, pero la fortuna fue tal que de nuestros hombres trescientos quedaron sobre el suelo. Allí fue herido Monseñor de Dunois y asesinado el condestable de Escocia. Y se retiró de la jornada Monseñor de Borbón con muchos otros señores y jefes de guerra. Llegaron a Orléans a medianoche aproximadamente, y entraron en esa hora. Estuvieron allí nueve días todos asustados por la jornada que habían perdido de tal manera que, cuando vieron a los ingleses venir al sitio, ningún hombre podía hacerles salir de la ciudad. Viendo esto, los burgueses de la ciudad, considerando que sus víveres disminuían fuertemente, vinieron ante Monseñor de Borbón y ante Monseñor de Thouars requiriéndoles que enviasen sus hombres afuera; y así partieron.
Tercera Parte
En aquel tiempo, Dios, por su santa gracia y misericordia, envió una voz a una joven doncella llamada Juana que vigilaba las bestias en los campos de los alrededores de Vaucouleurs, cerca del Lorraine. La voz decía que Dios le ordenaba prepararse para ir a levantar el sitio de Orléans y que ella llevaría al rey Carlos a coronarse. Entonces, la mencionada Juana se dirigió al señor de Vaucouleurs y le narró estas cosas; lo cual le causó gran asombro; y él se preparó para llevar a la mencionada Doncella ante el rey que por entonces estaba en Chinon. Cuando ella llegó ante el rey, fue examinada por muchos obispos y señores en pleno consejo y en todas sus obras no fue encontrado más que bien. Entonces se le hizo hacer una armadura completa y también un estandarte; y ella tuvo licencia para estar vestida como un hombre.
Entretanto, llegaron a Orléans noticias de la dicha Juana, a quien entonces se le llamaba vulgarmente Juana la Doncella, que maravillaron a los de la ciudad. En un primer momento, pensaron que no era más que una locura, aunque tenían gran confianza en Dios y en el justo derecho del rey y de su señor, el cual era prisionero, como habéis oído anteriormente; y su animo creció a la mitad.
Alrededor del final de abril, se le asignó a la dicha Juana a Monseñor de Rais, mariscal de Francia, y muchos otros capitanes, y también [soldados] de las comunas del país de abajo, y le fue ordenado llevar víveres y artillería. Fueron por la Sologne, pasaron por Olivet o cerca, y arribaron hasta la Ile-aux-Bourdons, que estaba ante Chécy. Los de Orléans, sabiendo que ella venía, estaban muy felices; hicieron preparar un gran número de barcazas. El río estaba entonces muy crecido, y además el viento, que era contrario, cambió y vino desde abajo, de modo que una barcaza remolcaba dos o tres, lo cual fue cosa maravillosa, y había que decir que era un milagro de Dios. Pasaron frente a las bastillas de los ingleses y llegaron a su puerto; allí descargaron sus víveres, y luego la Doncella cruzó el río. Estaban presentes Monseñor de Dunois, La Hire y varios otros señores; y se dirigieron ante la bastilla de Saint-Loup, donde estaban los ingleses.
La Doncella llegó a Orléans y fue hospedada cerca de la puerta Regnart; y desde su alojamiento podía ver todo el sitio. Y es de saber que los de Orléans estaban muy felices. Y durante ese tiempo, Monseñor de Rais y los otros capitanes que la Doncella había traído, retornaron a Blois a buscar más víveres.
La Doncella estando en Orléans, fue dos o tres veces a conminar a los ingleses que se fueran a su país y que el Rey del Cielo se los ordenaba, y le dijeron muchos insultos, y entre otros Glacidas, a quien ella respondió que mentía en lo que le decía, y que moriría sin derramar sangre. Así sucedió, como se dirá más tarde; y Juana la Doncella soportaba con mucha paciencia las injurias que los ingleses consideraban adecuadas de decirle y de hacerle.
Y luego se fue a la Iglesia Sainte-Croix, y allí habló con el señor Jean de Mascon, doctor, que era un muy sabio hombre, el cual le dijo: "Hija mía, ¿has venido para levantar el sitio?". A lo cual ella respondió: "En nombre de Dios, sí". "Hija mía, dijo el sabio hombre, son fuertes y bien fortificados, y será una gran cosa hacerlos salir". La Doncella respondió: "Nada es imposible al poder de Dios". Y en toda la ciudad no mostró honor a ningún otro.
Cuarta Parte
El miércoles cuatro de mayo del año 1429, la Doncella partió para ir al encuentro de los demás víveres que llevaba el señor de Rais. Fueron con ella hasta el bosque de Orléans todos los capitanes, entre los cuales estaba monseñor de Dunois, La Hire, el señor Florent d'Illiers, el barón de Collonches, y fue necesario pasar muy cerca de la bastilla de los ingleses llamada Paris.
Y cuando los de la ciudad los vieron venir, salieron su encuentro para recibirlos con gran alegría. Llegados a Orléans, tomaron su refrigerio y luego fueron al ayuntamiento a pedir máquinas de guerra como culebrinas, ballestas, escalas y otros armamentos; y partieron para ir a Saint-Loup; y ese día fue tomado por asalto la bastilla de Saint-Loup, y allí estuvieron de seis a siete centenas de combatientes ingleses.
Los otros ingleses, a saber, el dicho Talbot y los otros ingleses de su bando, viendo esto, salieron de sus bastillas en buen orden de batalla, con cinco o seis estandartes, gasta cerca del pavimento de Fleury, entre Saint-Loup y sus bastillas, con el objetivo de hacer levantar el sitio del dicho Saint-Loup; y en ese momento, todo hombre salió de Orléans para ir a encerrar a los mencionados ingleses. Pero al ver esto, ellos se retiraron con gran prisa a sus bastillas. Tenían de diez a once bastillas; la primera era Tourelles, y las otras los Agustinos, Saint-Jean-le-Blanc, aquella del campo de Saint-Privé, aquella de la Ile-Charlemagne, Saint-Laurent, Londres, Pressoir-Ars, Paris y Saint-Loup.
El quinto día de mayo, que era el día de la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor, ningún hombre hizo la guerra. La Doncella no lo quería, y cada uno reposó en Dios.
El viernes, sexto día del mismo mes de mayo, la Doncella pasó el río de Loire y con ella todos los mencionados señores y soldados, y también aquellos de las comunas, y fueron ante Portereau. Los señores, viendo que no era posible tomar estas bastillas, se retiraron en parte a una isla que está ante Saint-Jean-le-Blanc. La Doncella se quedó atrás y también monseñor de Dunois, los mariscales de Francia y La Hire. Los ingleses, viendo esto, salieron fuera en buen orden de batalla y avanzaron contra los nuestros. Cuando nuestros hombres vieron esto, retornaron al encuentro y los repelieron hasta dentro de sus bastillas y tomaron los Agustinos por asalto. Y los que estaban retirados en la isla no pidieron barcazas para ir al dicho asalto. Pasaban a pie, estando el agua hasta las axilas, y permanecieron allí toda la noche. Los señores, viendo que la Doncella estaba muy fatigada, la llevaron a la ciudad para que descanse allí. Y fue proclamado que todos llevaran víveres a los asaltantes y también que cada uno cuidara de los pajes y caballos de los hombres de armas que estaban fuera. Así se hizo en toda la ciudad.
Durante esta noche, los ingleses intentaron cruzar el río frente la bastilla del campo Saint-Privé; estaban en dos o tres barcazas, pero se asustaron tanto que muchos se ahogaron; y se supo que fue así por sus armaduras encontradas luego en el río.
Cuando llegó el sábado siete de mayo, un consejo fue realizado en la ciudad, y los burgueses solicitaron a la Doncella que cumpliera la misión que tenía de parte de Dios y también del rey. Y fue movida a hacer esto. Ella partió, cabalgando su caballo, y dijo: "En nombre de Dios, yo lo haré. ¡Y quien me ame, que me siga!". Los señores fueron con ella y pasaron el río. Los víveres y la artillería fueron traídos; y vinieron tan cerca que, a partir de la mañana, la Doncella dio asalto a las dichas Tourelles.
Hacía la ciudad, aquellos que estaban allí construyeron puentes para realizar el asalto, pues había tres arcos rotos antes de que se pudiera llegar a los Tourelles. Fue algo maravilloso construir los puentes, pues los ingleses habían hecho grandes baluartes, fuertes y ventajosos. Pero en todo esto, Dios obraba, porque cuando un hombre llegaba para trabajar en dichos puentes, se convertía en obrero, como si hubiera estado acostumbrado a trabajos similares durante toda su vida. Aquellos de la ciudad cargaron un gran barco colmado de haces de leña, huesos de caballo, zapatillas viejas, azufre y las cosas más fétidas que se pudieron encontrar. Fue llevado entre los Tourelles y el baluarte y allí el fuego fue encendido, resultando en un gran daño. Y, para disparar, los ingleses tenían los mejores cañones del reino; pero un hombre podría haber lanzado una bola tan lejos como alcanzaban las piedras de aquellos cañones, lo cual fue un hermoso milagro.
Asimismo, cuando llegó alrededor de las cuatro de la tarde, algunos caballeros vieron una paloma blanca volar sobre el estandarte de la Doncella, e inmediatamente ella dijo: "¡Adelante, hijos! En nombre de Dios, son nuestros". Y jamás se vio un grupo de pajarillos posarse en un arbusto como cada uno trepó a dicho baluarte. Y, viendo esto, Glacidas, que era el jefe, junto con veinte a treinta hombres, cayeron en el rio, pues habían cortado el puente con la idea de engañar a nuestros hombres. Y allí fue cumplida la profecía hecha al dicho Glacidas por la Doncella, que moriría sin derramar sangre. Así ocurrió, pues él se ahogó con muchos otros. Los Tourelles fueron tomados, al igual que muchos señores como el señor de Ponyngs, el señor de Molyns. Había allí de quinientos a seiscientos combatientes, tan resueltos que durante quince días no temieron todo el poder de Francia y de Inglaterra. Mientras que la Doncella hacía su deber, los de la ciudad lo hacían desde el lado de la ciudad, tanto por tierra como por agua. En cuanto a los sobrevivientes, la Doncella los llevó de dos en dos, como prisioneros, a Orléans.
Asimismo, cuando llegó el domingo, octavo día de mayo, los hombres de las otras bastillas reunieron consejo y partieron en la madrugada. Allí estaba Talbot y se desplegaron a los campos. Al ver esto los de la ciudad, salieron con todas sus fuerzas, la Doncella con ellos, para enfrentarlos. Pero ella dijo que se les dejara ir aunque cada bando estaba en orden de batalla; y entre los dos ejércitos tomaron sus bombardas y su artillería; pero la Doncella, junto con los señores, hizo retirar a toda su gente; allí se rindió una alta y gran alabanza a Dios gritando «Noël». Había en la compañía varios sacerdotes y gente de la Iglesia que cantaban hermosos himnos; y la Doncella dijo que todos fueran a escuchar la misa. Y no hace falta preguntar si en Orléans todos hacían gran alegría, tanto en las iglesias como al aire libre, por el gran don que Dios les había concedido.
Quinta Parte
No pasó mucho tiempo antes de que los señores trajeran a la Doncella ante el rey Carlos, que estaba en Tours, y considerad qué recepción se les hizo. El rey agradeció fervorosamente a Dios y también a monseñor de Dunois y sus mariscales, y La Hire, y todos los demás capitanes que le habían hecho compañía.
Talbot permaneció en Meung, en Baugency, en Jargeau y en Janville, junto con todos sus hombres. El duque de Alençon no tardó mucho en llegar con la Doncella. Un sitio fue puesto en Jargeau, donde estaba el conde de Chifort (Suffolk), quien tenía con él muchos capitanes ingleses. Había allí de seiscientos a setecientos combatientes. Y bastó no más que dos días para que fuesen tomados por asalto. Y Dios sabe si aquellos de Orléans fueron perezosos en llevar a los asaltantes artillería, hombres y también provisiones.
Y luego se dirigieron ante Meung-sur-Loire, donde estaba Talbot y todo su poderío, pero no osó golpear a nuestros hombres porque estaba completamente desconcertado. Luego nuestros hombres fueron a sitiar Baugency, y allí se encontraba monseñor el Condestable de Francia. Los ingleses que estaban allí llegaron a un acuerdo y fueron a unirse a Talbot.
Nuestros hombres, en la persecución, se encontraron cerca de Patay contra el dicho Talbot; fue capturado y alrededor de cuatro mil ingleses fueron asesinados, todos los cuales se habían retirado hacia el mencionado Talbot. En ese día, se rindieron Janville y muchas otras fortalezas. Si se hubiera querido continuar la persecución, se habría expulsado a los ingleses hasta el mar, visto el coraje que cada uno tenía; pues un francés habría abatido a diez ingleses, no porque tuviera fuerza humana, sino porque todo procedía de Dios, a quien pertenece la alabanza y no a ningún otro.
Sexta Parte
Asimismo, habiendo sido visto esto por monseñor el obispo de Orléans, junto con todo el clero, y también por intermediación y mandato de monseñor de Dunois, hermano de monseñor el duque de Orléans, y del consejo de aquel, así como por el parecer de los burgueses, habitantes y moradores de Orléans, fue decretado que una procesión sería hecha el ocho de mayo; que cada uno llevara velas encendidas, que se iría hasta los Agustinos, y a todos los lugares donde hubo combate. Se haría una parada en cada lugar con servicios y oraciones convenientes. Los doce procuradores de la ciudad tendrían cada uno en sus manos un cirio con las armas de la ciudad. Permanecerían cuatro [de los cirios] en Sainte-Croix, cuatro en Saint-Euverte, cuatro en Saint-Aignan. El día siguiente, Misa en honor de los difuntos y allí se ofrecería pan y vio, y cada procurador daría la ofrenda de ocho denarios parisinos. Se llevarían las reliquias de monseñor San Euverte y de monseñor San Aignan, los intercesores y protectores de la ciudad de Orléans. En ese tiempo, de hecho, muchos ingleses que estuvieron en el sitio afirmaron haber visto durante el sitio a dos prelados con hábitos pontificales caminando alrededor de los muros de la ciudad. También ellos habían sido, monseñor San Euverte y San Aignan, los guardias y los protectores de la ciudad de Orléans cuando los infieles vinieron ante ella ya que por sus ruegos a Dios, la ciudad fue preservada de las manos de los dichos infieles y, al acercarse, como relata la historia, todos fueron cegados, de modo que no tuvieron poder para hacer daño entre este lugar y Saint-Loup.
No se puede alabar suficiente a Dios y a los santos, pues todo lo que fue hecho, fue hecho enteramente por gracia de Dios. Por ello, se debe tener una gran devoción a la dicha procesión, sobre todo los de Orléans, considerando que aquellos de Bourges-en-Berry la celebran con solemnidad. Pero ellos lo hacen el domingo después de la Ascención (porque el año de la liberación, era ese domingo).
Muchas otras ciudades también la celebran con solemnidad porque si Orléans hubiese caído en las manos de los ingleses, el resto del reino habría sido enormemente herido. Por ello, como reconocimiento a la gran gracia que Dios ha querido hacer y demostrar al preservarla de las manos de sus enemigos, que la dicha santa y devota procesión sea continuada y no dejada para no caer en ingratitud, por la cual vienen muchos males. Cada uno está obligado a ir a la mencionada procesión y de llevar una vela encendida en su mano.
Se recorre alrededor de la ciudad, es decir, pasando por delante de la iglesia de Notre-Dame de Saint-Paul, y allí se hace gran alabanza a Nuestra Señora, y de allí a Sainte-Croix, donde se pronuncia el sermón y después la misa; y también, como se mencionó, las vigilias en Saint-Aignan, y al día siguiente la misa por los difuntos. Y por esto, que cada uno sea advertido de alabar y agradecer a Dios, pues, tal vez, hay en la actualidad jóvenes que difícilmente podrían creer que las cosas sucedieran así; pero creed que es algo verdadero y una gran gracia de Dios. Porque durante el asedio nunca hubo división alguna entre los hombres de armas y los de la ciudad, aunque antes se odiaban como perros y gatos; pero cuando estuvieron junto a los de la ciudad, fueron como hermanos; y también los de la ciudad no permitían, en la medida de sus posibilidades, que sufrieran necesidad o padecimiento de ningún tipo.
Y debido al buen servicio que han prestado los habitantes y moradores de la ciudad de Orleans, están y estarán en la buena gracia del rey, quien de hecho se lo ha demostrado y lo demuestra día a día, como es evidente por el contenido de los hermosos privilegios que les ha otorgado.
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Santa Juana de Arco
