El sábado siguiente, último día de marzo, en la vigilia de
Pascua, el año del Señor 1431, bajo nuestra presidencia, los jueces susodichas,
en la prisión de Juana, en el castillo de Rouen, asistidos por los señores y maestros,
Jean Beaupère, Jacques de Touraine, Nicolas Midi, Pierre Maurice, Gérard
Feuillet, doctores; Guillaume Haiton y Thomas Courcelles, licenciados en teología
sagrada; presentes los maestros Guillaume Mouton y John Grey.
Fue interrogada la dicha Juana sobre ciertos puntos sobre
los cuales ella había tomado un plazo para responder hasta este día, aunque
ella hubiese respondido a los artículos insertados más alto, como narramos
arriba.
Y primero fue interrogada si ella quiere remitirse al juicio
de la Iglesia que está sobre la tierra sobre todo lo que ella ha dicho o hecho,
sea bueno o malo, especialmente sobre el caso, crímenes y delitos que le
impusimos, y sobre todo lo que toca el juicio, respondió que, sobre todo lo que
le preguntamos, ella se remitirá a la Iglesia militante, provisto de que ella
no le sea comandado cosa imposible de hacer.
Y entiende que lo que ella considera imposible es que los
hechos que ella ha dicho y hecho, declarados en el juicio, sobre las visiones y
revelaciones que ella ha dicho haber sido hechas de parte de Dios, que ella las
revoque; y no las revocará por nada en el mundo. Y lo que Nuestro Señor le ha
hecho hacer, comandado y comandará, no dejará de hacerlo por hombre que viva. Y
le sería imposible revocarlos. Y en caso donde la Iglesia le quisiera hacer
otra cosa contraria al mandato que ella dijo que Dios le ha hecho, no lo haría
por ninguna razón.
Interrogada si la Iglesia militante le dice que sus
revelaciones son ilusiones o cosas diabólicas, o supersticiones o cosas
malvadas, ella se remitirá a la Iglesia, respondió que ella se remitirá siempre
a Nuestro Señor, de quien ella hará siempre su mandato. Y que ella sabe bien
que lo que ella ha afirmado haber dicho en el dicho juicio ha ocurrido por
mandato de Dios, y le habría sido imposible hacer lo contrario. Y en el caso
donde la Iglesia le comandase hacer lo contrario, ella no se remitirá a ningún hombre
del mundo, salvo a Nuestro Señor, cuyo buen mandato siempre seguirá.
Interrogada si ella no cree estar sujeta a la Iglesia que
está sobre la tierra, a saber, nuestro Santo Padre el Papa, los cardenales,
arzobispos, obispos y otros prelados de la Iglesia, respondió que sí, pero
Nuestro Señor servido primero.
Interrogada si ella tiene mandato de sus voces de no
someterse a la Iglesia militante, que está sobre la tierra, ni a sus juicios,
respondió que ella no responde cosa que ella inventa; lo que ella responde es
mandado por sus voces. Y no le mandan que ella desobedezca a la Iglesia, sino
que Nuestro Señor sea servido primero.
Interrogada si en el castillo de Beaurevoir o en Arras, o en
otros lugares, ella tenía limas, respondió: “Si se encontró alguna sobre mí, no
tengo otra cosa que responderles”.
Hecho esto, nos retiramos para proceder con lo que quedaba por hacer en dicho proceso en materia de fe.
