Juicio de Condena - Primera Sesión (21 de Febrero de 1431)

El miércoles del día veintiuno de febrero sobre las ocho de la mañana, nosotros, el Obispo, nos reunimos en la Capilla Real del Castillo de Rouen, donde habíamos citado a la dicha mujer a comparecer ese día y esa hora. Allí abrimos sesión en el tribunal asistidos por los reverendos Padres, señores y maestros: Gilles, Abad de la Santa Trinidad de Fécamp, Pierre, prior de Longueville-Giffard, Jean de Chastillon, Jean Beaupère, Jacques de Touraine, Nicolas Midi, Jean de Nibat, Jacques Guesdon, Jean Le Fèvre, Maurice du Quesnay, Guillaume Le Boucher, Pierre Houdenc, Pierre Maurice, Richard Prati, Gérard Feuillet, doctores en teología sagrada; Jean Garin, canónico, Raoul Roussel, doctores en uno y el otro derecho. Guillaume Haiton, Nicolas Couppesquesne, Jean Le Maistre, Richard de Grouchet, Pierre Minier, Jean Pigache, Raoul Le Sauvage, licenciados en Teología. Robert Le Barbier, Denis Gastinel, Jean Le Doulx, licenciados en uno y el otro derecho. Nicolas de Venderès, Jean Basset, Jean de la Fontaine, Jean Bruillot, Aubert Morel, Jean Colombel, Laurent du Busc y Raoul Anguy, licenciados en derecho canónico. André Marguerie, Jean Alespée, Geoffroy du Crotay y Gilles Deschamps, licenciados en derecho civil. 

En su presencia, dimos primeramente lectura de las cartas del rey sobre la rendición y la remisión a nosotros de dicha mujer; luego las cartas de capitulación de Rouen concediéndonos el territorio, cuyas cartas se transcriben arriba. Jean d´Estivet, nuestro promotor, constituido y disputado en este asunto, nos ha reportado que él ha citado y convocado a la dicha Juana a través de nuestro alguacil en este caso, con el fin de que compareciera a dicho lugar, en el día y hora prescritas, para responder, como derecho, las interrogaciones que le serán presentadas, como resulta claramente del informe del mencionado alguacil anexado a nuestras cartas de citación. 

Pierre, por la gracia divina, Obispo de Beauvais, ejerciendo autoridad en el territorio de la ciudad y diócesis de Rouen bajo la autorización del venerable capítulo de la Catedral de Rouen durante la vacante de la sede arzobispal, con el fin de deducir y concluir el asunto abajo mencionado, al decano de la cristiandad de Rouen, a todos los padres, párrocos o no de esta ciudad y diócesis, a quienes las presentes cartas arriben, saludos en el autor y consumador de nuestra fe, Nuestro Señor Jesucristo. Como una cierta mujer, vulgarmente llamada Juana la Doncella, había sido capturada y apresada en nuestra diócesis de Beauvais, después de haber sido capturada, enviada, otorgada y entregada por el muy cristiano y serenísimo príncipe, monseñor el rey de Francia e Inglaterra, como vehementemente sospechosa de herejía, con el fin de que hiciéramos su juicio en materia de fe, después de haber oído el rumor de sus hechos y dichos que hieren nuestra fe notoriamente difundidos no solamente a través del reino de Francia, pero aún a través de toda la cristiandad, después de una diligente investigación y bajo la opinión de gente experta, decidiendo proceder maduramente con este asunto, hemos resuelto llamar la mencionada Juana, citarla y escucharla sobre los artículos e interrogatorios que le serán dados y hechos concerniendo esta materia. Es por eso por lo que mandamos a todos y a cada uno de ustedes de no esperar ni al uno ni al otro, si es requerido por nosotros, ni se excusen del uno al otro. Citen entonces perentoriamente a la dicha Juana, fuertemente sospechosa de herejía, a comparecer ante nosotros, en la capilla real del castillo de Rouen, el miércoles 21 del presente mes de febrero a las ocho de la mañana, con el fin de que diga la verdad sobre los mencionados artículos, interrogatorios y otras cosas por las que la tenemos como sospechosa, y para hacer de ella, como nos parezca justo y racional, intimándola que será excomulgada si falta a comparecer este día ante nosotros. Infórmenos fielmente de todo lo que habrá sido hecho, usted que seguirá en persona este asunto.

Dado en Rouen, bajo nuestro sello, el año del Señor 1431, el martes veinte del mes de febrero. Firmado: G. Boisguillaume, G. Manchon.

Al reverendo padre en Cristo, monseñor Pierre, por la misericordia divina Obispo de Beauvais, ejerciendo la autoridad del territorio de esta ciudad y diócesis de Beauvais bajo el acuerdo del venerable capitulo de la catedral de Rouen durante la vacante de la sede arzobispal, con el fin de que él pueda deducir y terminar con el asunto abajo compartido, el humilde padre Jean Massieu, decano de la cristiandad de Rouen, presenta, con toda reverencia y todo honor, pronta obediencia a todos sus mandatos. Sepa su reverenda paternidad que he citado perentoriamente, en virtud del mandato que usted me ha dirigido y el cuál se adjunta mi presente acción, la mujer vulgarmente conocida como Juana la Doncella, el miércoles 21 de febrero a las ocho de la mañana, en la capilla real del castillo de Rouen; esta mujer, aprehendida personalmente en el recinto del mencionado castillo, y que usted tiene como vehementemente sospechosa de herejía, debiendo responder la verdad a los artículos e interrogatorios que le serán hechos y preguntados tocante en materia de fe, así como otros puntos sobre los cuales usted la estima sospechosa, y para hacer esta cuestión de forma justa y racional siguiendo la intimación contenida en sus cartas. La dicha Juana, en efecto, me ha respondido que comparecerá con gusto ante usted y responderá la verdad a los interrogatorios que le serán hechos; que, sin embargo, solicita que, en esta causa, usted quiera convocar eclesiásticos del país que apoya el bando de Francia, tanto como hay de Inglaterra; por otro lado, suplica humildemente a vuestra reverente paternidad de permitirle escuchar misa mañana antes de comparecer ante vuestra reverente paternidad, y me ha pedido que se lo notifique: esto he hecho. Todo lo que precede a estado hecho por mí; y notifico a vuestra reverente paternidad mediante las presentes cartas, selladas con mi sello y firmadas de mi puño y letra.

Dado en el año del Señor 1431, el martes víspera del mencionado miércoles. Firmado: JEAN. 

Entonces el promotor, después de la lectura de las cartas susodichas, solicitó encarecidamente que esta mujer recibiera el mandato de presentarse aquí para comparecer ante nosotros en juicio, tal como había sido citada, para que la interrogáramos sobre ciertos artículos concernientes en materia de fe: lo cual concedimos. Pero como, entretanto, esta mujer nos había solicitado que se le permitiera oír misa, expusimos a los asesores que habíamos deliberado sobre este asunto con maestros y personas notables: considerando los crímenes de los que dicha mujer era difamada, especialmente la inconveniencia de su vestimenta en la cual persistía, su opinión fue que era conveniente aplazar el otorgamiento de la licencia para oír misa y asistir a los oficios divinos.

Mientras decíamos esto, esta mujer fue introducida por nuestro alguacil. Dado que ella comparecía en juicio ante nosotros, comenzamos a exponer cómo esta Juana había sido capturada y aprehendida en los términos y límites de nuestro diócesis de Beauvais; cómo muchos de los actos realizados por ella, no solo en nuestro diócesis, sino también en muchas otras regiones, herían la fe ortodoxa; cómo el rumor público se había difundido por todos los reinos de la cristiandad. Muy recientemente, el serenísimo y muy cristiano príncipe, nuestro señor el rey, nos la había entregado para que le hiciéramos su juicio en materia de fe, tal como parecía ser de derecho y razón. Por ello, considerando la reputación común y el rumor público, así como ciertas informaciones de las que hicimos mención anteriormente, después de haber consultado detenidamente con personas eruditas en derecho divino y civil, dimos mandato de nuestro oficio para que la mencionada Juana fuera citada y convocada por carta, para responder con la verdad a los interrogatorios en materia de fe que se le propusieran y proceder, conforme a derecho y razón, tal como resultaba de las cartas susodichas que el promotor había exhibido.

Como es nuestro deber velar por la conservación y exaltación de la fe católica, con el benigno auxilio de Jesucristo cuya causa está en juego, primero exhortamos caritativamente y solicitamos a la mencionada Juana, entonces sentada ante nosotros, que para la abreviación del presente juicio y la descarga de su conciencia, declarara la plena verdad sobre las cuestiones que se le plantearan en materia de fe, sin recurrir a subterfugios y argucias que la alejaran de la verdad misma.

Por otro lado, siguiendo nuestro oficio, hemos requerido judicialmente a la dicha Juana de prestar juramento de forma debida, poniendo las manos sobre los sacrosantos Evangelios, y decir la verdad sobre las preguntas que le serán propuestas, como se mencionó anteriormente.

La dicha Juana ha respondido de la manera siguiente:

- No sé de qué me vais a interrogar. Puede ser que podáis preguntarme sobre cosas que yo no os diré. 

A lo que nosotros le respondimos:

- ¿Juráis decir la verdad sobre aquello que os sea preguntado, en lo concerniente a la materia de fe y de aquello que sepáis?

Esta respondió que, sobre el tema de su padre y su madre y sobre aquello que ella ha hecho desde que ella había tomado el camino de Francia, voluntariamente juraría; pero que las revelaciones hechas a ella por Dios, no las había dicho ni revelado a nadie, solo a Carlos, quien ella dice ser su rey; esas cosas aquí no las revelará ni aunque le cortemos la cabeza; porque ella las había recibido a través de visiones o por su consejo secreto. Y en los próximos ocho días ella sabrá bien si debe revelarlas. 

Nuevamente, y varias veces más, nosotros, el Obispo, la hemos amonestado y solicitado que preste juramento de decir la verdad en aquello que tocara nuestra fe. La dicha Juana, con las rodillas dobladas, las dos manos posadas sobre el libro, a saber, el misal, jura que ella dirá la verdad sobre todas las cosas que le serán preguntadas y que ella sepa sobre la materia de fe. Ella hace silencio sobre la condición susodicha, a saber, que ella no diría a nadie y no revelaría las revelaciones que había recibido. 

Después, habiendo prestado juramento, la dicha Juana fue interrogada por nosotros sobre su nombre y apellido. Ella respondió que en su país la llamaban Juanita; y luego de que viniera a Francia la llamaban Juana. En cuanto a su apellido, ella dijo no saber nada sobre él. Seguidamente, interrogada por su país de origen, ella respondió que nació en el pueblo de Domrémy, el cuál está unido al pueblo de Greux; y es allí en Greux que se encuentra la Iglesia principal.

Item, interrogada por el nombre de su padre y de su madre, respondió que su padre era llamado Jacques d’Arc y su madre Isabelle. 

Interrogada sobre dónde fue bautizada, respondió que fue en la Iglesia de Domrémy.

Interrogada sobre quienes fueron sus padrinos y madrinas, dijo que una de sus madrinas se llamaba Agnès, otra Jeanne, otra Sibille; de sus padrinos, uno se llamaba Jean Lingué, otro Jean Barrey. Tuvo varias otras madrinas, según había oído decir a su madre.

Interrogada sobre que Padre la había bautizado, respondió que fue el maestro Jean Minet, o eso creía. Interrogada si aún vive, respondió que sí, que eso creía.

Item, interrogada sobre qué edad ella tenía, respondió que tenía aproximadamente 19 años, como ella aparentaba. Por otro lado, dijo que su madre le enseñó el Pater Noster, el Ave Maria, el Credo; y que ninguna otra persona más que su madre le enseñó sus creencias. 

Item, requerida por nosotros que dijera el Pater Noster, respondió que la escucháramos en confesión, y nos lo diría con placer. Y, como muchas veces nosotros le habíamos pedido que lo recitara, ella respondió que no dirá el Pater Noster a menos que nosotros la escucháramos en confesión. Entonces le dijimos que con gusto le daríamos uno o dos personajes notables de habla francesa, a quienes ella dirá el Pater Noster, etc; a lo que la dicha Juana respondió que no les dirá nada si ellos no la escuchan en confesión. 

Después de lo cual, nosotros, el Obispo susodicho, hemos prohibido a Juana salir de las prisiones a ella asignadas dentro del castillo de Rouen, sin autorización, bajo pena de ser convicta del crimen de herejía. Nos ha respondido diciendo que ella no acepta nada esta prohibición, agregando que, si ella escapaba, nadie podría reprenderla de haber violado o infringido su juramento, ya que no había dado su palabra a nadie. Después se quejó de estar encarcelada con cadenas y grilletes de hierro. Nosotros le dijimos entonces que ella se había esforzado en muchas ocasiones en escapar de su prisión; y es por esto que fue dada la orden de que sea vigilada de forma más fiel y segura con cadenas de hierro. A lo que ella respondió: 

- Es verdad que en otra ocasión quise y que querría escaparme, como es licito a toda persona encarcelada o prisionera.

Hemos, entonces, comisionado para la vigilancia segura de la mencionada Juana al noble hombre John Grey, escudero del cuerpo del rey nuestro señor, y junto con él John Berwoit y William Talbot, ordenándoles de custodiarla correctamente, sin permitir que nadie conferenciase con ella sin nuestra autorización. Lo cual juraron solemnemente cumplir, poniendo la mano sobre los santos Evangelios. Finalmente, tras haber cumplido todos estos actos preliminares, citamos a Juana para que compareciese al día siguiente, jueves, a las ocho de la mañana, en la cámara de aparato situada al fondo de la gran sala del dicho castillo de Rouen. 

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